Opinión

13 de Julio de 2020 11:36

El Coronavirus detuvo el péndulo

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Licenciado en Economía (Universidad Nacional de Mar del Plata). Máster en Globalización, Comercio Internacional y Mercados Emergentes (Universitat de Barcelona).

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Todos aquellos que estudiamos y nos interesamos por entender e intentar encontrar respuestas y soluciones en el campo de la economía, hemos alguna vez leído el famoso artículo del ingeniero y economista Marcelo Diamand titulado: “El péndulo argentino, ¿hasta cuándo?”. Escrito en 1983, y de una actualidad que sorprende, el autor plantea una alternancia en nuestro país de dos corrientes antagónicas de pensamiento económica, con su claro correlato político, que se desarrollan desde 1940 (o incluso antes) y pareciera frenar el desarrollo de la Argentina. Las dos corrientes planteadas son las denominadas: expansionista o popular por un lado y la ortodoxa o liberal económica por el otro.

En el mismo sentido, otro economista argentino, Carlos Quenan, publicó el año pasado un artículo en la misma dirección argumentando que la parálisis de la economía argentina radica en el continuo confrontamiento de dos “bloques” antagónicos económico-políticos denominados “liberal-aperturista” y “nacional-desarrollista”. Esta grieta económica, política, electoral y ahora también judicial que parece actual, es histórica.

Volviendo al trabajo de Diamand, el autor caracteriza las corrientes de la siguiente manera. La corriente expansionista o popular reúne las aspiraciones de grandes masas, se basa en la teoría económica keynesiana, persigue el nacionalismo y la independencia económica, la distribución progresiva del ingreso, niveles de pleno empleo y brindar beneficios sociales (estado de bienestar). Beneficia con sus políticas al sector industrial nacional que se desarrolla en el mercado interno, haciendo crecer su producción y ganancias. Persigue aumentos nominales de salarios, controla precios, evita el aumento del costo de vida; y fomenta un incremento de los niveles de consumo y demanda agregada. Los problemas que acarrea esta corriente de pensamiento, según Diamand son: un crecimiento del déficit público, el desborde sindical, posible desabastecimiento y aceleramiento de la inflación. También habla de un agotamiento de reservas, pero personalmente considero que esto se ha podido evitar últimamente con la implementación de controles de cambios, tema que le faltó mencionar en su caracterización de la corriente, aunque quizás en su momento no era una práctica habitual. La crisis de reservas desembocaría en una crisis de Balanza de Pagos, también llamada estrangulamiento externo (falta de divisas y presión sobre el tipo de cambio), y ante presiones de sectores influyentes de la sociedad, caería el gobierno, o bien el voto popular se inclinaría hacia la corriente antagónica.

La corriente antagónica, la denominada ortodoxa o liberal, refleja el sentir del sector agropecuario, financiero; y de los medios de comunicación hegemónicos. Recalco que estas son ideas que parecen actuales, o inventadas por políticos contemporáneos, pero fueron escritas y desarrolladas hace 40 años por economistas y pensadores argentinos. Esta corriente refleja desde sus postulados la idea del orden, la disciplina y la eficiencia. El equilibrio fiscal es para ellos garantía de la estabilidad y el crecimiento económico. Al ser liberal y aperturista busca la llegada de capitales externos. Acude continuamente al sacrificio popular, a través de ajuste de las cuentas del Estado. Se caracteriza por devaluar la moneda, en busca de ser más competitivo y aumentar los ingresos agropecuarios, en detrimento de la industria nacional y de los consumidores. Lleva adelante políticas monetarias restrictivas para sanear la economía; y termina cayendo en una profunda recesión, con desempleo, quiebre de empresas nacionales, caída de los salarios reales y caída del producto. La falta de confianza ante estos resultados inclinan el péndulo nuevamente hacia la corriente antagónica.

