Mar del plata

14 de Septiembre de 2020 17:33

Crónica diaria de un salvavidas

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Es uno de los tantos héroes que tiene Mar del Plata en la pandemia. Es médico de cabecera del Pami y del Grupo de Intervenciones Especiales (GIE) del Same. Es Guillermo Alberto Baltar.

Son las ocho de la mañana de algún martes de agosto. Guillermo Alberto Baltar está desnudo, parado, casi congelado, frente a la puerta de casa.

          -¡Pero qué frío, por favor!

Guillermo tiene razón: sí, el invierno nunca cede en Mar del Plata. Pero no pierde el tiempo porque tiene que apurarse a dejar toda la ropa en el lavadero. Quiere disfrutar cuanto antes de la última ducha que recibirá con la misma calidez de un abrazo. Tiene que apurarse para descansar, al fin, después de hacer otras doce horas de guardia.

Cuando termina su día, el de muchos comienza. Cada fin de semana, cada lunes, cumple sus treinta y seis horas en el Grupo de Intervenciones Especiales (GIE) del Sistema de Atención Médica de Emergencias (Same). No se queja ni de los horarios, ni de los esfuerzos, ni de los riesgos. De nada. Lo único que muestra a los cincuenta y tres años es puro corazón por la profesión. 

Ese martes Guillermo (MP:111.058) se va a dormir con una buena noticia. Unas horas antes de llegar a casa le acaban de confirmar la beca, un paso que lo acerca al nombramiento que tanto espera. Porque también pasan esas cosas en el sistema de salud de la Provincia: hace dos años y medio que Guillermo aporta su experiencia profesional pero, entre tanto trámite y burocracia, a las autoridades se les pasó el detalle de que tienen que registrarlo tal como manda la ley.

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Es miércoles y Guillermo está tranquilo. Disfruta de la libertad de su casa. Agradece no tener que andar corriendo en ambulancia, no tener que repetir cuatro veces la tortura de vestirse y desvestirse en un mismo turno, por cada traslado. En la atención del consultorio virtual del Programa de Atención Médica Integral (Pami) encuentra otra dinámica que le da cierto oxígeno para sobrellevar el resto de la semana.

El trabajo, igual, es exigente: no solo tiene que atender, como médico de cabecera, a adultos con patologías digestivas, traumatológicas, tumores, diabetes, enfermedades crónicas, sino que al mismo tiempo tiene que atender, como simple hombre de familia, las demandas del hogar y las necesidades de su hija.

Guillermo mira la hora y confirma que son las dos de la tarde. Sonríe. Solo faltan sesenta minutos para terminar el servicio de seis horas que brinda para la obra social. Siente que la mañana y el mediodía volaron a pesar de las pocas consultas. Solo atendió cinco pacientes y no puede evitar recordarse dos o tres meses antes, cuando las llamadas se triplicaban por el miedo que generaba la reciente irrupción del coronavirus.

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Es sábado y Guillermo llega junto a sus compañeros, el enfermero y el chofer de la ambulancia, al Hospital Interzonal General de Agudos (Higa) Dr. Oscar Alende. Desde el shock room de la guardia se comunicaron unos minutos antes con la dotación para hacer un traslado de alta complejidad a la unidad modular exclusiva para Covid-19. Es por una paciente de sesenta y tres años, con un cuadro agravado por una neumonía severa y obesidad.

Es otra madrugada fría, muy fría, pero Guillermo solo siente calor dentro de ese traje blanco incómodo en el que parece más astronauta que médico. Llega a un sector de aislamiento y se encuentra con el enfermero de la sala para terminar de coordinar el traslado. Le cuesta reconocerlo y no es por el traje de protección sino porque se da cuenta que nunca antes lo había visto: el joven le explica que el enfermero del fin de semana pasado no está porque contrajo Covid-19.

Esta vez, como muchas veces, Guillermo y su equipo cuentan con el apoyo de un enfermero extra, que proviene de otra ambulancia del Same y que no tiene ninguna obligación de acompañarlos y ayudarlos en el traslado pero que sí siente el impulso de hacerlo.

Con cuidados extremos, Guillermo y su equipo desconectan el respirador mecánico y revisan los cuatro sueros que dan asistencia a la mujer de más de cien kilos. Uno de los enfermeros le coloca la mascarilla y se encarga de bolsearla – es decir, mete y saca oxígeno minuto a minuto de sus pulmones en forma manual a través de una especie de pera de goma – hasta que pueden introducir a la paciente en la cápsula de aislamiento, a pesar de las dificultades por el volumen de su cuerpo. La parte más difícil termina con éxito: ahora la llevan en camilla hasta la ambulancia.

Pasan veinte minutos. El tiempo corre.

