¿Te acordás de la estatua del perrito en la costa? El reclamo performático por la cultura local cuyas creadoras se mantenían en suspenso
Luego de que apareciera de forma anónima una estatua de una mujer frente a la costa marplatense, surgió la escultura de un perrito. A diferencia de la primera, en este caso no se sabía quiénes la habían realizado. Las artistas cuentan a 0223 cuál fue el motivo y cómo fue montarla en aquel espacio, un reclamo performático que generó todo un debate sobre qué es el arte y las políticas públicas en la sociedad.
En febrero de 2021, una figura femenina de cemento apareció de la nada sobre las rocas de Playa Chica. Mar del Plata se deshizo en especulaciones. En los medios de comunicación se habló de un “hecho fantástico”, las autoridades escoltaron la obra y prometieron premios para el autor desconocido, mientras los sorprendidos marplatenses buscaban la foto perfecta. Sin embargo, para la comunidad artística local, el espectáculo dejaba al descubierto un vacío: mientras se romantizaba una estatua anónima, las políticas culturales de la ciudad no existían.
Un breve tiempo después, en plena Semana Santa, las mismas rocas amanecieron con un nuevo habitante: un perro de yeso que se ubicaba junto a la otra. Pero en este caso, la municipalidad tardó apenas unas horas en retirarlo con una barreta y, a diferencia del anterior, este generó toda una discusión sobre el “valor estético” de las obras de arte entre los vecinos, llegando a hablar hasta de “un atentado al patrimonio”.
Si bien con el tiempo se supo quién había colocado la primera estatua, la autoría de esta segunda obra se mantuvo en suspenso.
“En realidad, fue una performance, porque el perro es un perro de yeso que estaba en un ático de una casa que compró alguien de mi familia. Entonces, fue mi hermana, que lo estaba por tirar, y me dice: ‘Mirá Julieta, si te sirve esto para hacer algún arte, llevalo’. Bueno, hablando con Kika, se nos ocurrió ponerlo en la costa simulando que era el perro de la chica”, comienza diciendo Julieta Basso, quien junto a Claudia “Kika” García Lorente forma el dúo de arte performático y visual Pipisherman.
El contexto
Las consecuencias de la pandemia se hacían sentir en toda la ciudad, que de a poco comenzaba a resurgir con algo más de movimiento. Pero el confinamiento del año anterior y los aforos permitidos habían provocado mucha incertidumbre y los artistas, en su totalidad, la habían pasado muy mal y no llegaban a recuperarse.
Los constantes pedidos a la Municipalidad para su recuperación no eran atendidos, y las dudas y el enojo aumentaban en el sector.
“Lo organizamos para Semana Santa porque sabíamos que iba a haber algo más de gente. Era la época de la pandemia, antes de eso, cuando salió la estatua de la mujer, la Municipalidad la escoltó varios días y luego la restauraron a la semana. Nos parecía todo un circo, porque nosotros íbamos a pedir algo en cultura y nunca había nada. Esto va más allá de si te gustó o no te gustó la escultura de la mujer o la del perro, no pasa por ahí, pero hasta lo buscaban para darle un premio a alguien que, después se confirmó, ni siquiera era artista, y creo que al final no se lo dieron tampoco. Nosotros habíamos escrito una carta con más de doscientas firmas solicitando ayuda y nada”, manifiesta Julieta.
Y Kika agrega: “Claro, estaba todo muy difícil, y nos pareció la aparición de la mujer un hecho fantástico, un hecho misterioso que a todo el mundo le encantó la noticia, porque generó muchas visitas de turismo, qué sé yo, y fue medio como una cosa política también, un hecho gracioso que permitía hablar de la cultura. Y mientras tanto nosotros, después de la pandemia, habíamos quedado muy preocupadas por el tema de la gestión política del momento. Fue un poco a partir de ese hecho que nos animamos a escribir una carta con más de 200 firmas para saber cuál era el proyecto cultural que tenían para la ciudad, a la que no recibimos ninguna respuesta. Esto fue desde el veintipico de febrero, que apareció la mujer, hasta el primero de abril, que apareció el perrito. Y bueno, quedó como que el arte nacía por invención divina de las rocas, nunca mejor dicho, y así apareció una escultura. Genial. Pero ¿de dónde salió la escultura? O sea, buenísimo, nos encantó a todos, fue un detalle de color hermoso en medio de tanta tristeza. Después apareció el perrito y ahí se armó un debate, porque la noticia generó prensa y se generó un debate social, donde la población de la ciudad empezó a opinar sobre el tema. Y al perrito lo sacaron de mañana los de la Municipalidad, diciendo que eso no iba, que no se podía hacer”.
El hecho
Kika y Julieta pensaron inmediatamente en colocar la estatua del perrito junto a la de la mujer. Sabían que solas no podían y pidieron ayuda: Ignacio Mendía colaboró en todo el trabajo.
El perro parecía hecho a medida, la escala era similar, e inmediatamente se romantizó la postal costera con aquella mujer que esperaba vaya a saber qué, acompañada por su perro.
—¿Y qué pasó con todo eso?
