Mucho más que una crisis comercial: la desaparición de las firmas emblemáticas deja a Mar del Plata sin sus recuerdos

El cierre de comercios históricos como Periquita, Famularo o la Boston, más la creciente vacancia en corredores tradicionales encienden las alarmas en Mar del Plata. Más allá del impacto económico, la desaparición de marcas emblemáticas altera la fisonomía urbana y amenaza con borrar el patrimonio afectivo y la identidad de la ciudad.

La desaparición de la Juguetería Periquita trasciende el impacto en el sector comercial, se trata de una herida directa a la nostalgia y a la historia compartida por generaciones

31 de Mayo de 2026 15:59

Mar del Plata no es solo una geografía para el turismo. Es, fundamentalmente, la suma de los rituales de quienes la habitan y la visitan. Caminar por sus calles es activar una memoria sensorial donde los comercios emblemáticos funcionan como faros de nuestra propia biografía. Por eso, cuando una marca o una empresa con décadas de arraigo baja definitivamente sus persianas, el impacto no es solo económico. Es un golpe directo a la identidad y a la historia viva de la ciudad.

Por eso, la desaparición de la Juguetería Periquita trasciende el impacto en el sector comercial, se trata de una herida directa a la nostalgia y a la historia compartida por generaciones de residentes y turistas que alguna vez soñaron entre sus pasillos. Esas estanterías que solían desbordar de juegos de mesa, muñecos y entretenimientos de todo tipo han quedado vacías. Fueron las dificultades del contexto actual forzaron el cierre definitivo de un emblema local.

La historia de este clásico comenzó hace medio siglo. Nacido como un proyecto estrictamente familiar, el negocio dio sus primeros pasos apostando a la venta de artículos de librería, cotillón y juguetes. Desde el origen, sus fundadores se propusieron una meta clara: brindar herramientas que impulsaran el desarrollo físico y emocional de los chicos, acompañando a los padres en la tarea de criar hijos sanos y felices a través del juego. Bajo esa premisa, el local se transformó rápidamente en una referencia ineludible del centro de la ciudad. Durante más de cincuenta años, la firma se convirtió en la parada obligatoria para las familias en las fechas más importantes del calendario afectivo, como las vísperas de Navidad, los Reyes Magos y el Día del Niño.

La tradicional esquina de Catamarca y San Martín fue, durante décadas, un sinónimo de alegría. La postal más recordada por los transeúntes era la de los enormes muñecos que custodiaban la entrada para dar la bienvenida a los clientes. Sin embargo, en el último tiempo, esa imagen de felicidad fue reemplazada por la frialdad de los ventanales tapados, una situación que tomó por sorpresa a los vecinos y compradores de toda la vida.

Periquita ahora fue adquirida por la distribuidora mayorista Jade. Así y todo, Mar del Plata no solo despidió a un negocio emblemático, sino que clausura un capítulo fundamental de su propia memoria afectiva.

Famularo y el brillo de sus vidrieras

Pero el caso de la juguetería no es un hecho aislado. Al repasar las crónicas de los últimos tiempos, se vuelve evidente cómo una extensa lista de apellidos, marcas y firmas tradicionales de Mar del Plata han ido bajando sus persianas. Nombres que marcaron el ritmo del crecimiento local desaparecieron de las calles para refugiarse, de forma exclusiva, en el recuerdo de los vecinos.

Un claro exponente de este fenómeno fue la tienda Famularo. Ubicado en la emblemática intersección de las avenidas Independencia y Rivadavia, este histórico comercio interrumpió de manera definitiva su actividad en febrero de 2021. Su cierre, luego de un siglo ininterrumpido de trabajo, conmovió profundamente a la comunidad marplatense, ya que se trataba de una de las firmas pioneras en el desarrollo del formato de grandes tiendas en la región.

Los orígenes de la empresa se remontan a la década de 1920, cuando abrió bajo el nombre de La Aurora en la esquina de San Martín y Salta. Hacia finales de esos años, el negocio se trasladó a la ubicación que la haría famosa y, a comienzos de la década de 1940, adoptó la denominación de La Aurora-Famularo. Para los habitantes de la ciudad y las zonas aledañas, el lugar era una parada obligatoria: allí se conseguían telas, ropa de cama y vestimenta para hombres, mujeres y niños. El sello distintivo de la casa eran sus vidrieras meticulosamente ordenadas y, sobre todo, una atención al público impecable brindada por empleados idóneos en cada sector.

El cierre de Famularo, luego de un siglo ininterrumpido de trabajo, conmovió profundamente a la comunidad marplatense.

