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Venezuela y la crónica de una radicalización anunciada

Venezuela y la crónica de una radicalización anunciada

Por Augusto Taglioni

Venezuela está nuevamente en el centro de la escena. Esta vez, producto de un intento levantamiento popular impulsado por el presidente de la Asamblea Nacional, Juan Guaidó y Leopoldo López, dirigente que estaba detenido en prisión domiciliaria. Acompañado de un puñado de militares, anunciaron el inicio de la fase final del “Operativo Libertad” que se propone derrocar al presidente Nicolás Maduro. ¿Es esto posible?

El primer dato para remarcar es que la liberación de Leopoldo López no hubiera sido posible sin la complicidad de una parte de las Fuerzas Armadas y agentes del Servicio de Inteligencia Bolivariano. Es decir, la deserción efectivamente existió pero no es lo suficientemente grande como para  quebrar ella apoyo de las Fuerzas Armadas Nacionales Bolivarianas a Nicolás Maduro. 

 

El segundo punto tiene que ver con Juan Guaidó. El autoproclamado presidente encargado irrumpió con fuerza el 23 de enero pero fracasó un mes después cuando no pudo ingresar camiones con ayuda humanitaria proveniente de Estados Unidos en la frontera colombo-venezolana en Cúcuta. El tercer mes lo transitó con fuerte apoyo de una parte de la comunidad internacional pero con una incapacidad notable para forzar un cambio en el escenario interno. Cabe destacar que luego de visitar todos los países que integran el Grupo de Lima, el diputado opositor regresó a Venezuela sin demasiados sobresaltos cuando los rumores indicaban que podía ser detenido. 

El desinfle de la figura opositora vino acompañada de una reconfiguracion del gobierno venezolano en el terreno internacional cuando Maduro concretó un acuerdo con la Cruz Roja para ingresar ayuda humanitaria, los lazos con China y Rusia se fortalecieron y el Canciller Jorge Arreaza tuvo una importante reunión con el Secretario General de las Naciones Unidas Antonio Guterres. 

En este contexto, la oposición adelantó lo que iba a desarrollarse el 1 de mayo y puso en macha su último gran intento tomar el poder en el Palacio de Miraflores. El objetivo fracasó por los mismos motivos que no prosperaron en el pasado reciente: las Fuerzas Armadas Bolivarianas. 

No hay nada nuevo en el pronunciamiento a favor de la intentona golpista de los países del Grupo de Lima y Estaos Unidos porque el escenario internacional no ha incorporado elementos nuevos a favor de los objetivos opositores. El desafío sigue siendo en el plano interno.

 

Por eso, debemos detenernos en la aparición de Guaidó con Leopoldo Lopez. Esa foto de madrugada en las inmediaciones de la base de La Carlota fue la cristalización de la radicalización que Guaidó inició luego del fracaso de Cúcuta y la foto con Mike Pence e Ivan Duque. Salir en bloque con el dirigente de Voluntad Popular  es aceptar el padrinazgo de Estados Unidos en la cruzada por sacar a Maduro y descartar por completo cualquier opción medianamente moderada. Leopoldo Lopez no es Capriles, Ramos Allup, Jesus Torrealba y, mucho menos, Henri Falcon, adoptar su estrategia es apelar a la violencia y la insurrección. 

La respuesta del chavismo a la radicalización es más radicalización a través de Disodado Cabello quien ofició de portavoz en un terreno de conflicto en el que se nueve como pez en el agua. Los únicos dirigentes chavistas que hablaron fueron Cabello y el todo poderoso ministro de defensa  Vladimir Padrino López que se ocupó nuevamente de demostrar que las Fuerzas Armadas siguen sosteniendo al gobierno. En todo caso, la llave para inclinar la balanza y forzar una transición la tiene Padrino López y eso, parece difícil en el mediano plazo

Guaidó y López saben que lo que sucedido hoy no califica como alzamiento militar y que, mas allá de las consideraciones, liberar a un detenido es un delito grave que obligará al Estado venezolano a tomar medidas drásticas, de lo contrario significaría un fuerte signo de debilidad. Por eso aceptaron ser hospedados en la Embajada de Chile en Venezuela, una jugada que le pone en la línea de fuego en la ofensiva contra venezolana y que ratifica la poca correlación de fuerzas que tiene la oposición para alcanzar sus objetivos.

El escenario venezolano transita otro capitulo de su radicalización, Guaidó lanzó un último golpe con la certeza de no alcanzar resultados. El ultimátum del asesor de la Casa Blanca, Jhon Bolton, es una confesión de lo que Estados Unidos espera de Venezuela: negociar una amnistía con Vladimir Padrino y el presidente del Tribunal Supremo de Justicia, Maikel Moreno, a cambio de la cabeza de Maduro. Esto demuestra que para Estados Unidos, el poder de Guaidó es nulo y que la llave de la resolución del conflicto, y por consecuencia la suerte del propio Maduro, dependen del verdadero jefe del ejército. Esto no sucederá por desconfianza de la cúpula militar  y por el carácter nacionalista de la fuerza que, aún enojados con Maduro, no aceptarán jefes supranacionales. 

Mientras esto no haya desenlace, para un lado o para el otro, Venezuela seguirá moviéndose en clave de guerra con la calle como escenario de disputa, tanques atropellando ciudadanos, instituciones que no funcionan y golpes orquestados desde el exterior que están lejos de resolver las penurias de los ciudadanos.

