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República de Mar del Plata: la ley del Gallego Aldrey

República de Mar del Plata: la ley del Gallego Aldrey

Por Redacción 0223

por Carlos Marino, director de 0223 

El desguace del diario El Atlántico nos tomó a muchos por sorpresa, pero no desconocíamos que tarde o temprano iba a pasar. En 2001 tuvo su primer cimbronazo, con el despido de la mitad de los periodistas, y la venta de la rotativa, debido a un embargo judicial. ¿Quién la compró? Florencio Aldrey Iglesias. Ya nada fue igual. Un diario sin una rotativa, es como un café sin cafetera express. Ese capítulo se cerró en 2004 cuando la administración del diario pasó a manos del Grupo Olmos. Hubo un espejismo durante algún tiempo: mejoras en las condiciones de trabajo y el regreso de una rotativa, el alma de un diario. Pero fue solo eso, un espejismo. La máquina se desmanteló para supuestos arreglos y jamás volvió. Más allá del extraordinario trabajo del equipo periodístico y humano, la política empresarial de entregar un diario casi a media mañana porque se imprimía en Capital es descabellada. Así se torna imposible hacer un diario serio para una ciudad tan importante como Mar del Plata.

Hoy, como hombre de medios, me despierta preocupación la fuente de trabajo y la estabilidad de las familias de nuestros colegas. Son víctimas de un manejo poco claro del viejo y querido diario El Atlántico. Ese que mi vieja compraba con la ilusión de ganarse algo con aquellos bingos; ese que muchos marplatenses consultaban para conocer las noticias vinculadas a las causas por delitos de lesa humanidad o el accionar de CNU; o aquel que no escatimaba espacio para difundir el fútbol local. Hablamos de desguace porque curiosamente lo que se compró fue “la marca”, mientras que el edificio –aparentemente- queda bajo la órbita del sitio web Crónica de la Costa. Es claro: divide y reinarás.  

Pero más allá de los recuerdos y de la solidaridad con nuestros colegas, hay una discusión más profunda que tiene que ver con el poder político, el económico y el de los medios. Al Grupo Olmos nunca le interesó el diario El Atlántico e intentó en varias oportunidades sacárselo de encima. Pero hay tantas desprolijidades, juicios, deudas, que a pocos puede importarle. Como empresa, uno de los que se interesó en su época de expansión fue Sergio Szpolski, empresario de medios ultra k que cosechó pocos éxitos más allá de la cuantiosa pauta publicitaria que recibe.

La irrupción del empresario Néstor  Otero pone a las claras que no existe un interés periodístico detrás de la compra (o gerenciamiento, como le llaman). Existe una voluntad de seguir encumbrando a Florencio Aldrey Iglesias para que se afiance en soledad, ya no en el cuarto poder, sino en el único poder de Mar del Plata. La incorporación de Raúl López como director –hasta el viernes último mandamás en La Prensa, propiedad de Aldrey- o la irrupción del columnista Adrián Freijo, hombre vinculado a la CNU y director de una de las tres AM que el Gallego tiene en Mar del Plata, lo demuestran. 

Si bien el dueño del multimedios La Capital ya se movía con impunidad, la compra de El Atlántico por empresarios y personas de estrecha ligazón se entiende como una demostración de fuerza en la que el empresario no sólo absorbe a sus potenciales competidores, sino que le muestra al poder político que es el único medio por el cual podrá comunicar sus ideas. El mapa de medios de Aldrey es amplio: La Capital, LU6, LU9, AM 1620 –las tres con sus respectivas FM- y un canal de cable. Eso solo en Mar del Plata. El poder político local, provincial y nacional le dicen a don Florencio “A sus plantas rendido un León”. 

La otra demostración de don Florencio es que ha castigado no sólo a quienes osaron desafiarlo en términos políticos y mediáticos, sino también a los empresarios de la ciudad. Solo hay que recordar el enfrentamiento que tuvo con Antonio Toledo. La ley de don Florencio es clara: “Todo lo que no esté bajo mi control es una amenaza, es enemigo. No hay grises”. Y deja en claro a los empresarios locales que ni se les ocurra ingresar al negocio de los medios de comunicación. Imagínese que si ni siquiera los que vienen de afuera pueden, ¿cómo alguien de la ciudad se va a animar a tremenda empresa?

Lo que sucedió con el diario El Atlántico debe ponernos en alerta a aquellos que amamos esta ciudad. Debemos entender que lo que se pone en juego no son solo unas cuantas fuentes de trabajo; lo que se pone en juego es que un solo empresario controle qué se dice y cómo se dice. Que controle qué es lo que pasa en nuestra ciudad. Es permitir a la vieja usanza que las cosas que pasan en Mar del Plata -sean buenas o malas- no salgan de la ciudad y que las que quieran salir sean en el marco del “respeto” al poder de don Florencio. 

Formo parte de una generación que, a diferencia de don Florencio, entiende a la democracia y a la pluralidad religiosa, cultural, sexual y racial, como pilares fundamentales de nuestros valores. Y a la comunicación, como un derecho humano fundamental para el desarrollo de los pueblos. El debate no es sólo por el poder económico y político que detenta el Gallego, el debate y la pelea es por el futuro de una sociedad mejor. Esperemos que nuestros dirigentes -intendente, concejales, legisladores, exintendentes, exlegisladores, funcionarios nacionales, etc- compartan esta filosofía y no permitan que este monopolio siga intentando controlar todo en Mar del Plata, sino será el tiempo y el pueblo los que hagan tronar su escarmiento.


