El eco de Henry James en La noche que nunca termina
La noche que nunca termina es una película que marca un hito histórico: se trata de la primera obra audiovisual de género íntegramente producida en Balcarce por profesionales locales. Tras su reciente paso por la librería El Gran Pez, descubrimos un relato gótico que transforma paisajes cotidianos en escenarios de un horror psicológico sin precedentes, inspirado en el clásico Otra vuelta de tuerca.
A veces, las casas no solo guardan muebles y polvo, guardan historias que esperan el momento justo para ser filmadas. Para La noche que nunca termina, el disparador no fue un guion estructurado ni una gran financiación, sino el peso cinematográfico de la casa de los abuelos de Fran Sanaz, su director y guionista. En ese espacio familiar, donde cada rincón parece una puesta en escena natural, nació un proyecto que hoy marca un hito: la primera producción de género realizada en la localidad de Balcarce por profesionales locales.
El rapto creativo y el fantasma de James
Todo comenzó con un “destrabe” mental a fines de 2024. Fran Sanaz lo describió como un rapto de creatividad. Pero lo que parecía una idea aislada pronto reveló sus raíces literarias. Al escarbar en el guion, apareció una sombra familiar: The Turn of the Screw (Otra vuelta de tuerca), de Henry James.
Como en la obra maestra del relato gótico, la película juega con esa ambigüedad deliciosa donde lo paranormal y lo psicológico se confunden. “Me di cuenta de que tenía que llevar el terror al esqueleto, a los mínimos elementos”, explicó el director. De James heredó la atmósfera opresiva y el manejo de los silencios, pero le sumó un giro moderno y audaz: la radio.
Una voz sin cuerpo: el dispositivo narrativo
En la película, el diálogo no ocurre frente a cámara. El personaje principal, Alba, habita una soledad interrumpida únicamente por lo que emana de un viejo receptor. Los objetos, una vela, un camisón blanco, una radio, no son utilería; son los motores que hacen avanzar la trama.
“Decidí separar los cuerpos de la voz. Cada uno que lo interprete como quiera”, dijo el director con el misterio de quien sabe que el verdadero horror ocurre en la mente del espectador. Esta decisión estética convierte a la casa en un organismo vivo que se deforma junto con la percepción de Alba. La línea entre lo real y lo imaginario se quiebra una noche de tormenta, cuando un programa radial empieza a espejar lo que sucede entre esas cuatro paredes.
—¿Desde qué perspectiva decidiste narrar esta historia?
—La película se construye bajo un único y absoluto punto de vista: el de Alba. Ella es quien lleva el peso de la narración y, de hecho, es prácticamente el único personaje que vemos en pantalla. La anciana, aunque está presente, funciona más como un recurso narrativo que como un personaje tradicional, la mostramos de forma fragmentada, un poco siguiendo esa lógica de Alien, donde el misterio reside en lo que no se ve por completo. Toda la puesta en escena está filtrada a través de los ojos de la protagonista. A medida que avanza el relato, la casa comienza a deformarse físicamente, acompañando la propia degradación de su percepción. Esa línea entre lo real y lo imaginario se vuelve peligrosamente delgada. El detonante de este quiebre es la radio. En medio de una noche de tormenta, Alba se empieza a sugestionar con un programa donde los oyentes relatan sucesos perturbadores que les están ocurriendo en tiempo real. Esa influencia externa rompe su estabilidad hasta que, de repente, algo sucede dentro de la casa. Es en ese preciso instante, cuando ella ya no puede distinguir qué es real y qué es parte de su mente, donde el horror hace su verdadera aparición.
Del claroscuro gótico al delirio del giallo
Si bien la base es el gótico clásico, con referencias directas a The Innocents (1961) y a los relatos de Mario Bava, la posproducción llevó la película hacia terrenos más psicodélicos. Lo que empezó con una charla sobre el blanco y negro terminó estallando en una paleta de colores irreales: un homenaje inevitable a los maestros italianos como Dario Argento.
La casa de la abuela, vestida con sus propias telarañas y muebles antiguos, se transformó en un set donde el giallo y el gótico se dan la mano. Es una obra atemporal: por momentos parece filmada en los años setenta, pero su corazón late en el presente de un equipo que trabajó por pura pasión.
Un hito para la identidad balcarceña
Hacer cine en una ciudad sin tradición audiovisual parecía, al principio, una locura de “dos loquitos con un celular”. Sin embargo, el impacto fue total. Más de quinientas personas desbordaron el Teatro Municipal, no por el despliegue de efectos especiales, sino por el sentido de pertenencia.
Ver una esquina conocida, una casa por la que se pasa todos los días, convertida en el escenario de una pesadilla cinematográfica, generó una conexión inmediata. No hubo grandes presupuestos, pero sí una “democratización de herramientas” y un equipo local que demostró que el profesionalismo no depende de los ceros en la cuenta bancaria.
Hoy, esa película de terror “loquilla”, como la define su director, y poco convencional es un precedente. Fran Sanaz y su equipo no solo filmaron una historia, abrieron una puerta para que otros creadores de la zona se animen a mirar sus propias locaciones e historias con ojos nuevos.
En Balcarce, el horror ha dejado de ser algo que solo viene de afuera para convertirse en una marca de identidad propia. El hito está marcado, y el equipo ya tiene un nuevo proyecto en puerta. Al final del día, parece que Henry James tenía razón: no hay nada más aterrador, ni más fascinante, que lo que acecha en la intimidad de nuestro propio hogar.
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