¿Quién fue realmente José Coelho de Meyrelles?

De diplomático influyente a mecenas de la alta sociedad porteña, José Coelho de Meyrelles fue un verdadero pionero y fundador del primer saladero en la región. Se desempeñó como cónsul durante el gobierno de Rosas y formó parte de la Comisión del Hospital Italiano. Su descendiente, la escritora Silvina Bullrich, relata que le gustaba el juego. Murió enfermo y endeudado a los 60 años.

La escritora Silvina Bullrich es parte de la descendencia de José Coelho de Meyrelles.

20 de Junio de 2026 15:20

“De espíritu aventurero y además visionario, llegó no sé cómo a ser el primer poblador de Mar del Plata, pero era jugador y ese defecto destructivo puede anular todas las cualidades constructivas de un ser humano. Junto con otros portugueses, uno de ellos Sá Pereyra, fueron dueños de esos inmensos saladeros que se extendían de Mar Chiquita hasta Cabo Corrientes”, dejó escrito en su diario la escritora Silvina Bullrich sobre su antepasado, José Coelho de Meyrelles.

La historia del saladero y el primer paso para que Mar del Plata fuera lo que hoy es ya son bien sabidos. Pero esta crónica va por otro lado: ¿quién fue José Coelho de Meyrelles?, ¿cómo fue la vida del fundador del saladero Puerto de la Laguna de los Padres?

Nacido bajo los vientos atlánticos de la isla de Boavista, en el archipiélago de Cabo Verde, el destino de este hombre parecía marcado por el mar y la diplomacia. Hijo único de una dinastía luso-caboverdiana, su padre era Antonio Coelho de Meyrelles, un capitán de navío originario de Oporto que ejercía como gobernador militar de las islas; su madre, Florinda de Burgos, era una dama nativa de la vecina Isla Brava.

Aquel entorno insular pronto dio paso a las grandes aulas europeas. El joven recibió una formación privilegiada y cosmopolita, primero en el Instituto Colegial de Friburgo y, más tarde, en la prestigiosa Real Universidad de Coímbra. Sin embargo, más allá de los títulos académicos, fueron su propia curiosidad y agudeza personal las que terminaron de moldear una cultura desbordante y refinada.

El rumbo de su vida cambió de hemisferio al instalarse en una Buenos Aires convulsa y en plena transformación. Allí, durante los intensos años del gobierno de Juan Manuel de Rosas, se desempeñó como cónsul de Portugal y se convirtió en una figura clave de la diplomacia local. Su integración a la alta sociedad porteña se selló frente al altar de la iglesia de San Ignacio, donde contrajo matrimonio con la joven Rosalía Torres Sáenz Valiente.

Su estatus en la ciudad era tal que el pincel de Prilidiano Pueyrredón, el retratista más cotizado de la época, inmortalizó su figura en un óleo. Curiosamente, en aquel lienzo el diplomático no luce la prestigiosa condecoración de Caballero de la Orden de Nuestra Señora de la Concepción de Villaviciosa, distinción que el rey don Fernando de Portugal le había otorgado el 16 de febrero de 1854.

En Buenos Aires mantuvo una vida social, cultural y comercial muy activa. Sus días se dividían entre la alta sociedad, la filantropía y los negocios en expansión. Para 1854, su influencia en la comunidad era innegable: ejercía como vicepresidente segundo de la Comisión del Hospital Italiano y, ese mismo año, asumía como secretario honorario fundacional de la empresa de Iluminación a Gas.

Pero su faceta más célebre por aquellos días era la de mecenas artístico. Su residencia, ubicada en la calle Belgrano al 500 (junto a la iglesia presbiteriana de San Andrés), se transformó en el epicentro cultural de la época. Allí se fundó la Sociedad Filarmónica “Mayo”, una entidad presidida por Valentín Alsina y dirigida musicalmente por el compositor italiano Alejandro Marotta. Las paredes de su hogar cobijaron el concierto inaugural el 29 de abril de 1854 y, apenas un mes después, el 27 de mayo, un gran baile de gala que sirvió tanto para celebrar la flamante sociedad como para conmemorar la Revolución de Mayo de 1810.

