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8 de Marzo de 2020 08:20

“Hay un modelo androcéntrico que muchas veces se naturaliza en la sociedad”

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Inés Pérez es una investigadora marplatense del Conicet que tiene la mirada de género más que presente en sus trabajos. En un mano a mano con 0223, reconstruye su historia y reflexiona sobre el rol de la mujer en la ciencia.

Un análisis amplio, global y plural. Ésa es la mirada sensata y reflexiva que entrega frente a cada pregunta Inés Pérez, quien en una primera instancia reconoce que su presente no podría haber sido nunca una realidad si no hubiesen existido políticas públicas en el país que, desde el 2003, promovieran con verdadera fuerza la incorporación de jóvenes al mundo de la ciencia.

Inés habla desde su lugar: el de una marplatense que realizó la Licenciatura en Historia en la Universidad Nacional de Mar del Plata (Unmdp), que hizo un doctorado en la Universidad Nacional de Quilmes y que hoy se desempeña como investigadora adjunta de Conicet Mar del Plata. La ciencia es, en efecto, uno de los espacios que más apertura hizo a las mujeres en el último tiempo. El cambio de paradigma se vio particularmente reflejado en Argentina: en 2015, por ejemplo, había un 52% de investigadoras mujeres en el país, mientras que en el resto del mundo apenas se advertía un 30% de presencia femenina. 

La mirada de género es una arista presente en la labor investigativa que Inés sostiene a diario. Junto a otras veinte personas, ella es una de las integrantes que conforma el Grupo de Estudios sobre Familia, Género y Subjetividades de la Facultad de Humanidades, y su actual línea de investigación pone el foco sobre las cuestiones de género en el proceso de inclusión/exclusión de las trabajadoras domésticas en los derechos laborales sancionados en el país desde principios del siglo pasado. 

Al reconstruir el trayecto de su formación, la investigadora local pone énfasis en el "modelo androcéntrico" que muchas veces marca el pulso del esquema social y repercute de manera directa en las historias de las mujeres. Bajo la lógica que impone este modelo, las mujeres deben adaptarse al modelo de las carreras masculinas, donde el cuidado tiene poco espacio, postergando la maternidad o cumpliendo dobles jornadas de trabajo. Inés, por ejemplo, señala que tuvo su hijo después de haber terminado el doctorado y de haber ingresado a la carrera de investigador científico en el Conicet.

"Nadie me obligó a hacer eso pero para mí era muy claro que iba a ser muy difícil ser madre y desarrollar el trabajo que yo tenía que desarrollar al mismo tiempo. Es algo que a las mujeres les pasa y a los varones les pasa menos porque, en general, hay otras mujeres que se hacen responsables del trabajo doméstico y así se naturaliza una determinada responsabilidad femenina. Una identifica, casi sin querer, que ése es el modelo que hay que seguir y te adaptás a ese modelo sin cuestionarlo muchas veces", explica, en una extensa entrevista que le concede a 0223 en el marco de un nuevo "8M", el día internacional que conmemora a la mujer trabajadora.

-¿Dónde nace tu pasión por la ciencia?

-En primer lugar, tengo que decir que tuve la suerte de que la investigación fuera una posibilidad cuando estaba estudiando. Era una posibilidad porque había una política pública que permitía eso. Yo empecé a estudiar Historia en el ‘99 y cuando estaba próximo a recibirme, mi profesor de la Facultad me invitó a formar parte del grupo de investigación en el 2004, un año en el que había muchas más becas para investigar de las que había habido hasta entonces tanto en el sistema de la Universidad como en el Conicet. Entonces, en el 2004 gané una beca en la Universidad y en el 2005 en el Conicet pero era un escenario donde había una política pública vinculada con la creación del Ministerio de Ciencia y que estaba solventada en partidas presupuestarias importantes y que habilitaban la expectativa a las personas jóvenes de que la carrera de investigación científica era una posibilidad real.

