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Marineros de tierra adentro

Marineros de tierra adentro

Roberto Garrone

En la flota de barcos factorías de armadores locales, hay más de mil puestos de trabajo. En la ciudad del desempleo, casi todos los lugares a bordo son ocupados por tripulantes foráneos.

La imagen se repite con la frecuencia y precisión propia de un cirujano. A veces una combi Mercedes Benz, otras una Renault Trafic venida a menos, se estaciona frente a las Terminales 2 y 3 del puerto marplatense.

De los vehículos bajan hombres heterogéneos salvo por el escueto equipaje. Todos sostienen bolsos o mochilas, mientras desperezan músculos anestesiados por un viaje de casi mil kilómetros. Caminan sin apuro, algunos no abandonan el equipo de mate; otros se sacan los lentes de sol y dejan que el sol los termine de despertar. Chocan miradas en busca de una orden que marque el nuevo destino en este escenario desconocido.

Todos son marineros. Ninguno es de Mar del Plata, aunque sí son empleados por armadores locales en sus barcos factoría, tanto arrastreros congeladores como poteros, que pescan calamar.

Desde el puerto local operan más de una veintena de barcos de estas características. Cada uno embarca entre 35 y 45 personas que están a bordo entre 30 y 45 días, que es lo que dura una marea, el tiempo que tarda el barco en completar la bodega con producto terminado, listo para exportar.

Mientras la flota fresquera se mantuvo en niveles regulares de actividad, los controles eran elásticos, había abundancia de merluza, los viajes eran cortos y el combustible no implicaba un costo desorbitante, creció el mito de que el marinero marplatense no había nacido para el trabajo duro en los barcos factoría. Que necesitaba volver a puerto con más frecuencia, estar cerca de la familia, de sus afectos; que cedían esos puestos de trabajo a los correntinos.

También hay que decir que a principios de este siglo, los armadores con barcos factoría se contaban con los dedos de una mano. Sí, adivinó. Los apellidos ilustres como Moscuzza, Solimeno y Valastro estaban en la lista. Fraguando permisos de pesca en los ´90, que luego con el proceso de cuotificación de merluza en la década pasada, fueron patinados de legalidad. Pero esa es otra historia…

La que ahora tiene prevalencia en esta pelea por el empleo la protagonizan en silencio el Simape y el Somu, los dos gremios que detentan la representación de los marineros en el puerto marplatense.

El gremio que ahora conduce Pablo Trueba tiene mayoría de afiliados en la rama del fresco (altura y costeros) mientras que el sindicato que comanda a distancia Omar Suárez, completa casi todas las vacantes entre los factoría.

Que los marineros que llegan a Mar del Plata provengan de ciudades correntinas no es casualidad. El “Caballo” Suárez es de Monte Caseros y tiene en su pago chico una fuente de recursos humanos inagotable.

La tripulación que se desembarca al completar la marea firma el telegrama de despido y se vuelven a sus pagos a esperar el cobro. Si la logística funciona, ocupa el mismo asiento del marinero que llegó para reemplazarlo. Hasta que gire toda la rueda puede estar hasta 4 meses para volver a embarcar. Con este sistema los armadores pagan exclusivamente por producción. Sin que haya personal efectivo a bordo, no hay antigüedad.

La salida de la convertibilidad en el 2003 y la posterior bonanza con un dólar competitivo y costos laborales devaluados produjo un aumento significativo del poder de pesca y la lista de armadores con barcos congeladores y poteros, se amplió.

En la actualidad hasta los hermanos Baldino, con una docena de buques fresqueros, tiene en el “Beagle I”, “Coalsa Segundo” y “Harengus” su escuadrón congelador, secundado por un par de poteros. La diversificación de flotas es moneda corriente en las principales empresas. “Ponen los huevos en distintas canastas”, diría la abuela.

En Mar del Plata casi es más fácil ser marinero que policía comunal. Por las aulas de la Escuela Nacional de Pesca, de la Prefectura y en Scolorum Nautas, un instituto privado, más de 100 aspirantes salen con la libreta de embarque si aprueban el curso que dura… 4 meses.

Con excesiva oferta y gran parte de la flota fresquera amarrada en muelle, acorralada por la poca rentabilidad que ofrece la pesca de merluza, embarcarse en un buque factoría es la nueva quimera de los marineros marplatenses.

“Calculamos que hay mil puestos de trabajo en los buques factoría. No queremos discriminar a nadie pero tenemos que defender a los compañeros marplatenses”, dice Rodolfo Chávez, secretario gremial del Simape.

En el gremio creen que si en cada barco se suben 6/7 marineros locales, la ansiedad y angustia que todos los días se vive en la sala de espera del gremio bajaría de nivel.

