Se fue el Indio: “Ahora sí somos realmente pobres”
El impacto cultural del Indio Solari trasciende la música para convertirse en refugio emocional de generaciones. El mapa de sus canciones permanece como un pacto de fidelidad inquebrantable, una herencia poética que nos abraza en el desamparo. Relectura de su libro Recuerdos que mienten un poco.
Comprender el fenómeno del Indio Solari exige registrar que sus canciones son el soporte vital de millones de almas. Es un artista inmenso, claro, pero sobre todo es un compañero de trinchera y el motor de una mitología colectiva, un testigo de época, un sostén emocional y el arquitecto de una utopía compartida que nos amparó en las malas. En la victoria y en la pérdida, siempre aparece alguna de sus frases: “Fíjate de qué lado de la mecha te encontrás”, “Hay caballos que se mueren potros sin galopar”, “Dos que se quieren se dicen cualquier cosa”, “Si no hay amor, que no haya nada”, “Violencia es mentir”, “Tu risa es la magia de los rocanroles”, “Vivir solo cuesta vida” o “El corazón no se endurece porque sí”, entre tantas otras.
Fue él quien acompañó algún momento lindo, el desamor, la malaria económica y los duelos más oscuros. Por eso, su discografía es la banda sonora del día a día popular. La prueba más irrefutable de este pacto de fidelidad no se mide en los discos vendidos, sino en la piel de la gente: esos miles de versos tatuados son el agradecimiento de un pueblo que se sintió salvado por su poesía. El Indio logra esa empatía casi milagrosa de saber exactamente qué nos pasa, a través de un arte que siempre invita a dar pelea.
Su obra representa el pulso de media vida o el aliento de los últimos años. Es la consumación del rock en su estado más puro: rebelde, indómito y nacido para incomodar a la injusticia. Sus letras operan como un escondite, una clave secreta entre cómplices, un refugio y una bandera compartida. Son melodías que mutaron en himnos y consignas de trinchera, un código de pertenencia magnético tanto en su belleza críptica como en su celebración más genuina.
El llanto actual no sabe de edades: une a nietos, padres y abuelos en una misma lágrima, replicando el vacío ciego que dejó la partida de Diego Maradona. No hay misterio en tanta tristeza, se fue quien lograba traducir con exactitud el mapa de nuestros anhelos, los fracasos colectivos y las heridas propias de la argentinidad. Ante versos como “Yo ya no puedo cumplir / Hazañas que prometí / Solo marchar cantando (…)”, nos queda una sola certeza: sus canciones continuarán siendo un amparo incondicional.
“Mr. Parkinson me está pisando los talones, pero acá estoy. No me van a bajar del escenario así nomás”, nos contó el Indio en Tandil hace ya algunos años. Era un golpe anunciado que nos resistíamos a aceptar. Su enfermedad era cruel, pero él la tradujo con la transparencia y la templanza que guiaron su vida: “Más de una vez me escuché decir / Que, en la resistencia, está / Todo el hidalgo valor de la vida”.
Lejos de la autocompasión, su respuesta fue seguir pariendo canciones. Su aislamiento fue un acto de audacia, una última pulseada contra lo establecido. Consciente de su devenir y curado de espanto ante las críticas de siempre, eligió dar batalla. Ya lo había decretado él mismo: el molde del viejo no estaba hecho a su medida.
Al final, el Indio es el mapa de nuestras propias vidas, un espejo donde mirarnos cuando la realidad quemaba y el único lugar donde la soledad se volvía multitud. Nos enseñó que la dignidad no se negocia y que la poesía puede ser un arma contra el desamparo. Hoy, con su silencio, el paisaje se vuelve un poco más inhóspito y el frío cala más hondo. Nos queda su obra, claro, pero el vacío es inmenso. Tal como le respondió Sara, la madre de Facundo Cabral, a su hijo al enterarse de que Carlos Gardel había muerto en Medellín: “Ahora sí que somos realmente pobres”.
Recuerdos que mienten un poco
Recuerdos que mienten un poco (Sudamericana – 2019), el mapa autobiográfico del Indio Solari nacido de sus charlas con Marcelo Figueras, no busca ser un registro rígido de fechas, sino una reconstrucción íntima y movediza. Fiel a su estilo, el propio Solari asume que la memoria es un territorio plástico, una artesanía donde, a veces, los recuerdos falsos brillan con más fuerza que los reales. No hay verdades absolutas en sus páginas, sino un pacto de honestidad con el lector: la memoria es lo que rescatamos del olvido, pero también lo que elegimos creer y lo que nos animamos a contar. Su relato no es un dogma, sino un puente para compartir el viaje. Recordar es un acto complejo: es lo que se rescata, lo que se inventa para sobrevivir y lo que finalmente se pone en palabras.
