Un rumor no deja de ser un ruido: un anti-policial marplatense

Detrás del apellido Arguindeguy y los lujos de Mar del Plata se esconde una trama de corrupción. En Un rumor no deja de ser un ruido, Triana Kossmann construye una implacable historia donde la memoria fragmentada de la víctima desafía el simulacro de su propia familia.

"Digamos que Mar del Plata lo explica todo”, señala la autora sobre el lugar que ocupa la ciudad en la novela.

12 de Julio de 2026 08:09

“Los ruidos internos fueron el principio de todo. Pero, sin duda, fue la voz del personaje principal, ese cinismo, su enojo con todo y con todos, lo que me permitió avanzar, porque me dio el tono que quería que tuviera la novela. Siempre digo eso, que fueron los ruidos y la voz, pero cada vez que respondo alguna nueva pregunta que me obliga a indagar y volver a pensar el proceso de escritura, me doy cuenta de cuántas cosas ya había ensayado antes, sin bajarlas al papel, y que tal vez hayan determinado esa decisión que yo repito que fue fundacional”, comienza diciendo Triana Kossmann sobre su primera novela, Un rumor no deja de ser un ruido, recientemente editada por Editorial Caburé.

A través de 48 fragmentos que golpean como ráfagas de lucidez, nos asomamos a la conciencia herida de Mayra Arguindeguy. Ella no sabe bien cómo llegó ahí, pero intuye que su cuerpo inmóvil es el escenario de un secreto espantoso.

El relato oficial dice que Mayra intentó suicidarse. El rumor corre rápido para tapar el escándalo. Sin embargo, entre la bruma de los sedantes, la protagonista sospecha una verdad mucho más oscura: su propia familia la quería callada.

—¿Cómo fue la construcción del personaje de Mayra y cómo influyó el dato autobiográfico de los acúfenos en ese proceso?

—Los acúfenos fueron lo que me dio la idea de una persona que escucha cosas que no sabe de dónde vienen ni si son reales. La voz de Mayra fue lo segundo que apareció, toda esa confusión y la imposibilidad de interpretar qué es lo que está escuchando me dieron el marco de cómo quería contar la historia. A medida que trabajaba en el texto, iba ajustando mucho su perspectiva: las cosas que dice, las que esconde y las conclusiones que puede sacar una persona que está llena de odio, pero en una situación de mucha vulnerabilidad. Todo eso traté de presentarlo a la manera en que aparecen los pensamientos (o cómo me aparecen a mí): sin orden, con unas asociaciones temáticas indescifrables e ideas que surgen sin ninguna razón aparente, y que después van tomando forma o vuelven cuando ya parecían descartadas. Y así.

—Mayra está inmovilizada y, sin embargo, se construye una imagen muy fuerte de quienes la rodean a partir de fragmentos. ¿Cuál fue el personaje secundario que más cambió durante la escritura y terminó diciendo cosas que no estaban previstas?

—No porque tenga una gran evolución, pero el personaje de la amiga, Débora, es el que creo que muestra más matices y fue cobrando mayor relevancia a medida que avanzaba. Con poquitas palabras ya refuerza la idea de que casi todo lo que Mayra piensa puede ser real o puede ser un delirio total. Fue un desafío para mí escribir a Débora porque me tuve que poner muchos límites, en algún momento del proceso de escritura me pareció que prácticamente le podía hacer decir cualquier cosa. Me divertí mucho haciéndola hablar.

La autora nos encierra en una atmósfera claustrofóbica. Desde el dolor de la clínica, la memoria de Mayra viaja hacia atrás, obsesionada con un último asado de domingo. Es allí, bajo el sol de Los Troncos, el barrio más exclusivo de Mar del Plata, donde la fachada de la burguesía local empieza a crujir. “Todo está visto a través del filtro de Mayra, así que la versión de Mar del Plata que vemos va desde el magnetismo que tiene el mar para ella, la costa y lo que observa en su vida cotidiana una residente y emprendedora del rubro gastronómico, hasta una perspectiva muy insidiosa de lo que ella entiende como la idiosincrasia empresarial o comercial. La ciudad y sus lógicas tienen mucho peso en la historia. Digamos que Mar del Plata lo explica todo”, señala la autora.

Lo cierto es que, detrás del apellido Arguindeguy y su supuesta cultura del trabajo, se esconde una trama rancia de negocios en negro, evasión fiscal y contrabando de lúpulo. La crítica social de Kossmann es afilada. Mientras un padre desprecia con soberbia “lo estatal”, una madre, Maruca, se desvive por mantener el maquillaje perfecto y las apariencias intactas. Aunque eso implique sepultar la vida de su hija.

En este thriller psicológico, el peligro no acecha en un callejón oscuro, viste de gala y se sienta a la mesa familiar.

—Definiste la novela como una especie de “antipolicial”. ¿Cómo es esa relación entre el policial y el no-policial? ¿Y qué terminó de definir esta historia en un no-policial?

—Mi primer plan era escribir un policial. Uno de los primeros documentos que guardé con el inicio de esta novela se llamaba Un cuchillo en la almohada, y eso fue lo más cercano al género que logré. Y es que inmediatamente mi di cuenta de que, aunque pensaba seguir un poco ese esquema, lo que más quería era boicotear todo el tiempo la supuesta “investigación”. Cuando empecé a desarrollar la voz del personaje, tan insoportable, ahí me di cuenta de que no quería una historia de justicia, o construir un discurso que llevara a alguna certeza. Quería que todo saliera mal, en todos los sentidos posibles.

—¿Cómo manejaste el tema de la velocidad y el ritmo de la historia?

—Yo intenté que la velocidad de la narración y el ritmo de lectura fueran acordes a los vaivenes a los que está sometida Mayra por los efectos de la medicación. A veces hay casi quietud, a veces es una montaña rusa, y todo eso se acomoda a lo que le pasa por la cabeza, a cómo vive su padecimiento físico y al tratamiento que le suministran. La velocidad va menguando a medida que ella evoluciona y dependiendo de cómo le pega cada dosis de medicación. Así que, cada vez que aparece la enfermera a cambiarle el suero, algo va a pasar con su estado físico y mental, y también con el ritmo de la narración.

En conclusión, la obra es una autopsia en vida de la impunidad, donde la salvación no viene de la justicia institucional, sino de un detalle íntimo y olvidado que el poder no pudo prever.

Un rumor no deja de ser un ruido funciona como una radiografía implacable sobre la violencia de género, los lazos corruptos y las hipocresías de las clases poderosas. Al cerrar el libro, queda flotando una certeza incómoda: a veces, el ruido del televisor de una clínica no es interferencia, es el sonido del mundo intentando ahogar un grito de justicia.

 

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