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La primavera de la engraulis

La primavera de la engraulis

Roberto Garrone

La aparición sorpresiva de anchoita muy cerca del puerto generó la reactivación de la flota costera y artesanal y dinamizó el trabajo de estibadores y personal eventual y temporario en los saladeros. Datos de una pesquería subexplotada dominada por la incertidumbre.

La concentración de anchoíta a una hora del puerto de Mar del Plata con la que se encontró el lunes a la mañana el barco “Pucará” anticipó la primavera para el sector de barcos costeros.

La presencia de la engraulis, nombre científico de la anchoíta, nuestra sardina, cambió todos los planes para una flota de 40 barcos que tenía pocas opciones más que migrar a Quequén a pescar la misma anchoíta, pero de peor tamaño, o salir a buscar caballa, una aventura poco convincente en épocas en que el combustible sigue saliendo muy caro como para colar agua.

Con los costeros saliendo a la mañana del puerto y regresando con la bodega llena a la caída del sol recupera operatividad una flota que tuvo uno de sus peores inviernos en la Bahía de Samborombon con la temporada de corvina.

Una flota que mantiene la restricción para pescar condrictios, a partir de una decisión de la Comisión Técnica Mixta que solo los autoriza a traer rayas como by catch, es decir pesca incidental del variado costero, solo el 10% de la bodega, cuando, dicen los pescadores, el mar está lleno de rayas y están condenados a coleccionar infracciones.

La anchoíta es una especie subexplotada. La biomasa disponible para ser pescada excede la capacidad extractiva de la flota que opera durante la zafra. Hace mucho que el Inidep no actualiza datos con campañas científicas pero el Programa de Pelágicos mantiene una captura máxima permisible de 120 mil toneladas. El año pasado los desembarques no superaron las 9 mil.

El organismo acaba de botar el “Victor Angelescu”, el nuevo barco de investigación construido en España pero hay recursos más importantes que requieren campañas científicas antes que la anchoíta. Pero el Inidep tiene otros dos barcos, el “Eduardo Holmberg” y el “Capitán Oca Balda”, que en estos últimos años han estado más tiempo rotos o paralizados por conflictos gremiales que navegando.

Los desembarques de anchoíta no despegan por distintos factores. Básicamente porque no hay certezas de su abundancia, rentabilidad y posibilidades de venta al exterior de los barriles de anchoíta madurando en sal, ya que el caladero nacional oficia como contra temporada a la española.

Los costos crecen de manera asimétrica a la evolución del tipo de cambio de un producto cuyo precio en dólares puede variar a partir del éxito o fracaso de la temporada europea. Y este 2017 fue particularmente exitoso. Los pescadores portugueses y españoles del Cantábrico aspiraban a desembarcar más de 10 mil toneladas de sardina.

La concentración de anchoíta esta tan cerca de la costa que podrían aprovechar del banquete las lanchas artesanales. Al menos las que todavía flotan en la banquina chica y no se resignan a vender el permiso de pesca para seguir alimentando la concentración pesquera.

Quedan menos de 20 lanchas –hace 30 años eran más de 80 embarcaciones- pero la que no está en reparaciones después de volver del Salado, está pescando con nasas o con trasmallos. Coomarpes, la cooperativa que las agrupa, acaba de estrenar la chequera con 5 millones de pesos para financiar la adquisición de materia prima y combustible del Fondo Fiduciario, a una tasa del 12% anual.

Pero el problema de las lanchas, como de los costeros y los fresqueros de altura atados a la merluza, no es el acceso al financiamiento, sino a recuperar márgenes de rentabilidad que les permitan, entre otras cosas, hacer frente al endeudamiento.

Por lo pronto no dejan de llegar señales en ese sentido. A la duplicación de los reintegros por exportaciones de productos del variado costero y merluza aportados por la flota fresquera, se acaba de publicar en el Boletín Oficial una reducción del 70% en los derechos de extracción para el pescado procesado en tierra.

Con la anchoíta fresca y de buen tamaño, a razón de 40 piezas por kilo, cerca de la costa, las conserveras y saladeros, los pocos que todavía se mantienen en pie, compran de buena gana para convocar a su personal efectivo y temporario, hasta ahora mantenido a fuerza de descongelar lo poco de caballa y calamar que quedaba en las cámaras frigoríficas.

Por ahora se paga entre 13 y 7 pesos por kilo de engraulis porque entre el aluvión el pescado no es parejo. Nadie sabe hasta cuándo va a durar esta primavera pero sirve para descomprimir la tensión entre los estibadores del fresco, que en el tablero del sector han sido también los más desfavorecidos por la migración de buena parte de la flota de altura al langostino y la participación cada vez más importante de los barcos congeladores en las descargas de merluza.

El movimiento que regala de manera sorpresiva la anchoíta, con barcos que entran y salen, y que repercute en tierra en los brazos de los estibadores y con los camiones repartiendo pescado en las fábricas y los trabajadores completando el cartón de asistencia perfecta, son instantáneas de un frenesí que hacía mucho no se vivía en el puerto.

La semana próxima comenzaran a definirse los subsidios para los trabajadores del Soip y los estibadores del Supa. El desembarco de ayuda oficial promete tensión pues los números de la Provincia y los gremios no coincide: en Trabajo maneja 7400 beneficiarios para recibir 3 mil pesos por los próximos 3 meses. En los gremios contabilizan 9500 afectados.

En los pasillos sindicales quieren opacar el brillo de esta sorpresiva primavera. Tienen temor de quedarse sin fundamentos ante las autoridades para solicitar una prolongación del subsidio por el primer trimestre del 2018. Deberían quedarse tranquilos. A esta altura saben que la anchoíta no hace verano.

