De la moral de Death Note al cinismo de Torpedo: tres títulos imprescindibles para descubrir el poder narrativo de la historieta
Claudio Herrera, recientemente galardonado con el Premio Cinder por sus más de 35 años de difusión de la historieta argentina, traza una hoja de ruta para ingresar al mundo de la historieta a través de tres obras fundamentales: Death Note, Diagnóstico y Torpedo 1936.
Claudio Herrera lleva más de 35 años dedicados a la militancia, el estudio y la difusión del noveno arte en Mar del Plata. De hecho, ha sido galardonado recientemente en Buenos Aires con el prestigioso Premio Cinder, organizado por periodistas especializados, críticos y difusores del cómic, una distinción a su invaluable trayectoria y a su labor ininterrumpida como referente de la difusión de la narrativa gráfica argentina. Esta campaña se vio coronada el año anterior con la llegada de su libro Su Plumín es un Facón, un libro sobre Enrique Breccia (Rayos y Centellas, 2025).
El volumen no es una biografía lineal, ni un artbook, ni mucho menos una simple recopilación de historietas. La obra es, en sí misma, una experiencia artística total sobre un artista; un artefacto multifacético que rinde tributo y testimonio al inmenso talento de Breccia a través de un collage vivo de ilustraciones, pinturas, catálogos, fotografías inéditas, entrevistas y anécdotas.
Aprovechando su reconocimiento reciente, consultamos a Claudio Herrera sobre cuáles son las tres historietas con las que uno puede ingresar a este universo fascinante. Sus elegidos fueron los siguientes:
Death Note
“Uno de los mangas más conocidos y, a mi parecer, una obra increíble creada por una dupla de autores japoneses. Este manga se presenta como una historia policial con un marcado tinte fantástico. Su guion es, sencillamente, magistral. A diferencia de otras publicaciones del género, esta obra destaca por la gran densidad de texto en sus globos de diálogo; no está tan volcada a la acción pura y visual como podría estarlo Neutron, sino que se apoya fuertemente en lo que los personajes hablan y piensan, presentando una trama minuciosamente armada”, comienza diciendo Claudio.
Como dato de color se puede agregar que el guionista Tsugumi Ohba y el dibujante Takeshi Obata realizaron toda la obra sin conocerse en persona. Durante todo el proceso creativo, se comunicaron exclusivamente a través de mensajes de texto y llamadas telefónicas, recién se conocieron personalmente mucho tiempo después.
“La premisa de la obra introduce a unos seres de otro plano llamados Shinigamis, deidades de la muerte arraigadas en la cultura japonesa que vendrían a ser el equivalente a nuestra Parca, aunque con rasgos y representaciones propias en el universo del manga. Tras habitar su plano durante eones, estos dioses de la muerte caen en un profundo aburrimiento. Para divertirse, arrojan de tanto en tanto sus cuadernos, los llamados Death Note, al plano terrenal. Aunque estos seres son invisibles para la gente común, cualquier humano que recoja el cuaderno de muerte adquiere la capacidad de ver e interactuar con el Shinigami que sea dueño de ese libro. La trama principal arranca, sin riesgo de caer en mayores spoilers, cuando el cuaderno cae en manos de un estudiante de preparatoria genial. Se trata de un joven con una capacidad intelectual sumamente elevada, atractivo y sumamente popular en su escuela: el arquetipo del estudiante ideal. Al principio, el joven no comprende la naturaleza del objeto, pero pronto descubre el verdadero poder del cuaderno de muerte e incluso llega a ver al Shinigami”, cuenta Herrera.
Vale decir que las reglas de uso de los cuadernos, que en la obra original se muestran detalladamente al principio o al final de cada capítulo, indican que el poseedor puede terminar con la vida de cualquier persona siempre y cuando conozca su nombre y su rostro. De este modo, se puede planificar la muerte con precisión, determinando el día, la hora y las circunstancias exactas del deceso. El funcionamiento interno de la historia se vuelve sumamente interesante gracias a este estricto compendio de reglas, las cuales limitan las acciones del Shinigami, imponen condiciones al usuario o determinan qué sucede si el libro es destruido.
