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“Papá, ¿cómo sabés esas cosas?”

“Papá, ¿cómo sabés esas cosas?”

Por Redacción 0223

Pablo Verna es hijo del médico de Campo de Mayo Julio Alejandro Verna. Cuando descubrió que su papá cometió crímenes de lesa humanidad lo denunció. "Atravesé un conflicto de lealtades, pero lo resolví siendo leal a mí mismo", contó. 

La primera vez que Pablo Verna escuchó comentarios de su padre que le hicieron "sospechar" fue a fines de 1983, cuando él tenía 11 años. Estaban comiendo y su papá, Julio Alejandro Verna, médico de Campo de Mayo durante la dictadura cívico militar, mencionó detalles que a Pablo comenzaron a despertarle una inquietud: ¿cómo sabía esas cosas?

"Con el correr de los años el tema surgió varias veces en la mesa familiar. Y a la vez que él contaba, y yo le preguntaba cómo sabía, él decía que se lo contaban las enfermeras", relata Pablo a 0223. Esa sospecha se fue convirtiendo en certeza. Esas charlas en discusiones, hasta que a fines de 2013 Pablo Verna pudo resolver su conflicto interno, y se acercó a la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación para informar que su papá Julio Verna había cometido delitos de lesa humanidad.

Pablo, junto a otros hijos de genocidas, conforman el colectivo "Historias desobedientes, hijos, hijas y familiares de genocidas por la Memoria, la Verdad y la Justicia". Este viernes estuvieron junto a los organismos de derechos humanos de Mar del Plata en la conferencia de repudio a la prisión domiciliaria de Miguel Etchecolatz que cumple en su casa del Bosque Peralta Ramos de Mar del Plata.

El padre de Pablo era médico traumatólogo y su último destino había sido Campo de Mayo. El jefe directo de Verna era Norberto Atilio Blanco, el médico acusado de apropiación de bebés, al que la Justicia autorizó a veranear en Mar de Ajó.

Las justificaciones de su papá se convirtieron cada vez menos creíbles para Pablo. “Era muy ingenuo creer que todo eso que contaba lo sabía porque las enfermeras le contaban”, dice y asegura que a medida que pasaba el tiempo él cada vez hacía más preguntas y pedía más explicaciones.

“Fue creciendo mi nivel crítico o acusatorio de esos hechos”, recuerda, pese a admitir que creció en una familia “signada por la ideología del exterminio”. Pero esas interpelaciones, provocaban “conversaciones subidas de tono, en dos oportunidades por lo menos”.

Los años pasaron y en 2009 Pablo no tenía ninguna duda de que su padre había participado del genocidio, pero no tenía elementos para saber en qué hechos. A mediados de 2013, su certeza encontró eco: a través de una charla que su mamá había tenido con otro familiar de militar, supo qué era lo que Verna había hecho durante la dictadura.

Así supo que su papá participó de los vuelos de la muerte. Él era el encargado de inyectarles anestesia a las víctimas, que quedaban paralizados, pero vivos. Luego subía al avión con la patota y “los arrojaban con vida al mar”.

 

“Después de que me llega esa información, lo interpelo por última vez a él, le comento estos hechos y él me lo admite”, cuenta.

Poco tiempo después, el propio Verna confiesa a otro familiar que también participó en el caso Berliner. En 1979, los genocidas subieron a cuatro personas secuestradas a un auto, pusieron cañas de pescar y elementos de picnic y arrojaron el auto a un arroyo. Las cuatro personas murieron ahogadas porque justamente Verna las había anestesiada para que estén vivas cuando el vehículo cayó al agua.

Tras estas confirmaciones, a fines de 2013 Pablo lo denunció en la Secretaría de Derechos Humanos, que envió la información al juzgado de San Martín que investiga los hechos ocurridos durante 1979 y 1980 en Campo de Mayo. Hasta el momento, su padre jamás fue citado a declarar y vive libre, en su casa.

En todos los años, Pablo atravesó un “conflicto de lealtades”. “Soy consciente de que las personas debemos lealtad a nuestros padres, como también debemos lealtad a la humanidad”, admite.

Ser leal a su padre, implicada asumir una complicidad “no jurídica, pero sí moral y cargar una mochila de guardar silencio el resto de mi vida de estos crímenes que estaban absolutamente confirmados para mí”.

