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18 de Junio de 2019 08:36

El mundo que viene

Quien asuma el gobierno el 10 de diciembre en Argentina deberá tener en cuenta aspectos centrales del escenario internacional. Radiografía de un mundo complejo.

El 10 de diciembre se abre una nueva etapa en la Argentina, ya sea, por el inicio de un nuevo mandato de la alianza gobernante como por la posibilidad del retorno de una fuerza política opositora a la Casa Rosada

Si bien, cada fuerza tiene una mirada particular sobre lo que tiene que hacer el paíscon la política internacional, es importante hacer una radiografía del mundo que se viene para entender con que nos enfrenamos y la importancia de contar con estrategia propias de inserción global. Veamos. 

Bloque angloamericano y antiglobalista

Dos acontecimientos globales muy relevantes de los últimos tres años han tenido como  protagonista a Estados Unidos y Reino Unido. El primero con el triunfo de Donald Trump en las presidenciales y el segundo con la victoria del Brexit impulsado por el entonces primer ministro británico, David Cameron. Ambos fueron en 2016 y coincidieron con la materialización de un cambio de piezas en el orden global que dio centralidad a expresiones antiglobalistas, nativistas y nacionalistas que provocaron un constante tembladeral en el escenario internacional. 

En el caso norteamericano hay que decir que Donald Trump pudo, con una economía que empuja y niveles de desempleo históricos, darle la impronta que siempre deseó a su gestión. Sobre el pilar de “America First”, el presidente profundizó el estilo unilateral de decisiones y puso en crisis todos los consensos globales alcanzados por Barack Obama, desde el pacto con Irán por el desarrollo nuclear del país persa pasando por el Tratado Trans Pacífico, hasta el compromiso firmado en París para pelear contra el cambio climático. China, con quien Estados Unidos tiene múltiples disputas comerciales y tecnológicas, es el adversario elegido para polarizar y, por sobre todas las cosas, evitar su influencia en territorio latinoamericano. 

Medio Oriente no ha quedado fuera de la esfera de intervención estadounidense. Con Israel como aliado principal, amenazó a Irán con iniciar un conflicto armado (el último episodio en el Golfo es un ejemplo) y juega con fuego en temas sensibles como la soberanía en territorios ocupados palestinos. 

A su vez, Trump ha estrechado lazos con el gobierno italiano conducido por Matteo Salvini y celebró todo crecimiento de la derecha euroescéptica. Esto generó tensiones con la Unión Europea quien se encuentra en el dilema de dejar de ser un aliado auxiliar de la Casa Blanca para debatirse entre una autonomía relativa y un vínculo más fuerte con China. 

El presidente estadounidense no cree en los consensos globales y hará todo lo posible para concentrar la hegemonía en su territorio, ademas de tensar la cuerda con México e imponer condiciones fuertes en Centroamérica y América del Sur

El Brexit, celebrado por Trump, se llevó puesta a Theresa May y, muy probablemente, deposite en el cargo a Boris Jhonson, ex alcalde de Londres, excanciller de Theresa May y ferviente defensor de la salida brusca del Reino Unido del bloque europeo. 

La llegada de Jhonson a Gran Bretaña abre las puertas para que Estados Unidos y lo que quede del Reino Unido construyan un polo anglo-americano en el que la Casa Blanca marque los tiempos. Esto no es una novedad, lo nuevo es que sería un bloque abiertamente antiglobalista.

 

Unión Europea resquebrajada

El proceso de tres años de negociación del Brexit, el estancamiento económico y la crisis de los partidos tradicionales que permitió el crecimiento de la derecha reaccionaria en buena parte de los países del bloque han desgastado a un sistema de integración que supo ser un ejemplo. 

La crisis que comenzó en la periferia se trasladó al centro e impactó en las cuatro principales economías. Además de lo que sucedió con Reino Unido, es importante remarcar que Alemania disminuyó fuertemente su ritmo de crecimiento, la derecha reaccionaria creció al punto de lograr representación parlamentaria por primera vez desde el fin de la segunda guerra mundial y Angela Merkel tardó seis meses en conformar gobierno luego de una elección general que no tuvo los resultados esperados. 

Por su parte, Francia tiene al presidente Emmanuel Macron en sus niveles mínimos históricos de aceptación y, desde fines de 2018, intenta construir puentes de diálogo con los denominados “Chalecos amarillos” que continuan movilizados en reclamo de diversas reivindicaciones. Con los partidos clásicos (socialismo y conservadores) prácticamente fuera de la escena, el escenario político se parte entre la fuerza que representa Marine Le Pen, el nacionalismo de izquierda de Jean Luc Melenchon y el presidente Macron.

Por último, en Italia la crisis institucional pulverizó el sistema de partidos y permitió el ascenso de la ultraderecha de Matteo Salvini que conduce un proceso político de corte conservador, reaccionario y euroescéptico. En términos económicos, Italia es el segundo país con más deuda de Europa después de Grecia con 132 por ciento del PBI destinado a pagar deuda que se agrava en un contexto de parálisis económica y nulas perspectivas de crecimiento futuro. En este marco, el gobierno acaba de lanzar una particular medida que se llama Mini-Bots, es decir, bonos del tesoro que le permiten esquivar el escollo de no contar con una moneda propia y, por ende, con una política monetaria soberana. Estos bonos buscan dar oxigeno y liquidez y permitiría al ciudadano pagar diversos servicios. 