Claudio agrega: “Al observar las injusticias y los problemas de la sociedad actual, a este muchacho se le ocurre la idea de hacer justicia por mano propia. Comienza entonces a seguir los casos de los delincuentes a través de la televisión y a ejecutarlos a la distancia. Aunque desde una perspectiva moral tradicional sus actos resultan injustificables, la historia nos sumerge de lleno en su perspectiva. Las muertes, que inicialmente ocurren de forma paulatina y misteriosa, pronto comienzan a llamar la atención pública y a generar una fuerte repercusión mediática. Ante esta ola de muertes inexplicables concentrada en la zona de Tokio, las autoridades convocan a un investigador privado para liderar la búsqueda. Este personaje, que se convertirá en el némesis absoluto del protagonista, opera bajo el pseudónimo de "L" para proteger su identidad. Esto establece una dinámica brillante, ya que el portador del cuaderno no puede matarlo al desconocer su verdadero nombre. A partir de ahí, se desata un brillante juego de estrategia que bien podría compararse con una partida de ajedrez de alto nivel. Los dos personajes poseen una inteligencia sobrehumana y se adelantan constantemente a los movimientos del otro, demostrando la genialidad del guion”.
Diagnóstico
El segundo de los recomendados por Herrera es Diagnóstico. Este se compone de seis historias cortas cuyo eje central son los trastornos neurológicos, particularidad de la cual deriva su título. Es fundamental señalar que la obra no está dirigida a explorar la patología de forma médica o exclusivamente clínica, la enfermedad se utiliza aquí como un vehículo narrativo puesto estrictamente al servicio de la trama, en lugar de exhibir el padecimiento de un paciente desde el drama convencional.
“Entre los relatos se abordan trastornos como la agnosia y la sinestesia, condiciones neurológicas reales y fascinantes. La primera, por ejemplo, impide a quien la padece reconocer o asimilar aquello que ve, mientras que la sinestesia provoca una asimilación conjunta o cruzada de varios sentidos. Quien la experimenta puede escuchar música y, simultáneamente, percibirla en colores. En la historia dedicada a esta última condición, la protagonista colabora activamente en una investigación policial: las autoridades la convocan para percibir ciertos olores y ella, debido a la mezcla de sus sentidos, los procesa y traduce en formas visuales específicas, logrando un desarrollo argumental sumamente interesante. Por otro lado, en el relato dedicado a la claustrofobia, la protagonista experimenta una profunda asfixia dentro de la propia historieta. En un brillante ejercicio de metacómic, su verdadero claustro es la viñeta misma, lo que demuestra la genialidad de la propuesta”, señala.
Esta obra fue creada por la consagrada dupla argentina compuesta por el guionista Diego Agrimbau y el dibujante Lucas Varela, reconocidos también por trabajos conjuntos como La herencia de un colono o sus colaboraciones en la revista Fierro.
Claudio agrega: “Lo verdaderamente magistral de Diagnóstico es cómo los autores juegan con el apartado gráfico y el guion. La estructura de las páginas y la paleta de colores cambian drásticamente según la enfermedad de cada capítulo. De este modo, la atmósfera de un relato puede transformarse en una pieza de ciencia ficción o mutar hacia un tono policial clásico con colores saturados o desvaídos, adaptándose por completo a la psique del personaje. Además, el estilo de Lucas Varela, caracterizado por un trazo sumamente gráfico y limpio que, por momentos, evoca una estética casi infantil, la hacen una obra muy destacable. El dramatismo no deviene de una ilustración lúgubre, sino que se construye a través del guion y se potencia mediante el uso del color. Esto genera un choque estético fascinante entre la aparente ligereza de lo que se observa y la densidad psicológica de lo que se está leyendo. Me parece que el acierto radica en no hacer hincapié en la enfermedad como un drama melodramático, sino en integrarla orgánicamente en la narrativa. Para mí, de todo el conjunto, la secuencia más memorable corresponde al capítulo de la claustrofobia por la forma en que la protagonista interactúa con el espacio, moviéndose y tratando desesperadamente de escapar del propio recorrido y de los límites físicos de la página”, cierra el autor de Su Plumín es un Facón.
