El otro Vilas: la vida irrepetible del máximo ídolo del tenis argentino

A medio siglo de su apogeo: El otro Vilas: historias escondidas de una vida irrepetible, un libro imperdible rescata la faceta más íntima, artística y humana de Guillermo Vilas. El periodista Pablo Amalfitano cuenta al mito en una obra definitiva que revela la huella imborrable de un deportista irrepetible.

"Vilas nunca se retiró porque jamás dejó de ser tenista", comenta el autor.

30 de Agosto de 2026 11:15

Hay mitos que se explican con números y estadísticas implacables. Y hay leyendas, en cambio, que escapan a las planillas para volverse atmósfera pura, misterio y cultura popular. Guillermo Vilas pertenece a esta última estirpe.

Sin embargo, detrás del campeón consagrado en Roland Garros o  Forest Hills (hoy US Open), habita un territorio poblado de zonas grises, anécdotas marginales y destellos de una curiosidad voraz. Para descubrir ese otro lado del tenista marplatense llega El otro Vilas: historias escondidas de una vida irrepetible (Ediciones Al Arco), el flamante libro del periodista Pablo Amalfitano.

Con mucha sensibilidad periodística y el pulso firme de una gran investigación, Amalfitano desanda los pasos del ídolo marplatense para revelar a un hombre que trascendió largamente los límites de la cancha. El libro, cuya edición se completa visualmente con un delicado arte de tapa diseñado por la artista marplatense Belén Mestralet, funciona como una máquina del tiempo. Pero que, lejos de la narración tradicional, rescata facetas tan insólitas como cautivantes: la poesía, la música, los vínculos secretos y las reflexiones existenciales de un deportista que jamás encuadró en el molde convencional.

Un retrato desde los márgenes

“Hubo un trabajo de investigación enorme, con mucho rescate de archivo y testimonios. Siento que, a pesar de haber pasado medio siglo desde su apogeo, Vilas está más presente que nunca. Es un tipo que trasciende las generaciones. El ejemplo soy yo mismo: nací un año después de que él se retirara, así que jamás lo vi jugar en vivo. Que una figura de esa magnitud despierte semejante interés en alguien que pertenece a una época posterior demuestra la profundidad de su huella. Siempre me atrajo su magnetismo y esa identidad visual única. El desafío era capturar su faceta más humana. Al tratarse de un deportista tan monumental y ya tan sobrenarrado, a veces resulta difícil hallar nuevos caminos para decir algo distinto. Mi intención explícita fue ir tras ese costado humano, sin descuidar su enorme dimensión artística y cultural: sus lecturas, su poesía, la música, y los caminos intelectuales que eligió transitar al dejar el tenis. No conozco muchos deportistas de alto rendimiento que se hayan animado a reflexionar sobre la muerte o la soledad a través de la escritura y el arte como lo hizo él. Fue un proceso complejo que demandó tiempo, pero el resultado final está a la altura de lo que significó un tipo como Vilas”, comienza diciendo el autor.

—Pensando en el tenis actual y en la dinámica del deporte moderno, cuesta imaginar un perfil así. ¿cómo ves la posibilidad de que vuelva a surgir un personaje con esa personalidad?

—No, creo que es imposible. Creo que no puede repetirse, no solo por cómo evolucionó y cambió el tenis a lo largo de estos cincuenta años, sino fundamentalmente por el contexto. Uno es uno y sus circunstancias. Vilas fue lo que fue en el momento y en el escenario exacto en que le tocó serlo. Él protagonizó la génesis del tenis profesional tal como lo conocemos hoy. Fue parte impulsora de la era abierta, que nació en 1968, el ranking de la ATP se creó en 1973, y Guillermo explotó en 1974 ganando el Masters en Melbourne sobre césped. Él sentó las bases del ultraprofesionalismo actual y fue miembro fundador de la ATP cuando esta nació como un sindicato que defendía los intereses de los jugadores, muy lejos de la corporación en la que se transformó después. A eso se le suma una dimensión cultural irrepetible, marcada por los coletazos de la revolución de los sesenta a nivel internacional. Vilas se codeó con poetas y pensadores, de ahí nació su entrañable amistad con el Flaco Spinetta y su vínculo estrecho con el mundo del rock. Fue amigo de los Rolling Stones, frecuentaba a Van Halen y mantuvo una relación muy particular con Lars Ulrich, el baterista de Metallica. Su padre, Torben Ulrich, era un tenista danés contracultural que parecía un monje tibetano. En los torneos de aquella época, los jugadores de la generación de Vilas le cuidaban a Lars cuando era un nene de cinco o seis años. Años más tarde, esa cercanía derivó en llamadas telefónicas directas y en accesos privilegiados a recitales que dejaban a cualquiera boquiabierto. Vilas es una construcción de todo ese entramado único. Por eso, la invitación de este trabajo es ir más allá de lo estrictamente tenístico. Es verdad que él inventó una industria acá; nada de lo que se vive hoy alrededor del tenis en la Argentina sería posible sin su figura. Pero eso ya está contado por demás y la gente lo conoce. Lo valioso, lo que estaba un poco oculto y merecía salir a la luz, era esa faceta más humana, espiritual, artística y cultural. El libro propone precisamente eso: conocerlo desde otro punto de vista.

