Abuelas de plaza de mayo

22 de Octubre de 2020 18:31

Ledda Barreiro, la historia extraordinaria de una mujer común

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"De todos los adolescentes y jóvenes que venían a mi casa, solo quedo vivo mi hijo Antonio”, recuerda Ledda.

En el Día Nacional del Derecho a la Identidad la presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo en Mar del Plata cuenta todo lo que vivió en los años más oscuros de la Argentina. 

Ledda Barreiro es una mujer de voz cálida, agradable y vivaz, con una sonrisa que traspasa una llamada por Whatsapp en medio de una pandemia. Su manera de ser contrasta con aquellos años en los que su vida se convirtió en digna de una película dirigida por Luis Puenzo. Su familia fue perseguida en la última dictadura cívico militar, estuvo 3 meses secuestrada junto a su marido, su hijo estuvo detenido 7 años y su hija mayor, Silvia, dio a luz en el pozo de Banfield. La liberaron en abril del 78 y luego de unas operaciones, comenzó la búsqueda de Silvia y su nieto. Hoy es presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo sede Mar del Plata, eminencia  histórica de la ciudad y modelo a seguir en activismo por los derechos humanos.

Hoy, 22 de Octubre, es el Día Nacional del Derecho a la Identidad. En la misma fecha, pero en el año 1977, se reunieron 12 mujeres con el fin de emprender la búsqueda  con vida de sus hijos desaparecidos y, a su vez,  la de sus nietos que fueron secuestrados junto con sus padres o dados a luz en centros clandestinos de detención. Ellas, se distinguieron bajo el nombre de Abuelas de Plaza de Mayo.

 

El comienzo de todo

Años atrás, más precisamente en 1952, Ledda conoció a Alberto Muñoz. Y si bien fue un flechazo a primera vista, tardaron cuatro meses en darse el primer beso. Al principio fue un amor no correspondido: Barreiro estaba comprometida con otro chico y se iba a casar en octubre de ese año. Enfrentando todo mandato de la época y con atisbos feministas, se puso firme frente a su madre y al futuro marido: les comunicó que no se casaría. La mamá, enfurecida, le prohibió por dos años verlo a Alberto. Pero el amor es más fuerte, dice la canción, y finalmente se casaron.

Ledda fue madre de Silvia el 22 de junio de 1955 en Mar del Plata, un año más tarde llegó  Antonio, y por último el más pequeño del trío, Fabián, que nació 12 años después. Silvia militaba en la JUP (Juventud Universitaria Peronista) y Antonio en la UES (Unión de Estudiantes Secundarios).

Corría el año 1975 y en Mar del Plata se vivía un clima tenso. Si bien aún no había producido el Golpe de Estado, estaba presente la Concentración Nacional Universitaria (CNU), una agrupación terrorista de ultraderecha, cómplices de las fuerzas policiales y militares que fue un germen para lo que luego sería la Triple A marplatense. En esos tiempos Carmen Ledda Barreiro de Muñoz y su familia vivían en una casa ubicada en Quintana al 4.000. “Éramos, lo que se dice, una familia feliz”,  recuerda.

 

La CNU marcó grupos familiares como peligrosos. “Ya se había terminado la alegría en mi casa”, recuerda Ledda con tristeza. En ese momento comenzó la persecución a los Muñoz-Barreiro, que duraría años: “De todos los adolescentes y jóvenes que venían a mi casa, solo quedo vivo mi hijo Antonio”.

 

Persecución y exilio

Ledda, su marido y su hijo pequeño se refugiaron en Bariloche. “Estuvimos dando vueltas por toda la Argentina”, cuenta. Silvia estaba en La Plata y su hijo Antonio viajó a Mendoza, días después de que fue apresado junto con su esposa Ivonne y su beba de tan solo un par de días de vida.

Tres meses más tarde, viajó hacia Mendoza a buscarlos y cerca de  la fecha en la que se oficializó el Golpe de Estado, vio la tapa del diario “Los Andes” donde había una foto de su hijo y su nuera torturados, pero vivos. Ledda compró el diario, y valientemente se dirigió al Comando a reclamar por el paradero de su familia. Allí pidió ver a Antonio y un oficial enrolló el diario, la empujó y le dijo que “no vuelva porque a lo mejor no sale”.

Lejos de dejarse ganar por el miedo, se dirigió a la penitenciaría y pidió hablar con el director. El hombre salió, le estrechó la mano, la invitó a su despacho y les pidió amablemente que se sentaran. Luego levantó un teléfono y ordenó: “Traigan al interno Muñoz”. La llevaron a un patio donde logró reencontrarse con Beto, que siguió preso por 7 años más hasta que fue liberado en 1981. Su nieta, María Antonia, fue dada a otra familia, pero 8 meses más tarde lograron recuperarla.

 

Pasaron los años, continuaron exiliándose a diversas provincias y en uno de los traslados de Antonio al penal de La Plata se enteró de que su hija, Silvia, fue desaparecida el 21 de diciembre de 1976 con un embarazo de dos meses. La vieron en el Centro Clandestino de Detención “La Cacha” y en el “Pozo de Banfield”, en donde se presume que dio a luz.