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República de Mar del Plata: la ley del Gallego Aldrey

Aldrey volvió a dar una nueva muestra de poder. ¿Reaccionará el poder político?. Foto: 0223.

por Carlos Marino, director de 0223 

El desguace del diario El Atlántico nos tomó a muchos por sorpresa, pero no desconocíamos que tarde o temprano iba a pasar. En 2001 tuvo su primer cimbronazo, con el despido de la mitad de los periodistas, y la venta de la rotativa, debido a un embargo judicial. ¿Quién la compró? Florencio Aldrey Iglesias. Ya nada fue igual. Un diario sin una rotativa, es como un café sin cafetera express. Ese capítulo se cerró en 2004 cuando la administración del diario pasó a manos del Grupo Olmos. Hubo un espejismo durante algún tiempo: mejoras en las condiciones de trabajo y el regreso de una rotativa, el alma de un diario. Pero fue solo eso, un espejismo. La máquina se desmanteló para supuestos arreglos y jamás volvió. Más allá del extraordinario trabajo del equipo periodístico y humano, la política empresarial de entregar un diario casi a media mañana porque se imprimía en Capital es descabellada. Así se torna imposible hacer un diario serio para una ciudad tan importante como Mar del Plata.

Hoy, como hombre de medios, me despierta preocupación la fuente de trabajo y la estabilidad de las familias de nuestros colegas. Son víctimas de un manejo poco claro del viejo y querido diario El Atlántico. Ese que mi vieja compraba con la ilusión de ganarse algo con aquellos bingos; ese que muchos marplatenses consultaban para conocer las noticias vinculadas a las causas por delitos de lesa humanidad o el accionar de CNU; o aquel que no escatimaba espacio para difundir el fútbol local. Hablamos de desguace porque curiosamente lo que se compró fue “la marca”, mientras que el edificio –aparentemente- queda bajo la órbita del sitio web Crónica de la Costa. Es claro: divide y reinarás.  

Pero más allá de los recuerdos y de la solidaridad con nuestros colegas, hay una discusión más profunda que tiene que ver con el poder político, el económico y el de los medios. Al Grupo Olmos nunca le interesó el diario El Atlántico e intentó en varias oportunidades sacárselo de encima. Pero hay tantas desprolijidades, juicios, deudas, que a pocos puede importarle. Como empresa, uno de los que se interesó en su época de expansión fue Sergio Szpolski, empresario de medios ultra k que cosechó pocos éxitos más allá de la cuantiosa pauta publicitaria que recibe.

La irrupción del empresario Néstor  Otero pone a las claras que no existe un interés periodístico detrás de la compra (o gerenciamiento, como le llaman). Existe una voluntad de seguir encumbrando a Florencio Aldrey Iglesias para que se afiance en soledad, ya no en el cuarto poder, sino en el único poder de Mar del Plata. La incorporación de Raúl López como director –hasta el viernes último mandamás en La Prensa, propiedad de Aldrey- o la irrupción del columnista Adrián Freijo, hombre vinculado a la CNU y director de una de las tres AM que el Gallego tiene en Mar del Plata, lo demuestran. 

Si bien el dueño del multimedios La Capital ya se movía con impunidad, la compra de El Atlántico por empresarios y personas de estrecha ligazón se entiende como una demostración de fuerza en la que el empresario no sólo absorbe a sus potenciales competidores, sino que le muestra al poder político que es el único medio por el cual podrá comunicar sus ideas. El mapa de medios de Aldrey es amplio: La Capital, LU6, LU9, AM 1620 –las tres con sus respectivas FM- y un canal de cable. Eso solo en Mar del Plata. El poder político local, provincial y nacional le dicen a don Florencio “A sus plantas rendido un León”. 

La otra demostración de don Florencio es que ha castigado no sólo a quienes osaron desafiarlo en términos políticos y mediáticos, sino también a los empresarios de la ciudad. Solo hay que recordar el enfrentamiento que tuvo con Antonio Toledo. La ley de don Florencio es clara: “Todo lo que no esté bajo mi control es una amenaza, es enemigo. No hay grises”. Y deja en claro a los empresarios locales que ni se les ocurra ingresar al negocio de los medios de comunicación. Imagínese que si ni siquiera los que vienen de afuera pueden, ¿cómo alguien de la ciudad se va a animar a tremenda empresa?

Lo que sucedió con el diario El Atlántico debe ponernos en alerta a aquellos que amamos esta ciudad. Debemos entender que lo que se pone en juego no son solo unas cuantas fuentes de trabajo; lo que se pone en juego es que un solo empresario controle qué se dice y cómo se dice. Que controle qué es lo que pasa en nuestra ciudad. Es permitir a la vieja usanza que las cosas que pasan en Mar del Plata -sean buenas o malas- no salgan de la ciudad y que las que quieran salir sean en el marco del “respeto” al poder de don Florencio. 

Formo parte de una generación que, a diferencia de don Florencio, entiende a la democracia y a la pluralidad religiosa, cultural, sexual y racial, como pilares fundamentales de nuestros valores. Y a la comunicación, como un derecho humano fundamental para el desarrollo de los pueblos. El debate no es sólo por el poder económico y político que detenta el Gallego, el debate y la pelea es por el futuro de una sociedad mejor. Esperemos que nuestros dirigentes -intendente, concejales, legisladores, exintendentes, exlegisladores, funcionarios nacionales, etc- compartan esta filosofía y no permitan que este monopolio siga intentando controlar todo en Mar del Plata, sino será el tiempo y el pueblo los que hagan tronar su escarmiento.


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