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El Concejo Deliberante, un problema de Arroyo en el que Dios no es su copiloto

El Concejo Deliberante, un problema de Arroyo en el que Dios no es su copiloto

Por Mariano Suárez

“Gracias a Dios, es un problema del Concejo, no mío”. Carlos Arroyo suele exacerbar el respeto por la institucionalidad y la división de poderes. La última vez, fue este lunes, cuando le consultaron por el debate del aumento del boleto que el jueves no pudo ser aprobado por el Concejo Deliberante, que ahora comienza a analizar un nuevo estudio de costos, por encima de los $11,56. Será un debate intenso que se dará con un paro latente de colectivos y que dejará en evidencia una vez más que Cambiemos es un bloque siempre al borde de la fractura. Son demasiados condimentos para que el intendente lo considere un problema ajeno.

El triunfo contundente de Cambiemos en las elecciones del año pasado le dio, en los papeles, una mayoría automática al oficialismo en el Concejo Deliberante, con 13 de las 24 bancas. Sin embargo, son pocos los ediles que reportan directamente al jefe comunal, lo cual hace difícil –casi imposible- alinear las 13 voluntades cuando se trata de temas espinosos.

La sesión del último jueves fue una muestra clara de esas divisiones. En medio de una tarde  donde abundaron las discusiones más variadas, por lo bajo, el oficialismo buscaba los votos para aprobar la suba de la tarifa del transporte público. Esta vez, la traba fue la concejal de la Coalición Cívica Angélica González. “No pienso acompañar el aumento, es un suicidio”, dijo antes de la sesión la edil que responde al diputado Guillermo Castello.

El lunes anterior, el legislador provincial, que intenta subirse a la carrera por la Intendencia sin demasiado éxito, se había reunido con Arroyo. “En el acto por la Jura de la Bandera le pidió la audiencia y estuvieron charlando lo más bien”, confiaron desde el entorno del jefe comunal. A juzgar por lo que ocurrió pocos días después o no hablaron del aumento del boleto o no se pusieron de acuerdo.

“Por culpa de ella ahora hay que analizar un pedido de aumento mucho más caro”, se quejaron por estas horas.

No es la primera vez que tienen problemas con la “lilita” y lo más llamativo es que muchos de esos problemas estallan en las sesiones plenarias. En un cuerpo legislativo más aceitado las diferencias en un interbloque se debaten puertas adentro. En las comisiones y las sesiones plenarias se disimulan. En el Concejo Deliberante de la era Arroyo los porotos se cuentan a último momento.

Angélica González no es la única. El radicalismo, con todas sus variantes, también suele plantársele al intendente. Ocurrió, por caso, con el tratamiento de las ordenanzas fiscal e impositiva. De hecho, el secretario de Hacienda Hernán Mourelle acusó al radicalismo de “bombardear” los proyectos oficiales y muchos de los cambios que sufrió el texto original fueron impulsados en conjunto por la oposición y la UCR.

En esa bancada conviven tres patas: el baragiolismo, el abadismo y el alfonsinismo. La primera tiene a Vilma Baragiola como cabeza, acompañada de Cristina Coria y Natalia Vezzi. Ariel Martínez Bordaisco es la voz del jefe de la bancada de Cambiemos en la Cámara de Diputados bonaerense, Maximiliano Abad. Y Mario Rodríguez, presidente del Comité Local de la UCR, responde al hijo del expresidente, tal vez el radical más enfrentado a la gestión de Cambiemos.

Cada una de ellas tiene intereses particulares y, en algunos casos, más ganas de comportarse como opositores a la gestión municipal que colaborar para que determinados proyectos salgan.

El Pro tiene dos representantes. Guillermo Volponi es el más “puro”, mientras que Alejandro Carrancio (Crear) está enrolado en las filas del vidalismo. El expresidente del Ente Municipal de Deportes tampoco mantiene una relación fluida con el arroyismo. Y no es nuevo: cuando el jefe comunal lo desplazó del cargo para que se aboque a la campaña, Volponi hizo público su disconformidad. El último jueves no estuvo en la sesión: se pidió licencia y fue reemplazado por Florencia Ranellucci, que responde a Jorge Macri. No es la primera licencia en una sesión compleja que pide Volponi, también se ausentó cuando se aprobó el aumento de tasas.

