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Del boxeo al atletismo: la nueva vida del Mosquito Lazarte

Del boxeo al atletismo: la nueva vida del Mosquito Lazarte

Javier López Ezcurra

0223 dialogó con el ex campeón mundial de la FIB quien recordó sus noches más brillantes y también las más oscuras. Alejado del mundo de los guantes, ahora se desvela por correr distancias largas, mientras continúa trabajando como barrendero en las calles de Mar del Plata.

Luis Alberto Lazarte nació el 4 de marzo de 1971 en el barrio Libertad de Mar del Plata. Sus padres biológicos lo abandonaron y su tía se hizo cargo de él. Sin embargo, a los 12 años decidió irse de su hogar porque su padrastro le pegaba y se fue a vivir a la calle, donde se ganó la vida cuidando autos y abriendo las puertas de los taxis en el Casino Central. “En la calle conocí lo peor, conocí la vagancia. Nunca robé, pero me la pasaba peleando. Hasta que un día me fajé con un boxeador y ahí quise saber lo que era el boxeo”, recuerda. En una charla franca, el ex campeón mundial muestra todas sus facetas y exhibe los motivos que lo inclinaron a cambiar los guantes y la soga por las zapatillas con cámara de aire.

El Mosquito, como lo apodaron en la categoría minimosca por su metro y medio de altura, se forjó entre las paredes del gimnasio Raúl Santos Villalba bajo el mando de Héctor Di Pilato, con quien vio pasar cinco definiciones mundialistas. “Con él gané de todo, menos títulos. Sin desmerecerlo. Las veces que peleé por el título del mundo me trabajaron mal. No veíamos videos, no estábamos adaptados a la tecnología”, expresó. Luego de casi toda una carrera acompañado por el prestigioso entrenador, Lazarte quedó bajo la tutela de Fernando Sosa.

Su noche más gloriosa llegó el 29 de mayo de 2010. El polideportivo de Once Unidos fue testigo de su consagración ante el colombiano Carlos Támara. Tiempo después le tocó defender con éxito la corona y el cinturón ante el nicaragüense Nerys Espinoza. Lo propio hizo en dos ocasiones ante el mexicano Ulises Solís, pero con resultados diferentes. En el primer combate los jueces determinaron un empate. En el segundo, en abril de 2011, Lazarte cayó derrotado ante el pugilista de Guadalajara.

 

No obstante, el Mosquito no se rindió y se volvió a subir al ring para definir nuevamente por el título minimosca de la Federación Internacional de Boxeo ante el filipino Johnriel Casimero. Pero la pelea no fue la planificada. Las crónicas de aquella noche de febrero de 2012 cuentan que Lazarte amenazó al árbitro de la velada. -“¿Vos querés salir vivo de acá? Te van a matar”, manifestó el marplatense. “No se lo dije en tono de amenaza. La pelea venía muy agresiva por los dos lados, pero todos me miraban a mí porque había pegado un par de cabezazos. Mido un metro cincuenta y siempre me metía para adentro para no dejarlos trabajar. El filipino hacía sus trampas, pero el centro del universo era yo”, evoca sentado en una de las butacas de la pista de atletismo municipal.

En el noveno asalto de la contienda el asiático derribó a Lazarte y allí fue que un grupo de espectadores identificados con las camperas de Camioneros, el gremio al que pertenece el Mosquito, comenzaron a tirar sillas en el medio de Once Unidos y hasta se subieron al ring para castigar a Casimero. “Cuando me di cuenta, ya le estaban pegando. No me podía levantar, estaba mareado. No hubiese dejado que pase”, admite más de siete años después. Tras el escándalo, la Federación Internacional de Boxeo suspendió a Lazarte de por vida y hasta le negó la posibilidad de asistir a eventos, aunque con el paso del tiempo el fallo quedó trunco y el marplatense volvió a pelear, hasta su retiro definitivo en noviembre de 2015 a los 45 años.

Como en sus noches más gloriosas arriba del ring, el esfuerzo no se negocia. A las 4 de la mañana se levanta para ir a trabajar, como hace 30 años, de barrendero para la empresa 9 de Julio. Con su pala y escoba, el Mosquito limpia los rincones a lo largo y ancho de la avenida Peralta Ramos entre Vértiz y la calle 47. A las 7.30 termina y se va entrenar. ¿Boxeo? No, atletismo, su nueva obsesión. En la pista Justo Román arrancó a correr hace tres años. Hoy completa doble turno y hasta llega a correr 28 kilómetros por día. “Lo hago por hobby, porque mi señora lo hace y es algo muy lindo. Te despeja la mente, estás todo el día activo. Es un deporte muy duro, no es fácil”, reconoce. A los 48 años, Lazarte se prepara para completar los 42 kilómetros del Maratón de la Bandera de Rosario, en junio. “El atletismo es mi nueva pasión, me llama la atención la amistad que hay”, asegura a 0223.

