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15 de Septiembre de 2021 16:38

Micromachismos cotidianos: están ahí aunque no los reconozcas

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¿Qué es un micromachismo? Se identifican como “pequeñas tiranías cotidianas” o “leves formas de control” ejercidas sobre las mujeres y disidencias, y que a su vez están legitimadas por la cultura patriarcal. Cuáles son y qué estadio de deconstrucción real nos encontramos.

“Que suerte que tu marido te ayude en casa”, se comenta y se asume, ya sea un hombre o una mujer quien lo enuncie, que las tareas de cuidado las “hacen mejor las mujeres”. O bien, por qué se les pregunta a las mujeres “para cuándo un hijo” y nunca (o en rara excepción) a los hombres.

Sucede todos los días, incluso en los ambientes más progresista, pero ¿por qué cuesta tanto reconocer los micromachismos? Algunas reflexiones y claves para empezar a desnaturalizarlos y hacer algo para cambiarlos.

 

Origen del término

El micromachismo es un término que nació en 1990 y fue introducido por el psicoterapeuta Luis Bonino para nombrar a pequeños controles y actitudes cotidianas de dominación sobre el género femenino que constituyen a la base de las demás formas de la violencia de género o misoginia que normalizan el maltrato psicológico, simbólico, emocional, físico, sexual y económico. Se trata, además, de prácticas legitimadas por el entorno social en contraste con otras formas de violencia machista denunciadas y condenadas habitualmente.

Luego de más de una década de trabajar en el ámbito del estudio de las relaciones de género, Bonino observó que los micromachismos son “obstáculos y también resistencias para la igualdad con las mujeres en lo cotidiano” y los identificó con pequeñas imposiciones y abusos de poder de los varones en las relaciones de pareja al que él, junto a otros autores y autoras han llamado “pequeñas tiranías”, “machismo invisible” o “sexismo benévolo”, entre otros términos utilizados.

En la pareja, se manifestaría como formas de opresión naturalizadas con las que los varones intentan mantener el poder y conseguir beneficios. Entre los rasgos comunes:

+Imponer y mantener el dominio y su superioridad.

+Reafirmar o recuperar dicho dominio.

+Resistirse al aumento de poder personal o interpersonal.

+Aprovecharse de dichos poderes

+Aprovecharse del "rol de cuidadora"

Ahora que las grandes violencias se están deslegitimando socialmente cada vez más, los micromachismos probablemente sean las trampas más frecuentes que los varones usan para “ejercer” su autoridad sobre las mujeres. Esa “autoridad” que muchas veces es buscada e incluso necesitada de manera inconsciente, que remite a lo aprendido de niños, cuando en el proceso de socialización de “hacerse hombres” se les enseñó como hábito “correcto” de comportamiento frente a las mujeres.

Según Fabbri, los  micromachismos más comunes son los llamados “utilitarios”, entre los que se destaca la delegación de tareas de cuidados de la salud, del cuidado de la reproducción de la vida familiar y doméstica y la gestión de las emociones que están asociadas al universo de lo femenino por efecto de la cultura patriarcal.

 

¿Cuáles son los micromachismos más comunes?

Para Lucho Fabbri, Doctor en Ciencias Sociales (UBA), Licenciado en Ciencia Política (UNR), y Coordinador del área de género y sexualidades de la UNR, los micromachismos más comunes son los llamados utilitarios”, entre los que se destaca la delegación de tareas de cuidados de la salud, del cuidado de la reproducción de la vida familiar y doméstica y la gestión de las emociones que están asociadas al universo de lo femenino por efecto de la cultura patriarcal.

Algunos ejemplos:

+ Asumir que las mujeres son las encargadas de las tareas domésticas

+ Ellas son las encargadas de gestionar las emociones y de ponerlas en palabras, porque “son más sensibles”, y lo “hacen mejor”.

+ Cuando se trata de lugares estereotipadamente masculinos (ya sean en puestos de trabajo o espacios públicos), la mujer se hace invisible y el personal se dirige siempre al hombre en las conversaciones.

“+ Te dejaron de niñera”, todavía se escucha entre los grupos de varones el comentario cuando uno queda al cuidado de sus hijos, sobrinos o nietos.

+ A la mujer se le pregunta “para cuando un hijo”, al hombre no.

“En general, los varones descansamos en esos rasgos patriarcales para seguir delegando sobre las mujeres, para que todas esas tareas vinculadas a la reproducción de la vida cotidiana sigan siendo responsabilidad principal, sino exclusiva, de las mujeres. Eso se identifica de manera muy directa en el ámbito doméstico, donde las mujeres tienen una participación más activa y de mayor carga horaria en la limpieza, la cocina, además de ser la encargada de pedir los turnos de salud de toda la familia, incluso de la familia de su pareja”, detalla Fabbri.

El punto de inflexión -o al menos el que intenta plantear este artículo- apunta a qué podrían hacer los varones para cambiar algo de esta realidad, si logran reconocer que mujeres y disidencias están siendo desestimadas, violentadas, y que están cargando con tareas de cuidado y de sostenimiento de la vida familiar exclusivamente por su condición de género.