Carrancio es uno de los más ordenados y más allá de las diferencias del vidalismo con el jefe comunal la provincia ya tomó la decisión de lograr que Arroyo termine su mandato lo mejor posible.

El interbloque de Cambiemos lo completa el arroyismo puro. Pero ni siquiera esa porción del cuerpo legislativo le trae tranquilidad al jefe comunal. El presidente del cuerpo, Guillermo Sáenz Saralegui, su supuesto amigo personal, cada vez que habla ante un micrófono le pega a Arroyo. Ya es tan habitual que no sorprende y el daño no es tan grande. Pero no es el único caso.

Guillermo Arroyo, dicho muchas veces, nunca se convirtió en el interlocutor ideal de su padre para propios y extraños. Y por eso pasan cosas como la que sucedió en las últimas horas: el intendente vetó una ordenanza aprobada por unanimidad destinada a generar una línea exclusiva para consultas de educación sexual. Para el intendente, los programas que lleva adelante el municipio ya cumplen con ese cometido, pero ninguno de sus concejales hizo ese planteo durante el tratamiento del proyecto de Ariel Ciano.

Ya había pasado una situación similar, de mucha más exposición, cuando vetó la ordenanza aprobada por unanimidad que garantizaba la continuidad de los códigos de descuento a los afiliados al STM. En concreto, la Agrupación Atlántica se abstuvo cuando se votó ese proyecto impulsado por el radicalismo. Y en ese caso fue peor, porque luego del veto el Concejo consiguió los dos tercios necesarios para rechazar ese veto y dejar mal parado al jefe comunal.

El veto es un derecho que tiene el intendente, pero que tiene un costo político que, salvo fuerza mayor, es mejor no afrontar. Arroyo ya lo afrontó demasiadas veces.

Este miércoles también hubo un hecho llamativo que muestra el desconcierto en el que se maneja el arroyismo: Marcelo Carrara no se presentó en la Comisión de Turismo. “Andá a buscarlo”, le ordenó Mauricio Loria, yerno del intendente, a una asesora del exdelegado de Sierra de los Padres. Minutos después, la joven volvió sola. “Dice que no viene”, le dijo al oído al concejal arroyista, que no pudo ocultar su sorpresa.

El Concejo Deliberante sí es un problema para Arroyo. Y Dios no tiene jurisdicción en la materia.

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El Concejo Deliberante, un problema de Arroyo en el que Dios no es su copiloto

“Gracias a Dios, es un problema del Concejo, no mío”. Carlos Arroyo suele exacerbar el respeto por la institucionalidad y la división de poderes. La última vez, fue este lunes, cuando le consultaron por el debate del aumento del boleto que el jueves no pudo ser aprobado por el Concejo Deliberante, que ahora comienza a analizar un nuevo estudio de costos, por encima de los $11,56. Será un debate intenso que se dará con un paro latente de colectivos y que dejará en evidencia una vez más que Cambiemos es un bloque siempre al borde de la fractura. Son demasiados condimentos para que el intendente lo considere un problema ajeno.

El triunfo contundente de Cambiemos en las elecciones del año pasado le dio, en los papeles, una mayoría automática al oficialismo en el Concejo Deliberante, con 13 de las 24 bancas. Sin embargo, son pocos los ediles que reportan directamente al jefe comunal, lo cual hace difícil –casi imposible- alinear las 13 voluntades cuando se trata de temas espinosos.

La sesión del último jueves fue una muestra clara de esas divisiones. En medio de una tarde  donde abundaron las discusiones más variadas, por lo bajo, el oficialismo buscaba los votos para aprobar la suba de la tarifa del transporte público. Esta vez, la traba fue la concejal de la Coalición Cívica Angélica González. “No pienso acompañar el aumento, es un suicidio”, dijo antes de la sesión la edil que responde al diputado Guillermo Castello.

El lunes anterior, el legislador provincial, que intenta subirse a la carrera por la Intendencia sin demasiado éxito, se había reunido con Arroyo. “En el acto por la Jura de la Bandera le pidió la audiencia y estuvieron charlando lo más bien”, confiaron desde el entorno del jefe comunal. A juzgar por lo que ocurrió pocos días después o no hablaron del aumento del boleto o no se pusieron de acuerdo.

“Por culpa de ella ahora hay que analizar un pedido de aumento mucho más caro”, se quejaron por estas horas.