Por supuesto que la inquietud tenía que ver con algo personal, del gusto y mi interés por la investigación, pero eso no se puede desarrollar en un escenario donde no hay posibilidad de pensar que eso es una salida concreta. Para mí lo fue y tuve mucha suerte en ese sentido. En estos últimos años, efectivamente no lo fue o por lo menos era mucho más difícil para gente en la misma situación pensar en una carrera de investigación. Por suerte, ahora hay algunas políticas que parecen ir en un sentido distinto y que pretenden volver a instalar esta alternativa para las personas jóvenes como una posibilidad real.

-¿Siempre fue tu sueño estar en este lugar?

-Tuve muchos sueños. Yo quería estudiar muchas cosas. Sí fantaseaba con estar en un laboratorio pero probablemente no con ser historiadora. Yo elegí las Ciencias Sociales cuando estaba en el secundario. Me empezó a parecer interesante pensar qué pasaba a nivel social, cómo entender las sociedades, y la elección de la carrera que tomé en parte tuvo que ver con eso. Y ya en la Facultad, la posibilidad de investigar me interesó muchísimo pero solamente se transformó en una alternativa porque había becas y podía hacer eso.

Yo pude dedicarme durante muchos años, al 100 por ciento, a hacer una tesis, que es un proceso difícil, con muchas idas y vueltas, y donde lo más complejo es definir el problema de investigación. Todo eso lleva mucho tiempo y esfuerzo y tener la posibilidad de trabajar haciendo eso y nada más que eso es central para desarrollar una investigación de largo aliento.

-Cuándo te volcaste y definiste tu carrera, ¿había muchos pares tuyos que también eran mujeres?

-En el sistema científico y en general en la universidad, hay una segregación por género en términos verticales, que tiene que ver con cómo las mujeres llegan menos a algunos lugares de jerarquía, pero también hay una segregación horizontal. Entonces, en carreras más vinculadas con las Ciencias Sociales y las Humanidades hay más mujeres que en otras carreras. En mi caso, no era tan raro ver mujeres estudiando lo mismo en la Facultad pero seguramente vas a tener otra respuesta si le hacés la misma pregunta a alguien que está en Ingeniería. Esta segregación tiene que ver también con como construimos estereotipos sobre cuáles son los saberes apropiados para mujeres y para varones.

-A lo largo de tu carrera o de tu labor, ¿llegaste a sentir en algún momento la ‘barrera de género'?

-Muchas mujeres, en muchos sentidos, nos adaptamos a un modelo androcéntrico, que está definido a partir de lo que tradicionalmente han hecho los varones. Entonces, muchas mujeres postergamos la maternidad hasta haber alcanzado ciertas cuestiones, como puede ser un doctorado. Yo, por ejemplo, tuve mi hijo después de haber terminado el doctorado y de haber ingresado a la carrera de investigador científico en el Conicet. La verdad es que nadie me obligó a hacer eso pero para mí era muy claro que iba a ser muy difícil ser madre y desarrollar el trabajo que yo tenía que desarrollar al mismo tiempo.

Es algo que a las mujeres les pasa y a los varones les pasa menos porque en general hay otras mujeres que se hacen responsables del trabajo doméstico y de cuidado y así se naturaliza una determinada responsabilidad femenina. Una identifica, casi sin querer, que ése es el modelo que hay que seguir y te adaptás a ese modelo sin cuestionarlo muchas veces. Pasa también, en otros sentidos, para poder integrarse a distintos ámbitos que son vistos como masculinos las mujeres terminan adoptando comportamientos que son típicamente identificados con las carreras masculinas o hacen un esfuerzo mucho mayor que tiene que ver con una doble jornada de trabajo. A veces, eso impacta en la posibilidad de las promociones o del progreso en el sistema, que es lo que deriva en la segregación vertical.

