Música

24 de Septiembre de 2020 16:04

Entre la música y el silencio: el Instituto Marplatense de Música Contemporánea

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El Instituto Marplatense de Música Contemporánea, funciona en Mar del Plata desde 2003. Facundo Passeri, su director, nos cuenta sus inicios y su suerte actual. Un lugar mágico poblado de música y de silencios, por donde pasan más de 15 mil personas por año, entre clases y presentaciones, en la búsqueda de algo tan simple y tan complejo como ese valor agregado de la cultura a la esencia humana.

Por extrañas razones, o no, aquella plaza y ese lugar me tuvieron como vecino alguna vez. Alguna vez que ya ni me acuerdo.

Camino lentamente bajo el sol de esa plaza que ya me conoce. Voy pensando algunas preguntas. Voy imaginando, mejor, algo sobre lo que charlar en la próxima entrevista. Contar la historia de un lugar ¿para qué? No es un lugar tan antiguo, tampoco es ese lugar donde todos quieren estar. Pero, sin embargo, tiene algo. Creo sentir que tiene algo.

Con la plaza como puente, llego a Chacabuco 3639. Observo la fachada. Pienso en lo que cambia con la luz del sol. Pienso en las veces que pasaba por ahí y no sabía qué había detrás.

Ahora hay colores, luces y está cerrado herméticamente (aislamiento mediante por el coronavirus). Siguen las dudas pero toco el timbre decidido. La respuesta no se deja esperar, pero por mensaje de Whatsapp. “Bernabé, ¿ya llegaste? Ya voy”.

Me siento a esperar e intento hacerme un machete con preguntas. Logro algunas que, sin embargo, quedarán en el olvido. Decido dar lugar a la charla, jugar por todo ese espacio colmado de música y magia.

Imaginemos, para empezar, a alguien que se encuentra “entre dos espacios” casi al mismo tiempo: Entre Buenos Aires y Mar del Plata; entre una clínica y un club; entre la felicidad por su hija pequeña y el dolor por la pérdida de su padre.

Recién llegado a la ciudad, Facundo “Facha” Passeri se golpea con la vida. Pero, entre esos golpes, la música intenta compensarlo y alguien lo invita a tocar una noche en lo que era Club 54 sobre la calle Chacabuco, frente a la plaza. Nada hacía indicar que esa oportunidad sería el inicio de una gran aventura.

Pasa algo de tiempo y ya corre el año 2003. Él recuerda aquel lugar que lo encantó una noche del 2001. “Flasheé”, dice exactamente. Y tanto flasheó, que en medio de todo un país mal y una situación económica muy delicada como consecuencia de la crisis y de los corralitos, decide invertir los pocos pesos que tenía en una escuela de música contemporánea en la ciudad.

Comienza buscando lugar. Patea por la ciudad hasta que la sabia memoria le tira con aquel espacio que tanto lo reconfortó en medio de días bravos. Llega hasta ahí, cartel de “se alquila”. Otra señal. El lugar es gigante. Pasillos, galerías y un extenso patio ya proyectaban lo que venía. La lucha con lo económico, con los bancos y el cambio, tampoco pudieron con las ganas.

En dos meses abrieron las puertas de lo que hoy es el Instituto Marplatense de Música Contemporánea (Immc). Se acondicionaron las aulas, se armó el auditorio, “Lo hicimos con Gustavo Fabbri, él fue parte importante en todo esto también”, dirá ahora, varios años después, Passeri, director del Instituto. Y agrega, “Por supuesto que nadie me creía nada. Recién llegado de Buenos Aires, con esta idea, en este momento… Fui a verlos a todos: a Jorge Armani, a José Milano, a muchos y todos me miraban como diciendo: ‘pero pibe ¿vos quién sos?’”.

Él se formó como músico en Buenos Aires, pero asegura que recién acá pudo “masterizar todo su ser musical”. Y junto a esa casa antigua, donde convivía mucha modernidad con ese patio enorme colmado de árboles, dan lugar a eso que consiste hoy ser el “Insti”, como lo llaman todos.

Trabajaron durante enero y febrero, y el 7 de marzo arrancaron. “Abrimos con las clases. Cuando abrimos no existía el formato de la academia que sí ya estaba en auge en Buenos Aires. Entonces el “Insti” trae un poco eso. De hecho, al principio lo pensaba como una sucursal del Instituto Tecnológico de Música Contemporánea que era de donde yo egresé. Yo hice como una especie de nexo para traer el mismo sistema acá, con articulación con aquella institución. Los primeros años funcionaron así. Es decir, estaba el formato de clase particular pero luego estaban los prácticos en conjunto, ensambles por estilos. Era como una propuesta que acá se hacía pero no de esta manera. Y funcionó muy bien”, recuerda.

Un valor agregado del lugar fue el auditorio. Ese espacio permitió los ensambles, las prácticas y las muestras, además de las visitas de los padres de los alumnos.

