Clavelito: el canillita lírico que transformó las noches de Mar del Plata
La noche marplatense de los años cincuenta y sesenta tenía un faro inesperado. Entre el estruendo del tránsito y el apuro de los peatones, una voz potente y melodiosa cortaba el aire. No era un vendedor ambulante común y corriente: vestía frac y galera, y lucía un clavel radiante en el ojal. Se trataba de Julio Adolfo López, conocido por todos simplemente como “Clavelito”, el canillita que transformó las esquinas de la ciudad en su propio escenario teatral.
Nacido el 13 de septiembre de 1913 en el barrio porteño de Flores, Julio Adolfo López creció trabajando en las cantinas del Abasto, donde alternaba el servicio de las bandejas con recitados improvisados. A mediados de la década del 50, llegó a Mar del Plata en busca de nuevos rumbos. Tras probar suerte en las cocinas de hoteles modestos y vender helados en la playa, descubrió que su verdadero lugar estaba sobre el asfalto nocturno. Jamás se lo vería vendiendo diarios madrugadores, él era, por definición, un bohemio de la primera noche.
Eligió estratégicamente sus esquinas: la movida intersección de Independencia y Colón, y el cruce de Rivadavia y San Luis. Allí montaba su guardia. Su estampa de gentleman arrabalero despertaba curiosidad inmediata. A veces llevaba un clavel blanco y otras veces uno rojo, pero el remate distinguido de su vestuario era sagrado. Quienes lo conocieron sabían que no había impostura en su traje, Clavelito vestía de ese modo porque sentía la vida como un artista. De hecho, luego de pasar por varios seudónimos artísticos, e incluso de adoptar legalmente los apellidos Quintana Lynch en su búsqueda del éxito en los grandes teatros, el destino le otorgó una recompensa diferente: la gloria de ser el personaje más querido de la calle.
Un pregón que unía a la ciudad
Su éxito no se medía en la cantidad de ejemplares vendidos del diario El Atlántico, su verdadero triunfo era el afecto colectivo. Los automovilistas disminuían la velocidad al verlo, no solo para comprarle el periódico, sino también para intercambiar un chiste o recibir su saludo reverente. Clavelito poseía una lucidez asombrosa para adaptar su vocabulario según el cliente: podía apelar a una filosofía barrial muy elemental o desplegar un léxico refinado si el interlocutor lo requería.
El ambiente artístico local también era su hogar. Frecuentaba el Círculo Italiano, donde se ganó la simpatía de todos tocando el acordeón y cantando con una voz hermosa que los vecinos de la época aún recuerdan con nostalgia. Su magnetismo era tal que el querido periodista “Wing” le dedicó una célebre semblanza en los micrófonos de LU6 en 1974, retratándolo en su momento de mayor esplendor. El poeta Víctor Abel Giménez también lo inmortalizó en sus versos como una “golondrina nochera con alma de gorrión”.
Su orgullo bohemio estaba por encima del dinero. Según cuentan las crónicas de la época, a Clavelito le ofrecieron más de una vez la exclusividad de venta dentro de restaurantes prestigiosos para resguardarlo del frío, sin embargo, él siempre prefirió la libertad de la calle.
El último eco de una voz querida
El encanto se cortó de golpe la madrugada del 2 de noviembre de 1975. A los 62 años, mientras voceaba las noticias en su parada habitual de Independencia y Colón, un automóvil lo atropelló fatalmente. La trágica muerte del canillita de frac conmovió profundamente a Mar del Plata. Días después, el diario La Capital reflejó el dolor de la comunidad con un emotivo poema de Luciano Urrutia (Don Cleopatro) acompañado por las ilustraciones del Negro Uranga.
“Gorrión altivo, ¿dónde vas? ¿Quién, qué presagio de cal, mortaja y álamos ha dejado a tu ciudad querida sin ruido, sin luces y sin risas, con un amanecer amargo? […] Pero tú no has muerto: tu muerte no es muerte mientras viva esa multitud de amigos trasnochados, y haya un solo clavel ansioso de bohemia y de ventura, esperando que lo recojas en tu mano”.
Clavelito se fue físicamente en aquella esquina, pero su figura quedó blindada contra el olvido. El eco de su pregón elegante sigue resonando en la memoria colectiva de una ciudad que todavía extraña su cortesía, sus canciones y la eterna frescura de su clavel.
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