Boca-River en Mar del Plata: la misma historia violenta un año después

Año 2002. Otro superclásico de verano en Mar del Plata. El mismo escenario que el año anterior y, nuevamente, Héctor Baldassi como árbitro. Otra vez un triunfo de Boca, esta vez por 4-0, seguido por un partido suspendido antes de los 90 minutos y, de nuevo, una policía desbordada y señalada como responsable de los disturbios en las tribunas. La misma historia, un año después, pero esta vez con un muerto como saldo y la denuncia de corrupción sobre las barras bravas y la policía.

Otro superclásico de verano en Mar del Plata con el mismo final. Por segundo año consecutivo se suspende un Boca River.

28 de Junio de 2026 12:54

El superclásico del 26 de enero de 2002 quedó marcado en la historia como uno de los episodios más graves del fútbol argentino. Aquella noche, en el estadio Mundialista de Mar del Plata, el Boca del Maestro Tabárez vapuleaba 4-0 al River de Ramón Díaz. Sin embargo, el partido duró apenas 59 minutos. A los 14 del segundo tiempo, el árbitro Héctor Baldassi tuvo que suspender el juego, igual que el año anterior, en medio de una batalla campal pocas veces vista, una locura que empezó en las gradas y terminó con una tragedia en el centro de la ciudad.

El clima ya venía espeso desde Mendoza. Tres días antes, River se había quedado con la Copa Desafío por penales (5-4) tras un polémico remate de Omar Pérez que dejó dudas sobre si la pelota había entrado o no. En la revancha marplatense, Boca salió a cobrarse la deuda con un fútbol demoledor.

El baile de Carreño y la mirada en la tribuna

Los goles de Omar Pérez, Marcelo Delgado y un doblete del juvenil Ariel Carreño, de 22 años, edificaban una fiesta xeneize indiscutible. Incluso el arquero Wilfredo Caballero se lucía al atajarle un penal a Daniel Fonseca. Pero la calma era solo superficial. Mientras Boca se floreaba en la cancha con figuras como Sebastián Battaglia, Clemente Rodríguez y un joven Carlos Tevez en el banco, en las tribunas se gestaba el desastre.

A los cinco minutos del segundo tiempo, un infiltrado de Los Borrachos del Tablón en la parcialidad de Boca dio el aviso. La barra de River decidió actuar: varios violentos saltaron desde la popular hacia la platea descubierta con el único objetivo de robar banderas a los socios xeneizes. En aquella época, ese sector todavía se compartía, separado apenas por una débil línea de policías.

Cuarto gol y estallido en la platea

El reloj rozaba los 14 minutos del complemento cuando Walter Gaitán habilitó a Carreño. El delantero definió ante Ángel Comizzo, clavó el 4-0 y desató la locura: corrió, se sacó la camiseta y, en un festejo insólito, abrazó al juez de línea Ernesto Taibi. En las tribunas, la foto era diametralmente opuesta.

Mientras Carreño festejaba, la platea ya era un caos ingobernable. Al ver el robo de sus banderas, la barra de Boca cruzó al galope para devolver gentilezas. Las familias y los plateistas genuinos escapaban desesperados como podían, guardando sus pertenencias, mientras en el aire volaban palos, facas y gases lacrimógenos. Hubo hinchas que terminaron directamente en el foso del estadio.

Carreño celebra el cuarto gol abrazando al Juez de línea.

Descontrol dentro y fuera de la cancha

Baldassi esperó apenas un minuto, constató que las garantías eran nulas y dio por suspendido el encuentro. La tensión se trasladó al césped. Jugadores de River como Eduardo Coudet y Andrés D’Alessandro, visiblemente nerviosos, intentaron increpar a Carreño por sus festejos. Hizo falta la rápida intervención del Maestro Tabárez y Alberto "Beto" Márcico para sacar al juvenil de la línea de fuego y llevarlo a los vestuarios.

El operativo policial, que contaba con más de mil efectivos, se vio completamente desbordado. El saldo inmediato dentro del José María Minella fue de destrozos masivos y decenas de heridos de ambos bandos.

La tragedia de la Rambla

Lo peor, sin embargo, ocurrió lejos de la cancha unas tres horas después. En la zona de la Rambla, cerca del Casino Central, la violencia se cobró una vida.