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La primavera de la engraulis

La aparición sorpresiva de anchoita muy cerca del puerto generó la reactivación de la flota costera y artesanal y dinamizó el trabajo de estibadores y personal eventual y temporario en los saladeros. Datos de una pesquería subexplotada dominada por la incertidumbre.

La abundancia de anchoita mejora el humor de muchos en el puerto. Foto Pescare

La concentración de anchoíta a una hora del puerto de Mar del Plata con la que se encontró el lunes a la mañana el barco “Pucará” anticipó la primavera para el sector de barcos costeros.

La presencia de la engraulis, nombre científico de la anchoíta, nuestra sardina, cambió todos los planes para una flota de 40 barcos que tenía pocas opciones más que migrar a Quequén a pescar la misma anchoíta, pero de peor tamaño, o salir a buscar caballa, una aventura poco convincente en épocas en que el combustible sigue saliendo muy caro como para colar agua.

Con los costeros saliendo a la mañana del puerto y regresando con la bodega llena a la caída del sol recupera operatividad una flota que tuvo uno de sus peores inviernos en la Bahía de Samborombon con la temporada de corvina.

Una flota que mantiene la restricción para pescar condrictios, a partir de una decisión de la Comisión Técnica Mixta que solo los autoriza a traer rayas como by catch, es decir pesca incidental del variado costero, solo el 10% de la bodega, cuando, dicen los pescadores, el mar está lleno de rayas y están condenados a coleccionar infracciones.

La anchoíta es una especie subexplotada. La biomasa disponible para ser pescada excede la capacidad extractiva de la flota que opera durante la zafra. Hace mucho que el Inidep no actualiza datos con campañas científicas pero el Programa de Pelágicos mantiene una captura máxima permisible de 120 mil toneladas. El año pasado los desembarques no superaron las 9 mil.

El organismo acaba de botar el “Victor Angelescu”, el nuevo barco de investigación construido en España pero hay recursos más importantes que requieren campañas científicas antes que la anchoíta. Pero el Inidep tiene otros dos barcos, el “Eduardo Holmberg” y el “Capitán Oca Balda”, que en estos últimos años han estado más tiempo rotos o paralizados por conflictos gremiales que navegando.

Los desembarques de anchoíta no despegan por distintos factores. Básicamente porque no hay certezas de su abundancia, rentabilidad y posibilidades de venta al exterior de los barriles de anchoíta madurando en sal, ya que el caladero nacional oficia como contra temporada a la española.

Los costos crecen de manera asimétrica a la evolución del tipo de cambio de un producto cuyo precio en dólares puede variar a partir del éxito o fracaso de la temporada europea. Y este 2017 fue particularmente exitoso. Los pescadores portugueses y españoles del Cantábrico aspiraban a desembarcar más de 10 mil toneladas de sardina.

La concentración de anchoíta esta tan cerca de la costa que podrían aprovechar del banquete las lanchas artesanales. Al menos las que todavía flotan en la banquina chica y no se resignan a vender el permiso de pesca para seguir alimentando la concentración pesquera.

Quedan menos de 20 lanchas –hace 30 años eran más de 80 embarcaciones- pero la que no está en reparaciones después de volver del Salado, está pescando con nasas o con trasmallos. Coomarpes, la cooperativa que las agrupa, acaba de estrenar la chequera con 5 millones de pesos para financiar la adquisición de materia prima y combustible del Fondo Fiduciario, a una tasa del 12% anual.

Pero el problema de las lanchas, como de los costeros y los fresqueros de altura atados a la merluza, no es el acceso al financiamiento, sino a recuperar márgenes de rentabilidad que les permitan, entre otras cosas, hacer frente al endeudamiento.

Por lo pronto no dejan de llegar señales en ese sentido. A la duplicación de los reintegros por exportaciones de productos del variado costero y merluza aportados por la flota fresquera, se acaba de publicar en el Boletín Oficial una reducción del 70% en los derechos de extracción para el pescado procesado en tierra.

Con la anchoíta fresca y de buen tamaño, a razón de 40 piezas por kilo, cerca de la costa, las conserveras y saladeros, los pocos que todavía se mantienen en pie, compran de buena gana para convocar a su personal efectivo y temporario, hasta ahora mantenido a fuerza de descongelar lo poco de caballa y calamar que quedaba en las cámaras frigoríficas.

Por ahora se paga entre 13 y 7 pesos por kilo de engraulis porque entre el aluvión el pescado no es parejo. Nadie sabe hasta cuándo va a durar esta primavera pero sirve para descomprimir la tensión entre los estibadores del fresco, que en el tablero del sector han sido también los más desfavorecidos por la migración de buena parte de la flota de altura al langostino y la participación cada vez más importante de los barcos congeladores en las descargas de merluza.

El movimiento que regala de manera sorpresiva la anchoíta, con barcos que entran y salen, y que repercute en tierra en los brazos de los estibadores y con los camiones repartiendo pescado en las fábricas y los trabajadores completando el cartón de asistencia perfecta, son instantáneas de un frenesí que hacía mucho no se vivía en el puerto.

La semana próxima comenzaran a definirse los subsidios para los trabajadores del Soip y los estibadores del Supa. El desembarco de ayuda oficial promete tensión pues los números de la Provincia y los gremios no coincide: en Trabajo maneja 7400 beneficiarios para recibir 3 mil pesos por los próximos 3 meses. En los gremios contabilizan 9500 afectados.

En los pasillos sindicales quieren opacar el brillo de esta sorpresiva primavera. Tienen temor de quedarse sin fundamentos ante las autoridades para solicitar una prolongación del subsidio por el primer trimestre del 2018. Deberían quedarse tranquilos. A esta altura saben que la anchoíta no hace verano.

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