Sin embargo, el prestigio diplomático sufrió un quiebre abrupto. El 8 de febrero de 1856, el gobierno tomó una decisión drástica: revocarle oficialmente las credenciales para ejercer sus funciones consulares en el territorio. La acusación que pesaba sobre él era grave: las autoridades sostenían que, durante el año anterior, el funcionario había abusado de sus privilegios diplomáticos para involucrarse en conspiraciones destinadas a desestabilizar al gobierno local.

El destierro de la actividad pública duró un año y medio. Con la marea política más calma, el 10 de agosto de 1857, decidió romper el silencio y envió una misiva al gobierno en busca de redención. Los periódicos de la época se hicieron eco del reclamo y publicaron el texto entre el 14 y el 16 de agosto. En aquella carta, el ex cónsul argumentaba:

“Después del transcurso de 18 meses en que la calma ha vuelto a los espíritus y el país a un estado de perfecta tranquilidad, creo que es tiempo de que el gobierno haya podido observar, en la posición que he mantenido y en mi conducta circunspecta, que he sido siempre ajeno a la política, aun cuando se me haya hecho víctima de presunciones infundadas...”.

La estrategia dio resultado. El 12 de agosto de ese mismo año, el gobierno aprobó la solicitud, dio marcha atrás con la anulación del exequátur y le devolvió su patente consular.

Lápida de la tumba de José Coelho de Meyrelles.

Lejos de paralizarse por el conflicto político, su faceta empresarial nunca se detuvo. A principios de 1857, se asoció con Santiago Onetto para inaugurar el Molino a vapor San Telmo, que operaba bajo la firma Meyrelles, Onetto y Cía. Además, diversificó sus inversiones hacia el sector agropecuario, con campos destinados al pastoreo en Rosario junto a su socio José Domingo Sáa Pereyra.

Su espíritu comercial también conquistó las rutas fluviales y marítimas. Era propietario de la barca Amazonas, una embarcación capitaneada por Cándido de Ávila que se dedicaba al flete y corretaje. Fue justamente a bordo de este buque, en los días en que realizaba la ruta comercial entre Buenos Aires y la zona de la Laguna de los Padres, donde conoció la región que hoy es Mar del Plata. Cautivado por el potencial del lugar, decidió expandir allí su imperio comercial e instaló un saladero en 1857.

Aunque el tiempo y el destino quisieron que solo uno de sus hijos lograra sobrevivirle (Juan Cruz, su primogénito, murió muy pequeño, el segundo, nacido el 31 de mayo y registrado oficialmente como Juan Manuel según su acta de bautismo de noviembre de 1835, vivió una curiosa dualidad de identidad: por preferencia materna, siempre fue llamado Federico), su linaje no se extinguió: dejó una vasta descendencia que se extiende con fuerza hasta nuestros días.

El capítulo final de su crónica se cerró el 18 de mayo de 1865 en Buenos Aires, donde murió, según cuentan, con problemas económicos y enfermo. Sus restos fueron enterrados en el histórico cementerio de la Recoleta. Tenía 60 años.

Su paso por estas tierras

El año 1856 marcó un punto de inflexión fundamental en su vida. A sus 42 años, sus pasos se cruzaron con los intereses de la Sociedad Rural, un poderoso conglomerado de capitalistas portugueses liderado por el barón de Mauá. Este grupo buscaba instalar centros de faena industrial en las costas sudamericanas y, al descubrir la notable fertilidad de la actual zona de Mar del Plata, decidió apostar fuerte: le compró las tierras a José Gregorio Lezama por la impresionante suma de 30 000 onzas de oro. La magnitud del negocio quedó registrada en el diario El Nacional en agosto de aquel año, detallando que la adquisición comprendía 52 leguas de campo, 7 leguas de costa y más de 115 000 cabezas de ganado de todo tipo.

