Y después, ¿qué? Cómo continuó la vida de las presas políticas de los ‘70

Doscientas militantes políticas que fueron secuestradas y detenidas en la década del ‘70 se reencontraron cuarenta años más tarde. Se vieron distintas; incluso, algunas no se reconocieron a primera vista. Pero tenían una historia en común y eso es para toda la vida.

22 de Mayo de 2022 17:10

En 2019, unas cuatrocientas mujeres que habían sido presas políticas entre los años 1974 y 1983 se reencontraron, en la mayoría de los casos, por primera vez después de haber recuperado la libertad. El encuentro había sido organizado durante meses -los contactos habían comenzado bastante antes, en 2004- pero, una vez que estuvieron todas en el lugar acordado, debieron sortear un imprevisto: era tanto el tiempo que había pasado que muchas no se reconocieron. Pero lo resolvieron de una forma sencilla, colocándose etiquetas con sus nombres en el pecho. La charla y los abrazos, luego, hicieron lo suyo.  

Producto de esa reunión en el Hotel Bauen, ese edificio de Callao 360 que quebró y fue recuperado y gestionado durante casi dos décadas por una cooperativa de trabajadores, surgió el libro “Nosotras en libertad”, con la idea de contar (y contarse) qué fue de ellas, las sobrevivientes, una vez que recuperaron su libertad y debieron afrontar la dificultosa tarea de reinsertarse en una sociedad en la que, los que no habían sido secuestrados y desaparecidos por la dictadura, vivían con el miedo a flor de piel. Además, por supuesto, de cargar con el estigma de haber sido presas políticas en un país en el que la dictadura cívico, militar y eclesiástica había sembrado el horror. 

“Nosotras en libertad”, un trabajo realizado durante el primer año de la pandemia y presentado en público en octubre del 2021, llegó para complementar el libro “Nosotras, presas políticas” (Nuestra América Editorial), una obra colectiva en la que 112 mujeres compartieron los recuerdos de sus estadías en las diferentes cárceles del país. Así, a partir de la recopilación de cartas, dibujos y anécdotas, pudieron dar testimonio de cómo fueron aquellos años en intramuros.

"Algunas compañeras salieron y no tenían familiares porque estaban desaparecidos o muertos”. La que habla es Elena Arena (73), quien en los meses previos al Golpe de Estado del ‘76 militaba en el Peronismo de Base y trabajaba en la Universidad Católica de Mar del Plata. Corría septiembre del ‘75 cuando Arena, en medio de la sangrienta disputa por la fusión de las universidades Católica y Provincial, fue obligada a dejar su cargo en la casa de altos estudios; justo seis meses después de que una patota de la CNU secuestrara, desapareciera y asesinara a la decana de la Facultad de Humanidades, María del Carmen “Coca” Maggi.  

En su caso, estuvo detenida en Olmos y después la trasladaron al penal de Devoto. Como a sus compañeras, una frase marcó a fuego su estadía en cautiverio: “De acá salen muertas o locas”. La escuchaban seguido en la cárcel de Devoto, de boca del alcaide mayor Horacio Martín “Chiche” Galíndez, quien en 2018 quedó imputado por crímenes de lesa humanidad, en el marco de una causa por la denominada “Masacre del Pabellón Séptimo; una serie de hechos ocurridos en 1978 y en los que murieron 65 personas, mientras que otras 89 víctimas fueron sometidas a cruentos tormentos.

La advertencia, una vez superado el terror inicial, las llevó a buscar todo tipo de estrategias que les ayudara a mantener la cabeza fría, en calma. “Tejíamos, escribíamos, nos contábamos las novedades de afuera que traían las visitas; pensábamos en cómo seguía todo en nuestras ciudades, entre nuestros amigos… También nos prestábamos la mejor ropa que teníamos para estar lo mejor posible cuando nos iban a visitar”, recuerda Arena. En una de esas visitas, Elena se enteró que había aparecido el cadáver de Maggi, semienterrado en Mar Chiquita. Fue el día anterior al Golpe y para ella, la noticia fue “terrible”. “Cuando uno está ahí adentro piensa que las otras personas que fueron secuestradas pueden estar en cualquier agujero, pero vivas”, explica en diálogo con 0223.   

Adentro, más allá de que las condiciones eran complejas, nunca dejaron de buscar -en la medida de lo posible- acuerdos para sobrevivir. “Nuestra convivencia se basó en decisiones: cómo hacemos tal, cómo usamos esto o aquello”, dice Arena. Parte de esos acuerdos contemplaban, por ejemplo, que la que recuperaba la libertad -cada salida se celebraba como si fuera la propia- dejaba absolutamente todas sus pertenencias a sus compañeras: afuera podrían recuperar cada objeto donado.  

Elena Arena, una de las doscientas militantes políticas que estuvo detenida en la década del '70 y aporta su testimonio en el libro "Nosotras en libertad". Fotos: 0223 

Sin embargo, muchas se encontraron con un panorama desolador apenas pusieron un pie en la calle. Arena, en particular, estuvo detenida durante cuatro años y siguió otro más con libertad vigilada, a disposición del Poder Ejecutivo Nacional. Esos meses los pasó en Balcarce, en la casa que compartía con su mamá y su hermano. Una vez cumplido ese plazo, regresó a Mar del Plata y debió enfrentar un panorama desolador: no tenía dónde ir, la gente le resultaba desconocida y el miedo a preguntar por alguien o que le preguntaran a ella en dónde había estado todo ese tiempo la obligó a vivir en un estado de alerta constante. “En el ‘80 todavía secuestraban y desaparecían gente. Pero yo no era muy consciente de que me podía pasar pese a que sabía de compañeras que habían salido y fueron levantadas de nuevo en la calle y desaparecieron. Era como una negación”, cuenta.

Sus memorias forman parte de “Nosotras en libertad”, un libro en formato digital compuesto por un total de 200 relatos de militantes políticas de distintas provincias del país y otras que se exiliaron y todavía viven en Canadá, Francia, Chile y Uruguay. La propuesta, cuyo diseño artístico corrió por cuenta de Laura Chuburu, Mariana Ardanaz y Darío Doria, ofrece distintos itinerarios de lectura e incluye material audiovisual. Por ejemplo, se pueden leer las historias por las regiones de las que son oriundas cada una de las autoras (el puerto, el Paraná, las sierras o la llanura y también el exterior) o entrar directamente por los nombres de cada militante política.

Allí, Elena cuenta, entre otras cosas, que después de varios meses de incertidumbre comenzó a trabajar como correctora en el diario El Atlántico, y luego comenzó a participar activamente en el ámbito gremial. De hecho, actualmente es la secretaria general del Sindicato de Prensa de Mar del Plata. “Hubo estigmatización por parte de gente que piensa diferente y que, por supuesto, tiene derecho a hacerlo porque vivimos en democracia. Pero, sobre todo, había mucho miedo. Siempre digo que en Balcarce había gente que me conocía desde que nací pero, si me veía venir caminando, cruzaba la calle. Esa gente me empezó a saludar recién después de la llegada de la democracia y creo que eso tenía que ver con el miedo. Y eso, a pesar de que es muy difícil, también lo entendí: el miedo era terrible”, define.

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