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    Mar del plata

    15 de Septiembre de 2019 14:53

    El barman marplatense que recorre el mundo a bordo de un lujoso crucero

    Martín Kremer tiene 24 años y en noviembre se subirá a un barco con múltiples atracciones que albergará a cinco mil pasajeros. Entre whiskys y margaritas pudo cumplir su sueño de viajar y conocer lugares remotos.

    ¿Quién no soñó alguna vez con recorrer el mundo entero y viajar por los siete mares? ¿O acaso vivir y trabajar en un crucero al mismo tiempo? Martín Kremer es un marplatense de 24 años que desde 2017 se sube a impresionantes embarcaciones para destacarse detrás de la barra de tragos como barman. Después de descansar solo dos semanas en su ciudad natal luego de su periplo de ocho meses en aguas internacionales, minutos antes de subirse al avión rumbo a Japón desde el Aeropuerto Internacional de Ezeiza, Martín se tomó algunos minutos para hablar con 0223 y contar su historia.

    Oriundo de Mar del Plata, se crió toda su vida en Punta Mogotes. Cuando aún cursaba el último año de la secundaria, Martín decidió ingresar a la Escuela de Hotelería y Gastronomía de la Unión de Trabajadores Hoteleros y Gastronómicos de la República Argentina (Uthgra) para formarse y así cumplir su máximo sueño: viajar por el mundo. "Siempre quise conocer la mayor cantidad de lugares posibles. Busqué la forma de trabajar y al mismo tiempo aprender y viajar por lugares a los que nunca hubiese ido por mi cuenta como Omán o Abu Dabi", le cuenta a 0223 antes de partir rumbo a tierras niponas.

    Después de trabajar algunos años en diferentes bares de la zona de Alem, Martín envió su currículum a una reclutadora de personal de cruceros y, tras una serie de entrevistas, finalmente quedó en uno de los puestos, aunque no en el que esperaba. En febrero de 2017 tuvo su primera travesía. "Me convocaron para camarero, pero no para barman", explicó. Al finalizar su contrato de ocho meses, le concedieron una promoción temporaria como bartender. Así, se adueñó de la barra del bar de margaritas. "En ese buque había 14 barras temáticas. La que me tocó es una de las más divertidas porque te permiten hacer flair, jugar con botellas, cocteleras, aparte hay karaoke y mucha onda latinoamericana. Mis superiores quedaron satisfechos y me dejaron efectivo", comentó el joven.

    De todas maneras, la aventura no termina allí. Por que ahora, a partir de noviembre se subirá al Norwegian Encore, un lujoso crucero que acogerá a cinco mil pasajeros, casi el doble de caudal de gente al que está acostumbrado. "En el último viaje, uno de los grandes supervisores me invitó a trabajar en el nuevo barco. Es un monstruo muy grande. Hay para alquilar peliculas, una pista de karting, un escenario para jugar al paint ball con lasers y hasta un teatro. Es una miniciudad. La verdad es increible tener todo eso en el barco", describió asombrado.

    "En total somos unos dos mil empleados, es como un pequeño pueblo. Nos conocemos entre todos, hay muy buena energía. Siempre hay una charla con alguien diferente. En mi caso trabajo en bares diferentes de pequeños turnos cada uno, voy rotando. Así aprendo más, trabajar con personas de todo el mundo te enseña qué bebe cada una y cómo lo hace. Es un valor agregado importante al momento de atender al cliente", sostuvo. Entre tantos lujos y distracciones, aprovecha sus ratos libres para distenderse un poco en el gimnasio o con alguna computadora. "Trato de aprender algún idioma. Cada uno tiene su play station, sirve para despejar la mente y bajar los decibeles", afirmó.

    Al finalizar cada viaje, los empleados tienen la posibilidad de volverse a su casa o seguir recorriendo el mundo por su cuenta. Después de pasar dos semanas con familiares y amigos, ahora es el turno de conocer nuevas culturas e interiorizarse en otro tipo de coctelería. "Voy a Japón a recorrer destilerías y bares para aprender un poco más. De paso aprovecho las vacaciones para incursionar en el licor y el whisky japonés. Siempre trato de usar el tiempo que tengo para viajar y buscar un poco más", expresó, probablemente, sentado en alguna silla del aeropuerto Ministro Pistarini de Buenos Aires.

    "Si no hay un buen servicio, el barco es como un galpón vacío. En el crucero la experiencia total de la gastronomía se puede perder por cualquier error muy pequeño; por eso aprender a controlar y dar un buen servicio es fundamental”, agregó el marplatense de 24 años que sueña con ser jefe de barra o cotelería en algún momento de su carrera. Mientras tanto, entre copas y tragos, seguirá navegando y aprendiendo de piscos peruanos, whiskys irlandeses y por qué no de licores japoneses.