Una vez en la unidad de emergencias, los profesionales del GIE del Same VIII controlan los signos vitales mientras el enfermero bolsea, bolsea y bolsea. El traslado finaliza pero el procedimiento y los cuidados extremos se repiten a la inversa: a la mujer la recuestan en la camilla del modular, la conectan a un respirador y le colocan los cuatro sueros, con cada una de las velocidades y dosis correspondientes. Guillermo también se hace cargo de informar cada detalle de la historia clínica del ingreso que acaban de realizar al profesional que cubre el turno en la Unidad de Terapia Intensiva.

Pasan otros veinte minutos. El tiempo corre.

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Es domingo y Guillermo está en el interior de la ambulancia del Same junto al chofer y el enfermero. Ninguno ve nada. Cada espacio de la unidad de emergencias se cubre de un humo blanco, denso y espeso. El humo avanza al ritmo que dispone una máquina sanitizante que se ocupa de que el móvil y sus integrantes reciban el material desinfectante.

Es apenas la primera parte del procedimiento de limpieza de la ambulancia. Es invasivo, sí, pero la ventaja es que es una maniobra práctica, automatizada. Los pasos que siguen, en cambio, son tan manuales como tradicionales: primero hay que tirar detergente, después lavandina, después enjuagar y lavar en profundidad la camilla, los elementos de trabajo y los distintos sectores del vehículo.

La ambulancia está como nueva pero todavía falta. Guillermo y sus compañeros tienen que desnudarse. Se saben de memoria los cuidados que deben tener en cuenta y les gustaría sacarse la ropa rápido, sin preocuparse, pero ni siquiera en ese momento pueden relajarse porque saben que cualquier error podría contaminar el lugar. Entonces, bajo supervisión, cada profesional de la dotación se quita las prendas con máxima cautela, toma una de las cuatro mudas que llevan en bolsas rojas desde su casa, y se baña para prepararse y estar listo para otra salida.

Pasan treinta y cinco minutos. El tiempo corre.

Ahora reciben un llamado del Hospital Interzonal: sí, en la Unidad de Terapia Intensiva necesitan trasladar a un hombre de ochenta años al espacio de atención modular de coronavirus.

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Es lunes, son las cuatro de la madrugada pero el viento y la lluvia no duermen en Mar de Plata. Guillermo y su equipo del Same tampoco. Los trabajadores enfrentan una jornada intensa: regresan de haber colaborado con dos traslados de pacientes del Hospital Interzonal Especializado Materno Infantil Don Victorio Tetamanti a la unidad modular del Higa.

A pesar de las pésimas condiciones climáticas, los profesionales de la salud se ven expuestos y obligados a tener que desinfectar la ambulancia para evitar cualquier riesgo de propagación del virus. Lo tienen que hacer para cuidar a los pacientes y a ellos mismos. Pero la zona donde se encuentran no colabora con sus intenciones.

Guillermo y su equipo están ubicados bien al sur de la ciudad, en el sector de la playa Waikiki: ahí funciona su base estratégica, un sitio razonable si se considera que la misión madre con la que se concibió el GIE fue la de atender cualquier emergencia en el mar, en las rutas, y colaborar en siniestros con víctimas múltiples, como en el caso del incendio histórico que sufrió la distribuidora Torres y Liva de Rivadavia y 20 de septiembre.

Pero la cuenta que hay que hacer es la siguiente: si se suma el tiempo del viaje, el tiempo para vestirse, el tiempo para hacer el traslado de pacientes graves con coronavirus desde alguno de los efectores de salud de la Provincia al hospital modular, el tiempo para volver, el tiempo para desinfectar la ambulancia y el tiempo para desvestirse y bañarse, cada salida, si es que no surgen complicaciones ni eventualidades extraordinarias, puede demandar fácilmente tres horas de trabajo.

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Son las ocho de la mañana de algún jueves de septiembre. Guillermo no tiene que cubrir ningún turno en el Same pero su esposa sí tiene que trabajar desde temprano por lo que no duda en levantarse para acompañarla en los primeros momentos del día.

María Laura Roldán también es personal de salud: es una de las técnicas en anestesiología del Hospital Interzonal, una pieza clave, junto a instrumentadores y otros profesionales, a la hora de impulsar los protocolos que, en plena pandemia, se aplican en quirófanos y demás espacios de trabajo de los centros hospitalarios y sanatoriales.

María Laura sabe, en primera persona, de cada una de las incomodidades que tiene que atravesar Guillermo en un día de trabajo: ella también tiene que extremar los cuidados y las medidas de prevención, también tiene que colocarse los trajes de protección y también tiene que desnudarse y tomar frío antes de volver a entrar a casa.

Guillermo y María Laura desayunan juntos. Con un café caliente, recargan energías y se dan fuerzas entre sí. Él se prepara para lo que será su trabajo en el consultorio virtual de Pami; ella para lo que será una jornada seguramente larga en el Higa.

Así, comienza un día más.

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