Con este marco de situación, pareciera complicado pensar en un acuerdo Unión Europea-Mercosur. 

 

Eje Pekín-Moscú 

Hace unos días, Vladimir Putin agasajó al presidente de China, Xi Jinping, con motivo de sus 66 años en el marco de la la cumbre de la Conferencia de Interacción y Medidas de Confianza en Asia. Una semana antes, Putin recibió a su par chino en Moscú  en el marco del aniversario de los 70 años de las relaciones entre ambos países y en el contexto del Foro Económico Internacional que se realiza todos los años en San Petesburgo que reúne a empresarios de todo el mundo 

El eje China-Rusia se viene desarrollando hace años como parte de la multipolairdad que ambos buscan reforzar como contrapunto a la hegemonía norteamericana. Ambos tienen un intercambio de más de 100 mil millones de dólares en gas, combustible, energía atomiza y biotecnología con perspectiva de desarrollo en moneda propia, independiente del dólar. 

Además, China y Rusia integran la Organización para la Cooperación de Shangai y han alcanzado un acuerdo entre la empresa de telefonía rusa MTS y Huawei para desarrollar nueva tecnologías metiendose de lleno en la disputa por el 5G con EEUU.

China lidera la nueva Ruta de la Seda que tiende a consolidar el rol del gigante asiático en Africa y América Latina, esto último es un problema para Estados Unidos quien está dispuesto a presionar y condicionar a sus aliados en la región para que esto no suceda.

El próximo gobierno deberá tener la inteligencia suficiente para hacer equilibrio en esta pelea de gigantes. 

 

Fragmentación regional 

Luego de la década de gobierno progresistas, la región entró en una etapa de transición con la llegada de fuerzas políticas conservadoras que, al menos en la experiencia de Argentina y Brasil, no están exentos de turbulencias.   

El Mercosur está paralizado porque Argentina y Brasil están ocupados en asuntos internos, Venezuela suspendido y Uruguay y Paraguay esperan que los ánimos se calmen. Esto deberá ser resuelto rápidamente para que la política mercosuriana tenga algún destino. 

Venezuela es otro foco de conflicto regional, con 4 millones de emigrados y una disputa interna con ayuda de los Estados Unidos que no pudo torcer el brazo al gobierno de Nicolás Maduro. Caracas decidió subordinarse a China y Rusia mientras sus aliados siguieron un plan orquestado desde Washington que, a todas luces fracasó. 

El tiempo juega en contra de Juan Guaidó que con el correr de los meses pierde peso, consenso interno y apoyo internacional. En el horizonte asoman nuevas (y muy irregulares) elecciones legislativas que buscarán consolidar el poder del chavismo. 

La política de seguidismo norteamericano basada en la hostilidad y el aislamiento no sirvieron para resolver una crisis tan profunda. El 10 de diciembre será la oportunidad para revisar la política ante este problema regional. 

 

Un mundo difícil

Esta claro que el panorama no es sencillo. La puja global obliga a pensar estrategia propias de inserción e intercambio en un contexto de retracción. 

El mundo esta difícil para los conservadores que no pudieron aplicar reformar liberales sin resistencia popular. En palabras del sociólogo Gabriel Merino “no hay condiciones para hegemonía neoliberal como en los 90”. ¿Por qué? El mundo de los 90 era unipolar, la globalización está en expansión, las sociedades estaban fragmentadas y desorganizadas y el Vaticano era aliado de Occidente desde los tiempos de la guerra fría.

El escenario actual es multipolar con China como principal comprador de Sudamérica, el capitalismo global está en crisis, la sociedad civil cuenta con mas niveles de organización y el Papa Francisco habla de la cultura del descarte como crítica al sistema financiero y cuestiona el rol de la justicia en la política. Es por esto que los gobierno liberales-conservadores no están pudiendo consolidar un ciclo histórico en la región ni profundizar ajustes sin que se desmorone la legitimidad de los mandatarios. 

Por último, el progresismo también tendrá sus desafíos al afrontar un escenario con los precios de los commodities no tan altos como en 2002/2003, el peso del FMI, una economía primarizada y  el caso venezolano como ejemplo de lo que no se debe hacer.  Es decir, no hay margen para plantear un escenario de radicalización y enfrentamiento directo, mucho más si pensamos un bloque sudamericano con fuertes diferencias en torno al rumbo económico. Todos los países del G7 (Alemania, Italia, Francia, Gran Bretaña, EEUU, Canadá y Japón) experimentan momentos retracción y el comercio solo se mueve a través del bloque Asia-Pacífico. Este punto  junto al impacto de la recesión en Brasil deberán ser tenido muy en cuenta. 

Por eso, el progresismo será nacionalista y regionalista pero más cerca del proceso uruguayo o la experiencia de Andrés Manuel Lopez Obrador en México que de la Venezuela de Maduro. Una izquierda institucionalista con cuentas ordenadas y el acuerdo social como bandera. 

 

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