Las elecciones catalanas del 14 de febrero: no todo cambia tan rápido como parece

Foto: Agencia Anadolu.

Las encuestas de hace unos días ilusionaban al presidente Pedro Sánchez. Las elecciones previstas para el 14 de febrero en la Generalitat de Cataluña podían marcar el inicio del declive del nacionalismo  independentista y la posible apertura de un proceso de normalización de las relaciones entre el Estado Español y el gobierno autonómico. Pero el resultado electoral finalmente pareciera haber opacado nuevamente la posibilidad de dicha normalización.

Las pasadas elecciones se originaron a partir de la inhabilitación del anterior presidente de la Generalitat, Quim Torra, en diciembre del pasado año. Acusado por el Tribunal Supremo por mantener el apoyo a la plataforma independentista fue obligado a dimitir, con lo cual se abrió el proceso constitucional para la formación de una nueva legislatura.

Las ilusiones del gobierno de Sánchez y de gran parte de la clase política española se fundaban en una serie de datos no desdeñables. El año 2020, crisis de la pandemia del covid – 19 mediante, había afectado fuertemente a la mayoría de las formaciones política en Cataluña. Los resultados del proceso judicial contra los líderes independentistas y las trabas en las negociones con el gobierno central, habían abierto una serie de disputas internas en la mayoría de los partidos políticos y especialmente entre los independentistas.

Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), dirigida por el vicepresidente de la Generalitat Peré Aragonès, perdió a sus socios de Catalunya SI, Movimiento d’ Esquerres y Demócratas de Cataluña. Aunque menores, estos partidos acusaban a ERC de estar demasiado abierta al diálogo con el gobierno central.

Por su parte, la derecha independentista aglutinada en la coalición Junts per Catalunya, vivió a lo largo de 2020 un extraño proceso de disolución y reconstitución. Formada inicialmente en 2017 por el Partido Demócrata Europeo Catalán (PDeCAT) y Convergencia per Cataluña; la coalición entró en crisis el pasado año cuando el líder exiliado Carles Puigdemont impulsó la disolución de los partidos miembros en un único partido. Aunque el PDeCAT se opuso a sus intenciones, Puigdemont lograría atraer la mayoría de los representantes parlamentarios del PDeCAT y refundarían Junts per Catalunya como un nuevo partido. A su vez, los partidos que abandonaron a ERC se manifestaron abiertamente por las candidaturas de Junts.

Ciudadanos, se vería afectado por el impacto que el declive de la formación naranja tuvo a nivel nacional. Inés Arrimadas, dirigente de la formación en Cataluña, debió hacerse cargo de representar al partido en las Cortes Generales, con lo cual se abrió una disputa por el control del partido que finalmente recayó en el abogado Carlos Carrizosa.

Podemos (Cataluña en Comun- Podem) por su parte, no parecía tener demasiadas chances de aumentar su caudal de votos, especialmente porque una facción de la Izquierda Unida de Cataluña decidió abandonarla la coalición en pos de mantener posturas más independentistas.

El independentismo de izquierdas más radicalizado, expresado en la Candidatura d’Unitat Popular (CUP), parecía mantenerse en sus niveles anteriores. Tampoco se esperaba demasiado del Partido Popular, para el cual Cataluña siempre fue un territorio adverso electoralmente. En todo caso, podía generar una mayor intriga que sucedería con VOX. La formación ultraderechista, furibundamente anti – independentista se había lanzado de lleno a motorizar la campaña electoral.

Ante semejante panorama, los movimientos de Pedro Sánchez fueron ciertamente hábiles. Se decidió intervenir directamente en el Partido Socialista de Cataluña. Promovió el remplazo del histórico candidato del PSC, Miquel Iceta, por quien su Ministro de Sanidad, Salvador Illa. Economista de formación, a pesar del impacto de la pandemia en España, logró tener una muy buena imagen pública porque procedió, en medio de la crisis, a reformar la sanidad estatal y lograr un importante aumento en sus recursos. Cuando se conoció sus candidatura en diciembre pasado, los sondeos electorales del socialismo se dispararon.

Ahora bien, todo ello no pareciera haber alcanzado. La celeridad de los tiempos contemporáneos y futilidad de algunos fenómenos políticos, en donde nada parece demasiado permanente evidentemente chocó con gran parte de la voluntad de los catalanes.

Este domingo, los resultados no fueron realmente los esperados. En medio de un crecimiento de caso de covid -19, la participación electoral fue realmente baja (sólo un 53% del electorado).