El hincha de boca Fernando Palermo fue interceptado en la calle por un grupo de la barra de River que venía provocando a los peatones. Al identificarlo con los colores xeneizes, lo atacaron salvajemente y lo apuñalaron. Palermo murió en el lugar de dos “puntazos”, transformando lo que debió ser un clásico de verano en una de las páginas más oscuras del fútbol argentino.

Las repercusiones

Luego de los graves hechos ocurridos nuevamente en Mar del Plata en uno de los superclásicos de verano, las distintas voces y especulaciones no se hicieron esperar.

El presidente de Boca Juniors, Mauricio Macri, por ejemplo, manifestó: "No puede ser que los hinchas se crucen a robar banderas sin que la policía haga nada". Por su parte, su par de River Plate habló de falta de garantías para seguir el partido.

Por otro lado, el secretario de Seguridad, Juan José Álvarez, evitó juzgar la actuación de la policía o si la cantidad de efectivos era mayor o menor a lo pactado. En el diario Página/12, este advirtió que "lo de Mar del Plata se veía venir", haciendo alusión a lo ocurrido en el verano de 2001.

En el mismo medio también se consignó: "El jefe del operativo del sábado fue el comisario mayor Carmelo Impari, el mismo que tuvo sus tristes minutos de fama cuando en octubre de 2001, como director general de Coordinación Operativa del exministro Ramón Verón, el segundo lugar en importancia dentro de la bonaerense, repartió entre las 18 jefaturas departamentales una circular que ordenaba realizar 'amplios operativos' para detener a los menores y jóvenes 'desprotegidos en la vía pública'". Las críticas de las distintas entidades de Minoridad obligaron al reemplazante de Verón, justamente, Juan José Álvarez, a remover al comisario y desplazarlo a la jefatura departamental marplatense. Impari no acertó en sus consideraciones posteriores a los incidentes violentos al afirmar que el operativo de seguridad no había fracasado. "Lo que pasa es que este estadio está preparado para que se juegue un Francia-Hungría y no un River-Boca", disparó después.

Finalmente, el periodista Gustavo Grabia firmó una columna en medios nacionales donde responsabilizó de toda la situación a una interna entre barras de los clubes y a la ruptura de un pacto entre ellas y la policía.

Según el periodista, detrás de la violencia en las tribunas se escondía un entramado de corrupción que involucraba a los líderes de ambas barras y a la cúpula policial. Grabia aseguró que dos días antes del partido, en una estación de servicio de Camet, el jefe del operativo convocó a los capos de La Doce y Los Borrachos del Tablón. El plan era un negocio espurio: de los 1.100 policías declarados para el clásico, solo se enviarían 400 a la cancha. El dinero de los 700 efectivos "fantasma" restantes se dividiría en tres partes iguales. El cronista cuenta que hubo un apretón de manos y un pacto explícito de no generar incidentes.

Sin embargo, la codicia y la lógica de las barras dinamitaron el acuerdo. En la platea descubierta, donde habitualmente se apostaban 100 uniformados para separar a las parcialidades, el jefe policial colocó apenas a 12 efectivos, confiado en la tregua comprada. La vulnerabilidad de la zona fue detectada por un infiltrado que la barra de River había metido en el sector de Boca. Al recibir el aviso, y en un intento de desviar la atención por el resultado que sufrían en la cancha, Los Borrachos del Tablón rompieron el pacto y cruzaron a la platea para robar banderas. Ante la nula presencia policial, los plateistas xeneizes se defendieron como pudieron hasta que La Doce, al ver el ataque, cruzó la tribuna para chocar de frente contra sus rivales, transformando el estadio en una zona de guerra liberada por la propia policía.

Cuentas pendientes con la Justicia

En los tribunales, la investigación por los desmanes dentro del estadio José María Minella quedó a cargo de la fiscal María de los Ángeles Lorenzo. Paradójicamente, la causa no arrojó imputaciones contra los barrabravas, sino que apuntó directamente hacia la cúpula policial.

El principal procesado fue el comisario José Rivero, sindicado como el responsable de sobrefacturar el operativo de seguridad mediante el cobro de adicionales fantasma. Aquella maniobra fraudulenta, sellada clandestinamente en la estación de Camet, según la crónica del periodista, y rota por los propios violentos, terminó facilitando uno de los episodios de impunidad y descontrol más graves de la historia marplatense.

 

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