¿Trabajo o herencia?

Joseph Eugene Stiglitz, Premio Nobel de Ciencias Económicas en 2001, relataba lo acontecido en una cena que había sido organizada por una de esas personas que pertenecen al 1%, es decir de los más ricos, que en este caso era también una persona inteligente y preocupada. Cuenta que los asistentes eran destacados multimillonarios, intelectuales y otros a quienes les preocupaban las desigualdades, ya que eran conscientes de la gran brecha. Y decía: “Durante las primeras conversaciones, oí sin querer a un multimillonario -cuyo punto de partida para triunfar había consistido en heredar una fortuna- comentar con otro el problema de la gente vaga que trataba de salir adelante aprovechándose de los demás. De ahí pasaron sin interrumpirse a hablar de paraísos fiscales, sin que parecieran darse cuenta de la ironía… Al hablar de esto, estaban reconociendo que el grado de desigualdad que existe en el mundo no es inevitable, ni es consecuencia de leyes inexorables de la economía. Es cuestión de políticas y estrategias. Aquellos hombres tan poderosos parecían estar diciendo que podían hacer algo para remediar estas desigualdades”.

Tomando en cuenta la forma en la que se distribuyen las riquezas y los salarios, quienes acceden hoy a la cima de la jerarquía de las riquezas heredadas tienen mucho más que aquellos que acceden a la cima de la jerarquía de los ingresos trabajando. En estas condiciones, entonces una persona podría preguntarse ¿para qué trabajar? ¿para qué tener un comportamiento moral, si la desigualdad en su conjunto es inmoral e injustificada? ¿por qué, entonces, una persona no debería apropiarse de un capital por cualquier medio?

Sería excesivo reducir la cuestión de la justicia social a la de la importancia relativa de los ingresos del trabajo frente a los ingresos heredados. Sin embargo, resulta un principio constitutivo de nuestra modernidad democrática vincular las desigualdades con el trabajo o al menos con el mérito individual, y poner esperanza en una transformación semejante.

Pero el capital siempre resulta distribuido de una manera más desigual que el trabajo. Se observa esto en todos los países y en todas las épocas, sin excepción, y cada vez de manera más marcada.

Para indicar un primer orden de magnitud, el 10% que percibe un salario más alto recibe el 25-30% de los ingresos totales por trabajo. Mientras que 10% de las personas que poseen un capital más elevado, siempre tiene más del 50% del total de los capitales. Y en algunas sociedades, hasta el 90%.

Ahora bien, ¿cómo funciona la dinámica de acumulación de capitales? En primer término, un motivo de precaución, es decir hacer reservas en previsión de una futura eventualidad negativa. En este caso, como indicó Thomas Piketty, la desigualdad de los capitales sería más reducida que la de los ingresos por trabajo.

Por otra parte, si la acumulación patrimonial se determinara por un motivo de ciclo de vida, es decir cuando se acumula capital con vistas a la jubilación, como teorizó Modigliani, cada uno debería reunir un acervo de capital proporcional a su nivel de salario, con el fin de mantener el mismo nivel de vida que llevaba antes del cese de actividades.

Pero desde un punto de vista cuantitativo, ni el ahorro del ciclo de vida ni el preventivo permiten explicar la concentración excesiva de la propiedad del capital que se observa en la práctica.

Podría pensarse que las personas de cierta edad son siempre más ricas que los jóvenes. Sin embargo, en realidad, hay tanta desigualdad dentro de un grupo etario como en la población general. Dicho de otro modo, la lucha de edades no sustituyó a la lucha de clases. La excesiva concentración del capital se explica sobre todo los efectos acumulativos que permite la herencia: por ejemplo, es más fácil ahorrar cuando se heredó un departamento y no se hace necesario pagar un alquiler por él.

Los datos son preocupantes: casi una sexta parte de cada generación recibirá en herencia más de lo que la mitad de la población ganará a lo largo de toda una vida de trabajo. Desde luego, eso no impedirá que esa sexta parte en cuestión además logre diplomas, y trabaje. Sin dudas, ganará más con su trabajo que la mitad peor pagada.

Sin embargo, se trata de una forma de desigualdad bastante perturbadora, que en este momento tiende a una amplitud inédita en la historia. Entonces, el problema de la desigualdad no es una cuestión de economía técnica, sino de práctica política.

Hemos localizado de frente el problema: desigualdades políticas, por un lado, y políticas que han mercantilizado y corrompido nuestra democracia por otro. La desigualdad cada vez más extendida y profunda que padecemos no está impulsada por leyes económicas inmutables, sino por leyes que hemos redactado nosotros mismos.

Los factores antes expuestos hacen pensar que entramos en un mundo dividido -no sólo entre ricos y pobres- sino también, entre los países que no hacen nada para remediarlo y los que sí. Algunos conseguirán construir una prosperidad colectiva, el único tipo de prosperidad verdaderamente sostenible. Otros, dejarán que las desigualdades crezcan sin control. En estas sociedades divididas y enfrentadas, los ricos se atrincherarán en urbanizaciones cerradas, separadas casi por completo de los pobres, cuyas vidas les resultarán casi imposibles de imaginar. Y viceversa.

 

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