Microdramas, de Constanza Michelson o la levedad como forma de habitar la incertidumbre
Constanza Michelson presenta Microdramas. El peso de lo leve (Paidos – 2026), una obra que explora la levedad y la condición humana a través de lo cotidiano. Ante el colapso del tiempo y los discursos prefabricados, la autora nos invita a habitar la contradicción y fabricar porvenir desde los pequeños gestos.
Microdrama: palabra formada por el prefijo micro- (proviene del griego mikros, que significa "pequeño" o "de escala reducida"; indica brevedad, condensación o formato miniaturizado) y el lexema o raíz drama (que también proviene del griego drāma y que significa "acción", "obra teatral" o "suceso conmovedor").
Detrás de la morfología del título se esconde el misterio y la revelación que ha logrado la escritora chilena Constanza Michelson en su nuevo libro: Microdramas. El peso de lo leve (Paidós – 2026).
En la obra, la autora explora la naturaleza de los momentos cotidianos, esos breves instantes, a veces invisibles, en los que alguien pone en juego su propia vida sin ser plenamente consciente de ello. Para ella, "la verdad en lo humano no reside en los grandes dogmas o discursos, sino en esos pequeños gestos, ambigüedades y contradicciones que definen nuestra identidad más allá de las etiquetas sociales".
—Constanza, me gustaría comenzar por la voz narrativa del libro. ¿Cómo fue encontrar esa voz narrativa? Está esa cuestión fragmentaria, pero que a su vez tiene un sentido totalizador. ¿Cómo fue jugar con lo íntimo? ¿Pensabas que podía generar cierta incomodidad en el lector o, al revés, que podía generar un refugio?
—No sabía si iba a generar incomodidad o intimidad, aunque sí lo podía esperar. Creo que esa es un poco la voz que busco en la narración. Ahora que me lo preguntás, creo que, en el libro anterior, Nostalgia del Desastre, ya venía jugando con esa idea de saber quién es el que narra, o que no se sabe hasta cierto momento. Hay algo en eso de jugar con distintas voces, en ese libro es la misma, pero en este se me ocurrió probar con distintos narradores. En algunos pasajes de este libro narra Tiresias, por ejemplo. Quería jugar con eso: distintos narradores que estuvieran en su escena, con distintas maneras de entrar a su problema.
—Está muy bien eso, porque, además, no pierde la intimidad a pesar del cambio de voz, y eso me parece lo más interesante.
—Qué bueno que resulte así. Lo que buscaba era que quien narraba cada una de estas historias estuviese implicado en las escenas, que no hablara simplemente desde afuera. Incluso al final, cuando digo "voy a hacer la teoría de los microdramas", donde claramente la narradora es la autora, también quería estar en el problema. Tenía que ser una especie de teoría un poco fallida para explicar esta idea de que la teoría te llega a veces por los pies y no por la cabeza ni por los libros. Ese era el propósito.
—Totalmente, y ahí me parecía sumamente interesante cómo entra a pensarse la cuestión del cuerpo. Por ahí me voy un poco del libro, pero me parece interesante cómo pensás esta cuestión de que entra todo por el cuerpo primero y después por la cabeza.
—Claro, estoy atravesadísima por eso, digamos que, si me preguntaras, solo hablaría de eso. Pensaba, un poco resistiéndome a algo que está muy presente en estos días, pero que no es nuevo, que es la idea de que el mundo está tan raro y tan incierto, que la tentación es pensarlo desde la teoría, ¿no? Desde la teoría crítica, desde la teoría de esto y desde la teoría de lo otro. En este momento ya no soy capaz de hacer teorías sobre el mundo ni futurología, más bien sentí la necesidad de ponerme a pensar, justo cuando hay tantos diciendo que el mundo se acaba y quién sabe qué más. Bueno, no tengo cómo saber si eso va a pasar, pero mientras tanto, para los que estamos vivos, mi pregunta es: ¿cómo pensamos?, ¿cómo vivimos? Incluso con el horizonte de la incertidumbre. Esto es una cosa de la especie, somos conscientes de que vamos a morir, ¿no? Y ¿cómo vivimos? Para mí eso es una cuestión casi milagrosa. Vivimos, vivimos y nos pasan cosas, y pensamos cosas e incluso a veces mejoramos y somos mejores personas, incluso crecemos psicológicamente a partir de ciertos eventos, incluso sabiendo que nos vamos a morir. O sea, eso a mí me parece, no sé cómo decirlo, el adjetivo, me parece impresionante.