Durante su época de esplendor, Famularo experimentó una fuerte expansión que le permitió abrir sucursales en distintos puntos de la Argentina. En sus años dorados, el icónico local del centro marplatense llegó a sostener una plantilla de unos treinta trabajadores. Sin embargo, el contraste con sus últimos días fue notorio: al momento del cierre, apenas una decena de colaboradores se encargaba de las tareas finales. Los días previos al final transcurrieron entre liquidaciones forzosas para agotar el stock existente, debido a que la empresa Balbi, firma que adquirió las sucursales de la compañía, compró la estructura, pero sin la mercadería.

Un “baratillo” llamada Los Gallegos

Cuando se analiza la transformación del mapa comercial marplatense, el concepto de reconversión resulta clave. Un claro ejemplo de este proceso se observa en la emblemática intersección de las avenidas San Juan y Luro. Aquella esquina, identificada durante décadas por albergar una de las sucursales de la tradicional tienda Los Gallegos, cambiará de rumbo próximamente para dar paso a un moderno complejo cultural y de entretenimiento. El destino del espacio cambia, alejándose de la fisonomía histórica que estructuró el comercio de la zona.

La trayectoria de Los Gallegos es uno de los símbolos más potentes del desarrollo local. Su historia comenzó en 1912, impulsada por inmigrantes españoles que abrieron un humilde "baratillo" de telas. Con los años, la firma creció a la par de la ciudad hasta consolidarse como una de las tiendas departamentales más relevantes de la región. Los hitos de su expansión quedaron marcados por la inauguración de su edificio central en 1941 y, mucho después, por la apertura de su propuesta de shopping en la década de 1990, un paso que significó la modernización definitiva de la marca.

Los registros de la época recuerdan que el nombre del comercio nació de la propia voz popular: al ser oriundos de Galicia los dos únicos empleados del local, la clientela comenzó a llamarlo informalmente "la tienda de los gallegos", denominación que quedó fija para siempre. Los inicios del negocio tuvieron lugar en un pequeño local de 250 metros cuadrados sobre la Diagonal Pueyrredon, en tiempos donde todavía corría a cielo abierto el arroyo Las Chacras. Bajo el nombre original de Baratillo Los Gallegos, el establecimiento, dedicado a la venta de telas, indumentaria, ropa de blanco y calzado, se transformó rápidamente en una parada obligatoria para los habitantes estables de la zona y para aquellos pioneros que pasaban sus vacaciones junto al mar desde noviembre hasta marzo.

De a poco se va borrando el nombre de Los Gallegos de la fachada del edificio de Luro y San Juan.

Durante los años 30, la empresa inició una etapa de expansión geográfica que la llevó a abrir dependencias en la localidad de Dolores y en la citada esquina de San Juan y Luro. Décadas más tarde, la firma enfrentó su peor crisis material: el 31 de julio de 1978, un voraz incendio destruyó por completo su casa central. Sin embargo, el siniestro no pudo borrar el capital simbólico acumulado durante casi setenta años. El acompañamiento de los proveedores, el respaldo de los consumidores locales y la demanda del propio turismo fiel a "La Feliz" hicieron posible la reconstrucción de la sucursal, que reabrió sus puertas a comienzos de los años 80.

Posteriormente, el 16 de diciembre de 1994, se inauguró Los Gallegos Shopping sobre una superficie de 20.000 metros cuadrados cubiertos que ocupaba el remanente del terreno afectado por el fuego en 1978, recreando el polo comercial de la marca. Hoy, el predio de San Juan y Luro se encamina hacia una nueva etapa como espacio de encuentro social, aunque bajo un perfil completamente diferente al que marcó su origen centenario.

Las mejores medialunas

A diferencia de los proyectos que lograron reconvertirse, existen emblemas locales cuyo final fue definitivo. Ese es el caso de la Confitería Boston, una marca registrada de la gastronomía marplatense que, tras 66 años de trayectoria al servicio de residentes y turistas, cerró sus puertas para siempre. Reconocida unánimemente por elaborar las mejores medialunas de la ciudad, la mítica firma no consiguió sobrevivir a sus crisis internas.

La historia comenzó en 1958 gracias a la iniciativa de Fernando Álvarez y Miguel Potrone. El local pionero se ubicó en la calle Buenos Aires, entre Belgrano y Moreno, diseñado originalmente bajo el concepto de un bar de estilo americano, equipado con mesas y sillas de madera y sectores reservados con sillones. Con el tiempo, el prestigio del establecimiento creció gracias a la popularidad de su pastelería. La demanda de los clientes por llevar el producto a sus hogares llevó a los fundadores a implementar una especie de "kiosco" exclusivo para el despacho y cobro rápido, al tiempo que sumaron mozos al salón para optimizar la atención. El éxito comercial diversificó la oferta de productos y consolidó una expansión que sumó, recién en 1997, una recordada sucursal frente a Playa Varese, en la intersección de la Costa y Urquiza.