¿Cómo lo resolvió? “Pude superarlo siendo leal a mí mismo”, afirma. Hoy, Pablo asegura que no tiene el diálogo cortado con su familia, pero reconoce que “se hace muy difícil” mantener una charla cuando existe un tema prohibido. “Cómo puedo mirarte a los ojos y mantener una conversación si hoy está soleado o lluvioso, si sos una persona que me impone que de esto no puedo hablar”, se pregunta.

Si bien reconoce que no habla mucho, dice que tiene algo de diálogo con su familia, que asume que esta situación “es un problema” entre Pablo y su papá, “como si fuéramos dos vecinos”. “No pueden llegar a asimilar que hay un problema entre él y la humanidad”, cierra.

 

Transformar el dolor en alegría

El fallo de la Corte Suprema de Justicia que autorizó aplicar el famoso 2x1 al represor condenado Luis Muiña fue lo que motorizó la creación de este grupo de hijos de genocidas. En ese momento, dos hijas de genocidas que ya venían trabajando comenzaron a reforzar la idea de armar un colectivo.

La decisión de  Mariana, “la exhija de Etchecolatz”, de dar a conocer su historia también les dio impulso. “Casualmente una de las reuniones más importantes fue el día del padre. Éramos unas treinta personas y siempre destaco que éramos tres hombres y 27 mujeres”, recuerda.

“Empezaron a florecer nuestras ideas y a transformar este dolor en acción y de esta manera en una alegría”, cuenta Pablo, quien presentó un proyecto de ley para reformar los artículos 178 y 242 del Código Procesal Penal de la Nación que prohíben a los hijos denunciar y declarar en juicio en contra de los familiares, con la única excepción de que el delito haya sido cometido en contra del denunciante o del declarante o de un familiar de igual grado.

“Nosotros planteamos que frente a casos de crímenes de Lesa Humanidad se nos permita denunciar o declarar. No que se pueda imponer, si la elección de la persona es guardar el horror debajo de la alfombra, tiene que ser respetada. Pero siempre aclaramos que ese horror quedará bajo sus pies”, explica.

El colectivo Historias Desobedientes apuesta a cada vez incorporar más miembros. “La confidencialidad es absoluta. Aquellos que quieran acercarse a escucharnos, sin comprometer absolutamente nada, sin que se conozcan sus nombres, pueden hacerlo”, propone Pablo.

Pueden comunicarse a la página de facebook, a través del mail historiasdesobedientes@gmail.com o conocerlos a través de la página web.

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“Papá, ¿cómo sabés esas cosas?”

Pablo Verna es hijo del médico de Campo de Mayo Julio Alejandro Verna. Cuando descubrió que su papá cometió crímenes de lesa humanidad lo denunció. "Atravesé un conflicto de lealtades, pero lo resolví siendo leal a mí mismo", contó. 

La primera vez que Pablo Verna escuchó comentarios de su padre que le hicieron "sospechar" fue a fines de 1983, cuando él tenía 11 años. Estaban comiendo y su papá, Julio Alejandro Verna, médico de Campo de Mayo durante la dictadura cívico militar, mencionó detalles que a Pablo comenzaron a despertarle una inquietud: ¿cómo sabía esas cosas?

"Con el correr de los años el tema surgió varias veces en la mesa familiar. Y a la vez que él contaba, y yo le preguntaba cómo sabía, él decía que se lo contaban las enfermeras", relata Pablo a 0223. Esa sospecha se fue convirtiendo en certeza. Esas charlas en discusiones, hasta que a fines de 2013 Pablo Verna pudo resolver su conflicto interno, y se acercó a la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación para informar que su papá Julio Verna había cometido delitos de lesa humanidad.

Pablo, junto a otros hijos de genocidas, conforman el colectivo "Historias desobedientes, hijos, hijas y familiares de genocidas por la Memoria, la Verdad y la Justicia". Este viernes estuvieron junto a los organismos de derechos humanos de Mar del Plata en la conferencia de repudio a la prisión domiciliaria de Miguel Etchecolatz que cumple en su casa del Bosque Peralta Ramos de Mar del Plata.

El padre de Pablo era médico traumatólogo y su último destino había sido Campo de Mayo. El jefe directo de Verna era Norberto Atilio Blanco, el médico acusado de apropiación de bebés, al que la Justicia autorizó a veranear en Mar de Ajó.

Las justificaciones de su papá se convirtieron cada vez menos creíbles para Pablo. “Era muy ingenuo creer que todo eso que contaba lo sabía porque las enfermeras le contaban”, dice y asegura que a medida que pasaba el tiempo él cada vez hacía más preguntas y pedía más explicaciones.