De esta manera ninguna de las dos corrientes se impone, y el país oscila cada 4 , 8 o 12 años entre las corrientes mencionadas, logrando pequeños resultados, pero desde mi punto de vista, sin poder superar problemas económicos estructurales como la pobreza, la inflación, la falta de confianza en nuestra moneda y las crisis externas, entre otros. Los logros de alguna de las corrientes se ven denostados, minimizados o ignorados por el gobierno siguiente, quien toma un rumbo completamente diferente. Como decía Quenan el confrontamiento de estos “bloques” deja a la Argentina en una parálisis de la que parece difícil salir. Me permito aquí desarrollar brevemente una idea sobre la política. Nadie puede dudar que la alternancia política es sana. Pero lo ideal es sin duda que esa alternancia política tenga puntos en común. Que una no destruya lo que hizo la anterior, y así sucesivamente. Creo que todos los argentinos, los medios de comunicación, la dirigencia política, todos, tenemos que intentar ser tolerantes con el que piensa distinto, y mantener objetivos comunes. Pienso rápidamente en educación pública, salud pública, lucha contra la pobreza y erradicación del hambre, defender la industria y el empleo nacional, defender la soberanía política y económica de la Argentina, luchar contra el flagelo de la inflación, construir confianza en nuestra moneda, como objetivos comunes que deberían tener los gobiernos que se alternen. Es difícil que una Argentina tan dividida consiga logros a largo plazo. Una justicia independiente es sin duda una deuda de nuestro país. Más allá de los problemas económicos estructurales de la Argentina, una Justicia seria e independiente es una gran deuda de la democracia argentina.

Si analizamos los Gobiernos que se sucedieron en nuestro país desde el regreso de la democracia en 1983, podemos identificar a cada uno de ellos con las mencionadas corrientes. A saber: Raúl Alfonsín (1983 - 1989) – popular expansionista -, Carlos Menem (1989 - 1999) – ortodoxo, liberal-, Fernando De la Rúa (1999-2001) –ortodoxo, liberal-, Adolfo Rodríguez Saá (un mes), Eduardo Duhalde (2 de enero 2002, 25 de mayo 2003) – popular expansionista -, Néstor Kirchner (2003 - 2007) –popular expansionista-, Cristina Fernández de Kirchner (2007 - 2015) –popular expansionista-, Mauricio Macri (2015 - 2019) –ortodoxo liberal-, Alberto Fernández (2019 - actualidad) – Economía extraordinaria ante el Covid-19 -. Podemos notar que las corrientes de pensamiento económicas no están ciento por ciento atadas a un partido político. Raúl Alfonsín, radical, puede situarse dentro de la corriente popular expansionista; y Carlos Saúl Menem, Justicialista, claramente llevó adelante de la mano de Domingo Felipe Cavallo políticas económicas ortodoxas liberales. En estos últimos años, sí vimos las dos corrientes manifestarse de forma clara en los Gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner desde 2003 al 2015 y vimos las consecuencias de las políticas ortodoxas liberales tomadas por Mauricio Macri en el período 2015 – 2019, explicadas largamente en artículos anteriores.

Llegamos finalmente al punto clave de análisis que pretendía abordar en este artículo. El 10 de diciembre de 2019 asume la presidencia de nuestro país Alberto Fernández, referente del Partido Justicialista, encabezando una coalición de corte nacional y popular bajo el nombre Frente de Todos. La coalición Frente de Todos es una respuesta popular y política a las consecuencias sociales y económicas que dejó el gobierno anterior en nuestro país: alto desempleo, destrucción de la industria nacional, alta inflación, fuerte recesión y deuda externa, en pocas palabras. La consigna electoral con la que el Frente de Todos llega al poder era claramente una manifestación de la corriente de pensamiento económica expansionista - popular, según Diamand, o nacional - desarrollista según Carlos Quenan. Debíamos ingresar en un período de expansión fiscal con incrementos del PBI, mayor actividad económica, mayor consumo, mayor demanda agregada, creación de empleo y políticas orientadas a la industria nacional. Claramente, el panorama actual no es el imaginado por nadie, pero esto tiene una razón. El Coronavirus llegó de manera imprevista para paralizar a todas las economías del mundo, destruyendo sus empresas y sus empleos; e incrementando los niveles de pobreza y calidad de vida en todos los países. No voy a explayarme sobre estas cuestiones, pues quien esté interesado puede leer mi anterior artículo (“La recesión será global e inevitable”). Lo que quiero manifestar es que cuando el péndulo iba a girar nuevamente hacia un gobierno popular expansionista con los beneficios que caracteriza a este tipo de gobiernos, llega un enemigo inesperado que hace imposible tomar las medidas correspondientes a dicha corriente. Ningún economista puede negar que el 2020 será un año de malos resultados económicos para la mayoría de los argentinos, sin embargo podemos esperar un rebote fuerte para el 2021, que pueda poner en marcha la economía y a partir de ahí tomar las medidas de corte productivo que requiere el país. Lo que es inadmisible es querer culpar al gobierno actual de la mala situación económica. Esto es un fenómeno global imposible de detener. Aún los países que minimizaron la pandemia y no tomaron las medidas sanitarias correspondientes están sufriendo cuantiosas pérdidas económicas, tal es el caso de Estados Unidos y Brasil.

