Opinión

27 de Septiembre de 2020 09:07

Números alarmantes y brechas insalvables

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Licenciada en administración. Universidad Nacional de Mar del Plata. Comunicación y análisis económico. Estudiante de locución.

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En todos los mercados laborales de mundo la pandemia deja su huella con cifras impactantes de desempleo. El Covid y la decisión de instaurar el aislamiento social preventivo y obligatorio desde fines de marzo generaron un fuerte impacto en la actividad económica y en los indicadores laborales. Aquí en Argentina se informaron los datos de desocupación y empleo del segundo trimestre en medio de una coyuntura que nos absorbe en términos de salud y de economía real.

Entre abril y junio la desocupación llegó al 13,1%, siendo la cifra más alta desde 2005 donde casi 3,7 millones de personas han perdido su trabajo respecto al primer trimestre del año. La encuesta permanente de hogares del INDEC muestra sus estadísticas y oculta un estallido en el cuadro social que se sostiene con una red muy etérea de ayuda estatal.

Mientras el Banco Central instrumenta “torniquetes” para evitar más perdida de reservas y no lo logra, la pérdida de empleo tampoco parece encontrar su piso.

La tasa de desocupación se mide sobre la Población Económicamente Activa (PEA), que es la cantidad de personas ocupadas o que buscan empleo. Éste último, uno de los puntos más preocupantes que se escurre de la definición.

La tasa de empleo cayó 8.8% y al mismo tiempo la tasa de actividad se derrumbó en similares proporciones. “Personas que buscan empleo” es la clave, pues se trata de gente desocupada, que estaba en ese trimestre sin trabajo y que no buscaba. Éste segmento es tomado por el INDEC en sus estadísticas como “inactivo” y no como desempleados. Unas 3,6 millones de personas se quedaron sin ocupación e informaron no estar buscando empleo y muy posiblemente el “por qué” de ello radique en el aislamiento que se cumplió durante ese segundo trimestre. Encerrados, con circulación restringida, sin perspectiva a futuro, con cientos de negocios bajando persianas, recortando o suspendiendo personal el aliento a la búsqueda laboral se reduce notable y lógicamente.

En términos numéricos esto indica que la desocupación real rondaría el 30%.

Se trata de una cantidad muy elevada de personas que en el segundo trimestre del año perdieron su trabajo y no buscaron otro ante las dificultades existentes. Varios millones de personas que la realidad marginó del mercado y los colocó en la inactividad

Mientras tanto se espera que ésta semana el INDEC anuncie los datos del primer semestre de pobreza. Se aguarda la confirmación de un número cercano al 40%. Sin embargo, estimaciones privadas indican que esa franja ya habría superado el 45%.

De esa manera, serían más de 20,5 millones de personas las que viven en hogares que no logran reunir los ingresos necesarios para cubrir el costo de la Canasta Básica Total. De ellos, casi cinco millones cayeron en esta situación entre abril y junio del 2020.

En línea con éste cuadro, la desigualdad se profundizó durante la pandemia a raíz de: pérdida de ingresos, caída de los salarios y el aumento del desempleo con más fuerza en sectores de alta informalidad. Fueron datos también medidos y reflejados por el INDEC respecto de la distribución del ingreso en el segundo trimestre del año y el consecuente deterioro social.

Según el informe, entre quienes contaron con algún ingreso, el valor promedio fue de $28.769 y el 80% percibió menos de $37.000, un 32% más en relación a los $28.000 del año pasado, ante una inflación anual del 42% en el mismo lapso. Notable pérdida del poder adquisitivo y salarios bajos percibidos por gran parte de los argentinos donde la canasta básica supera los $44.000 mensuales.

Así existe otra brecha. No sólo la del dólar oficial “solidario” y los dólares alternativos o el “blue” que tanto preocupa al gobierno y al Banco Central.

Esta brecha es social y divide. Se amplía cada vez más acá y en el mundo, levanta muros y distancias difíciles de recomponer. El que tiene y el que no. La pandemia puso de relieve una vez más la pobreza estructural, esa que no tiene que ver con cobrar un 20% más o con poder ser beneficiario del IFE o algún plan. Es educación, salud, vivienda, infraestructura, conectividad. Derechos básicos, como el trabajo digno, que hoy están sumergidos en las profundidades de una crisis de magnitud.

La brecha entre el 10% más rico y el 10% más pobre se amplió del 20 a 25 respecto al mismo período del año pasado. Esto es así porque el coeficiente de Gini por miembro de familia pasó de 0,434 a 0,451. Cuanto más cerca de 1 más desigual.

Desempleo, cifras, situaciones invisibilizadas, poder adquisitivo erosionado, desigualdades que siembran abismos y brechas. Brechas que dividen al que tiene, al que puede, al que elige si compra o vende dólares, si se va o se queda y al que poco le queda, al que le llueve el techo y no tiene cena, ése que solo espera que se reactive la rueda.

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