Primeras biografías de Juan Manuel de Rosas o la construcción de un mito

A través de Primeras biografías de Juan Manuel de Rosas (1830), editado recientemente por Eudem, la investigadora Rosalía Baltar rescata las obras de Luis Pérez y Pedro de Angelis. Una obra imperdible para entender cómo se construyó el mito del Restaurador desde las entrañas del propio federalismo. Un cruce estético e ideológico que demuestra la enorme riqueza y diversidad intelectual en los orígenes de nuestra literatura.

Juan Manuel de Rosas, personaje central de la historia argentina, es también una referencia fundamental en nuestra literatura.

24 de Mayo de 2026 12:20

La propuesta de la investigadora Rosalía Baltar es tan atractiva como necesaria: reunir, por primera vez en un solo volumen accesible, las dos primeras biografías que se escribieron sobre el “Restaurador”, publicadas originalmente con apenas días de diferencia.

Juan Manuel de Rosas, personaje central de la historia argentina, es también una referencia fundamental en nuestra literatura. Sin Rosas no hay Facundo y, a la inversa, no podemos pensar hoy la figura del gobernador de Buenos Aires sin las letras que lo escribieron, denostaron, pensaron y diseñaron. Primeras biografías de Juan Manuel de Rosas (1830) presenta dos de los textos que inauguran la larga serie de palabras y hechos que labraron la imagen del mandatario. Se trata de dos breves obras escritas en el mismo año por dos autores federales: el gacetero Luis Pérez y el periodista Pedro de Angelis. Ambos pretenden fijar una idea de Rosas: por un lado, un Rosas gaucho, amigo del pueblo y, por el otro, un Rosas virtuoso en el manejo del gobierno.

“Aun perteneciendo al mismo espacio político, existe una búsqueda por consolidar una imagen determinada del líder”, explica Baltar, desarmando la idea de un bloque federal sin fisuras intelectuales.

—¿Y qué diferencia hay, si es que hay alguna, entre las dos biografías? ¿A qué apunta cada autor?

— En primer lugar, la de Luis Pérez tiene un carácter popular: está escrita en cuartetas de versos octosílabos y se publicó en el periódico El Gaucho. De Pérez se sabe muy poco, ni siquiera la fecha de su muerte. Se autodenominaba “gaucho gacetero” porque realizaba sus producciones en la prensa periódica, pero no es que fuera un gaucho real. Su obra está abocada a mostrar, por un lado, el carácter respetuoso de la ley en Rosas, el Restaurador, y, por el otro, sus rasgos más cercanos al pueblo. Lo retrata como un joven sabio, pero no letrado, un personaje valiente que da consejos y trata con dignidad a la gente común. Todo esto se establece mediante recursos muy ingeniosos, como usar los nombres populares de Rosas (el Rubio, el Caudillo) y enfrentarlos a los epítetos de sus enemigos unitarios, a quienes describe como cobardes que se escapan con la cola entre las patas, tildándolos de “letrados de pluma de escritorio” que no hacen nada en el campo de batalla. En el caso de Pedro de Angelis, el enfoque es completamente distinto. Es una biografía de carácter histórico en prosa, asociada a la tradición neoclásica, que funciona como una ficción del héroe para un público joven. Lo que hace De Angelis es convertir a Rosas en una especie de moderno dios romano, un apólogo de la agricultura, el progreso y el trabajo. Allí se rescata esa primera parte de su vida, que ya es una leyenda: cómo llevó adelante la administración de la estancia de sus padres cuando apenas tenía doce años. Hay una entronización del personaje, donde se le informa pedagógicamente al lector cuánto le debe al prócer. Es un texto de carácter casi hagiográfico, que eleva a Rosas a un altar inaccesible.

Sin Rosas no hay Facundo y, a la inversa, no podemos pensar hoy la figura del gobernador de Buenos Aires sin las letras que lo escribieron, denostaron, pensaron y diseñaron.

—Los dos apuntaban a públicos distintos...