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Economía argentina pre-pandemia (10 de diciembre 2019 – marzo 2020)

En ese momento se podían vislumbrar algunas intenciones del gobierno entrante. Ciertas medidas tomadas, marcaban intenciones, un camino, aunque los resultados en ese momento no eran visibles o perceptibles para todo el mundo. Tengamos en cuenta que en ese entonces Alberto Fernández llevaba sólo 4 meses en el cargo. La inestabilidad macroeconómica que habíamos vivido durante el Gobierno de Mauricio Macri en condiciones de normalidad sanitaria, signada por corridas financieras, devaluaciones, ciclos de endeudamiento, inflación, tarifazos, recesión, desempleo y otros perjuicios, era algo que el actual gobierno estaba intentando solucionar. La notoria caída de la tasa de interés (más de 30 puntos), la estabilidad del tipo de cambio, la clara intención de renegociar la deuda externa, el congelamiento de las tarifas y las ayudas sociales, eran una declaración de intenciones. Buscaban estabilizar la situación económica. Si bien las primeras intenciones fueron buenas, me atrevo a decir que faltó un efecto contagio, probablemente por el poco tiempo transcurrido. Un desparramo de bienestar que fuera notorio y perceptible para todos. Que la gente sienta realmente que vivir le costaba menos. Que sientan que el dinero les alcanzaba para satisfacer sus necesidades más básicas; y las no tan básicas también. Esa sensación de bienestar económico y capacidad de consumo que tuvieron los argentinos durante gran parte de los Gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner es lo que mucha gente esperaba que sucediera nuevamente. Lamentablemente, problemas estructurales como la inflación siguen siendo cruciales en nuestra economía. Son cuestiones estructurales de difícil solución. Aunque en enero y febrero de 2020 el incremento fue menor que meses anteriores. Sobre este punto se puede discutir mucho.

Por otro lado, también creo que mucha gente esperaba una fuerte expansión fiscal que fomente el consumo y empuje la demanda agregada. Con la capacidad ociosa existente en las fábricas y un consumo agregado en remontada, parecería que podría generarse ese círculo virtuoso de la economía, como sucedió durante gran parte de la década del 2000. ¿Por qué entonces no se hizo? Porque existe un gran miedo a una escalada de la inflación. La discusión sobre los causantes de la inflación en Argentina parece aún no haber encontrado respuestas consensuadas.

Economía argentina a partir de la pandemia (marzo 2020 - actualidad)

A partir de marzo 2020 aparece en el mundo de forma concluyente y desestabilizante el Covid -19. Las cuarentenas para frenar su propagación, ponen al mundo en pausa. La caída de la actividad económica interna y externa es sistemática. El mundo se ve afectado por esta pandemia global y comienzan las estimaciones de cuanto caerá el producto en 2020. De acuerdo a las proyecciones del FMI en su último informe la recesión mundial en 2020 será del -3%. La Zona Euro caerá un -7.5% y Estados Unidos un -5.9%. Para Argentina el organismo prevé una caída de su PBI del -5.7%, superior a la media de la región (otras consultoras privadas hablan de una caída del PBI de la Argentina del 10% para 2020). China será la única potencia que mostrará un incremento del PBI para 2020, creciendo un +1,2%. El FMI prevé también para India una expansión de su PBI del +1,9%. China, epicentro de la pandemia, sufrió sus consecuencias durante el primer trimestre del 2020, pero luego supo controlar la situación y recuperarse de forma ágil y dinámica.