Los pocos lugares que consigue para sus afiliados el Simape a bordo de los factoría es fruto de la presión a los armadores. Solimeno y Valastro suelen ceder un par de lugares. Moscuzza, ninguno.

Pablo Trueba se reunió días pasados con Fernando Maraude, (Frente para la Victoria), para analizar la posibilidad de que el Concejo Deliberante pueda dictar una ordenanza que regule la actividad en los barcos congeladores y poteros que operan desde la estación marítima local.

En el gremio aseguran que en municipios patagónicos como Puerto Madryn y Puerto Deseado hubo iniciativas parecidas que defendieron las fuentes laborales locales.

Pero en realidad no fue más que una adhesión, un apoyo que de todas maneras parece dar resultado. Allá la excepción son los marineros correntinos, para completar dotaciones en las zafras de calamar y langostino. Acá en Mar del Plata son la regla general.

“Queremos que se fije un cupo del 20%”, confió el dirigente, que en el epílogo del año pasado denunció la situación desde la Banca 25. Hubo una reunión de los jefes de bloque pero la iniciativa no avanzó ni como para una adhesión de compromiso.

Tampoco ha despertado interés entre los representantes bonaerenses en el Consejo Federal Pesquero. Poco hará su titular, Horacio Tettamanti, para defender el trabajo local. Como empresario naval repara los barcos de los armadores que contratan mano de obra foránea. El suplente es Oscar Fortunato, que preside el Cepa, la cámara que agrupa a los congeladores locales. Y el suplente del suplente es “Manino” Iriart, más defensor de la caja que de las fuentes de empleo.

El principal obstáculo que tiene la iniciativa está en la libreta de embarque, cuyo alcance es nacional. Nadie puede impedir a un marinero de Corrientes trabajar en Mar del Plata, Necochea o en el puerto argentino que se le ocurra. Porque estaría violando la mismísima Constitución.

Pero en el Simape creen que hay alternativas para frenar el aluvión de combis foráneas. Por ejemplo, que el Consorcio Portuario entregue las plásticas habilitantes para ingresar a la jurisdicción solo a quienes tengan 2 años de residencia en Mar del Plata.

La sede del Simape está a menos de 100 metros del acceso a las Terminales, playa de estacionamiento del transporte privado. Los marineros marplatenses son testigos privilegiados de la caravana incesante de pescadores correntinos hacia alta mar. Una peregrinación en las narices que les duele y los frustra. 

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Marineros de tierra adentro

En la flota de barcos factorías de armadores locales, hay más de mil puestos de trabajo. En la ciudad del desempleo, casi todos los lugares a bordo son ocupados por tripulantes foráneos.

Foto ilustrativa.

La imagen se repite con la frecuencia y precisión propia de un cirujano. A veces una combi Mercedes Benz, otras una Renault Trafic venida a menos, se estaciona frente a las Terminales 2 y 3 del puerto marplatense.

De los vehículos bajan hombres heterogéneos salvo por el escueto equipaje. Todos sostienen bolsos o mochilas, mientras desperezan músculos anestesiados por un viaje de casi mil kilómetros. Caminan sin apuro, algunos no abandonan el equipo de mate; otros se sacan los lentes de sol y dejan que el sol los termine de despertar. Chocan miradas en busca de una orden que marque el nuevo destino en este escenario desconocido.

Todos son marineros. Ninguno es de Mar del Plata, aunque sí son empleados por armadores locales en sus barcos factoría, tanto arrastreros congeladores como poteros, que pescan calamar.

Desde el puerto local operan más de una veintena de barcos de estas características. Cada uno embarca entre 35 y 45 personas que están a bordo entre 30 y 45 días, que es lo que dura una marea, el tiempo que tarda el barco en completar la bodega con producto terminado, listo para exportar.

Mientras la flota fresquera se mantuvo en niveles regulares de actividad, los controles eran elásticos, había abundancia de merluza, los viajes eran cortos y el combustible no implicaba un costo desorbitante, creció el mito de que el marinero marplatense no había nacido para el trabajo duro en los barcos factoría. Que necesitaba volver a puerto con más frecuencia, estar cerca de la familia, de sus afectos; que cedían esos puestos de trabajo a los correntinos.

También hay que decir que a principios de este siglo, los armadores con barcos factoría se contaban con los dedos de una mano. Sí, adivinó. Los apellidos ilustres como Moscuzza, Solimeno y Valastro estaban en la lista. Fraguando permisos de pesca en los ´90, que luego con el proceso de cuotificación de merluza en la década pasada, fueron patinados de legalidad. Pero esa es otra historia…

La que ahora tiene prevalencia en esta pelea por el empleo la protagonizan en silencio el Simape y el Somu, los dos gremios que detentan la representación de los marineros en el puerto marplatense.