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Venezuela y la crónica de una radicalización anunciada

Venezuela está nuevamente en el centro de la escena. Esta vez, producto de un intento levantamiento popular impulsado por el presidente de la Asamblea Nacional, Juan Guaidó y Leopoldo López, dirigente que estaba detenido en prisión domiciliaria. Acompañado de un puñado de militares, anunciaron el inicio de la fase final del “Operativo Libertad” que se propone derrocar al presidente Nicolás Maduro. ¿Es esto posible?

El primer dato para remarcar es que la liberación de Leopoldo López no hubiera sido posible sin la complicidad de una parte de las Fuerzas Armadas y agentes del Servicio de Inteligencia Bolivariano. Es decir, la deserción efectivamente existió pero no es lo suficientemente grande como para  quebrar ella apoyo de las Fuerzas Armadas Nacionales Bolivarianas a Nicolás Maduro. 

 

El segundo punto tiene que ver con Juan Guaidó. El autoproclamado presidente encargado irrumpió con fuerza el 23 de enero pero fracasó un mes después cuando no pudo ingresar camiones con ayuda humanitaria proveniente de Estados Unidos en la frontera colombo-venezolana en Cúcuta. El tercer mes lo transitó con fuerte apoyo de una parte de la comunidad internacional pero con una incapacidad notable para forzar un cambio en el escenario interno. Cabe destacar que luego de visitar todos los países que integran el Grupo de Lima, el diputado opositor regresó a Venezuela sin demasiados sobresaltos cuando los rumores indicaban que podía ser detenido. 

El desinfle de la figura opositora vino acompañada de una reconfiguracion del gobierno venezolano en el terreno internacional cuando Maduro concretó un acuerdo con la Cruz Roja para ingresar ayuda humanitaria, los lazos con China y Rusia se fortalecieron y el Canciller Jorge Arreaza tuvo una importante reunión con el Secretario General de las Naciones Unidas Antonio Guterres. 

En este contexto, la oposición adelantó lo que iba a desarrollarse el 1 de mayo y puso en macha su último gran intento tomar el poder en el Palacio de Miraflores. El objetivo fracasó por los mismos motivos que no prosperaron en el pasado reciente: las Fuerzas Armadas Bolivarianas. 

No hay nada nuevo en el pronunciamiento a favor de la intentona golpista de los países del Grupo de Lima y Estaos Unidos porque el escenario internacional no ha incorporado elementos nuevos a favor de los objetivos opositores. El desafío sigue siendo en el plano interno.

 

Por eso, debemos detenernos en la aparición de Guaidó con Leopoldo Lopez. Esa foto de madrugada en las inmediaciones de la base de La Carlota fue la cristalización de la radicalización que Guaidó inició luego del fracaso de Cúcuta y la foto con Mike Pence e Ivan Duque. Salir en bloque con el dirigente de Voluntad Popular  es aceptar el padrinazgo de Estados Unidos en la cruzada por sacar a Maduro y descartar por completo cualquier opción medianamente moderada. Leopoldo Lopez no es Capriles, Ramos Allup, Jesus Torrealba y, mucho menos, Henri Falcon, adoptar su estrategia es apelar a la violencia y la insurrección. 

La respuesta del chavismo a la radicalización es más radicalización a través de Disodado Cabello quien ofició de portavoz en un terreno de conflicto en el que se nueve como pez en el agua. Los únicos dirigentes chavistas que hablaron fueron Cabello y el todo poderoso ministro de defensa  Vladimir Padrino López que se ocupó nuevamente de demostrar que las Fuerzas Armadas siguen sosteniendo al gobierno. En todo caso, la llave para inclinar la balanza y forzar una transición la tiene Padrino López y eso, parece difícil en el mediano plazo

Guaidó y López saben que lo que sucedido hoy no califica como alzamiento militar y que, mas allá de las consideraciones, liberar a un detenido es un delito grave que obligará al Estado venezolano a tomar medidas drásticas, de lo contrario significaría un fuerte signo de debilidad. Por eso aceptaron ser hospedados en la Embajada de Chile en Venezuela, una jugada que le pone en la línea de fuego en la ofensiva contra venezolana y que ratifica la poca correlación de fuerzas que tiene la oposición para alcanzar sus objetivos.

El escenario venezolano transita otro capitulo de su radicalización, Guaidó lanzó un último golpe con la certeza de no alcanzar resultados. El ultimátum del asesor de la Casa Blanca, Jhon Bolton, es una confesión de lo que Estados Unidos espera de Venezuela: negociar una amnistía con Vladimir Padrino y el presidente del Tribunal Supremo de Justicia, Maikel Moreno, a cambio de la cabeza de Maduro. Esto demuestra que para Estados Unidos, el poder de Guaidó es nulo y que la llave de la resolución del conflicto, y por consecuencia la suerte del propio Maduro, dependen del verdadero jefe del ejército. Esto no sucederá por desconfianza de la cúpula militar  y por el carácter nacionalista de la fuerza que, aún enojados con Maduro, no aceptarán jefes supranacionales. 

Mientras esto no haya desenlace, para un lado o para el otro, Venezuela seguirá moviéndose en clave de guerra con la calle como escenario de disputa, tanques atropellando ciudadanos, instituciones que no funcionan y golpes orquestados desde el exterior que están lejos de resolver las penurias de los ciudadanos.

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