Fabbri encuentra el mayor desafío casualmente en este punto, cuando este tipo de prácticas se hacen conscientes. “Muchas veces, nosotros los interlocutores varones nos sentimos incçomodos, nos genera malestar que se pongan en palabra los privilegios que tenemos naturalizados porque, de alguna manera, darles crédito implica reconocer que existen y eso abre la puerta a que nos tengamos que responsabilizar y transformar esas prácticas, por lo cual, trabajar sobre los micromachismos, genera resistencias porque hace visible aquello que los varones, por obtener algún tipo de ventaja, preferimos mantener invisible”, explica Fabbri. 

 

Las herramientas para el cambio: introspección, escucha, empatía.

Según reflexiona Fabbri, hay que empezar por “trabajar en el autoconocimiento y hacernos la pregunta cotidiana si estamos siendo justos en la distribución de las tareas. Yo me puedo preguntar de qué tareas diarias vinculadas a la limpieza, el cocinar, el cuidar de otras personas de mi núcleo familiar me estoy haciendo cargo y de cuales de esas tareas se está haciendo cargo mi pareja.  Y también se puede pensar por fuera del ámbito doméstico, ya sea en el trabajo, en la política o en el ámbito de organizaciones sociales de acuerdo a la participación de cada uno”.

Entonces, “el ejercicio de introspección es clave, pero también el trabajo de escucha y reflexión en la medida de lo que ellas, quienes padecen nuestros micromachismos, nos muestran lo que están sufriendo”, agregaba Fabbri.

 

Los micromachismos son formas de hablar o actuar que perpetua roles machistas en la sociedad.

 

Para avanzar en la transformación hay que dejar de:

+Subestimar cada planteo de desigualdad de género

+Dejar de tratar a las mujeres que expresan su disconformidad como locas y exageras

+Dejar de creer que, porque a los hombres no les pasa, no es real.

0223 consultó a Fabbri en qué estadio de toma de consciencia consideraba que nos encontramos como sociedad, y en particular, los hombres en relación a este modo de “violencia blanda”.

“Creo que estamos muy lejos de estar a la altura del cambio que las compañeras vienen necesitando lo cual no quiere decir que no empecemos a registrar esa interpelación y también a alojar esas preguntas. La incomodidad que esas reflexiones generan, hace que en muchos casos intentemos resolverlo de manera muy rápida y superficial para restablecer lo antes posible la imagen que teníamos de nosotros mismos antes de saber que estábamos siendo injustos. Entonces es cuando tomamos atajos, pensando que incorporando algún discurso y cambiando alguna que otra práctica es suficiente para sentirnos varones en proceso de deconstrucción”.

“La deconstrucción es un proceso lento, largo, porque cada uno de nosotros fuimos criados en el marco de esta cultura patriarcal y machista, no se trata de señalar a otros varones como los culpables de esta situación, yo no hablo ni por fuera ni por encima, sino como un sujeto de género que tiene prácticas por revisar, y eso es lo que estamos invitando a hacer al resto de los varones”.

Entre las formas de resistencia, una de las más comunes es la desidentificación de los relatos de violencia machista. Fabbri finaliza con la siguiente reflexión: “Es común que busquemos alivianar las carga de tener que cambiar y de hacernos responsables de estos comportamientos machistas, comparándonos con otros hombres que suelen ser más injustos o más violentos. En realidad, lejos de des identificarnos tenemos que poder hacernos cargos de estas preguntas y necesidades para poder ser más justos en nuestras prácticas”.

 

La mirada antropológica: el mandato de masculinidad

Partiendo de la idea de que los micromachismos son comportamientos que se ejecutan y reproducen de manera inconsciente, la antropóloga y referente indiscutible en el análisis de la violencia machista Rita Segato, explica que “la masculinidad es un mandato que exige a los varones que constantemente pongan a prueba sus atributos, principalmente la potencia bélica, la potencia sexual y la potencia económica”.

Por eso, Rita afirma: “el mandato de masculinidad es un mandato de violencia, de dominación, el sujeto masculino tiene que construir su potencia y espectacularizarla a los ojos de los otros. O sea, la estructura de la masculinidad, la estructura de género, la estructura del patriarcado, son análogas a la estructura machista. Son como el guante a la mano. El mandato de masculinidad le dice al hombre que espectacularice su potencia ante los niños, ante los compañeros, ante los primos, ante los hermanos, delante de los ojos del padre, en sociedad”.

 

Desnaturalizarlos, reconocerlos, o al menos cuestionarnos si estamos siendo víctimas o victimarios de estos micromachismos, es un primer gran paso.

 

Por último, compartimos alguno de los efectos de los micromachismos según Luis Bonino:

+ Inhibición de la lucidez mental por disminución de la valentía, la crítica, el pensamiento y la acción eficaces, la protesta válida, y el proyecto vital. 

+ Fatiga crónica por forzamiento de disponibilidad, con sobreesfuerzo psicofísico, desvitalización, y agotamiento de sus reservas emocionales y de la energía para sí y para el desarrollo de sus intereses vitales. 

+ Sentimiento de incapacidad, impotencia o derrota, con deterioro de la autoestima, con aumento de la desmoralización y la inseguridad, y con disminución de la auto credibilidad de las propias percepciones, con una actitud defensiva, provocativa o de queja ineficaces.

+ Disminución del poder personal, con un retroceso o parálisis del desarrollo personal, limitación de la libertad y utilización de los “poderes ocultos” femeninos (aquellos que cualquier persona subordinada utiliza cuando no se siente con derecho a utilizar su poder personal).

+ Malestar difuso, irritabilidad crónica y un hartazgo “sin motivo” de la relación.

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