Pasaron doce años desde aquel inicio. El desgaste y los tiempos comenzaron a exigir un recambio, había que agarrar todo eso que había pasado en doce años e inventarlo de nuevo. Pero había algo que quedaba. Había algo que seguía marcando el camino.

El “Facha” busca en la memoria. “Sí, hasta ahí era solo academia, pedagogía y enseñanza. También clínicas, que era un formato algo novedoso para acá. De Buenos Aires llegaron desde Juan Saavedra hasta el viejo Ábalos, Jorge Araujo de Divididos o el Pipi Piazolla, que vino cuatro veces. También Gustavo Meli, el único de acá que estuvo en la escena de los bateristas a nivel mundial. En todo ese tiempo fuimos creciendo y la vida que te pega de todos lados y te va acomodando hacia el lugar que era. Sí, primero fue el cambio académico. Después vino todo lo otro. El Recicle es lo primero que arranca como un movimiento colectivo hacia un lugar determinado. Empezamos con ensayos abiertos y algunas pocas presentaciones. Después lo otro que tracciona para que esto sea así es que tratamos siempre de hacer sentir al músico en casa. Cuidarlo, hacerlo sentir parte de todo esto”.

-¿Y cómo aparece lo de Circular?

-Lo de “circular” fue importante también. Nos juntamos todos los Crecientes, recuerdo, y les digo “Che ¿y si hacemos un concierto circular acá como cuando ensayamos?”. Y uno tira: “todo bien, che, pero esto suena a una lata”. Y ahí aparecieron todos de nuevo y dijimos: “hay que acondicionar esto acústicamente”. A las pocas semanas a Leo Juanes le debían una guita y él les dice: ‘no te preocupes, dame esos cinco bolsones de lana de vidrio y cerramos’. Y era una fortuna de guita, todo caía de arriba. Yo me 'carancheo' un piso flotante que tiraron en una esquina y luego le digo a mi vieja que había que hacer unos bastidores para meter un poco de goma espuma y ella me dice: “dejá que yo te los hago con la máquina”. Y eran todas cosas que pasaban así. Todo me llevaba a que tenía que terminarlo. Nos faltaban las luces y, de repente, una de las chicas del Recicle viene con que se había peleado con la pareja y le compramos las luces de la separación entre ellos que nos iluminaron medio auditorio. Hasta que en un año, más o menos, con paciencia y mucha energía fuimos de a poco armándolo. Hasta conseguimos la pintura para poder terminarlo.

El cambio se iba dando de a poco, pero el espíritu era el mismo. En el lugar y en aquellos que lo habitaban. Los recuerdos de los primeros años no se hacían raros ya que, sin estar, estaban por todos lados: en las paredes, en los instrumentos, en las enseñanzas generadas. Las sensaciones que quedaban eran de que no había despedidas, sino que había un permanente estar y compartir que permitía que todo aquello funcionara. Muchos, todos, pasaban por ahí y dejaban algo. Quizás el lenguaje no alcance para contarlo, pero sí la música que surgía.

“Siempre hay un presente en el “Insti” que es lo que quería. Siempre hay un presente acá que es lo que querés que suceda y cada cosa nueva que aparece es un proyecto nuevo. Pero en el medio se van articulando otros que arrancaron antes. Me parece que nunca tuve ese pensamiento de que el “Insti” llegue a ser algo, no me funciona así. Yo siempre quiero que lo que pasa sea lo mejor que se puede en “ese” momento. Reconozco que al principio tenía la expectativa de que sea 'la escuela', pero porque era el único formato que conocía, era el que me ayudaba a defender el espacio de ese momento” asegura.

-¿Cuál es, entonces, el destino para el “Insti”? ¿O ese dinamismo te impide pensarlo así?

-Creo más en la dinámica que en un destino. Sí creo en un camino. Yo sé hacia dónde quiero ir, para dónde quieren mis compañeros ir. Porque no soy yo solo. Leo Juanes es un pilar fundamental en la existencia de este lugar. Son mis hermanos de la música. Ricky Marengo es otro y están desde el inicio en esto. Siempre en el “Insti” hay un apoyo emocional, artístico, económico total. Después hay otros muchos que siempre acompañan. Lo que yo tengo en claro es que esto fue mutando porque fue de alguna manera incluyendo las visiones de más personas.

El “Insti” busca ser un refugio para el arte. Y digo bien, el “Insti” busca, porque todo el que pasa por ahí termina personalizándolo, termina identificándolo como uno más, hecho de muchos. El “Insti” como aquel que refugia y contiene todas las expresiones del arte que te enseña y te hace disfrutar ese mismo lenguaje que se habla en el lugar.

Descartado el machete con preguntas, le propongo que me lo presente. Que caminemos por ahí y me deje apropiarme de él. Que juguemos a esto de contar su historia desde otro lado.

Caminamos. Siempre estuve de noche ahí, ahora es un nuevo mundo. Todo se reinventa: los colores, los ruidos, los conejos que pueblan el patio. El ayer y los que dejaron huellas por ahí, hasta nuestras sombras de hoy. Y en el medio de todo eso: la música.