Es importante mencionar que estas predicciones que realiza el FMI, están hechas bajo el supuesto de que el virus logre mitigarse a partir del segundo semestre del 2020. En caso que el virus no logre controlarse y no aparezcan tratamientos ni vacunas, y se siga dispersando descontroladamente las consecuencias podrían ser peores en términos económicos para todas las regiones. En ese caso la recesión global podría ser del -7% durante 2020 y continuar en 2021.

Ante la aparición del COVID-19 el gobierno argentino ha decidido cuidar la salud de la mayor cantidad de argentinos posibles. La desaceleración de la actividad económica y caída del PBI sucede y sucederá tanto en Argentina como en el resto del mundo. Al menos en nuestro país, por el momento, no vivimos la catástrofe humanitaria que sucede en otras naciones. La cuarentena, fue sin duda perjudicial para muchos, especialmente para aquellos profesionales independientes o empresarios que deben desarrollar sus actividades profesionales para subsistir. En el medio de estas discusiones económicas, aparecen las opiniones políticas. Decididamente ciertos medios han intentado marcar una agenda anti-cuarentena con fines políticos, exclusivamente, intentando culpar al Gobierno de un fenómeno global impredecible e imparable. Las medidas adoptadas por la Argentina han sido las recomendadas por la OMS, el FMI, el Banco Mundial, el BID y todos los organismos internacionales que han brindado su opinión y consejo sobre esta crisis que nos toca atravesar. Afortunadamente, mucha gente ya está comenzando a realizar sus actividades, hay cada vez más negocios abiertos, y la actividad económica se irá recuperando lentamente. Pero la economía no puede funcionar con normalidad. Los recursos del Estado están destinados mayormente a la Salud Pública y a intentar preservar un tejido social y productivo que pueda transitar este duro período para volver a la normalidad cuando pase definitivamente esta pandemia.

¿Qué podemos esperar para 2021?

Voy a repetir algo que escribí en mi artículo anterior, pero es importante mencionar. Voy a contar las recomendaciones que da el Fondo Monetario Internacional para la recuperación de las economías del mundo que, casualmente, coinciden con las medidas tomadas por el Gobierno argentino y van en sintonía con mi línea de pensamiento.

  1. La fortaleza de la recuperación dependerá de que hagan los gobiernos durante este período de confinamiento.

  2. El gobierno debe ayudar a los hogares, empresas y negocios a subsistir durante este período y evitar que quiebren o que las familias se endeuden de manera elevada y comprometan su futuro económico y financiero.

  3. Debe tomar medidas esenciales para que las personas de más bajo recursos puedan cubrir sus necesidades alimentarias básicas.

  4. Deben tomar las medidas sanitarias para controlar la dispersión del COVID-19, especialmente aquellos países con sistemas de salud endebles, a fin de evitar catástrofes humanitarias.

  5. Deben realizar fuerte erogaciones en el sector de la Salud.

  6. Post pandemia el FMI recomienda estímulos fiscales y monetarios amplios. Esto significa un Estado presente motorizando la economía a través del gasto público. Hablamos de economías capitalistas, que fomenten el consumo, la producción y el empleo.

En conclusión, el COVID-19 apareció a comienzos de un gobierno popular expansionista que no permitió, por el momento, tomar las medidas económicas esperadas, con los resultados esperados. Bajo estas condiciones, preservar la salud pública es el objetivo principal del gobierno. A su vez, el Estado intenta ayudar a hogares y empresas a transitar estos meses de la mejor manera posible, para evitar la quiebra de empresas y ayudar a las familias a satisfacer sus necesidades básicas. La buena noticia es que si se logra controlar el virus o aparece un tratamiento o vacuna durante el segundo semestre del 2020, se espera que para el 2021 las economías crezcan nuevamente en forma de V. Ósea, podríamos esperar para 2021 incrementos significativos del PBI para nuestro país (+4% / +8%). Si hay rebote en 2021, podemos esperar que las medidas de gobierno se parezcan más a las que se esperan de un gobierno de corte popular, nacional y desarrollista, que por el momento ve limitado su accionar por la aparición de la pandemia y también por la renegociación de la deuda externa, que evidentemente ha sido más dura de lo esperada.

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