A casi diez años del misterio de la calle Brown: un cuerpo desmembrado en bolsas de basura, con solo nueve dedos y sin cabeza ni corazón

A casi una década del macabro hallazgo en pleno centro marplatense de un cuerpo mutilado con precisión quirúrgica, el dedo cercenado como mensaje mafioso sigue siendo un símbolo de terror. La desaparición del principal sospechoso convirtió el caso en el enigma policial más perturbador de los últimos tiempos en Mar del Plata.

Las primeras evaluaciones forenses indicaron que el desmembramiento era reciente y se había ejecutado con una pulcritud asombrosa.

24 de Mayo de 2026 09:05

El atardecer del lunes 6 de noviembre de 2017 transcurría con la calma habitual en los alrededores de la vieja terminal de Mar del Plata. Minutos antes de las 18:00, Eduardo (32) y Mauro (27), dos cartoneros conocidos en el barrio, empujaban su carro por la calle Almirante Brown al 1700. Iban acompañados por Alexis, el hijo de 17 años de Eduardo, quien esperaba sobre el vehículo. Al detenerse frente a una obra en construcción para revisar un montículo de bolsas de consorcio, el panorama rutinario se transformó en una pesadilla real: entre papeles y botellas plásticas, descubrieron una pierna mutilada que llevaba un tatuaje tribal y una zapatilla colocada.

A los gritos, los recolectores alertaron a los vecinos, quienes inicialmente pensaron que se trataba de un robo común debido a la rápida llegada de los patrulleros. Al abrir los bultos abandonados sobre la vereda, las autoridades confirmaron el horror: las bolsas contenían brazos, vísceras, el tórax y los genitales de una persona, aunque faltaban la cabeza, el corazón y el resto del tronco. La Policía Científica y el fiscal Alejandro Pellegrinelli, a cargo de la UFI n.º 5, se hicieron cargo de la escena de inmediato para iniciar los peritajes en un vecindario completamente conmocionado.

La última hipótesis firme apuntó al circuito clandestino de psicofármacos.

Nueve dedos para una identidad

Las primeras evaluaciones forenses indicaron que el desmembramiento era reciente y se había ejecutado con una pulcritud asombrosa, lo que evidenciaba la intervención experta de un tercero. Aunque en un principio los recolectores dudaron sobre el sexo de la víctima, las huellas dactilares de las manos, halladas por separado en otra bolsa, permitieron que la policía identificara los restos en pocas horas. El cuerpo pertenecía a Luciano Manuel "el Tano" Provenzano, un marplatense de 34 años que estaba desocupado y tenía antecedentes por un robo agravado cometido en 2015.

Un detalle particular llamó la atención de los investigadores: a una de las manos le faltaba el dedo anular, un corte intencional que parecía un mensaje mafioso. Además de las huellas, el reconocimiento se facilitó gracias a una serie de tatuajes específicos detallados en el informe policial: una calavera con la lengua afuera en el brazo izquierdo, un payaso calavera en el antebrazo y la letra "M" grabada en el pecho.

Dos cartoneros encontraron el cuerpo por la calle Almirante Brown al 1700.

Los últimos pasos del "Tano"

La reconstrucción cronológica determinó que el asesinato ocurrió entre el atardecer del domingo 5 de noviembre y la madrugada del lunes. Provenzano padecía serios problemas de adicción a las drogas y al alcohol, lo que lo llevaba a frecuentar los ambientes marginales del centro de la ciudad. Semanas antes del crimen, se había marchado de la casa de su hermano en el barrio Don Emilio tras un violento altercado con un vendedor de drogas local. Se refugió temporalmente en un departamento de la calle Falucho al 2000, propiedad de un remisero que lo hospedó como devolución de un favor pasado. Sin embargo, tras romper las reglas de convivencia e ingresar a otra persona de la calle para consumir pastillas, una fuerte discusión telefónica terminó cuando el dueño del vehículo de alquiler cambió las cerraduras del lugar.

Según las reconstrucciones realizadas por los medios gráficos de la ciudad, el sábado previo al hallazgo, Provenzano continuó su deriva céntrica. Pasó la tarde en la plaza Mitre junto a un conocido apodado "el Misionero", compartiendo cervezas en las salidas de aire subterráneas de la manzana de Colón y San Luis. Cerca de las 3:30 de la madrugada del domingo, las cámaras de seguridad registraron su última imagen con vida al retirarse solo de la puerta del local Casa Rock, donde tocaba una banda tributo al Indio Solari. El último contacto real ocurrió pasadas las 5:00 de la mañana mediante mensajes de WhatsApp con su exnovia, Vanesa. Después de ese momento, su rastro se perdió por completo.

Pistas falsas y un enigma sin resolver

En el interior de las bolsas, la policía descubrió dos elementos que abrieron las primeras hipótesis de la investigación. El primero fue una llave magnética que abría el departamento de la calle Falucho, lo que permitió descartar rápidamente al remisero tras corroborar su coartada. El segundo elemento fue un comprobante de depósito bancario a nombre de la encargada de un edificio situado justo enfrente de la escena del hallazgo. Al investigar el entorno, se descubrió que el sobrino de la mujer residía allí y que su pareja trabajaba como instrumentista quirúrgica, una coincidencia llamativa dada la precisión casi médica de los cortes del cadáver. Pese a que las cámaras de seguridad mostraron a un hombre y una mujer trasladando bultos idénticos esa mañana, el allanamiento del domicilio descartó cualquier vinculación con el hecho. El ticket solo había llegado al lugar por acción del viento o el azar.

"Se agotan instancias, posibilidades y alternativas. Hemos relevado todo, pero no hay nada firme", reconoció el fiscal Pellegrinelli a las tres semanas del suceso, admitiendo la falta de sospechosos.

La última hipótesis firme apuntó al circuito clandestino de psicofármacos. Se comprobó que Provenzano consumía Akatinol, un medicamento exclusivo para el alzhéimer, mediante recetas falsas provistas por un jubilado conocido como "el viejo Jorge", quien habitaba un departamento en la galería Sacoa y solicitaba favores a jóvenes vulnerables. Cuando la policía allanó el lugar, la vivienda estaba completamente vacía y limpia de huellas. El sospechoso se había esfumado.

Un expediente abierto a la impunidad

A los diez meses del crimen, el caso quedó paralizado en un laberinto técnico y judicial. El análisis forense nunca pudo precisar la causa exacta de la muerte debido a la ausencia de la cabeza, el sector donde los investigadores presumían que se localizaba la herida mortal. Tampoco se descartó que los restos faltantes hubieran terminado en el Predio de Disposición Final de Residuos de la ciudad de manera irreversible.

A pesar del análisis de 12 terabytes de grabaciones de seguridad de la zona, el cruce de datos telefónicos y las revisiones de redes sociales, el asesinato de Luciano Provenzano pasó a formar parte de la lista de crímenes impunes de la ciudad balnearia. Para su familia, el desenlace fue el trágico final de un hombre enfermo cuyas adicciones crónicas lo empujaron a los márgenes del inframundo urbano, donde las respuestas institucionales llegaron demasiado tarde.

 

Lo más

leído