La música que nutre todo este espacio, pienso mientras lo espero para la recorrida. Pero para poder identificarla, sentirla, es necesario el silencio. ¿O es suyo también? Tal vez la manera en que sentimos el silencio nos ayude a escuchar mejor la música. Llega Passeri y lo meto de golpe en mi pensamiento.

-Decime, este es un lugar donde abunda la música pero ¿qué aporta el silencio a un espacio como este?. Me mira. “Uff”, responde. Piensa un segundo y no sé si quiere contestar o dar por terminado el recorrido que aún no empezó. Pero añade: “Es mágico el silencio. Nosotros, por ejemplo, cuando hay un evento no ponemos música funcional. Es una política. Está la música que se ejecuta y el silencio para que los que están viéndose las caras puedan hablar y darle los tonos necesarios para esa charla. Eso es re importante para nosotros. Y después está el silencio de este lugar que es un capítulo aparte. Las paredes, las maderas, todo tiene sus ruidos y sus silencios”.

Parece un paseo, pero no lo es. Pasamos por las aulas y toco algún instrumento. Miro a través de ventanas pequeñas y a través de la pecera del estudio. Por donde se mire hay instrumentos musicales. Por donde se escuche, hay música y silencio. Llegamos a uno de los dos pianos (ambos fueron regalos), me animo a tocar algunas teclas y me pregunto cómo funcionará eso. Las pinturas hechas por Inés Arrondo me observan. Pienso en la última noche que disfruté música ahí. Y pienso en que quería contar la historia del lugar y no sé si lo estoy logrando. Juego de nuevo:

-Haceme un inventario de cinco cosas que representen todo este lugar.

-(Me mira serio de nuevo y vuelvo a escuchar un “Uff”). Qué lindo desafío. Me gusta: mi papá, el inicio, el motor principal del “Insti”. La familia de Romina, sobre todo su padre Cachi. Él fue muy importante también para todo esto y está dando vueltas, seguro, por acá. Cachito, el abuelo de Juana. Tercero, los profes y los artistas que han pasado por acá. Son aquellos que te dan la palmadita y pilares fundamentales de todo esto. Luego, Creciente. Es parte de ese inventario. Es parte desde cuando no era Creciente, pero ya estaban acá, cuando era Leo Juanes quinteto. Y en la quinta pongo al “Insti”. Amo este lugar. Las paredes, lo que me flasheó la primera vez. Y cada vez que entro no me para de sorprender. Mirá que ha cambiado después de tantos años, pero el lugar es increíble, mágico.

-Es un inventario de personas. Yo pensé en instrumentos, aulas, el lugar. Sin embargo decidiste poner en ese inventario a muchos…

-Está buena la observación que hacés. No me había dado cuenta. Es un inventario de personas. Es lindo porque habla del espíritu comunitario o de ese lugar de encuentro que mencionaba. Debe tener que ver con eso que aprendí de chico, bien tano, de recibirte y compartir lo poco que había. Y para mí esa era la felicidad absoluta, y yo quería esa forma de vivir la vida. Desde el encuentro y el compartir. Me parece que el “Insti” es eso.

Nos detenemos en la puerta de ingreso al auditorio. Las luces apagadas y el silencio. Siempre el silencio. Uno tiene la sensación de que, en cualquier momento, escuchará algún instrumento sonar. El auditórium: el escenario, las gradas, las musas y las sombras de todos aquellos estudiantes y artistas que pasaron hasta hoy por ahí. Todo aquello está hecho de música y para ella. Hasta su forma circular, porque mantiene la idea y el espíritu del fogón. Aquel que iguala y mantiene a todos de frente, donde todos se ven y, sobre todo, se escuchan. Estamos dentro y no hay percepción de vacío.

Calibán, personaje de La Tempestad de Shakespeare, describe a su isla como un lugar de “ruidos, sonidos y dulces melodías que dan placer y no hacen daño”. Pienso y siento eso al estar parado justo en el centro de ese auditorio.

Parece todo un espacio aislado de cualquier otro en la cercanía. Las pasiones y los encuentros lo han traído hasta este hoy. Los fantasmas que lo habitan inundan todo el lugar, en realidad. La música, y todo el arte que puebla el “Insti”, dan sentido de existencia. Pienso en aquello del principio, mi idea de contar la historia de este Instituto. Me pregunto si pude. Si se puede. Sí sé que este espacio puede ser descripto, pero mejor sabor deja el intentar comprenderlo. El hecho de levantarse en momentos difíciles, así como el sostenerse después de aquel verdadero comienzo que escondía la posibilidad de transformación, ha demostrado que el horizonte de esperanza puede ser dominado por la experiencia. Pareciera que no estamos tan desguarecidos, que aún hay circunstancias que nos empujan a buscar algo invisible. “Esto se banca porque el amor no tiene precio, si lo ponés en precio es carísimo. Es más barato poner guita que amor acá”, cierra el director del Immc.

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