—Es sorprendente. Creo que la palabra es "sorprendente". Sabiendo que nos vamos a morir, seguimos haciendo planes para mañana…
—Claro. Y ante eso uno se pregunta cosas como: ¿me quiere esta persona que está al lado? O sea, ¿que eso nos importa y nos vuelve la cabeza? Somos una especie muy curiosa. Lo que quería era llevar todas estas grandes cosas y grandes nostalgias a otro campo. Mirá, pensaba en esto, que no está en el libro, pero se me ocurrió después, y me pongo psicoanalítica, mi otro oficio, que la nostalgia está hecha de esta idea de que somos monos separados. Monos que nos bajamos de los árboles, entonces estamos despegados, que en psicoanálisis se llama de alguna manera la separación de la madre (no de la mamá de uno, digamos, sino la Madre con mayúscula). Entonces, ¿cuántas nostalgias están hechas de ese anhelo de fusión? Desde el carnaval, desde el fascismo, desde el amor, el amor romántico, desde la droga... todas estas necesidades de tener un poquito de paraíso de vez en cuando. Sin embargo, yo pensaba: aquellas madres o las personas que ejercen un rol de cuidado son siempre las que encuentran las cosas perdidas. Y esto es lo interesante: que la persona en la casa que encuentra las cosas perdidas, o cuando tú mismo creces y te das cuenta que tienes que fijarte dónde dejás tus calcetines para encontrarlos mañana, hay un progreso en el sentido de que, estás creando un mañana, porque asumes que mañana los vas a necesitar, y ahí creaste tiempo. No una ideología, no un mundo mejor, pero creaste porvenir. Entonces, pensaba que es interesante esta idea de que quizá dejamos de llorar por los horizontes o por los paraísos que no son, no van a ser y no fueron, y quizás pudiéramos procurar fabricar tiempo en estas cosas. Algo de eso tiene que ver con poder seguir adelante, me parece, incluso en tiempos inciertos. Alguna vez leí un libro que me impresionó mucho: Una mujer en Berlín, de una periodista alemana anónima. Narra los días al final de la guerra, cuando no había internet y no sabías qué pasaba. En Berlín quedaban casi solo mujeres y entraban los soldados rusos. Ellas relatan escenas espantosas donde está la destrucción total de lo humano y, sin embargo, un día explota una caldera en el edificio y salen a intentar salvar una alfombra y los muebles. Se preguntan por qué lo hacen, y la autora concluye que hacer cosas como si todavía hubiera mundo salva algo de ese mundo en la vida cotidiana. Bueno, ese es el terreno de los microdramas.
La naturaleza del microdrama no se define como una lección moral, sino como una marca indeleble que dejan las bifurcaciones cotidianas. Un microdrama es una escena en la que alguien se juega un pedazo de vida, sin saber bien qué está en riesgo ni qué es, exactamente, la vida. Lo que busca Michelson es que, a través de anécdotas como el impulso de cortarse el cabello o la dificultad de cambiar de opinión, se analice cómo el "yo" es una construcción tensa. A menudo, lo que llamamos coherencia es simplemente la incapacidad de aceptar que dentro de uno mismo conviven fuerzas opuestas que no necesitan turno para manifestarse. Entonces, frente a la automatización de la vida y el discurso prefabricado, la autora se manifiesta por una forma de "estar" atenta al otro, porque "habitar la propia contradicción sin intentar resolverla es, en última instancia, el acto político y personal más honesto para no sucumbir a la lógica de la masa o el automatismo".
—¿En qué momento sentiste que la categoría de drama ya no alcanzaba y necesitabas acotarlo a lo micro?
—Por un fracaso. A mí me pasa, y creo que a mucha gente, que después de un libro quedan restos de lo que no entró. Me había quedado pegada con un ensayo de Gabriel Josipovici sobre la Biblia. Él lee la Biblia como escritor y crítico literario, y señala que hay evangelios que cierran la lectura y otros que son "abiertos". Cuando Jesús está en Getsemaní y pide a sus amigos que velen por él, se quedan dormidos. En algún evangelio baja un ángel que dice "todo estará bien", lo cual es un recurso literario pésimo. En cambio, cuando Jesús en la cruz dice "Padre, ¿por qué me has abandonado?" y nadie contesta, es mucho más interesante porque a veces la vida es una mierda y no hay respuesta. Cuando la Biblia se mantiene abierta, muestra el acto ético: no hay sentido, pero igual importa lo que haces. Buscas los calcetines, aunque se vaya a caer el mundo. Quise escribir un libro sobre los grandes relatos y la mitología griega, pero me metí en Edipo y no podía avanzar. Un editor me pidió que entregara algo y yo no podía. Entonces empecé a ver esas escenas bíblicas y mitológicas al lado mío, con mis hijos y amigos. Empecé a sacar fotos con el teléfono y a escribir sobre eso como un juego, hasta que me di cuenta de que todos estos relatos no son una abstracción ni sobre dioses: son materiales, sucios, ambiguos y a ras de piso. Ahí decidí salir de los grandes dramas para convertir acontecimientos en historias. Convertir un golpe, un carcinoma o lo que sea en una historia que nos cruce a todos.