A diferencia de los proyectos que lograron reconvertirse, existen emblemas locales cuyo final fue definitivo.

Sin embargo, el declive de la firma, gestionada bajo la denominación de Pastelera Tecomar, se inició en 2016, año en que la familia fundadora vendió la empresa a los hermanos Lotero y a dos socios de origen austríaco. A pesar de las promesas de una ambiciosa expansión, el panorama derivó en despidos, despidos encubiertos y serios conflictos gremiales. En 2018, ante la falta de pago de sus salarios, los empleados tomaron las sucursales. La situación derivó en intervenciones judiciales: inicialmente se ordenó el desalojo de los trabajadores, quienes subsistían vendiendo café y medialunas en las veredas de los mismos locales. Posteriormente se designó un síndico tras el pedido de quiebra, mientras la conducción empresarial enfrentaba causas penales por fraude e insolvencia fraudulenta. Tras resolver dichos litigios, los Lotero retomaron formalmente el control de la compañía.

Pese a las complejidades judiciales y las sucesivas intervenciones, el personal continuó sosteniendo de forma heroica la atención en los locales de la calle Buenos Aires y de la avenida Constitución. Ese esfuerzo se prolongó hasta el lunes 30 de septiembre de 2024, que se constituyó como el último día de servicio de la “Boston”. La despedida se formalizó a través de un emotivo comunicado emitido por los propios empleados en las redes sociales. En el mensaje, el personal agradeció profundamente a la clientela por haber formado parte de una historia de más de seis décadas de tradiciones compartidas y seis años de resistencia laboral, destacando que el apoyo del público transformó a la tradicional confitería en un verdadero hogar para la comunidad.

Tres generaciones al frente de la Bicicletería Madrid

Y las plataformas digitales se convirtieron nuevamente en el canal para anunciar otra despedida dolorosa para el entramado social de la ciudad. En marzo de este 2026, se dio a conocer el cese definitivo de las actividades de la histórica Bicicletería Madrid. Tras más de siete décadas de permanencia en su tradicional local ubicado frente a la Plaza Mitre, la decisión pone punto final a una emblemática tradición familiar que marcó la infancia de múltiples generaciones de residentes y visitantes.

La historia de este clásico comenzó en 1953, cuando el inmigrante español Miguel Martínez fundó el establecimiento. En sus inicios, el negocio operaba en un taller de dimensiones reducidas donde el propio Miguel diseñaba y ensamblaba los primeros rodados a pedal que rápidamente ganaron popularidad en todo el vecindario. Con el paso del tiempo, el local consolidó una oferta inconfundible basada en el alquiler de bicicletas simples y dobles, sulkys, autitos y los recordados kartings y carros a pedal, fácilmente identificables por sus característicos colores rojo y amarillo.

En marzo de este 2026, se dio a conocer el cese definitivo de las actividades de la histórica Bicicletería Madrid.

A partir de la instalación del comercio, la Plaza Mitre se transformó en el escenario predilecto y el espacio público por excelencia donde miles de marplatenses dieron sus primeros pedaleos y aprendieron a andar en bicicleta. Esta trayectoria, que inició el abuelo Miguel, mantuvo su continuidad a través de las manos de su hijo, recordado por todos como "Tito Madrid", y culminó bajo la gestión de su nieto. Fue justamente el último eslabón de la dinastía familiar quien asumió la tarea de comunicar el cierre y despedirse del legado de sus antecesores, remarcando con orgullo que tanto su padre como su abuelo fueron quienes le transmitieron la vocación y el profundo amor por el oficio.

Un legado que continua con otro nombre

En el recuento de los emblemas gastronómicos que se han despedido de la ciudad, resulta indispensable detallar la historia de la heladería La Veneciana. Este clásico de la producción artesanal nació en Mar del Plata en 1946, fundado originalmente por Pedro Mazaro. A lo largo de las décadas, el establecimiento se hizo sumamente popular gracias a la calidad de sus productos, entre los que destacaban de manera unánime el helado de sambayón y su tradicional especialidad de chocolate Bariloche.