No es la primera vez que tienen problemas con la “lilita” y lo más llamativo es que muchos de esos problemas estallan en las sesiones plenarias. En un cuerpo legislativo más aceitado las diferencias en un interbloque se debaten puertas adentro. En las comisiones y las sesiones plenarias se disimulan. En el Concejo Deliberante de la era Arroyo los porotos se cuentan a último momento.

Angélica González no es la única. El radicalismo, con todas sus variantes, también suele plantársele al intendente. Ocurrió, por caso, con el tratamiento de las ordenanzas fiscal e impositiva. De hecho, el secretario de Hacienda Hernán Mourelle acusó al radicalismo de “bombardear” los proyectos oficiales y muchos de los cambios que sufrió el texto original fueron impulsados en conjunto por la oposición y la UCR.

En esa bancada conviven tres patas: el baragiolismo, el abadismo y el alfonsinismo. La primera tiene a Vilma Baragiola como cabeza, acompañada de Cristina Coria y Natalia Vezzi. Ariel Martínez Bordaisco es la voz del jefe de la bancada de Cambiemos en la Cámara de Diputados bonaerense, Maximiliano Abad. Y Mario Rodríguez, presidente del Comité Local de la UCR, responde al hijo del expresidente, tal vez el radical más enfrentado a la gestión de Cambiemos.

Cada una de ellas tiene intereses particulares y, en algunos casos, más ganas de comportarse como opositores a la gestión municipal que colaborar para que determinados proyectos salgan.

El Pro tiene dos representantes. Guillermo Volponi es el más “puro”, mientras que Alejandro Carrancio (Crear) está enrolado en las filas del vidalismo. El expresidente del Ente Municipal de Deportes tampoco mantiene una relación fluida con el arroyismo. Y no es nuevo: cuando el jefe comunal lo desplazó del cargo para que se aboque a la campaña, Volponi hizo público su disconformidad. El último jueves no estuvo en la sesión: se pidió licencia y fue reemplazado por Florencia Ranellucci, que responde a Jorge Macri. No es la primera licencia en una sesión compleja que pide Volponi, también se ausentó cuando se aprobó el aumento de tasas.

Carrancio es uno de los más ordenados y más allá de las diferencias del vidalismo con el jefe comunal la provincia ya tomó la decisión de lograr que Arroyo termine su mandato lo mejor posible.

El interbloque de Cambiemos lo completa el arroyismo puro. Pero ni siquiera esa porción del cuerpo legislativo le trae tranquilidad al jefe comunal. El presidente del cuerpo, Guillermo Sáenz Saralegui, su supuesto amigo personal, cada vez que habla ante un micrófono le pega a Arroyo. Ya es tan habitual que no sorprende y el daño no es tan grande. Pero no es el único caso.

Guillermo Arroyo, dicho muchas veces, nunca se convirtió en el interlocutor ideal de su padre para propios y extraños. Y por eso pasan cosas como la que sucedió en las últimas horas: el intendente vetó una ordenanza aprobada por unanimidad destinada a generar una línea exclusiva para consultas de educación sexual. Para el intendente, los programas que lleva adelante el municipio ya cumplen con ese cometido, pero ninguno de sus concejales hizo ese planteo durante el tratamiento del proyecto de Ariel Ciano.

Ya había pasado una situación similar, de mucha más exposición, cuando vetó la ordenanza aprobada por unanimidad que garantizaba la continuidad de los códigos de descuento a los afiliados al STM. En concreto, la Agrupación Atlántica se abstuvo cuando se votó ese proyecto impulsado por el radicalismo. Y en ese caso fue peor, porque luego del veto el Concejo consiguió los dos tercios necesarios para rechazar ese veto y dejar mal parado al jefe comunal.

El veto es un derecho que tiene el intendente, pero que tiene un costo político que, salvo fuerza mayor, es mejor no afrontar. Arroyo ya lo afrontó demasiadas veces.

Este miércoles también hubo un hecho llamativo que muestra el desconcierto en el que se maneja el arroyismo: Marcelo Carrara no se presentó en la Comisión de Turismo. “Andá a buscarlo”, le ordenó Mauricio Loria, yerno del intendente, a una asesora del exdelegado de Sierra de los Padres. Minutos después, la joven volvió sola. “Dice que no viene”, le dijo al oído al concejal arroyista, que no pudo ocultar su sorpresa.

El Concejo Deliberante sí es un problema para Arroyo. Y Dios no tiene jurisdicción en la materia.

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