Gabriela Exilart: “Me pregunto qué posibilidades tiene el ser humano de ser mejor”
Gabriela Exilart nos presenta Tierra herida, una potente novela coral que rescata la lucha sindical en las canteras de Tandil. A través de una mirada profundamente humana y valiente, la autora reconstruye la memoria colectiva, dando voz a las mujeres silenciadas y a los trabajadores olvidados.
Gabriela Exilart acaba de presentar su nueva novela, Tierra herida (Plaza & Janes – 2026), una obra que retrata, a través de un relato coral, el duro contexto de las canteras de Tandil a principios del siglo XX. En ese escenario, el nacimiento de los movimientos sindicales y la lucha por los derechos laborales reflejan la transformación social de una nación en vísperas de su Centenario.
La historia también nos acerca a la compleja vida de Ana María Arza, una mujer que batalla por sus sueños de ser maestra y por su independencia en una Argentina marcada por la modernización y los conflictos sociales. La trama entrelaza su destino con el de Catriel, un hombre de origen indígena criado por colonos que busca su lugar en el mundo, y expone la difícil relación con su esposo Rodolfo, cuya degradación personal y violencia la sumen en una profunda soledad.
Nuevamente, Exilart demuestra su capacidad para humanizar distintos procesos económicos y sociales. A través de estas historias de vida, logra apelar a la empatía del lector y reconstruir una memoria colectiva que, en la historiografía oficial, suele quedar relegada al margen, lo que le otorga a la obra un marcado carácter pedagógico.
“Yo me involucro en cada historia de distinta manera”, reflexiona la autora sobre el compromiso y la emocionalidad que le imprime a su escritura. “Por ejemplo, ahora estoy escribiendo un libro que será exclusivamente de mujeres y lo vivo con la misma profundidad que cuando escribí Napalpí o Con el corazón al sur. Mi sensibilidad está siempre al servicio de esa historia que habita en mi mente y en mi cuerpo. A veces me preocupa y me entristece sentir que siempre terminamos escribiendo sobre los mismos conflictos y que, al día de hoy, parece que nada cambia. Me pregunto qué posibilidades tiene el ser humano de ser mejor; a veces siento que no tenemos mucha chance”, asegura.
— Me interesa particularmente la cuestión de los inmigrantes. Es un tema muy actual. Quizás en aquella época no existía el rechazo explícito que se ve hoy para que ingresen al país, pero sí había un maltrato y un abuso sistemático que se sigue repitiendo. ¿Cómo analizás esa vigencia?
— Sí, a nivel global se sigue dando. Hoy vemos a muchos chicos que se van a trabajar afuera buscando una panacea que no existe, en varios lugares terminan sometidos a condiciones cuasi esclavas para poder hacer una diferencia en dólares. A principios del siglo XX pasaba lo mismo: llegaban inmigrantes escapando de la pobreza y de las guerras, instalándose aquí como si esta fuera la “Tierra Prometida”, pero el proceso en una Argentina en pleno cambio no era nada simple. En Tierra herida quise mostrar un fuerte contraste entre lo que pasaba en las canteras y lo que ocurría en Buenos Aires. La capital se embellecía para festejar el Centenario con luminarias y adoquines que salían, justamente, de Tandil. Mientras Buenos Aires resplandecía, en las canteras los trabajadores, en su mayoría inmigrantes, vivían encerrados y bajo condiciones de semiesclavitud, hasta que empezaron a reclamar por sus derechos laborales y por una vida más digna.
— En ese escenario entran a jugar dos factores clave: el surgimiento del sindicalismo y el papel de la justicia. Como abogada conocés desde adentro el Poder Judicial, y en el libro queda muy en claro cómo opera esa instancia tan burocrática, que se toma demasiado tiempo para resolver hechos que son tan crueles como visibles.