El fundador llevó adelante la conducción del histórico local, ubicado sobre la calle Alberti 2059, hasta los 80 años de edad. Al momento de su retiro, Mazaro decidió vender el fondo de comercio a un grupo de nuevos socios que contaban con una trayectoria comprobable dentro del sector. Sin embargo, los vaivenes y la marcada incertidumbre del contexto económico general terminaron por complicar la sostenibilidad de la marca.

El sello distintivo de La Veneciana fue, desde sus primeros días, la atención directa e integral que los propios dueños brindaban detrás del mostrador. Esta particularidad permitió consolidar un vínculo estrictamente familiar y de cercanía con la clientela, una característica que el comercio logró conservar inalterable hasta su desenlace.

El fundador de La Veneziana llevó adelante la conducción del histórico local, ubicado sobre la calle Alberti 2059, hasta los 80 años de edad.

Tras 79 años de actividad ininterrumpida, la heladería dejó de existir definitivamente en el año 2025. El cierre definitivo se produjo en un marco de profunda sorpresa y preocupación para los residentes del barrio y para el público local que elegía habitualmente sus creaciones artesanales. El impacto de la noticia también afectó de manera directa a los turistas, quienes al arribar a la ciudad para comenzar la siguiente temporada de veraneo se encontraron con la inesperada novedad de que ya no podrían disfrutar de un clásico de sus vacaciones.

Pero hubo alguien que recogió el guante de aquel legado. El nieto de Pedro, bajo la misma consigna y con el mismo ideal, en otro punto de la ciudad fundó Il Nipote della Veneziana. Toda una tradición de helados que hoy tiene su continuidad en Mar del Plata.

Una problemática que se extiende

Esta problemática no se limita a la caída de marcas particulares. La realidad actual golpea a corredores comerciales enteros que forman parte indisoluble de la historia de Mar del Plata y que funcionan como pilares de la identidad local, alterando de manera directa el pulso y la fisonomía de la ciudad.

Para dimensionar el escenario basta con observar dos ejemplos emblemáticos: la avenida Juan B. Justo, reconocida históricamente en todo el país como la "Avenida del Pulóver", y el centro comercial de la calle 12 de Octubre, popularmente denominado como el "Centrito". De acuerdo con el último censo comercial publicado por la Unión del Comercio, la Industria y la Producción (UCIP), ambas zonas registran una alarmante "vacancia geográfica". El informe revela que, a esta altura del año, existen casi dos centenares de locales cerrados o desocupados en los principales centros comerciales a cielo abierto de la ciudad.

Postal del "Centrito" del Puerto en los años 80.

El estado de situación describe un fenómeno sin precedentes en la región. Las marcas textiles tradicionales dedicadas a la fabricación familiar de sweaters, severamente afectadas por una retracción en las ventas de un 50% y por el fuerte incremento en los costos de las tarifas de servicios públicos, han optado por abandonar sus locales tradicionales sobre la avenida. En su lugar, han decidido mudar sus estructuras hacia formatos de showroom a puertas cerradas o volcarse de manera exclusiva al comercio electrónico. En paralelo, la compleja crisis que atraviesa el sector del puerto ha arrastrado al cierre definitivo a decenas de comercios tradicionales de indumentaria, calzado y proveedurías barriales que históricamente le daban vida a la arteria de la calle 12 de Octubre.

La pérdida del patrimonio invisible

Más allá de la gravedad que reviste la cuestión estrictamente financiera y económica, la problemática exige una lectura más profunda: la necesidad de recuperar y sostener los espacios que otorgan identidad a una comunidad.

¿Qué es lo que realmente se pierde cuando una de estas firmas señeras baja la persiana? Desaparece, ante todo, un punto de referencia emocional. Esas marcas tradicionales, la juguetería de los sueños de la infancia, la heladería de los encuentros de la juventud, la gran tienda donde compraban nuestros abuelos o la fábrica local con aroma propio, constituían los hilos invisibles que tejían el sentido de pertenencia de los habitantes. Al extinguirse, la ciudad corre el riesgo de volverse más homogénea, impersonal y desvaída, perdiendo la singularidad que la distingue del resto del país.

Detrás de cada cartel comercial que se retira de la vía pública se desvanecen generaciones de trabajo marplatense, anécdotas compartidas y una forma muy propia de entender la hospitalidad y el comercio vecinal. No se trata del simple fin de un ciclo económico; la comunidad asiste a la pérdida paulatina de su patrimonio intangible. Recordar estas marcas es, en definitiva, recordar quiénes fuimos y cómo construimos esta sociedad. El desafío actual para Mar del Plata no consiste únicamente en planificar su desarrollo futuro, sino en proteger y honrar los eslabones de su propia historia para evitar que la modernidad la deje sin memoria.

 

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