“Fue creciendo mi nivel crítico o acusatorio de esos hechos”, recuerda, pese a admitir que creció en una familia “signada por la ideología del exterminio”. Pero esas interpelaciones, provocaban “conversaciones subidas de tono, en dos oportunidades por lo menos”.

Los años pasaron y en 2009 Pablo no tenía ninguna duda de que su padre había participado del genocidio, pero no tenía elementos para saber en qué hechos. A mediados de 2013, su certeza encontró eco: a través de una charla que su mamá había tenido con otro familiar de militar, supo qué era lo que Verna había hecho durante la dictadura.

Así supo que su papá participó de los vuelos de la muerte. Él era el encargado de inyectarles anestesia a las víctimas, que quedaban paralizados, pero vivos. Luego subía al avión con la patota y “los arrojaban con vida al mar”.

 

“Después de que me llega esa información, lo interpelo por última vez a él, le comento estos hechos y él me lo admite”, cuenta.

Poco tiempo después, el propio Verna confiesa a otro familiar que también participó en el caso Berliner. En 1979, los genocidas subieron a cuatro personas secuestradas a un auto, pusieron cañas de pescar y elementos de picnic y arrojaron el auto a un arroyo. Las cuatro personas murieron ahogadas porque justamente Verna las había anestesiada para que estén vivas cuando el vehículo cayó al agua.

Tras estas confirmaciones, a fines de 2013 Pablo lo denunció en la Secretaría de Derechos Humanos, que envió la información al juzgado de San Martín que investiga los hechos ocurridos durante 1979 y 1980 en Campo de Mayo. Hasta el momento, su padre jamás fue citado a declarar y vive libre, en su casa.

En todos los años, Pablo atravesó un “conflicto de lealtades”. “Soy consciente de que las personas debemos lealtad a nuestros padres, como también debemos lealtad a la humanidad”, admite.

Ser leal a su padre, implicada asumir una complicidad “no jurídica, pero sí moral y cargar una mochila de guardar silencio el resto de mi vida de estos crímenes que estaban absolutamente confirmados para mí”.

¿Cómo lo resolvió? “Pude superarlo siendo leal a mí mismo”, afirma. Hoy, Pablo asegura que no tiene el diálogo cortado con su familia, pero reconoce que “se hace muy difícil” mantener una charla cuando existe un tema prohibido. “Cómo puedo mirarte a los ojos y mantener una conversación si hoy está soleado o lluvioso, si sos una persona que me impone que de esto no puedo hablar”, se pregunta.

Si bien reconoce que no habla mucho, dice que tiene algo de diálogo con su familia, que asume que esta situación “es un problema” entre Pablo y su papá, “como si fuéramos dos vecinos”. “No pueden llegar a asimilar que hay un problema entre él y la humanidad”, cierra.

 

Transformar el dolor en alegría

El fallo de la Corte Suprema de Justicia que autorizó aplicar el famoso 2x1 al represor condenado Luis Muiña fue lo que motorizó la creación de este grupo de hijos de genocidas. En ese momento, dos hijas de genocidas que ya venían trabajando comenzaron a reforzar la idea de armar un colectivo.

La decisión de  Mariana, “la exhija de Etchecolatz”, de dar a conocer su historia también les dio impulso. “Casualmente una de las reuniones más importantes fue el día del padre. Éramos unas treinta personas y siempre destaco que éramos tres hombres y 27 mujeres”, recuerda.

“Empezaron a florecer nuestras ideas y a transformar este dolor en acción y de esta manera en una alegría”, cuenta Pablo, quien presentó un proyecto de ley para reformar los artículos 178 y 242 del Código Procesal Penal de la Nación que prohíben a los hijos denunciar y declarar en juicio en contra de los familiares, con la única excepción de que el delito haya sido cometido en contra del denunciante o del declarante o de un familiar de igual grado.

“Nosotros planteamos que frente a casos de crímenes de Lesa Humanidad se nos permita denunciar o declarar. No que se pueda imponer, si la elección de la persona es guardar el horror debajo de la alfombra, tiene que ser respetada. Pero siempre aclaramos que ese horror quedará bajo sus pies”, explica.

El colectivo Historias Desobedientes apuesta a cada vez incorporar más miembros. “La confidencialidad es absoluta. Aquellos que quieran acercarse a escucharnos, sin comprometer absolutamente nada, sin que se conozcan sus nombres, pueden hacerlo”, propone Pablo.

Pueden comunicarse a la página de facebook, a través del mail historiasdesobedientes@gmail.com o conocerlos a través de la página web.

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