 

A pesar de haberse hecho en la calle, la vida lo reencontró con sus padres biológicos. Su papá ya falleció, aunque su madre vive a cinco cuadras de su casa del barrio José Hernández. De todas formas, mantienen una relación distante. “Nos hablamos, pero no de hijo a madre”, confiesa. Su familia es su sostén. Con su esposa Gabriela, quien lo acompaña desde los 18 años, tiene tres hijos. El del medio, Nahuel, quiere ser boxeador como el padre, pero Lazarte no quiere saber nada: “No me gusta porque es un deporte muy sacrificado”. Aunque avisa: “No es porque sea mi hijo, pero boxea muy bien”. Fiel a su estilo, Lazarte alza la guardia y pega como un jab: “No te pagan mucho y cuando lo hacen la mayoría de los manager se quedan con la mitad del dinero. Eso es lo que me pasó a mi. Yo podría haber seguido boxeando pero no quise saber más nada, por las trampas que hay, por las sinvergüenzadas”.

Cuando salí campeón del mundo no me alcanzaban los brazos para abrazar a toda la gente y cuando perdí me quedé solo con mis hijos. Eso es lo que más me lastimó del boxeo. Estoy dolorido, por eso no voy más a ningún festival. Me alejé, solo acompaño a mi hijo cuando pelea y que agradezca que voy. No quiero saber más nada. La gente de acá me defraudó”, se sincera Lazarte. “Me condenaron porque piensan que yo mandé a pegarle al filipino, pero no lo hice”, concluye.

A nueve años de una de sus noches más efusivas, Lazarte hace una pausa y reflexiona a pesar del enojo: “El boxeo fue lindo. Conocí un montón de lugares que nunca hubiese podido visitar. Estoy muy agradecido porque me sacó de la calle”. Por su sentido de pertenencia, el Mosquito representa sin dudas una de las figuras deportivas más representativas de Mar del Plata. “Ojalá salgan muchos más Lazarte de acá”, dice. “Hay mucha diferencia entre los entrenadores, mucha envidia. Si los gimnasios se unieran un poquito, podrían sacar un campeón argentino, sudamericano o hasta del mundo”, agrega. Aunque todavía guarda cariño por el deporte de los guantes y los puños, Lazarte se distancia. Sus objetivos están claros y su futuro asegurado. “Nací trabajando y voy a morir trabajando. No tengo estudios, no termine la escuela”, admite. La charla llega a su fin. El Mosquito salta a la pista para entrenar, su mirada está puesta en la carrera de Rosario.

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Del boxeo al atletismo: la nueva vida del Mosquito Lazarte

0223 dialogó con el ex campeón mundial de la FIB quien recordó sus noches más brillantes y también las más oscuras. Alejado del mundo de los guantes, ahora se desvela por correr distancias largas, mientras continúa trabajando como barrendero en las calles de Mar del Plata.

Luis Alberto Lazarte nació el 4 de marzo de 1971 en el barrio Libertad de Mar del Plata. Sus padres biológicos lo abandonaron y su tía se hizo cargo de él. Sin embargo, a los 12 años decidió irse de su hogar porque su padrastro le pegaba y se fue a vivir a la calle, donde se ganó la vida cuidando autos y abriendo las puertas de los taxis en el Casino Central. “En la calle conocí lo peor, conocí la vagancia. Nunca robé, pero me la pasaba peleando. Hasta que un día me fajé con un boxeador y ahí quise saber lo que era el boxeo”, recuerda. En una charla franca, el ex campeón mundial muestra todas sus facetas y exhibe los motivos que lo inclinaron a cambiar los guantes y la soga por las zapatillas con cámara de aire.

El Mosquito, como lo apodaron en la categoría minimosca por su metro y medio de altura, se forjó entre las paredes del gimnasio Raúl Santos Villalba bajo el mando de Héctor Di Pilato, con quien vio pasar cinco definiciones mundialistas. “Con él gané de todo, menos títulos. Sin desmerecerlo. Las veces que peleé por el título del mundo me trabajaron mal. No veíamos videos, no estábamos adaptados a la tecnología”, expresó. Luego de casi toda una carrera acompañado por el prestigioso entrenador, Lazarte quedó bajo la tutela de Fernando Sosa.

Su noche más gloriosa llegó el 29 de mayo de 2010. El polideportivo de Once Unidos fue testigo de su consagración ante el colombiano Carlos Támara. Tiempo después le tocó defender con éxito la corona y el cinturón ante el nicaragüense Nerys Espinoza. Lo propio hizo en dos ocasiones ante el mexicano Ulises Solís, pero con resultados diferentes. En el primer combate los jueces determinaron un empate. En el segundo, en abril de 2011, Lazarte cayó derrotado ante el pugilista de Guadalajara.