—¿Existe mucha distancia entre el Vilas protagonista de la cancha y el de su vida privada, o descubriste que hay vasos comunicantes entre ambos?

—Por sobre todas las cosas, hay un gran vaso comunicante que descubrí al reconstruir a este personaje tan particular: la curiosidad. Vilas fue profundamente curioso desde muy chico. Hay historias increíbles, incluso contadas por él mismo en su autobiografía y en sus libros de poesía. Por ejemplo, él quiso saber qué se sentía estar muerto cuando tenía apenas seis años. Lo contaba con una naturalidad desconcertante, como si fuera algo esperable, aunque en realidad no lo sea: un chico común no hace eso. Se metió en un cofre y le exigió a su hermana Marcela que se sentara arriba y no lo dejara salir por ningún motivo, por más que él gritara. Y fue tan obediente que estuvo cerca de ahogarse. Años después lo recordaba con esa misma pasión y esa curiosidad desmedida, llegando a decir con gracia que su carrera tenística podría haber terminado antes de empezar si su madre, Marucha, no hubiera escuchado los ruidos en la habitación. Imaginate: si alguien a los seis años se plantea semejante experimento, ese patrón se va a replicar en cualquier disciplina a la que se dedique en el futuro. Esa misma intensidad la volcaba en todo lo demás. Le apasionaba el boxeo, el deporte en general, la música. Si tenía ganas de hablar, lo hacía con cualquiera, sin importarle quién estuviera enfrente, te abría las puertas de su mundo y era sumamente accesible. Yo lo crucé generacionalmente muy poco tiempo: comencé en el periodismo de tenis en 2010, y en 2016 él ya se instaló en Mónaco debido a sus problemas de salud, contenido por su familia desde entonces. En mis primeros tiempos cubriendo torneos en el Racket Club, que en ese entonces se llamaba Vilas Club, era habitual caminar por los pasillos y cruzárselo vestido de negro, con su clásica boina, entrenando a su hija mayor, Andanín, que jugaba muy bien. Yo tenía 18 años y sentía que hablaba con una leyenda viviente, y sin embargo el tipo no tenía ningún problema en charlar con vos de igual a igual. Es algo que hoy ya no existe y probablemente no vuelva a repetirse. Las celebridades y los deportistas actuales están mucho más expuestos y, por lo tanto, más protegidos, hay ejércitos enteros trabajando a su alrededor que levantan muros cada vez más difíciles de atravesar. Vilas, en cambio, mantuvo esa cercanía llana y humana con la gente hasta el último de sus días en la Argentina.

Hoy vemos a un Novak Djokovic compitiendo a los 39 años, instalado firmemente en el top ten del circuito, y es imposible no asombrarse ante semejante vigencia física y mental. Al mismo tiempo, sobrevuela la idea de que esa prolongación en el tiempo esconde también la resistencia natural a dar el paso definitivo, un calvario emocional que ya experimentaron en carne propia Roger Federer y Rafael Nadal, entre otros, al momento de colgar la raqueta.

Con Guillermo Vilas sucedió algo singular y, a la vez, desgarrador: nunca hubo un partido de despedida oficial ni un comunicado que anunciara formalmente su adiós a las canchas. Pablo Amalfitano no duda un instante y afirma enfáticamente: “Vilas nunca se retiró”.

Y argumenta: “Nunca se retiró porque jamás dejó de ser tenista, de hecho, te lo encontrabas en la vida cotidiana y seguía vestido como tal. Él mismo explicó en su momento por qué no quiso hacer un partido de despedida. En el libro hay un capítulo titulado El ídolo vestido de hombre, donde se aborda esa etapa en la que deja los grandes escenarios y transita un perfil más normal. Guillermo decía que no podía ser consecuente con el amor que le tenía a la gente: si armaba una función de despedida en el Luna Park con doce mil espectadores, solo esa pequeña porción iba a tener la posibilidad de verlo, y él sentía que le fallaba al resto que se quedaba afuera. Eso pinta de cuerpo entero lo que fue Vilas: un personaje contraintuitivo en una época que ya parecía tal si la comparamos con la actual. Me nombrabas recién a Djokovic compitiendo a los 39 años en la élite. Vilas se retiró del circuito principal a los 37, algo físico y mentalmente titánico para aquellos años. Pero, además, tuvo un intento de regreso que recuperamos y contamos en el libro: el último Vilas, el que menos se recuerda, volviendo a jugar torneos menores entre 1991 y 1992, perdiendo mucho más de lo que ganaba. En ese momento, muchos le preguntaban por qué volvía solo para perder. El tenis ya había cambiado drásticamente con la irrupción de Pete Sampras y Andre Agassi, con un juego mucho más veloz, potente y agresivo. Vilas era un producto de otra era, de un tenis más pesado, largo y táctico. Le costó adaptarse, pero eso a él no le importaba. Lo único que le importaba era estar adentro de la cancha, competir y jugar. Hoy eso resulta casi impensado. Si un jugador de semejante talla tiene que bajar al barro de torneos menores para intentar reencontrarse con su nivel, prefiere retirarse, ponerse el traje de comentarista o dedicarse a otra cosa. Pesa demasiado el ego, el dolor de ya no ser y el golpe a la propia leyenda. A Vilas, en cambio, le ganó la pasión pura por el tenis y por el simple hecho de estar. Lo vivió así hasta el último segundo”.