Dada su probada capacidad organizativa, Coelho de Meyrelles fue designado administrador de la ambiciosa empresa. Sin perder tiempo, lideró una expedición que para diciembre de 1856 ya estaba asentada en la Sierra de los Padres, iniciando la construcción de un saladero que no tardaría en ganar relevancia. Visionario y dispuesto a asumir grandes riesgos, Coelho terminó comprando la totalidad de las acciones a la sociedad portuguesa para quedar al frente del negocio de forma absoluta.

Bajo su control directo, el complejo creció de forma acelerada. Construyó infraestructura clave, incluyendo galpones de depósito, viviendas de servicios y un pequeño muelle en el sector conocido entonces como Puerto de la Laguna de los Padres. Esta obra portuaria transformó el lugar en un polo logístico donde carretas y barcos de vela se conectaban de manera constante para transportar la producción.

El saladero adoptó un modelo de comercialización ágil y moderno para la época, trabajando a pedido según las exigencias del mercado internacional. Para poner en marcha esta maquinaria, llegaron unos 400 operarios brasileños desde Río Grande. La carne procesada se exportaba para alimentar a los esclavos en Brasil, Cuba y Puerto Rico, mientras que los cueros se despachaban rumbo a Europa.

El asentamiento industrial pronto dio vida a una comunidad. Para abastecerla, Coelho fundó La Proveedora, un almacén de ramos generales manejado por los señores Luengas y Harris. Más allá de su función comercial, este establecimiento, con su infaltable despacho de bebidas, se convirtió rápidamente en el corazón social y en el inevitable punto de encuentro para los habitantes del naciente poblado.

El colapso financiero y el nacimiento de una nueva era

El vertiginoso ascenso de Coelho de Meyrelles encontró un límite abrupto en los tribunales. Su ambición por controlar el negocio lo había llevado a firmar un acuerdo en octubre de 1857 para comprar el 80 % de las acciones a sus socios brasileños por más de 34 000 onzas de oro. Con esta operación, sumada a su parte previa, Coelho lograba el dominio del 90 % del patrimonio, aunque las propias estancias quedaron como garantía hipotecaria hasta que se cancelara la deuda.

El millonario compromiso económico pronto se volvió insostenible. En septiembre de 1858, Guillermo Leslie, gerente de la banca Mauá y Cía. y representante de los inversores de Brasil, interpuso una demanda por incumplimiento de los plazos acordados, intimando a Meyrelles a pagar un saldo de casi 26 000 onzas de oro en apenas tres días. Como el pago no se concretó, las acciones legales avanzaron con velocidad implacable: el juez civil Carlos Eguía ordenó la ejecución y el embargo de los bienes, notificando de inmediato al juez de paz de Mar Chiquita, Ramón del Nero, para que hiciera efectiva la medida mientras el empresario se encontraba en el campo.

Asfixiado por las deudas, el 3 de noviembre de ese mismo año Meyrelles se declaró oficialmente en quiebra. El caso pasó a la justicia comercial y abrió un largo e intrincado concurso de acreedores que paralizó la administración del saladero durante casi tres años.

Finalmente, en septiembre de 1860, la justicia autorizó el acuerdo definitivo con los acreedores (encabezados por el propio banco Mauá y Natalio Cernadas). Tras destrabar la situación legal y absorber la última porción de tierras que pertenecía a su socio Sáa Pereyra, se firmó la escritura de transferencia definitiva. Fue en ese preciso instante cuando el control de las estancias y el saladero cambió de manos, abriendo paso a un nuevo protagonista en la historia de la región: don Patricio Peralta Ramos.

José Coelho de Meyrelles regresó a la Capital Federal, donde pasó sus últimos días.

 

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