El punto justo es un milagro: una obra que dialoga con la lluvia y el paso del tiempo

La directora Denisse Laub explora la fragilidad de los vínculos y el paso del tiempo en una pieza que combina teatro, tango y poética cotidiana. Protagonizada por Pamela Hartstock y Boti Galante, la obra se presenta este sábado 25 en el teatro Cuatro Elementos.

La propuesta huye de los grandes dramas ruidosos para refugiarse en lo íntimo.

18 de Abril de 2026 19:35

¿Cuánto tiempo puede sostenerse un equilibrio antes de que el movimiento nos obligue a buscar uno nuevo? En la vida, como en el tango, el secreto no parece estar en quedarse quieto, sino en encontrar ese instante preciso donde dos cuerpos dejan de ser individuos para volverse una unidad.

Denisse Laub es la autora y directora de la obra El punto justo es un milagro, protagonizada por Pamela Hartstock y Boti Galante. En ella, a través de hechos de la vida cotidiana de una pareja, se puede vivir el paso del tiempo mediante sus conversaciones, sus silencios y sus sábanas tendidas.

La propuesta huye de los grandes dramas ruidosos para refugiarse en lo íntimo. Todo ocurre entre ellos dos, bajo la luz de lo doméstico, pero con el eco de una milonga de fondo. El tango, que los unió en la ficción, funciona acá como la metáfora perfecta del vínculo: un vaivén constante donde el abrazo es el único refugio posible.

“En esta obra, el paso de los años no está planteado desde el lugar común. No nos interesa el cliché de la degradación del deseo o el marchitamiento del vínculo por la rutina. Por el contrario, lo abordamos desde las preguntas que el tiempo, y solo el tiempo, habilita a hacerse. Es el paso de los meses y los años lo que les permite a Clara y Pablo interrogarse y descubrir cómo varía el deseo en cada individualidad, cómo, en esa danza de a dos, pueden ponerse en común o, simplemente, desencontrarse. Narrativamente, la pieza propone un viaje temporal: partimos desde el instante en que se conocen y avanzamos por distintos sucesos hasta alcanzar su presente. Sin embargo, no buscamos esa estructura clásica de 'momento bisagra' donde se decide si la pareja se separa o continúa. La obra no va por ahí. Nuestra propuesta es, más bien, abrir una ventana. Queremos que el espectador observe el tiempo que esta pareja está viviendo hoy, con sus búsquedas, sus contradicciones y esos deseos contrapuestos que los mantienen vivos y en movimiento”, comienza diciendo Denisse sobre la propuesta.

— Hay algo en el diseño del flyer que me llamó la atención. El título se lee como una declaración: "Un punto justo" domina la imagen y, debajo, en una tipografía pequeña, casi tímida, aparece el complemento: "es un milagro". ¿Esa disposición visual fue azarosa o sugiere que alcanzar el equilibrio en una pareja no es la norma, sino un evento extraordinario que ocurre casi por azar?

— Esa disposición es totalmente intencional. Para nosotros, el milagro no tiene una connotación religiosa ni peyorativa de algo inalcanzable, sino que reside en la fragilidad del encuentro. Aunar dos realidades distintas, encontrar criterios comunes o alcanzar un equilibrio no es algo que permanezca estático, no es un lugar donde uno se estanca y se queda a vivir. Creemos que el milagro ocurre en la fugacidad: es ese instante donde los puntos se tocan y, casi de inmediato, se transforman en otra cosa. Ese concepto, que el punto justo es un milagro, es, de hecho, una línea que el personaje de Clara dice en la obra. Es la premisa que rodea cada escena y que guía nuestra búsqueda en el escenario: entender que el equilibrio es un punto de contacto efímero en medio del movimiento constante.

La obra no tuvo su principio en una página en blanco, sino en el vínculo previo entre sus protagonistas. Ambos actores se conocían desde hacía bastante tiempo, compartiendo años de formación y procesos creativos. En el verano de 2025 coincidieron en un taller de actuación dictado por la directora. Fue ahí donde le propusieron el desafío: dirigir un proyecto que aún no tenía forma, ni texto, ni certezas.

Aceptado el reto, el proceso se gestó de manera inversa a la convencional. Sin un guion a priori ni una bajada de línea personal, la directora se lanzó a un laboratorio de improvisaciones. Fue en el diálogo vivo de los ensayos, observando lo que aparecía entre los actores y probando pautas de trabajo, donde las escenas empezaron a dictarse a sí mismas. Lo que surgió no fue una imposición intelectual, sino una dramaturgia del devenir. Solo cuando el material acumulado tuvo suficiente peso, llegó el momento de estructurar, ordenar el tiempo y pulir el texto final. Así, la obra terminó de escribirse en el cuerpo de los actores antes de quedar fijada en el papel.

“La obra está cruzada por distintos temas que interpelan a cualquier pareja, pero que quizás no se permiten conversar. Desde la descendencia, la crianza y las ganas de tener un hijo, hasta lo que uno piensa sobre el otro o lo que uno elabora a partir de la imagen del ajeno”, cuenta la directora.

Una de las particularidades que tuvo la última presentación fue que, al finalizar la misma, una psicóloga se sumó al elenco para abrir un conversatorio sobre las temáticas y las preguntas que surgen en el "mientras tanto" de la representación. Denisse sostiene que, “Los conversatorios posteriores a la función son una apuesta al riesgo. La mitad del público se va y la otra mitad se queda. No existe aún un hábito arraigado de permanencia tras el aplauso final. Sin embargo, para quienes decidieron quedarse un poco más, la experiencia se transformó en un lugar para compartir un intercambio genuino de miradas y preguntas. Esta dinámica, aunque necesaria, suele generar cierta resistencia: el espectador se siente expuesto. Al encenderse las luces y proponer una charla horizontal, se rompe el anonimato de la butaca. Nos vemos las caras, el pensamiento va y viene. Es allí donde el teatro deja de ser un producto de consumo rápido para convertirse en un espacio de escucha”.

— Por último, contame Denisse sobre alguna frase que te haya marcado de la obra desde el principio, o una idea que nunca pudiste abandonar.

— Esto funciona más en un plano estético-poético que argumental. Sin embargo, hay algo en la obra que dialoga con la lluvia de verano: la lluvia está presente sonoramente en la pieza y también en su vínculo, desde el día en que se conocieron, mostrando el paso del tiempo en ellos dos. Además, trabajamos con un dispositivo similar a un ténder, donde se cuelgan manteles, sábanas y camisas. Ese universo visual me impregnó profundamente: la lluvia, la ropa tendida y la huella del tiempo en la relación. Después, frases hay muchas. Como te decía, el punto justo es un milagro es un texto que aparece en una escena de Clara mientras prepara un merengue para la torta de cumpleaños. Surge de ese mundo de la cocina, pero al mismo tiempo juega con muchas otras capas de sentido. Son gestos cotidianos, hogareños, que a menudo hacemos en automático, y de ahí puede despertarse un universo poético, sin duda.

(*) El punto justo es un milagro se volverá a presentar el sábado 25 de abril a las 20:30 en el teatro Cuatro Elementos.