Con un hijo detenido y una hija desaparecida, el 2 de enero de 1978 Ledda, su esposo Alberto y su hijo menor Fabián, regresaron a Mar del Plata. Doce días después, el 14 de enero secuestraron a Alberto y luego a Ledda. Ambos fueron llevados al Centro Clandestino de Detención “La Cueva”,  ubicada a más de 1500 metros de la entrada de la Base Aérea de Mar del Plata por la Ruta 2. “Nos comunicábamos tosiendo, ambos en habitaciones separadas. El tosía, y a los minutos yo también. Así sabíamos que seguíamos vivos”, recuerda la actual Presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo sede Mar del Plata. El 18 de abril de 1978 fueron liberados.

Una vez en libertad, ella comenzó su lucha.

 

La lucha de Madres y Abuelas

Carmen Ledda Barreiro de Muñoz recuerda que hasta ese entonces  había muy pocas mujeres politizadas. Ellas eran de la primera camada de mujeres que votó en la Argentina y cuando lo hacían, votaban lo que les decían sus maridos. Pero debido a las circunstancias, todo cambió. “Éramos mujeres comunes viviendo situaciones extraordinarias”, recuerda. 

Entre 1976 y 1983 la lucha por encontrar a los hijos y nietos desaparecidos era complicada. Jueces como Marta Delia Pons, Otilio Romano, Guillermo Max Petra Recabarren, Luis Miret, Rolando Carrizo, entre otros, adoptaban una actitud de colaboración con los secuestros y desaparición de los niños y la supresión de su identidad, omitiendo investigar sus orígenes y facilitando adopciones.

 

El 30 de abril de 1977 madres y familiares se reunían en la Plaza de Mayo para reclamar por sus hijos desaparecidos y ejercían con su presencia presión nacional e internacional por la aparición con vida de sus seres queridos. El grupo recibió el nombre de Madres de Plaza de Mayo. Sin embargo, había un subgrupo que además de sus hijos, estaban buscando a sus nietos apropiados por las fuerzas de seguridad. Se constituyeron en octubre del mismo año como Abuelas de Plaza de Mayo. Ellas solicitaron apoyo a todos los líderes de los principales partidos políticos de la Argentina, quienes se negaron a comprometerse. “Algo habrán hecho para estar detenidos”, repetían.

Frente a un panorama nacional sometido al miedo y a la desinformación por parte de las principales autoridades, decidieron recurrir a la ayuda humanitaria internacional. Ledda afirma que Abuelas  fue considerada en el mundo, especialmente en Europa, ya que allá se sabía la realidad de lo que pasaba en Argentina.

En cada viaje al exterior Abuelas consultaban por especialistas en genética y antropología forense para ver si mediante la sangre se podía constatar si había o no lazo familiar con algún bebé recuperado. En 1982 hicieron una gira por varios países de Europa, pero no pudieron encontrar ninguna solución. Víctor Penchaszadeh, médico argentino exiliado en Nueva York, asumió el reclamo de Abuelas de Plaza de Mayo. En esa época la ciencia permitía saber la filiación entre padres e hijos, pero no entre abuelos y nietos. En octubre de 1983, gracias a los avances científicos de la genetista Marie Claire King se logró la formulación del Índice de abuelidad, este establece la posibilidad de parentesco entre un nieto y sus abuelos a partir del análisis del material genético.

 

La vuelta de la democracia

El 10 de diciembre de 1983 el país recuperó la democracia cuando asumió Ricardo Alfonsín, pero mucho transcurrió para que Madres y Abuelas puedan hacer justicia. El estado nacional comenzó una serie de investigaciones y enjuiciamientos, que debido a presiones y levantamiento militares, concluyeron con las Leyes de Impunidad sancionadas en 1986 y 1990. “Menem fue terrible para nosotras”, dice Ledda Barreiro en referencia a los 10 decretos comprendidos entre los años 1989 y 1990 que favorecieron a 1.200 militares, civiles y guerrilleros condenados por torturas, homicidios, desapariciones, falsedad de documentación, entre otros delitos.

Hasta que llegaron los Kirchner”, dice Ledda y revive los momentos que vivió con él. Lo recuerda como al primer presidente argentino que se comprometió con la causa, y se emociona cuando revive aquel 24 de Marzo de 2004 en el que Néstor Kirchner hizo bajar los cuadros de los presidentes de facto Jorge Videla y Reynaldo Bignone de las galerías del colegio militar. A partir del triunfo del Frente para la Victoria se recobró el sentido de militancia.

 

Ledda Barreiro se emociona con la juventud y asegura que la conmueve que “un pibe que piense y milite para que las cosas puedan cambiar”. Opina que el activismo debe que ser con alegría, porque se construye colectivamente y afirma que “sin lucha, no lográs nada”. Tal es así que al día de hoy las Abuelas de Plaza de Mayo recuperaron 130 nietos. Hoy Ledda pasa la pandemia en su departamento, donde se entretiene con las peleas de sus vecinos, que por la cuarentena son más frecuentes. Hace mucho Zoom para Abuelas y entre todas sus actividades siempre vuelve a un pensamiento recurrente: cómo será el día en que se reencuentre con su nieto.

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