El gremio que ahora conduce Pablo Trueba tiene mayoría de afiliados en la rama del fresco (altura y costeros) mientras que el sindicato que comanda a distancia Omar Suárez, completa casi todas las vacantes entre los factoría.

Que los marineros que llegan a Mar del Plata provengan de ciudades correntinas no es casualidad. El “Caballo” Suárez es de Monte Caseros y tiene en su pago chico una fuente de recursos humanos inagotable.

La tripulación que se desembarca al completar la marea firma el telegrama de despido y se vuelven a sus pagos a esperar el cobro. Si la logística funciona, ocupa el mismo asiento del marinero que llegó para reemplazarlo. Hasta que gire toda la rueda puede estar hasta 4 meses para volver a embarcar. Con este sistema los armadores pagan exclusivamente por producción. Sin que haya personal efectivo a bordo, no hay antigüedad.

La salida de la convertibilidad en el 2003 y la posterior bonanza con un dólar competitivo y costos laborales devaluados produjo un aumento significativo del poder de pesca y la lista de armadores con barcos congeladores y poteros, se amplió.

En la actualidad hasta los hermanos Baldino, con una docena de buques fresqueros, tiene en el “Beagle I”, “Coalsa Segundo” y “Harengus” su escuadrón congelador, secundado por un par de poteros. La diversificación de flotas es moneda corriente en las principales empresas. “Ponen los huevos en distintas canastas”, diría la abuela.

En Mar del Plata casi es más fácil ser marinero que policía comunal. Por las aulas de la Escuela Nacional de Pesca, de la Prefectura y en Scolorum Nautas, un instituto privado, más de 100 aspirantes salen con la libreta de embarque si aprueban el curso que dura… 4 meses.

Con excesiva oferta y gran parte de la flota fresquera amarrada en muelle, acorralada por la poca rentabilidad que ofrece la pesca de merluza, embarcarse en un buque factoría es la nueva quimera de los marineros marplatenses.

“Calculamos que hay mil puestos de trabajo en los buques factoría. No queremos discriminar a nadie pero tenemos que defender a los compañeros marplatenses”, dice Rodolfo Chávez, secretario gremial del Simape.

En el gremio creen que si en cada barco se suben 6/7 marineros locales, la ansiedad y angustia que todos los días se vive en la sala de espera del gremio bajaría de nivel.

Los pocos lugares que consigue para sus afiliados el Simape a bordo de los factoría es fruto de la presión a los armadores. Solimeno y Valastro suelen ceder un par de lugares. Moscuzza, ninguno.

Pablo Trueba se reunió días pasados con Fernando Maraude, (Frente para la Victoria), para analizar la posibilidad de que el Concejo Deliberante pueda dictar una ordenanza que regule la actividad en los barcos congeladores y poteros que operan desde la estación marítima local.

En el gremio aseguran que en municipios patagónicos como Puerto Madryn y Puerto Deseado hubo iniciativas parecidas que defendieron las fuentes laborales locales.

Pero en realidad no fue más que una adhesión, un apoyo que de todas maneras parece dar resultado. Allá la excepción son los marineros correntinos, para completar dotaciones en las zafras de calamar y langostino. Acá en Mar del Plata son la regla general.

“Queremos que se fije un cupo del 20%”, confió el dirigente, que en el epílogo del año pasado denunció la situación desde la Banca 25. Hubo una reunión de los jefes de bloque pero la iniciativa no avanzó ni como para una adhesión de compromiso.

Tampoco ha despertado interés entre los representantes bonaerenses en el Consejo Federal Pesquero. Poco hará su titular, Horacio Tettamanti, para defender el trabajo local. Como empresario naval repara los barcos de los armadores que contratan mano de obra foránea. El suplente es Oscar Fortunato, que preside el Cepa, la cámara que agrupa a los congeladores locales. Y el suplente del suplente es “Manino” Iriart, más defensor de la caja que de las fuentes de empleo.

El principal obstáculo que tiene la iniciativa está en la libreta de embarque, cuyo alcance es nacional. Nadie puede impedir a un marinero de Corrientes trabajar en Mar del Plata, Necochea o en el puerto argentino que se le ocurra. Porque estaría violando la mismísima Constitución.

Pero en el Simape creen que hay alternativas para frenar el aluvión de combis foráneas. Por ejemplo, que el Consorcio Portuario entregue las plásticas habilitantes para ingresar a la jurisdicción solo a quienes tengan 2 años de residencia en Mar del Plata.

La sede del Simape está a menos de 100 metros del acceso a las Terminales, playa de estacionamiento del transporte privado. Los marineros marplatenses son testigos privilegiados de la caravana incesante de pescadores correntinos hacia alta mar. Una peregrinación en las narices que les duele y los frustra. 

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