—Pablo, ¿qué te sorprendió? ¿Qué encontraste que te provocara una sensación que justificara todo el libro?

—Fui trabajando con Vilas varios años. Siempre digo que este libro se empezó a escribir antes de que yo supiera: la investigación y la reconstrucción de esta figura alternativa empezaron hace más de cuatro o cinco años. De repente te das cuenta de que hay material para algo mucho más grande, y que el espacio suele ser escueto para contar una vida tan profusa e inabarcable. Yo suelo compararlo con Maradona en esa idea de que tuvo tantas vidas en una sola. Con Diego pasa que siempre aparece una anécdota nueva de alguien a quien le cambió la vida. Con Vilas me ocurrió algo similar al descubrir con quiénes se codeaba. Si Maradona se reunía con el Papa, a Vilas le pasaba algo parecido con la realeza. Por ejemplo, cenaba con el Sha de Persia en el exclusivo centro de esquí de Gstaad, en Suiza, un sitio inaccesible del jet set europeo. El Sha era fanático enfermo de Vilas al punto de organizar un torneo oficial en Teherán casi en su homenaje, un certamen del Grand Prix que Guillermo ganó sin ceder un solo set y donde le entregó el trofeo al propio Sha. Uno se pregunta: ¿cómo llegaba la noticia de Vilas al Sha en una época previa a la globalización y en plena Guerra Fría? Era un argentino que venía del fondo del mundo y lo conquistaba. Y lo logró en un deporte que por entonces recién nacía como profesional. En 1968 era un coto cerrado para élites mundiales, y Vilas ayudó a cambiarlo todo. Otro ejemplo, en el año 1982, Vilas hizo suspirar al mundo entero con su romance con Carolina de Mónaco. Todo el mundo quería saber quién era ese rockstar de vincha y pelo largo que enamoraba a una princesa. Un amor tan profundo como efímero que duró apenas cinco meses. Cuando Guillermo ganó el Abierto de Mónaco ese año, Grace Kelly, madre de Carolina, le entregó el trofeo, y en la cena posterior comenzó el vínculo. Los medios de todo el mundo buscaban la foto imposible. Fue el famoso fotorreportero y paparazzi Pascal Rostain quien dio con ellos en una isla recóndita de Hawái, alojados en un hotel minúsculo. Los fotografió, la imagen fue tapa de Paris Match y se vendió a cincuenta países. Sin duda, trascendió la línea del deporte para generar un impacto global inigualable, especialmente siendo un sudamericano en una época donde eso marcaba una diferencia abismal.

Como decíamos al principio, la de Vilas no fue una vida: fueron muchas vidas contenidas en una sola. Y ese misterio no deja de sorprender. Porque más allá del inmenso archivo rescatado en la investigación de Amalfitano, el mito sigue creciendo con cada nueva presentación del libro al provocar que emerjan más y más historias escondidas sobre él. Dice el autor: “Más allá de que queda material, está surgiendo material nuevo todo el tiempo, pero en un momento tenés que poner un cierre, porque también hay una cuestión de espacio en un libro. Te cuento una anécdota de la semana pasada: me llama Néstor Gambini para salir al aire en su programa de radio y me cuenta una pequeña anécdota de cuando Vilas fue comentarista de una pelea de boxeo en los Juegos Panamericanos de 1995, haciendo la transmisión con él mismo. Una historia que yo no conocía. Imaginate: profundicé cinco años en conocer historias de este calibre y de esta particularidad sobre Vilas, y aun así es una historia que no conocía, que se me había escapado. Ese es el ejemplo perfecto de que no hay forma de que esto se termine. O sea, si yo quisiera seguir encontrando cosas, voy a encontrar”.

El libro de Amalfitano no viene a saldar cuentas con el pasado ni a sumar un casillero más a la estadística oficial. Funciona, más bien, como una revelación necesaria: El otro Vilas nos recuerda que las leyendas verdaderas nunca terminan de contarse del todo, apenas mudan de piel para seguir habitando la memoria de una gran cantidad de seguidores.





 

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