Una vida atravesada por la música del Indio
Recuerdos y memorias de un marplatense ricotero.
Toda mi vida estuvo atravesada por la música del Indio Solari. Los primeros recuerdos que tengo de él y de los Redondos son de cuando era muy chiquito. La banda se formó allá por 1976 y yo nací en el 80. De la infancia, recuerdo la sorpresa de escuchar en la radio a alguien que cantaba una canción que decía la frase "Rock fuerte en el Puticlub". No entendía bien de qué se trataba, pero me llamaba poderosamente la atención. También me acuerdo de La bestia pop: cómo me encantó ese ritmo tan pegadizo y ese "a brillar mi amor" que quedó grabado a fuego en mis recuerdos.
Un poco más grande, empecé a escuchar esos cassettes con mi prima, y ya a los 14 o 15 años tuve un primer encontronazo que fue absolutamente definitivo. Me disponía a tomar el colectivo para ir a bailar a una matiné en un boliche de la avenida Constitución. Fui a la parada del 554, que iba desde el Puerto hasta Constitución (yo lo tomé en la zona de la 39 y Peralta Ramos).
Cuando me subí al bondi, estaba completamente lleno de pibes que iban a ver a los Redondos. Fue un choque con un mundo que desconocía por completo. El primer cantito de esos locos que saltaban y cantaban arriba del colectivo, y que me grabé en la cabeza, decía: "Paredón, paredón, a todos los milicos que vendieron la nación". Ahí empecé a comprender que había algo mucho más grande detrás, aparte de una simple banda de rock.
Al año siguiente, y ya habiendo conocido a los mejores amigos que la vida me dio, nació la idea de ir a ver a los Redonditos al Polideportivo de Mar del Plata. Presentaban el disco Luzbelito, y allí fuimos. Ese día se terminó de sellar algo en mí que iba a durar para siempre: el fanatismo y la admiración por el Indio y su banda. Ver el Poli lleno de gente cantando y celebrando, la previa increíble, las banderas, los bombos, y las bandas que llegaban desde todas partes del país... A partir de ahí, me propuse no perderme ningún recital.
Después vino el Patinódromo, varias fechas, incluso con unos quilombos tremendos con la policía, que nos tiraba absolutamente de todo. Una noche helada en Tandil, después de la prohibición en Olavarría. Viví un viaje inolvidable a Montevideo, también aquella noche en el Cilindro de Avellaneda y, por último, el orgullo de haber copado River Plate, como decía la canción que cantábamos cada vez que íbamos a verlos.
Créanme que no era joda ir a ver a los Redonditos en aquellos años, a finales de los 90 y principios de los 2000. El clima estaba muy caldeado, muy espeso. La juventud y la adolescencia de los 90 estaba olvidada, dolida, rota... y los Redonditos hacían de contención de toda esa miseria adolescente.
Más adelante, ya más grande y con otras posibilidades, empecé a seguir la carrera solista del Indio con Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado. Fui a La Plata la noche de su debut y volví a la capital de la provincia en varias ocasiones más. Los fui a ver a Jesús María en un viaje interminable: manejando solo todo un día en un Falcon 77, tomando café para poder llegar a Córdoba. También los vi un par de veces en Tandil y tuve la suerte de presenciar la última función del Indio en Olavarría. Incluso después continué viendo a Los Fundamentalistas, y si Skay venía a Mar del Plata, también iba a verlo. Toda mi vida estuvo marcada por su obra.
Esta mañana, cuando me enteré de su muerte, quedé paralizado. Me senté en el auto y me largué a llorar; quedé inmovilizado y me olvidé del trabajo por un rato porque no podía pensar en otra cosa. Hablé con un par de amigos para intentar compartir un poco esta inmensa tristeza que me invade. Hoy es un día gris en Mar del Plata y en nuestros corazones. El Indio nos dejó, pero nos queda su legado, su obra, su música, su coherencia, su respeto, su ideología y su forma de ver la vida.
Adiós, Indio, hasta siempre. Nos vemos allá. Gracias por todo.
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