-Sí, con ese aspecto coinciden las voces de otros sectores: que a las mujeres se les exige más para poder llegar u obtener el mismo reconocimiento que un hombre…

-Hay que tratar de hablar siempre en plural, de mujeres y varones, porque tampoco son las mismas dificultades las que enfrentan las mujeres en distintas posiciones sociales y por supuesto que los varones también. No es solamente una cuestión de desigualdad de género sino como esas desigualdades se articulan con otras como puede ser la clase o la condición migratoria. Por eso siempre hay que hablar en plural porque permite ver mejor la complejidad de este mundo en vez de pensar sólo en la distinción entre mujer y varón.

-Y con la bibliografía, con todo el material de estudio que tuviste que leer y aprender, ¿No advertiste en algún momento una preponderancia de autores hombres por sobre autoras mujeres?

-En el momento en que yo era estudiante eso estaba absolutamente naturalizado y por suerte ya no. La pregunta sobre cuántas mujeres leés en tu paso por la Facultad es algo fuerte que se está haciendo y es muy interesante. Yo formo parte de un Grupo de Investigación en el que damos distintos seminarios sobre gÉnero y parte de nuestros objetivos tienen que ver con visibilizar las desigualdades en la propia formación y legitimación del conocimiento. Porque las mujeres siempre generamos conocimiento pero lo que pasa que no están legitimados de la misma forma. Y sí, claro, cuando yo era estudiante, la mayoría de los autores que leíamos eran varones pero nadie se cuestionaba eso. Por suerte ahora es distinto y leemos muchas más mujeres aunque en muchas carreras sigue siendo de la misma forma y hay que hacer un trabajo muy fuerte para incorporar autoras y lecturas que nos permitan cuestionar esta desigualdad.

-De tu etapa formativa a este presente, ¿ves el mismo escenario o mejoraron algunas posibilidades de inclusión e igualdad?

-Las cuestiones de género se pusieron en agenda gracias a la movilización de las mujeres en la calle a través de movimiento Ni Una Menos pero también a partir de los distintos grupos de mujeres, de disidencia, de personas trans, que han ocupado las calles y le han dado una visibilidad muy fuerte a todas las demandas vinculadas con el género y a la diversidad sexual. Hay, por lo menos, una manera de ver las cosas donde hay ciertas cuestiones que ya no son aceptables y aunque eso no es algo necesariamente aceptado por todo el mundo es algo por lo que mucha más gente está dispuesta a comprometerse y a denunciarlo y a hacer algo para que eso se transforme.

Ahí hay una transformación importante y eso es algo a valorar y a seguir desarrollando. Creo que todavía hay mucho por hacer. Estamos en ese momento en el que se visibilizaron muchísimas cosas, se desarrollaron muchas otras como la creación de un Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad, que abre muchas más instancias para revisar y tratar de ir hacia adelante en la temática de género pero hay mucho trabajo por hacer todavía.

-En tu ámbito, ¿qué cambio urgente considerás que debería aplicarse?

-Hay muchas estudiantes que tienen hijos y no hay servicios de cuidado que acompañen a esas estudiantes. Hay muchas becarias con hijos en el tiempo en que se están formando, tienen licencia por maternidad pero esa licencia son tres meses más de beca que vos tenés cuando se te termina la beca de investigación y eso no permite realmente recuperar el tiempo que vos invertís en la crianza de un hijo y sobre todo en el primer año de vida. Y en parte eso tiene que ver con la cuestión de que los padres tienen muy poca licencia y desde la legislación, desde el Estado y las políticas públicas, hay todavía una responsabilidad mucho más puesta en las mujeres que en los varones.

Por un lado, las licencias son demasiado cortas o debería haber algún tipo de contemplación distinta que te permita realmente reponer ese tiempo y habría que pensar cómo se podría promover un compromiso mayor de parte de los varones en la crianza. También, el hecho de que existan servicios de cuidado para las investigadoras: en la Universidad Nacional de Mar del Plata hay un jardín maternal pero con una demanda altísima porque la comunidad de la universidad es muy grande y no siempre puede dar respuesta a las necesidades que hay. La creación de los servicios públicos de cuidado también es una cuestión importante a tener en cuenta.