— Sí, una justicia lenta, formalista, llena de trabas y de rituales para acceder a un resultado que, cuando llega, por lo general es tardío o injusto. Respecto al nacimiento del sindicato, en la novela cuento cómo se gestó la Unión Obrera de las Canteras, el primer gremio que nucleó a los picapedreros. Nació de la mano de un anarquista italiano, Luis Nelly, que terminó trabajando en la cantera porque no le quedó otra opción. Él, junto a otros compatriotas, empezó a organizar a los trabajadores para reclamar derechos y planificar la huelga. Ahí también aparecieron las mujeres, la hija de uno, la hermana del otro, la novia, que, aunque en menor número, participaban de las asambleas y formulaban propuestas. Ese movimiento sindical inicial ya lo había narrado en otras novelas situadas en las huelgas patagónicas, en Napalpí o en Los hijos de la cosecha, pero acá nos paramos en 1906, es decir, mucho antes en el tiempo. Toda esa corriente ideológica que venía de Europa se fue instalando en Argentina, principalmente, gracias a los inmigrantes.
— Me gusta ver cierta intención pedagógica en la novela para que estos hechos se conozcan. ¿Es un objetivo que te proponés desde el inicio, más allá del proceso de investigación y del material informativo que reunís?
— Mi intención primordial es retratar la época y lo que pasaba en la vida cotidiana. No sé si hay una intención pedagógica consciente, pero sí busco sacar una foto de ese día a día: cómo afectaba la realidad a las mujeres que vivían allí adentro, a los niños, a la escuela. Quise mostrarlo porque son cuestiones que no han trascendido desde la intimidad de las casas o desde cómo se afectaban las relaciones humanas. Intento ser clara en el devenir de los hechos. Cuando doy clases soy muy esquemática para mantener una línea de tiempo; en la novela busco hacer lo mismo, pero sin que sea un libro de historia denso. Quiero que el lector pueda ver cómo el hombre, la mujer y el niño común gestaron desde adentro esa gran huelga que terminó durando once meses.
— Hay dos constantes en tu obra que ya son una marca registrada. Primero, la alternancia de una gran cantidad de voces que hacen vivir el momento al lector. Segundo, el desafío de las mujeres a la cultura patriarcal impuesta, en este caso, encarnado principalmente en Celestina y Ana, quienes levantan la voz y ponen el cuerpo.
— Sí, ellas y muchas otras mujeres que quizás no tienen un nombre principal porque son personajes secundarios, pero que resultaron clave en las huelgas y en la conformación del sindicato. En el libro quise hacerle un homenaje a Ernesta Mosca, una mujer real a la que mataron en la "huelga grande". Todo lo que narro sobre las mujeres tirando agua hirviendo o acostándose sobre las vías del tren para impedir el paso de los rompehuelgas no es ficción, está sacado de testimonios reales. Siempre digo que no me propongo escribir exclusivamente sobre mujeres, pero aparecen orgánicamente en cualquier tema que elijo: surgen luchando, peleando y exponiéndose. En esta novela pasó lo mismo. Quise visibilizar a las esposas, hermanas e hijas de la cantera que tuvieron un rol protagónico para sostener la lucha y acompañar a sus hombres cuando los echaron a todos y tuvieron que dejar sus casas con los niños y los bultos a cuestas. La historia oficial las invisibilizó, pero estuvieron ahí, hicieron su aporte, y a través de la ficción intento devolverles la voz.
Los hilos invisibles de una tierra que aún sangra
Tierra herida no es solo el retrato de una huelga lejana en el tiempo, es un lienzo donde Gabriela Exilart expone las tensiones fundamentales que moldearon la identidad de una nación. A través de una narrativa que no da tregua, la novela trenza los grandes ejes que definen esta historia de resistencia: la alienación del desarraigo, el precio del progreso, las jaulas invisibles de la época y la dignidad colectiva.
Cruzando cada una de estas vidas, late una verdad incómoda: el pasado nunca se queda quieto. Las pesadillas recurrentes de Ana y el trauma latente de la matanza de 1872 demuestran que las heridas sociales y familiares no cierran con el paso del tiempo. En Tierra herida, Gabriela Exilart nos recuerda con maestría que la historia oficial podrá intentar marginar las voces de los oprimidos, pero la literatura y la memoria colectiva siempre encontrarán la hendija justa para hacerlas resonar con la fuerza del primer día.
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