Gabriel Rolón trae a la ciudad su gira despedida de Palabra plena: “Esta obra me enseñó a sentir el escenario como un hogar”
Tras superar las 500 funciones en todo el país, Gabriel Rolón llega a Mar del Plata en el marco de la gira despedida de Palabra plena, la obra que transformó su relación con el escenario. En diálogo con El Escribiente de 0223, el psicoanalista reflexiona sobre la exigencia de las tres funciones diarias, el desafío de abordar temas duros como el trauma y el duelo, la decisión de retirar su propuesta más aclamada en pleno éxito y el valor de la renuncia hecha con amor. La cita será este sábado 1 de agosto en el teatro de la calle San Luis 1750.
Sostener una obra durante años implica prestarle la voz y el cuerpo a una idea noche tras noche, por eso, solo se despide de verdad quien sabe exactamente lo que ha construido. A veces, la forma más alta de amor consiste en saber retirarse, en ceder el espacio para que otra cosa pueda florecer. Al final, el duelo solo se supera cuando dejamos de lamentar lo que nos falta y aprendemos a alegrarnos, sinceramente, porque alguna vez existió.
Este es el caso de la propuesta teatral que encabeza Gabriel Rolón: Palabra plena. Aunque no es la primera vez que la pieza se presenta en la ciudad, esta función tiene una característica especial: se da en el marco de su gira despedida tras años de recorrer el país con un masivo acompañamiento del público.
En diálogo con 0223, Rolón reflexiona sobre el fenómeno: “La obra fue encontrando un lugar en el tiempo y siempre funcionó muy bien, aunque en el último año han ocurrido cosas muy fuertes. Realizar tres funciones en un mismo día resulta sumamente exigente, de hecho, hacer dos ya suele ser lo habitual. Mientras que en una función normal uno termina y evalúa el resultado, Palabra plena nos ha malacostumbrado a un dinamismo que exige un esfuerzo enorme. Hacer tres funciones implica empezar a las cuatro de la tarde, subir al escenario y bajarse a medianoche, algo realmente fuerte”.
Palabra Plena tiene como particularidad haber sido escrita durante la pandemia, aprovechando aquel tiempo de encierro y sus circunstancias. Rolón se juntaba con Carlos Nieto, su director y también compañero sobre el escenario, y le fueron dando forma de manera conjunta.
—Se trata de un texto realmente duro, potente…
—Sí, es un texto muy duro, no duro de decir, sino por su contenido, porque hablaba del duelo, del trauma, de la angustia, del horror, de la mentira. Estaba muy cargado de temas que no sé si habrán sido el fruto de aquel tiempo de soledad y encierro, pero bueno, tenía muchas ganas de hablar de todo eso. Sabés una cosa, recuerdo que un día estábamos en la cocina del consultorio, cuando ya lo habíamos terminado, y lo fuimos leyendo. Cuando terminamos, se hizo un silencio, nos miramos y Carlos me dijo: “Bueno, es lo que hay, ahora hay que defenderla, ¿no?”. Y decíamos: “¿En qué parte se va a relajar la gente?”. Entonces él me respondía: “Bueno, va a tener que ver con nuestra actuación, porque el texto es este, tiene mucho contenido y muchas cosas. Jugaremos en las escenas”. Así se fue armando esta obra que terminó siendo la que más tiempo ha durado y la más exitosa de todas las que he hecho, con todo lo bien que le fue a El lado del amor o a Historias de diván. No hay dudas de que la gente encontró algo en esta obra y en la dureza de su contenido.
A las dos o tres funciones diarias que realizan en los distintos puntos del país donde se han presentado, se suma que muchos espectadores la han visto dos o tres veces. Rolón atribuye también esto al fenómeno de las redes sociales, las cuales acercaron a mucho público joven, incluso a muchos que no habían leído sus libros, pero que sabían de la obra y querían sumarse a ella.
—La decisión debe haber sido difícil de tomar, pero luego de eso, ¿cómo se vive ese proceso de despedida de algo a lo que le has puesto la voz y el cuerpo durante tanto tiempo? ¿Despedirte de Palabra Plena es un acto de amor y de respeto por la obra misma, para no vaciarla ni desgastarla?