Esta obra es, en esencia, la bitácora de un desengaño consciente. No hay acá una historia de éxitos y derrotas comerciales, sino la resistencia de una mirada estética frente al tiempo. El libro documenta cómo la fe en las grandes ideologías colectivas de su juventud mutó en un escepticismo militante. Lejos de cualquier rol mesiánico, el Indio resiste como un francotirador solitario que esquiva al poder para refugiarse en el afecto de sus íntimos y en su propia ternura frente a la hostilidad de lo real.
La paternidad y la inocencia de Bruno
—¿Cuál fue el cambio más notorio que produjo Bruno en tu vida?
—Me di cuenta de que tenía que durar más tiempo. Aquel que vivía en la bohemia no duraba para siempre, pero no se calentaba por eso: pocas cosas se comparan a la vida espléndida y heroica que lleva adelante el bohemio cuando cree que nadie depende de él. Por eso no se preocupa: la ficha cualquier noche sin problemas. Ma sí: ¡BUM! En cambio, cuando ya tenés a alguien que te importa más que vos mismo… Alguien que te impulsaría a tirarte al agua para salvarlo, aunque sepas que te vas a hundir también. Entonces tu vida empieza a tener otra significación. Cuando aparece la inocencia, te vuelve testigo de un fenómeno que no podés dejar de atender. El niño pequeño es como el ser humano esencial: pura potencialidad, para quien todo es deslumbrante y que vive en un estado de constante descubrimiento. Prestarle atención a lo que lo inquieta, a todo aquello que inquiere, es una experiencia increíble. Terminás diciéndote que no puede haber un dios, porque si existiese no podría nunca castigar a una inocencia semejante.
Tengo una relación muy linda con Bruno. No soy de tironearlo. Siento devoción por él. Virginia también hizo un cambio grande, desde que nació. Es que el crío no sólo despierta tu interés sentimental, lo afectivo: también potencia lo intelectual. Vas atendiendo a su desarrollo, lo estimulás… ¡y a la vez te estimula a vos! Eso sí: no aprendí a jugar a las maquinitas, y tendría que haber aprendido… Los chicos te ofrecen un tiempo para descubrirte a vos mismo inocente. Ayudan a que puedas imaginarte niño. Hay una etapa de la vida que todos tenemos nublada. Los primeros cinco años son siempre un borrón, sólo conservás visiones que no sabés qué tan ciertas son, si es algo que contó tu abuela y uno redondeó en su cabeza o… En ese sentido, la experiencia con Bruno me transformó.
El encuentro con Fito Páez
—En algún momento entre el 88 y el 89, Fito Páez fue a verlos a Cemento. Era el Fito post Ciudad de pobres corazones, a quien el asesinato de su abuela y de su tía lo había empujado a un lugar del alma desde el cual renegó de Yo vengo a ofrecer mi corazón. Y entonces se acercó a saludarlos al camarín…
—Creo que era una época en la que además sufría problemas de dinero: después de haber vendido tantos discos, en un momento le había quedado apenas un limón en la heladera. Tenía muchas razones, y bien atendibles, para estar cabreado.
—Fito recordó: “Yo era muy chico, veía a Los Redondos como algo muy maldito, y el Indio me puso en mi lugar”.
—Lo habrá sentido como un reto porque me vio como un hombre más grande, pero todo lo que le dije fue que me parecía una pena que renegara de lo que había hecho, porque conozco pocas frases mejores que esa. No cualquiera dice —y se banca decir— “Yo vengo a ofrecer mi corazón”. No es sopa.
El arte, la academia y la gente
—Estás sugiriendo que la gente entendía que no hablabas desde una torre, o sea aislado, como el artista de la tradición clásica.
