¿Cómo eran los conventillos de Mar del Plata?

Mar del Plata ocultaba tras su postal aristocrática una vibrante vida obrera en conventillos como el de Mitre y Belgrano. Allí, inmigrantes, cocinas colectivas y el histórico Bar de Constante gestaron la rebelión contra los abusivos alquileres de 1907. Otras historias de conventillos en nuestra ciudad.

A principios del siglo XX, Mar del Plata albergaba numerosos conventillos.

6 de Septiembre de 2026 18:40

A principios del siglo XX, Mar del Plata albergaba numerosos conventillos, pero tres marcaron la historia obrera local: el del puerto (Avenida de los Trabajadores y Gaboto), el céntrico de España y Colón, activo en la huelga de 1907, y el de Mitre y Belgrano, el de mayor capacidad y protagonismo social.

Mitre y Belgrano o el conventillo del Bar de Constante

Para finales del siglo XIX, Mar del Plata ya comenzaba a proyectarse como el balneario de la aristocracia, pero en pleno centro de la ciudad se levantó esta primera casa de altos. Aquella edificación de dos plantas, lejos de convertirse en una residencia de lujo, pasó a la historia popular como el conventillo del Bar de Constante, un hormiguero de vidas inmigrantes apiñadas a pocos metros de la costa.

Los piletones que daban al patio de los conventillos.

La casona por dentro: entre galerías y duchas heladas

Para cruzar el umbral del conventillo había que atravesar un imponente portón doble de madera sobre la calle Mitre. Del otro lado se abría un patio inmenso, custodiado en el centro por una higuera gigante que daba sombra a los vecinos.

A su alrededor se organizaba la vida diaria. Las piezas se alineaban una al lado de la otra en dos niveles: las de la planta baja abrían sus puertas a la galería principal, mientras que las del primer piso daban a una pasarela de madera bajo techos de chapa. Ninguna habitación tenía ventana a la calle, por lo que todo el aire y la luz entraban exclusivamente desde el corazón del predio. En el centro del patio se ubicaba la batería de baños y duchas comunitarias, donde el agua fría hacía tiritar a los inquilinos durante los duros inviernos marplatenses.

Pilas de ropa, un jaulón de pájaros y la cocina colectiva

El movimiento en las galerías empezaba temprano. Frente a cada pieza se tensaban alambres que cruzaban el aire repletos de ropa colgada, lavada previamente en tres grandes piletones de uso compartido.

La preparación de las comidas era otra odisea comunal. Los vecinos se turnaban en una habitación adaptada como cocina única para todas las familias. En medio del trajín de ollas y humo, el patio tenía su propia banda sonora: don Iñaki, uno de los residentes más antiguos y solitarios, según las crónicas de Sara Garfinkel, cuidaba con dedicación un enorme jaulón lleno de pájaros cantores que le ponían música a las tardes de la casona.

La huelga reflejada por Caras y Caretas.

El Bar de Constante: el corazón social de la esquina

En la esquina achaflanada de la propiedad funcionaba el alma del lugar: el Bar de Constante. El local cumplía una doble función estratégica. Por un lado, era el almacén donde se compraba lo indispensable para el día, yerba, azúcar, harina o fiambre, por el otro, era una taberna de barrio con un mostrador recubierto de estaño.

Allí, entre vasos de vino y humo de cigarrillo, los obreros del centro se encontraban al caer la tarde. En ese mostrador se cruzaban idiomas, debates políticos, credos y nostalgias de ultramar, transformando a la esquina de Belgrano y Mitre en el verdadero motor social de un edificio que ayudó a moldear la identidad trabajadora de la ciudad.

La famosa huelga “de las escobas” y la revancha del marinero inglés

Detrás de la postal veraniega y los chalets de la aristocracia, los conventillos de Mar del Plata resguardaban un universo propio. Entre sus galerías no solo convivían el idioma de los inmigrantes y los aromas del mundo, sino que también se gestaron huelgas históricas a fuerza de escobazos y desembarcaron personajes tan insólitos como inolvidables.

La huelga reflejada por Caras y Caretas.

Corría agosto de 1907. Para amortiguar un inminente impuesto inmobiliario, los propietarios de las casas de inquilinato decidieron adelantarse e incrementar fuertemente los alquileres. La jugada fue un golpe demoledor: si los pagos ya se llevaban el 30 % del jornal obrero, con el aumento alcanzaban la mitad del sueldo. Rentar un cuarto precario en el Río de la Plata llegó a costar hasta ocho veces más que en París o Londres.

La paciencia se agotó en el conventillo Los Cuatro Diques del barrio porteño de La Boca, y la chispa no tardó en encender a Mar del Plata. De pronto, en los patios donde antes se compartían chismes, nació la consigna de no pagar un centavo más.

