La Audacia: la historia de la carpa autogestiva que sobrevive a los atentados y al olvido oficial

Tras quince años de resistencia y un histórico peregrinaje por los barrios de Mar del Plata, la carpa de La Audacia se consolida como un refugio de arte autogestivo. Entre trámites, mudanzas forzadas y el apoyo comunitario, el circo desafía la incertidumbre para mantener viva la magia del circo.

Si el circo es, por definición, nómade, para este grupo la itinerancia no fue una elección romántica, sino una huida hacia adelante.

18 de Abril de 2026 15:52

La carpa no es solo lona y cables, es un organismo vivo que respira. Para Facundo Mosquera, artista de circo de toda la vida y director del proyecto, el sueño no empezó con el primer aplauso, sino mucho antes, en el silencio de un depósito. Ahí, la carpa comprada a la mítica familia Poema, esos trapecistas que se despidieron del país dejando su tesoro atrás, esperó pacientemente durante diez años. Fue un tiempo de trámites y negativas antes de poder, finalmente, levantarse en un espacio de esta ciudad.

El bautismo en el barrio

Todo comenzó en 2013. El escenario fue el barrio Caisamar, en la esquina de Acevedo y González. Con un modesto apoyo de la Secretaría de Cultura, las clases gratuitas de circo para los chicos de la zona le dieron vida al proyecto. Pero la alegría estatal fue breve: a los tres meses, el fondo se cortó.

La carpa es el lugar apropiado para desarrollar la actividad ante la ausencia de otros espacios.

Fue entonces cuando nació el clásico: la “función a la gorra”. Anita Diab, Charlie Viera y Facundo se convirtieron en la resistencia cultural del barrio, transformando la necesidad en un acto de fe colectiva. En aquellos días de 2013, asistir a las funciones de La Audacia, el primer circo independiente de la ciudad de Mar del Plata, era un acto de fe y comunidad. En sus comienzos, el espacio carecía de cualquier comodidad convencional, no había butacas numeradas ni gradas de madera. El público, cómplice absoluto, llegaba cargando sus propias reposeras y mantas, o simplemente se acomodaba sobre el pasto, dispuesto a formar parte de algo naciente.

Para los artistas, la falta de infraestructura no fue un freno, sino un terreno conocido. Forjados en la dureza y la libertad del espectáculo callejero, estaban acostumbrados a que el único límite de su escenario fuera el cordón de una vereda o la mirada de los transeúntes. Con ese temple, transformaron la carencia en virtud: sin más recursos que su propio cuerpo, el humor y la destreza de sus trucos, lograron levantar un universo entero donde antes solo había vacío.

Una carpa en peregrinación

Actualmente, el circo descansa frente al Museo José Hernández, en Laguna de los Padres.

Si el circo es, por definición, nómade, para este grupo la itinerancia no fue una elección romántica, sino una huida hacia adelante. “Nos van corriendo, esa es la realidad”, confiesa Facundo con una mezcla de resignación y temple. La historia de su recorrido parece un mapa de obstáculos:

  • Caisamar: El final fue amargo. Atentados anónimos cortaron los tensores de acero, poniendo en riesgo la estructura.
  • Plaza España: Tres años de funciones estables que terminaron cuando las obras municipales reclamaron el suelo.
  • El Faro y el Museo MAR: Nuevas paradas en una procesión que siempre parece molestar a alguien en los despachos oficiales o entre los vecinos.

Al preguntarle si encuentra alguna explicación a esta situación a lo largo del tiempo, Facundo responde: “No, explicaciones no. Siempre son cuestiones externas: comienza una obra, nos tenemos que ir, no nos dicen nada... Se pelea un poco en las redes, se sacude un poquitito y ahí, hasta el momento, se vuelve a abrir un nuevo espacio para que la carpa siga existiendo”.

Autogestión: El arte de lo imposible

Hoy, la carpa de 20 metros de diámetro es una fortaleza autogestiva. Cada parche en la lona, cada nueva cuerda y cada luminaria se pagan con el sudor de la función anterior. Mientras los grandes circos comerciales que llegan durante la temporada a la ciudad suelen tener alfombra roja institucional, el circo local debe pelear cada centímetro de espacio público.

—Viendo esta situación y viviéndolo como les ha tocado, ¿por qué siguen? ¿Qué los moviliza?

—En lo personal, la carpa es el lugar apropiado para desarrollar la actividad ante la ausencia de otros espacios. En Mar del Plata no hay lugares para el artista de circo, salvo el espacio callejero. Es la pasión de toda la vida, uno ya pasó el punto sin retorno y no se imagina la existencia sin esta parte. La respuesta al porqué seguir está en un gesto simple: la sonrisa de un niño, o la de un adulto que vuelve a serlo, es el combustible que hace que todo valga la pena.

Ese motor interno es el que permite que, aunque el elenco vaya rotando, la esencia se mantenga. La Audacia tiene todos los condimentos de un circo tradicional, pero, dentro de la dinámica propia de la carpa, han sumado cuadros teatrales y fragmentos de otras obras para innovar. Los trajes son confeccionados de forma autogestiva, los guiones son propios y, a veces, deben destinar funciones específicas a actualizar los vestuarios. Pero lo más complicado en estos días es desafiar la incertidumbre de una época donde ensayar y programar se ha vuelto un lujo para valientes. Las condiciones, hoy por hoy, no son las mejores para los artistas.

El motor de la risa

Actualmente, el circo descansa frente al Museo José Hernández, en Laguna de los Padres. Es un rincón nuevo, un poco alejado, donde el público todavía está descubriendo el camino. Allí se encuentran el micro que oficia de camarín y las dos casitas rodantes que funcionan como hogar y boletería.

Facundo agrega: “Esa pasión no es completa sin el público. Hay chicos que por primera vez pisan un circo y se enamoran porque sienten que son parte del show de diferentes formas. Es un espacio pequeño y familiar, la gente lo vive como una casa, una casa un poco disparatada”.

El amuleto de madera pintado de rojo

Al indagar sobre aquello que los ha acompañado desde siempre, Facundo no duda: “Hay un elemento muy curioso: una pequeña escalerita roja que está desde el comienzo. No sabemos cómo fue a parar ahí, pero la llevamos a todas partes. De alguna forma, siempre termina siendo parte de la función de las maneras más absurdas; aparece la necesidad de usarla y, todavía hoy, después de 15 años, la escalerita, un poco destartalada, sigue firme”.

Como esa pequeña escalera, el circo permanece: un poco castigado por el tiempo, pero sólido. A pesar de los traslados forzados y los contratiempos, este proyecto ha logrado algo más difícil que cualquier acrobacia: sobrevivir a su propia historia. No es solo tozudez artística, es una forma de resistencia que entiende que la risa no es un lujo, sino una necesidad que sana y equilibra el peso de los días difíciles.

Hoy, la carpa sigue en pie porque se niega a que se pierda ese punto de encuentro. Un lugar donde los niños descubren el asombro por primera vez y donde los adultos logramos, por un rato, sentarnos frente a frente con quienes fuimos. Mientras esa lona siga levantada, el circo continuará siendo ese refugio necesario donde el espectáculo y la memoria se abrazan para recordarnos que, pase lo que pase, la función debe seguir.