—A veces dudás. Porque la búsqueda te pone siempre en la disyuntiva de resignar algo. El que se dedica al arte full time, necesita y practica el oficio, y en consecuencia lidia con cosas que le significan algo distinto. Mucho de lo que uno hace en soledad son planteos estéticos, meramente conceptuales; toda eso que empieza con Duchamp, donde el valor no está en la obra sino en el concepto que explicita. Al pintor, el punto negro en el lienzo blanco le resuena, puede parecerle una maravilla. Pero a la gente que labura toda la semana y va a la galería el domingo… ¡Ellos no son pintores! Hay músicos que no pueden entender este fenómeno. Se dicen: “Cómo puede ser que todos se desvivan por el pelotudo del Indio, y yo que estudié tanto en Berklee”… Y sí: estuviste mucho tiempo en Berklee. Sos buen instrumentista, tocás muy bien. Qué digitación, sos rapidísimo. Pero esto no es una competencia deportiva. ¿Qué pasa con todo lo que te perdiste de vivir para concentrarte en el estudio? Si querés hacer canciones, tenés que contar algo. Tenés que tocar para alguien. Si no es así, que no te extrañe que los que se enamoran de lo que hacés sean los músicos y no la gente. Para que la gente te responda, hay que arriesgar algo genuino. No hay nadie a quien ganarle, más que a uno mismo. Lo que yo encontré no fue tanto consecuencia de una decisión consciente. Más bien me fue arrastrando la forma en que la gente me veía. Eso me ayudó a ser mejor.
La banda sonora abismal: Influencias artísticas
—Mencionaste varias veces el cambio metafísico que la creación te producía. Pero ese cambio no es patrimonio exclusivo del artista: la experiencia de someterse a una obra transforma también al lector, al oyente, al público. ¿Cuáles fueron los artistas y las obras que te transformaron como receptor?
—En primera instancia, los Beatles. Fueron el número pop esencial, que se fue trasmutando en otras cosas, en todas las cosas. Después me conmovieron Hendrix y Tom Verlaine. También Tom Petty y John Mellencamp, ese rock americano. Mi vida es una banda sonora abismal, va de la tarantela a la música japonesa para niños. Me gusta el tango instrumental. Por supuesto Piazzolla y Rovira. Ladrillo es una obra genial. Ese tango de Caruso y Filiberto que cantaba Gardel es casi una protocanción de Los Redondos: Allá en la penitenciaria / Ladrillo llora sus penas / Cumpliendo injusta condena / Porque mató en buena ley. Hay boleros que me encantan, por lo rebuscados. (Canta) Olvídame, que yo ya te olvidé…
En el cine la obra de Andréi Tarkovski. Ingmar Bergman, importante desde que vi una teta en el cine por vez primera. Fanny y Alexander es una cosa maravillosa: ¡probablemente esos pueblos que retrataba sigan estando igual! Las primeras películas de Werner Herzog, el último de los grandes románticos alemanes. Cosas como Señales de vida: esos soldados alemanes, cuidando la nada… También Los enanos empezaron pequeños, que hace que al rato te olvides de que los enanos lo son de verdad… El hecho de cargarle la aventura a filmar: atreverse a trepar la montaña que está por explotar, a hollar ese caminito al que no se animan ni las mulas. El documental que Les Blank hizo sobre la filmación de Fitzcarraldo incluye momentos más dramáticos que la película original: ¡filmar en esas condiciones fue una verdadera locura!
En materia de artes visuales, Klimt: esas mujeres, esas texturas doradas. Y nunca es un cocoliche, siempre conserva una gran elegancia. Salvador Dalí, que no es muy bien considerado, mucha gente sigue llamándolo por su anagrama, “ávida dollars”, pero a quien de todos modos aprecio. Pollock me interesa, pero no me mata. Con Van Gogh no ligo: esas flores de una carnosidad casi trífida… De Picasso me gustan algunas cosas. Las caras femeninas, post arte africano. Brueghel, esos trípticos. La luz de Rembrandt. El conceptual Duchamp, esa idea de que el objeto que el artista señala ya es arte. El trazo irreductible de los japoneses.
Un libro como La rama dorada te abre patterns respecto de la forma en que los humanos canalizamos la experiencia a través de la mitología: el rey que manda descuartizar a su hijo en cuatro porque lo había visto comer… El trabajo, que es un libro que reúne entrevistas a William Burroughs. Los libros sufíes.
El final del juego
—A la hora de irme, me gustaría hacerlo a la manera de Leonard Cohen: levantándome en mitad de una partida de póquer sin llamar la atención, dejando las cartas sobre la mesa, sin interrumpir el juego y con la confianza de que mis compañeros no darán vuelta los naipes para adivinar qué me traía entre manos. Me gusta por lo austera, esa idea: irse callado, sabiendo que llegó tu momento de perder y sin distraer al resto de los jugadores, que merecen seguir adelante. ¡Con lo que cuesta armar un full…!
Hoy más que nunca suscribo eso que decía hace más de treinta años, en uno de los recortes de prensa que encontramos en las cajas: sólo aspiro a que la muerte me encuentre vivo.
Gracias Indio.
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