Escobas levantadas y la respuesta de la policía

Cuando la policía del coronel Ramón Falcón intentó concretar los desalojos en Buenos Aires, se topó con un frente inesperado. Las mujeres y los chicos salieron a defender sus casas arrojando agua hirviendo y a puro escobazo. La escoba mutó de herramienta doméstica a símbolo de la protesta, con cientos de niños marchando por las calles bajo el lema de barrer las injusticias del mundo.

El movimiento, promovido por referentes anarquistas como Virginia Bolten y la joven de 18 años Juana Rouco Buela, fue reprimido brutalmente con desalojos a manguerazos de agua helada en plena madrugada. El trágico saldo incluyó el asesinato policial del orador de 15 años Miguel Pepe y la deportación de las referentes obreras bajo la Ley de Residencia. Sin embargo, la dignidad de los inquilinos dejó una huella imborrable en la historia social del país.

Para profundizar en el conflicto de 1907, la resistencia en los patios también se sostuvo gracias a una red de contención inédita entre las familias. Ante las amenazas de desalojo inminente, las militantes del Centro Femenino Anarquista, entre ellas María Collazo y Teresa Caporaletti, organizaron campamentos de emergencia con carpas y ollas populares para albergar a quienes eran arrojados a la calle. Mientras tanto, en los conventillos de Mar del Plata y otras ciudades del interior, el patio dejó de ser un simple lugar de paso para transformarse en una asamblea permanente donde se leían folletos de la FORA y se debatía cómo resistir los embates de la justicia.

En Mar del Plata, la adhesión a la huelga de inquilinos cobró un matiz particular debido al marcado contraste de la ciudad. Mientras las familias patricias levantaban sus opulentos chalets sobre la costa, los picapedreros, obreros de canteras y peones del puerto que construían la villa balnearia vivían hacinados en casillas de chapa y casas de inquilinato. Cuando los aumentos abusivos de los alquileres llegaron a la costa atlántica, los conventillos marplatenses, desde la zona centro hasta los asentamientos obreros cercanos a las obras marítimas, se declararon en rebeldía, organizando comités de huelga en los mismos patios donde a diario se compartían las pautas de trabajo.

Las mujeres al frente del reclamo.

La resistencia local estuvo fuertemente impulsada por las familias de los trabajadores de la piedra y del mar, quienes adoptaron la misma consigna de no pagar un solo centavo hasta que se diera marcha atrás con las subas y se mejoraran las precarias condiciones sanitarias. Al igual que en las grandes urbes, las mujeres de los conventillos marplatenses asumieron el control de los accesos a las viviendas, frenando las intimaciones a pura firmeza y garantizando la solidaridad comunitaria. Esta protesta dejó en evidencia la contracara de la pujante ciudad turística, demostrando que detrás de la postal aristocrática existía una comunidad obrera organizada y dispuesta a defender el derecho a un hogar digno.

Constante y César el electricista sordo. (Imagen del libro de Sara Garfinkel)

El insólito destino del exmarino César Willard

Años más tarde, en la década de 1920, el conventillo del Bar de Constante fue el escenario de una comedia con tintes de justicia poética. Allí se instaló César Willard, un imponente marinero inglés de casi dos metros y 90 kilos que había llegado en 1925 a bordo del acorazado HMS Repulse.

Su paso por el deporte local fue tan breve como desastroso. Para recaudar fondos lo hicieron subir al ring contra un rudo gaucho de Mechongué. Willard, que en verdad era un muchacho pacífico y prefería el croquet, cayó noqueado de tal manera que quedó sordo del oído izquierdo. Tras el chasco, desertó del barco, se afincó en el conventillo y aprendió el oficio de electricista, haciendo arreglos gratis para los vecinos a cambio de comida o lavado de ropa.

Un cortocircuito con sabor a revancha

La vida de César dio un giro cómico cuando fue contratado para realizar la instalación eléctrica en una ostentosa residencia de estilo francés ubicada justo enfrente de su conventillo. Las dueñas de la mansión lo volvieron loco con exigencias caprichosas e insensatas: pedían cables ocultos tras el papel tapiz, luces indirectas para disimular arrugas y encendidos secuenciales, entre otras cosas imposibles para la época.

Cansado del maltrato, el exmarino diseñó una sutil venganza: colocó la caja de fusibles en el rincón más alejado e inaccesible del sótano. Un mes después, las mujeres sobrecargaron la red conectando varios artefactos en simultáneo, provocando un cortocircuito que terminó reduciendo la casona a cenizas. Mientras las llamas avanzaban, César Willard observaba la escena desde el patio de su conventillo mateando tranquilo.

 

Lo más

leído