—Quería preguntarte por esta cuestión del amor. Hay un libro de Alain Badiou, Elogio del amor, donde lo define como un acontecimiento irruptivo que rompe la seguridad del individuo. En base a eso y a tu libro, ¿qué costos existenciales pagamos cuando priorizamos la seguridad sobre la irrupción del amor?
—Haría una distinción entre el deseo y el amor. La parte incómoda que te rompe, de la que habla Badiou, es el deseo: esa inquietud repentina por alguien que te descoloca. Luego, si hay reciprocidad, viene el momento del amor pasional, que es la fiesta, el carnaval, querer comerte al otro. Hélène Cixous dice algo muy sutil: "El amor es tener ganas de comerte al otro, poder comértelo, pero dar el mordisco justo para no comértelo". Cuando uno ama pasionalmente quiere esperarlo todo, pero después viene darte cuenta de que son dos personas distintas. Hoy nos protegemos más del deseo. Incluso hay aplicaciones de citas que buscan darte todo servido para que ni siquiera tengas que hacer match. Hay estudios que muestran que hay menos encuentros sexuales en las generaciones jóvenes, parece que nos estamos evitando. Pero, aunque intentemos borrar el vértigo del deseo, la parte caníbal sigue ahí, tal vez desplazada hacia objetos, grupos o ideas. Nos saltamos la incomodidad del deseo, pero la necesidad de fusión está más presente que nunca.
—Me quedé pensando en ese regreso necesario a la animalidad, a ese deseo de querer comerse al otro. Recordaba algo que juega con esto tan sutil que dice Cixous: los gatos, cuando juegan, te muerden sin clavar el diente para demostrarte que podrían hacerte daño, pero no lo hacen. La explicación etológica dice que las mordidas suaves durante el juego no responden a una exhibición de poder o amenaza, sino a un mecanismo de comunicación social. Desde cachorros, los gatos aprenden junto a su madre y hermanos a medir la presión de su mandíbula: si muerden con fuerza, el juego se interrumpe, por lo que entienden que para mantener la interacción social la mordida debe ser simbólica. Es decir que son como gestos de afecto y confianza que reafirman el vínculo con quienes consideran parte de su grupo seguro.
—¡Qué lindo eso! Me parece precioso el ejemplo del gato. El gato elige un poco porque está programado por el instinto, en el ser humano, como somos monos separados de los árboles, nada nos está dado ni tan programado. Esa imagen es muy fina en ese sentido. Y me quedé con una idea tras el libro a propósito de Edipo: en su escena crucial, cuando se cruza con Layo en la encrucijada, no interviene ningún dios ni ninguna profecía. Simplemente ninguno se deja pasar por idiota y se arruinan, cumplen la maldición. Me interesa mucho ese asunto de dejar pasar o no en la encrucijada: morder o no morder. Uno siempre puede destruir a quien tiene en sus manos, a los hijos, la pareja, una compañera de trabajo, la posibilidad siempre está. En los microdramas existe esa encrucijada donde puedes caerle encima al otro o dejar algo para mañana. Cuando entiendes que hay tiempo, que insisto, no es algo obvio, no tienes por qué tener la razón hoy si puedes seguir hablando mañana. Si todo es hoy, es a muerte. En el mundo de Edipo no hay tiempo ni generaciones, solo insectos, y por lo tanto es a muerte. El papa Francisco decía en una encíclica que cuando no hay tiempo, la lucha es por el espacio. Yo me lo imaginaba así: como un ascensor que se queda parado y ya no va a ninguna parte. La gente, que no tiene por qué odiarse, empieza a apretarse, falta el aire y comienzan los codazos. Cuando nada se mueve, solo queda pelear por el espacio. Me pregunto qué pasa con la dimensión del tiempo hoy, con esta idea de que no hay futuro. Tengo hijos y no podría transmitirles eso. ¿Qué pasa cuando no hay tiempo? Lo pienso mucho en la política actual, donde todo es tan loco y da la impresión de que no hay mañana, estos nuevos presidentes que capitalizan la furia y uno no sabe bien cuál es el propósito de instalar o destruir qué.
El propósito del texto parece estar en la aceptación de que la vida humana es una transición sin resolución definitiva. Para eso, el libro cuenta con una estructura más que acertada para ese fin, ya que Michelson utiliza la brevedad ("lo micro") no como una limitación, sino como una lente de aumento para observar las fracturas de lo cotidiano.
Microdramas no es un libro que ofrezca soluciones, sino que, por el contrario, desmonta las falsas salidas que usamos para no mirar el abismo de nuestra propia inconsistencia. Es, en esencia, un mapa de la condición humana en un tiempo donde la tecnología nos promete respuestas que, al final, solo nos dejan más solos.
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