—Ambos apuntan al público federal, pero a sectores diferentes. Sobre todo, lo que se percibe es una competencia por ganar audiencias. Y hay algo fundamental: la biografía que escribió Pedro de Angelis contó con la supervisión directa de Rosas, mientras que la de Luis Pérez fue una iniciativa propia. De Angelis contaba con ese aval porque el propio gobernador quería armar un sistema de biografías, que incluyó a figuras como Facundo Quiroga, Félix Aldao o Amado Bonpland, con el objetivo de construir una visión positiva de los caudillos.

—De Angelis era uno de los intelectuales que había venido de afuera en esa época. No sé el caso de Pérez, pero ¿hay una mirada extranjera que pese o se note en las biografías?

—Sí, se nota muchísimo. Se percibe en la relación que mantienen con el propio Rosas y en el marcado carácter letrado de De Angelis. El otro día contaba en la presentación, no para dejarlo mal parado a Pérez, que él poseía un bagaje cultural inmenso: había trabajado en el Reino de Nápoles, era preceptor, enseñaba latín y griego, y había escrito biografías en la Revue Encyclopédique de Francia. Él llega con esa formación y se topa con la llanura pampeana, que en ese momento era vista como un desierto. A propósito de esto, hay un dato que no está en este libro, pero sí en otro trabajo mío, y que viene a colación del momento actual de una manera asombrosa. En la correspondencia con su colega Melchoruz de Jouy, De Angelis observa lo mal pagos que estaban los educadores en Buenos Aires, no los maestros de escuela primaria, sino los preceptores que enseñaban a los hijos de las familias pudientes. Decía que lo que le pagaban por tres meses de trabajo apenas alcanzaba para comprar un par de zapatos. Es un testimonio muy colorido y simpático. En esa reflexión, él plantea que, si un profesional de las letras y de la pedagogía tiene que andar mendigando para que se reconozca su labor, significa que ese terreno aún no es fértil para la cultura. Sostiene que, para progresar, la educación debe ser la prioridad, y que una forma fundamental de validarla es que esté bien remunerada. Es una observación que resuena con mucha fuerza hoy en día.

—Totalmente. Y en el caso de Luis Pérez, él sí era de acá, ¿no? Por eso también la elección de las cuartetas y el estilo gacetero.

—Sí, aunque no necesariamente sus decisiones estéticas se deban solo a su origen. Existe una especie de leyenda sobre Luis Pérez: se dice que estuvo en las invasiones inglesas, al igual que Rosas, y que era originario de la provincia de Buenos Aires. Venía de ese ámbito, pero no diría que él mismo perteneciera a las clases populares, ya que era un letrado con todas las letras. Si utiliza elementos de la gauchesca en su escritura, responde a una elección estrictamente literaria, no significa que él hablara de esa manera. Siempre debemos recordar que la gauchesca es, ante todo, un lenguaje escrito y una construcción de laboratorio literario.

Primeras biografías de Juan Manuel de Rosas (1830) viene a llenar un vacío físico y teórico. Durante décadas, la historiografía oficial repitió el viejo mantra de Ricardo Rojas, quien decretó que en el siglo XIX la inteligencia estaba en el exilio y que el lado federal carecía de producción intelectual. Baltar rompe ese mito rescatando fuentes que estaban prácticamente extintas o sepultadas en ediciones inhallables.

El valor de reunir estas obras en un mismo volumen va más allá del rescate histórico, es una invitación al contraste. Nos propone el ejercicio de observar cómo, desde un mismo espacio político, crujen diferentes posturas ideológicas y estéticas para retratar a un mismo hombre. El resultado es un volumen que esquiva la densidad de la academia más estricta para ofrecer un texto amable, estético y sumamente vivo. En un presente donde el pasado se discute con vehemencia, la propuesta de la autora se vuelve un faro de honestidad intelectual: acercar los materiales originales para que el lector, sin intermediarios ni lecturas fracturadas, construya su propio criterio.

 

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