El socialismo no pudo alcanzar el triunfo rotundo con el cual se ilusionaba. Aunque aumentaría fuertemente su representación parlamentaria, el poco más del 23% lo ubicó en una suerte de empate técnico con los principales miembros del bloque independentista. Pasando de 17 diputados a 33, el peso del socialismo en el parlamento no  sería el suficiente para lograr formar gobierno.

Las elecciones, a pesar de los pronósticos, no significaron un retroceso de los partidos independentistas. Por su parte ERC, dirigida por Aragonès (quien cumple el rol de presidente interino de la Generalitat), logra un resultado electoral importante a pesar de la defección de sus anteriores socios. Con un poco más del 21 %, la izquierda independentista moderada logró retener también 33 diputados en el Parlament y se consolido como la fuerza mayoritaria dentro del bloque independentista. Junts per Catalunya, dirigido desde el exilio por Puigdemont, logró que su candidata Laura Borràs cosechase el 20% de los votos. Junts, a pesar de la crisis interna y sus refundación durante el año pasado, logra mantener 32 diputados en el Parlament, expresando el peso que tiene el centro derecha independentista en la sociedad catalana. A su vez, el independentismo de izquierda radical expresado en la candidatura de Dolors Sabater de la CUP lejos estuvo de perder posiciones, pasando de 4 a 9 diputados.

Los cambios en todo caso parecieran haber afectado a los partidos no independentismo. La candidatura de Podemos, dirigida por la periodista Jessica Albiach, logró mantener los 8 diputados de la legislatura anterior, pero con una pérdida sensible de la cantidad de votos. En todo caso Podemos, mantiene su importancia como puente de diálogo entre el independentismo y el gobierno central, pero su fuerza electoral en Cataluña pareciera no poder despegar hace ya varias elecciones.

En todo caso la gran sorpresa de estas elecciones ha vuelto a estar en lo que sucede con la derecha española. Se confirma una tendencia que se viene observando desde hay ya dos años. El crecimiento de VOX, la formación de ultraderechas dirigida por Santiago Abascal, a expensas de los otros partidos de la derecha española.

En las elecciones de este domingo, el odontólogo e hijo de inmigrantes Ignacio Garriga, logró posicionar a VOX como la cuarta fuerza electoral alcanzando el 7,6% de los votos, consiguiendo 11 diputados. Esta es la primera vez que VOX alcanza representación en el Parlament Catalán, luego de una complicada campaña electoral, cargada de escenas de violencia en distintos enfrentamiento de la militancia de VOX con la militancia independentista.

Pero nuevamente aquí, como ya se ha visto en otras contiendas electorales en España, el crecimiento de la ultra derecha se explica principalmente por el traspasamiento de votos de Ciudadanos (Cs) y el Partido Popular (PP).

Si algo dejaron en claro las elecciones catalanas, es la debacle definitiva de la formación fundada por Albert Rivera. Sin poder recuperarse de su desplome en las últimas elecciones nacionales Ciudadanos, que precisamente tenía en Cataluña su bastión y su cuna, logró apenas un poco más del 5% de los votos. Con 36 diputados en la anterior conformación del Parlament, cae estrepitosa y ruinosamente a sólo 6 diputados.

Aunque no tan exagerada, esa pérdida la sufre el Partido Popular. El candidato Alejandro Fernández logró concitar menos apoyo que en las elecciones pasadas, rozando apenas el 4%, con lo cual el PP se queda sólo con 3 diputados.

Sin duda alguna, el dato más importante para la política española es este. La ultraderecha no es un fenómeno pasajero. Se está consolidando. Aunque dicha consolidación sea a expensa de los restantes partidos de la derecha española, los “ultras” están dejando en claro que no son un resabio de la historia.

Ahora se abre la rueda de negociaciones para la formación de un nuevo gobierno de la Generalitat. A pesar de las esperanzas que cifraban los socialistas, y de los hábiles movimientos de Sánchez, pareciera ser claro que el bloque independentista volverá a controlar el gobierno autonómico. Pere Aragonès  de Esquerra Republicana será seguramente el nuevo presidente, con el respaldo de Junts y de la CUP. En todo caso, al gobierno central sólo le queda esperar que la centralidad que ERC tendrá en el nuevo gobierno, se pueda traducir en el mantenimiento de ciertos canales de diálogos, especialmente en un contexto en el cual el crecimiento de VOX seguramente implique el crecimiento de las tensiones políticas y de los enfrentamientos violentos en Cataluña.

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