—Es una obra que me cuesta mucho despedir. Sí, creo que es un acto de verdad, de mucho amor, con ese condimento de renuncia que debe conllevar el amor, porque estamos renunciando a un éxito, a una obra que sigue teniendo muchísimo público y que nos siguen pidiendo en todos los lugares adonde vamos (e incluso en aquellos a los que aún no hemos ido). Pero creo que la obra merece, después de haber pasado por todo lo que pasó... Acordate de que salió con un aforo de menos del 50 %, dejando dos butacas libres entre espectador y espectador, con la gente en barbijo, es decir, salió peleando en las peores condiciones y llegó hasta acá. Creo que se merece irse en plenitud, con los teatros agotados, con la gente emocionada y de pie, y con nosotros emocionados. Es que antes de salir al escenario a veces estamos a un costado con Carlos, nos damos el último abrazo y empezamos a decirnos, ya desde hace unos meses: “Cómo la vamos a extrañar, hagámosla con el amor que le tenemos porque la vamos a extrañar”. Muchos días no lo podemos conversar porque Carlos, que es muy sensible, se pone a llorar y le digo: “Pará, que tenemos que hacerla”, y dice: “Pero no puedo creer que no la vamos a hacer más”. Son muchísimas funciones, no sé cuántas, pero más de 500 debe llevar esta obra. Estamos en ese momento donde no te queda otra que despedirte, porque las cosas se terminan, todas. Los amigos, los padres mueren, uno se tendrá que despedir de todo en algún momento, hay personas que te dejan de amar y se van, y no te queda otra opción. Es muy difícil despedirte de algo que está vivo, vigente, que te da felicidad y amor. Me parece que ese es el gesto de amor que tenemos por la obra y también el compromiso para que la gente no interprete esto como un refugio en la comodidad de una producción que funciona. Siento que tenemos más cosas para brindarle al público.
—A mí me parece algo fascinante y muy disruptivo para la época, pensando en esta cuestión de que hoy en día la juventud tiene que ser eterna, la imagen tiene que ser espectacular siempre y nada tiene que terminar, sino vivirse en el momento. Acá hay una aceptación de la belleza del final...
—Lo más difícil de algo es concluirlo. Yo soy un obsesivo de los finales: de cómo se termina una pieza musical, un cuento, una novela, un ensayo y una obra de teatro. Me gusta mucho pensar que la última puntada en este capitoné que le vamos a dar a Palabra Plena va a ajustar los botones de modo tal que permita que se vaya, con todo respeto, una obra sólida. El Negro Dolina decía que, así como las personas que mueren jóvenes nos ahorran la imagen de su decadencia (él lo hablaba con relación a los amores), los amores que se terminan más o menos temprano nos ahorran detalles y cosas que hubiera sido mejor no vivir. Creo que esta obra ha tenido un recorrido mucho más extenso del que pensábamos, mucho más breve del que podría y, por ende, tiene el trayecto que nosotros artísticamente hemos planteado para que tenga el final que se merece. Aunque, como todos los finales, nos implica un duelo, y va a ser un duelo muy fuerte.
—¿Y qué aprendiste en todo este tiempo?
—Creo que profesionalmente es la obra que más me ha enseñado. No quiero ser injusto con el resto, porque cada una ha significado un escalón diferente para mí en un rol que no es mi profesión: el de actor. Esta es la obra que llega en el momento justo en el que he aprendido a sentir, por primera vez te diría, el escenario como un hogar. Camino el escenario feliz. Aprendí a sentirlo como la guitarra, por darte un ejemplo. Si me siento al piano me siento incómodo, estoy incómodo en un instrumento que manejo poco y que trato de estudiar lo mejor posible. Pero agarro la guitarra y puedo dar una conferencia con ella en la mano, puedo automusicalizarme, puedo acompañar a alguien que recita y armarle la melodía a tono con lo que habla. Puedo hacer un montón de cosas porque es mi hogar, es una parte de mi cuerpo. El escenario antes era como el piano, algo que me gustaba mucho, pero me resultaba trabado. Hoy siento que ya es como la guitarra. Esta obra me lo ha permitido por sus desplazamientos y por lo que implica, porque hay partes de oratoria, partes sentado, partes de pie, discusión, comedia y drama. Creo que ha terminado de enseñarme un montón de cosas que ya son parte de mi ser y de mi cuerpo, que es lo más difícil de lograr a la hora de actuar.