 

No obstante, el Mosquito no se rindió y se volvió a subir al ring para definir nuevamente por el título minimosca de la Federación Internacional de Boxeo ante el filipino Johnriel Casimero. Pero la pelea no fue la planificada. Las crónicas de aquella noche de febrero de 2012 cuentan que Lazarte amenazó al árbitro de la velada. -“¿Vos querés salir vivo de acá? Te van a matar”, manifestó el marplatense. “No se lo dije en tono de amenaza. La pelea venía muy agresiva por los dos lados, pero todos me miraban a mí porque había pegado un par de cabezazos. Mido un metro cincuenta y siempre me metía para adentro para no dejarlos trabajar. El filipino hacía sus trampas, pero el centro del universo era yo”, evoca sentado en una de las butacas de la pista de atletismo municipal.

En el noveno asalto de la contienda el asiático derribó a Lazarte y allí fue que un grupo de espectadores identificados con las camperas de Camioneros, el gremio al que pertenece el Mosquito, comenzaron a tirar sillas en el medio de Once Unidos y hasta se subieron al ring para castigar a Casimero. “Cuando me di cuenta, ya le estaban pegando. No me podía levantar, estaba mareado. No hubiese dejado que pase”, admite más de siete años después. Tras el escándalo, la Federación Internacional de Boxeo suspendió a Lazarte de por vida y hasta le negó la posibilidad de asistir a eventos, aunque con el paso del tiempo el fallo quedó trunco y el marplatense volvió a pelear, hasta su retiro definitivo en noviembre de 2015 a los 45 años.

Como en sus noches más gloriosas arriba del ring, el esfuerzo no se negocia. A las 4 de la mañana se levanta para ir a trabajar, como hace 30 años, de barrendero para la empresa 9 de Julio. Con su pala y escoba, el Mosquito limpia los rincones a lo largo y ancho de la avenida Peralta Ramos entre Vértiz y la calle 47. A las 7.30 termina y se va entrenar. ¿Boxeo? No, atletismo, su nueva obsesión. En la pista Justo Román arrancó a correr hace tres años. Hoy completa doble turno y hasta llega a correr 28 kilómetros por día. “Lo hago por hobby, porque mi señora lo hace y es algo muy lindo. Te despeja la mente, estás todo el día activo. Es un deporte muy duro, no es fácil”, reconoce. A los 48 años, Lazarte se prepara para completar los 42 kilómetros del Maratón de la Bandera de Rosario, en junio. “El atletismo es mi nueva pasión, me llama la atención la amistad que hay”, asegura a 0223.

 

A pesar de haberse hecho en la calle, la vida lo reencontró con sus padres biológicos. Su papá ya falleció, aunque su madre vive a cinco cuadras de su casa del barrio José Hernández. De todas formas, mantienen una relación distante. “Nos hablamos, pero no de hijo a madre”, confiesa. Su familia es su sostén. Con su esposa Gabriela, quien lo acompaña desde los 18 años, tiene tres hijos. El del medio, Nahuel, quiere ser boxeador como el padre, pero Lazarte no quiere saber nada: “No me gusta porque es un deporte muy sacrificado”. Aunque avisa: “No es porque sea mi hijo, pero boxea muy bien”. Fiel a su estilo, Lazarte alza la guardia y pega como un jab: “No te pagan mucho y cuando lo hacen la mayoría de los manager se quedan con la mitad del dinero. Eso es lo que me pasó a mi. Yo podría haber seguido boxeando pero no quise saber más nada, por las trampas que hay, por las sinvergüenzadas”.

Cuando salí campeón del mundo no me alcanzaban los brazos para abrazar a toda la gente y cuando perdí me quedé solo con mis hijos. Eso es lo que más me lastimó del boxeo. Estoy dolorido, por eso no voy más a ningún festival. Me alejé, solo acompaño a mi hijo cuando pelea y que agradezca que voy. No quiero saber más nada. La gente de acá me defraudó”, se sincera Lazarte. “Me condenaron porque piensan que yo mandé a pegarle al filipino, pero no lo hice”, concluye.

A nueve años de una de sus noches más efusivas, Lazarte hace una pausa y reflexiona a pesar del enojo: “El boxeo fue lindo. Conocí un montón de lugares que nunca hubiese podido visitar. Estoy muy agradecido porque me sacó de la calle”. Por su sentido de pertenencia, el Mosquito representa sin dudas una de las figuras deportivas más representativas de Mar del Plata. “Ojalá salgan muchos más Lazarte de acá”, dice. “Hay mucha diferencia entre los entrenadores, mucha envidia. Si los gimnasios se unieran un poquito, podrían sacar un campeón argentino, sudamericano o hasta del mundo”, agrega. Aunque todavía guarda cariño por el deporte de los guantes y los puños, Lazarte se distancia. Sus objetivos están claros y su futuro asegurado. “Nací trabajando y voy a morir trabajando. No tengo estudios, no termine la escuela”, admite. La charla llega a su fin. El Mosquito salta a la pista para entrenar, su mirada está puesta en la carrera de Rosario.

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