Torpedo 1936
El último de los recomendados pertenece a un género más familiar: el policial negro. Torpedo 1936 es una renombrada obra de origen español. En sus inicios, el guion estuvo a cargo de Enrique Sánchez Abulí y el proyecto comenzó a ser ilustrado por el célebre y ya fallecido dibujante estadounidense Alex Toth. Toth, un artista clásico excepcional, fue reconocido a nivel internacional por su trabajo en Bravo for Adventure (publicado en España como Torpedo) y por ser el dibujante oficial de las historietas de El Zorro. Originalmente, la serie se concibió para ser publicada en la versión estadounidense de la revista Creepy en 1982.
“Esta obra pertenece de forma purista al género policial negro y destaca visualmente por estar editada en un sobrio blanco y negro. Sin embargo, tras las primeras entregas, Alex Toth decidió abandonar el proyecto debido a la crudeza de los guiones de Abulí. Toth, con una formación y sensibilidad artística más de corte clásico y tradicional, toleraba la violencia criminal propia del género, pero consideró que esa situación cruzaba sus límites. Después de la salida de Toth en 1982, el dibujo pasó a manos de Jordi Bernet, un historietista español de enorme renombre. A partir de ese momento, el apartado artístico alcanzó un nivel sublime”, describe Claudio.
Torpedo 1936 es un policial negro con una fuerte carga de violencia y, sobre todo, un negrísimo sentido del humor. La trama sigue la vida de Luca Torelli, un inmigrante siciliano que huye hacia los Estados Unidos para escapar de una vendetta. Instalado en la Nueva York de los años 30, en plena época de la Gran Depresión, Torelli comienza a trabajar para la mafia local. Su apodo, "Torpedo", proviene de la jerga criminal de la época, en la que se denominaba de ese modo a los sicarios porque, metafóricamente, perseguían a sus objetivos sin detenerse hasta matarlos.
Herrera retoma la palabra: “El protagonista carece por completo de códigos morales: traiciona a quien considera necesario, ayuda únicamente a quien él decide y no muestra reparo alguno en sus relaciones o métodos. A pesar de la densidad de estos elementos, la lectura resulta sumamente llevadera y los guiones son excepcionales. La obra está estructurada a través de historias autoconclusivas que, si bien mantienen pequeños hilos conductores, empiezan y terminan en cada entrega. Para aligerar la opresiva atmósfera de la trama, Torelli está acompañado por Rascal, su torpe asistente, quien aporta el contrapunto cómico indispensable. No obstante, el propio Luca Torelli resulta un personaje divertido dentro de su brutalidad. Es un hombre rústico y disonante que se expresa con dificultad, aunque el cómic está escrito en castellano, el guion refleja de manera brillante cómo se mezclan el italiano y el inglés en su forma de hablar. Algunas de sus vivencias son sumamente duras, mientras que otras resultan más relajadas y se limitan a retratar su cotidianidad. Más allá de la trama criminal, la historieta funciona como una ácida crítica hacia la sociedad, la clase política y los estamentos del poder. El universo de Torpedo 1936 atraviesa todas las capas sociales, a lo largo de sus páginas, el protagonista interactúa con una gran diversidad de personajes, lo que enriquece la obra y permite múltiples niveles de lectura. No se trata, por lo tanto, de una narrativa cerrada sobre un asesino a sueldo, sino de una imagen social donde ocurren constantes giros argumentales, incluyendo los recurrentes intentos de sus enemigos por acabar con su propia vida”.
Estas tres obras no son solo una elección caprichosa de Claudio Herrera, sino que se trata de tres títulos que funcionan como llaves maestras para abrir la puerta de un universo gráfico fascinante y comprender por qué nuestra narrativa es un pilar de la cultura popular.
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