—Kika: Lo loco fue eso, que el perro activó un debate sobre qué era arte y qué no, por qué la chica fue aceptada pero el perro, como decían que era feo, que era algo hecho en serie, muy de los jardines de los 60, ¿no? Y comenzaron a plantear en los medios de comunicación si eso era arte o no, porque habían rastreado que el perro ese se vendía en una plataforma de ventas. Cuál era el criterio para considerar algo arte, qué no era arte, y eso fue lo loco: la gente terminó hablando de qué es arte y qué no, que si querés armar ese debate en la sociedad te cuesta un montón, si lo lográs armar.
—¿Cómo fue esa noche?
—Julieta: Fuimos en el auto de la pareja de Ignacio, era de noche, pero no muy tarde, porque todavía no se podía salir mucho. Entonces, yo había comprado cemento rápido para pegarlo, pero hacía tanto que no íbamos a esa zona de la costa que tampoco teníamos clara la ubicación, entonces, estacionamos arriba del Parque San Martín, porque el del auto dijo: “Mejor acá porque nos van a enganchar las cámaras, el auto, la patente”. Paramos ahí y llevábamos un bidón con agua, un balde y el cemento. Todo tenía que ser muy rápido: ponerlo e irnos corriendo, no sé qué fantasía teníamos con que nos iban a agarrar. Estábamos con los barbijos, las capuchas, un frío terrible de abril en Mar del Plata. Bueno, bajamos del Parque San Martín, y era re lejos de donde estábamos estacionados. No llegábamos más a la estatua. Así que bajamos hasta ella y, cuando la íbamos a poner, Nacho dice: “Puta madre. Se endureció el cemento”. Estaba todo oscuro, no se veía nada. Y no lo podíamos pegar, estábamos recalientes, volvimos al auto y alguien comenta que en su casa tenía cemento blanco. Pero lo que tenía no era cemento, era cal, no cemento. Bueno, iba todo mal, pero venga igual, y así fue como lo pegamos, quedó mal pegado. Lo gracioso es que eso también generó un debate, porque la gente decía en los medios: “Yo soy albañil y pego las cosas mejor que estos, que dicen que son artistas”.
Las discusiones y los debates abarcaron diversos temas por aquellos días: desde qué es arte hasta la cuestión del especismo, por qué la mujer sí y un perro no, pasando por las técnicas sobre con qué pegarlo, hasta llegar a si todos y todas teníamos la posibilidad de colocar una estatua en un espacio público.
La cuestión es que la estatua del perrito fue desalojada inmediatamente de su lugar. Kika agrega: “Cultura reaccionó declarando al objeto como patrimonio artístico del momento, porque en su momento la restauradora dijo que la obra iba a quedar a resguardo en Villa Mitre hasta que aparecieran los autores. En realidad, lo que estamos develando ahora es eso, la autoría”.
—Es decir, ¿que la estatua del perrito ahora está a “resguardo” de la Municipalidad en Villa Mitre?
—Kika: Claro, esperando que nosotros reconozcamos la autoría. Hace un tiempo, una amiga fue a hacer una filmación ahí, descubrió que estaba el perrito e hizo de nuestra informante, porque nos contaba que está en buenas condiciones, decía: “Quédense tranquilas que está bien” (risas).
—Julieta: En realidad, el perrito era todo eso: era la acción de ir, de esperar respuestas, de ver qué pasaba. Ya que haya ido la restauradora a explicar por qué eso no era arte y lo sacaba, era mucho. Igual estuvo muy bien, porque al final no dijo que eso no era arte. Dijo que los criterios son muy diversos, no sé qué, pero a la otra estatua le iban a dar un premio y la restauraron, y a la nuestra la agarró con una barreta y la cargaron en una camioneta y la llevaron a Villa Mitre. Salió en los canales locales mientras sacaban al perrito en las camionetas de la Municipalidad.
—¿Por qué nunca dijeron nada? ¿Qué van a hacer ahora con el perrito?
—Julieta: Hay que rescatarlo ahora (risas). Nuestro miedo era que nos pongan una multa o que se nos complicara con algo, pero ya la verdad es que la Municipalidad no nos va a dar nada, nunca nos dio nada, así que de última que nos devuelvan el perro (risas). También nos hubiese gustado... Nosotros dijimos: “Bueno, si queda el perrito, genial”. Tampoco sabíamos qué iba a pasar, lo pusimos como diciendo: “Bueno, si este señor puede poner esa mujer, yo puedo poner este perrito, y el que quiera puede poner lo que se le ocurra”. En la ciudad hay un montón de artistas, 200 nomás fueron los que firmaron la carta en aquel entonces, y queríamos decir que los artistas estamos acá, que estábamos viendo que estaban haciendo cualquier cosa, por qué no nos llaman. Obviamente que no nos llamaron, entonces eso era para molestarlos, pero no sabíamos si lo iban a dejar o qué iba a pasar en realidad. Y lo que pasó fue en realidad con los medios, porque la Municipalidad lo que hizo fue ir y sacarlo.
Los resultados
Transcurridos varios años de aquella propuesta política, la autoría y la intención de la estatua del perro deja de ser un secreto para convertirse en parte de la crónica urbana de Mar del Plata. Aquella carta enviada a las autoridades en 2021 nunca se respondió, pero la figura de yeso cumplió su cometido: provocar que el arte, la cultura y los artistas estén en la discusión pública.
El perrito de yeso descansa en Villa Mitre como un trofeo involuntario. Las rocas de Playa Chica recuperaron la calma, pero en la memoria de la ciudad quedó marcada la noche en que el arte marplatense eligió la clandestinidad y el absurdo antes que callar frente a su emergencia.
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