—¿Y cuánto implica en ese aprendizaje la presencia de Carlos, más allá de la confianza, del vínculo y de la gran persona que es? Porque además veía algo complicado para él: vos ya eras alguien muy reconocido y él debía compartir eso con vos. De hecho, hay momentos donde él gana la puesta, lo que habla de su profesionalismo, de lo gran profesional que es...
—Sí, no solo es un actor maravilloso, sino un director extraordinario. Creo que Carlos está entre los tres mejores directores teatrales de la Argentina. Me parece que no ha tenido el reconocimiento que merece como director, por las cosas que hace, las ideas que propone y los climas que genera su dirección, y después, por su talento sobre el escenario, su compañerismo y su estar siempre. Mirá, la otra vez en un teatro muy grande, cuando salió a saludar se generó una ovación que superó incluso a la que había aparecido cuando salí yo. Me emocioné mucho, le di un abrazo y le dije: “Disfrutalo porque te lo ganás con cada función, dejás la vida en esa escena donde te destrozás y te abrís de un modo tan cruel que después te encuentro llorando a un costado”. Le pone un nivel de verdad y de entrega fundamental. Me siento doblemente feliz: por la obra y por él.
—Gabriel, ¿cuánto de lo que somos se queda en lo que dejamos atrás?
—Mucho, mucho. Porque aquellas cosas que se van siempre se llevarán algo de nosotros. Creo que lo más duro de transitar un duelo o una pérdida es cuánto de aquello que se pierde se lleva de uno, cuánto del lugar que nos daba eso que amábamos ya no va a estar. Pienso en cuando muere un abuelo: se va él, pero también ese lugar del viejo preferido o cuando muere un amigo y se va el lugar que tenías para él y que no vas a tener para nadie más, o con un amor. Saber duelar y dejar ir algo es, antes que nada, saber dejar ir algo de uno mismo que ya no va a estar, y quizás es lo más doloroso. Eso y las cosas a las que renunciamos a seguir disfrutando, los sueños que ya no vamos a tener con esto que perdemos. Son sueños que no van a pasar. Entre lo que se lleva de vos y los sueños posibles que ya no serán, se va mucho de lo que uno ha sido y deseaba ser.
—¿Qué valor filosófico le das a ese ritual de mirar a los ojos a algo (en este caso voy a personalizar la obra), cara a cara, y decirle “gracias y adiós”?
—Me parece que esto es un poco la serpiente que se muerde la cola porque aterrizamos en el punto de partida, que es la despedida, ese lugar donde te quedás sin palabras. Pienso en Camus y en lo absurdo, en esto que decía de que el absurdo era un sujeto humano que pregunta y una vida que no responde. Esta cosa absurda de querer encontrar un sentido en una vida que no te va a responder nunca. Y creo que es eso: mirar a la obra con la contundencia de saber que no vamos a volver a vernos y que no vamos a encontrar palabras para comunicarnos lo que hemos vivido juntos, lo que dejaremos de vivir y lo mucho que nos vamos a extrañar. En este caso, ni siquiera el porqué nos separamos. Horacio Ferrer escribió una vez algo muy lindo sobre una charla entre una pareja que se separa: ella llora de modo desconsolado y él le dice: “Pensá que podría habernos pasado algo mucho peor”. Ella le pregunta qué, y él responde: “No habernos encontrado”. Este es el peso emocional y filosófico con el que me despediré de esta obra. Va a doler, pero hubiera sido mucho peor no haber hecho nunca Palabra Plena.
Los antiguos griegos hablaban del valor que tenían los ritos de despedida, porque al terminar algo se abría la posibilidad de transformar a la persona en algo nuevo. Por eso, Rolón cierra diciendo: “Creo que es así. Yo soy otro, de verdad, otra persona y otro artista después de Palabra Plena, un hombre que encara un desafío muy difícil. ¿Por qué? Bueno, ¿y después de esto? Después de una obra que durante cinco años me trae a hacer tres funciones, que me va tan bien que toda la gente sale emocionada, que no recibo más que este tipo de palabras porque la obra es tan movilizante... ¿qué se hace? Pero son de esos desafíos lindos que tiene un autor, un escritor o un director, en el caso de Carlos, tenemos este desafío por delante. Esperemos seguir estando a la altura de lo que la gente se merece y de lo que nosotros anhelamos”.
(*) Gabriel Rolón presenta Palabra plena el sábado 1 de agosto en el teatro Radio City a las 18.30 y a las 21:00.
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