3 de Junio de 2015 10:38

"Si no hubiésemos llegado a los medios, quizás estaríamos muertas"

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Victoria Montenegro y Anahí Tanguikián sufrieron violencia y hostigamiento de sus exparejas, que hoy están detenidas. Ellas encontraron en la exposición pública un límite, aunque habían denunciado los maltratos. En el marco de la marcha por #NiUnaMenos, el relato del encuentro con 0223.

Producción: Andrea Pérez Calle

Texto: Luciana Acosta

Fotos: Diego Berrutti 

 

Una quedó al borde de la muerte a raíz de la brutal golpiza que le propinó su exnovio, un empleado municipal al que le molestó verla bailar con las amigas en una fiesta en la playa. La otra, juntó sus cosas, se resignó a vivir lejos de sus hijos y se fue a Buenos Aires para que su expareja no pudiera incendiar cada casa a la que se mudara.

Si bien ambas habían denunciado que eran víctimas de violencia de género, Victoria Montenegro (25) y Anahí Tanguikián (39) debieron salir a contar sus historias y hasta exponer a sus propias familias en los medios de comunicación para que por fin la justicia interviniera y ellas no terminaran siendo parte de la estadística de femicidios que se comenten en la Argentina.

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Victoria se recibió de maestra jardinera en diciembre del año pasado. Apenas veinte días más tarde, una foto de su cara irreconocible, desfigurada por la paliza que le había dado su exnovio, Cristian Darío Pilotti, circulaba por Facebook. Ella misma la había subido a la red social después de pasar 72 horas internada en la clínica Pueyrredon, a donde había llegado inconsciente la madrugada del 7 de enero. Su pareja durante 8 años la había golpeado a la vista de todos, a la salida de una fiesta en un balneario del sur de la ciudad. Después la cargó en el auto y la dejó en la pizzería de un amigo, en la zona de la exterminal. Entonces, con la remera aún manchada con la sangre de Vicky, retomó la ruta 11 y volvió a la fiesta en la playa.    

Durante los tres días que estuvo internada, Pilotti le envió decenas de mensajes privados por Facebook en los que le preguntaba qué había sido de ella y le reprochaba que no respondiera.

     Qué te pasa que no contestássss????????

“Cuando volví a mi casa tenía un ojo cerrado y todo el cuerpo dolorido. Pensé que lo mejor era quedarme encerrada hasta que todo pasara. Pero, ¿por qué? ¿Por qué me tenía que quedar presa mientras él seguía con su vida normal? Entonces, agarré la computadora y subí la foto para que su familia y sus amigos supieran qué era lo que estaba pasando; para que él, por lo menos, sintiera un poco de vergüenza”, dice.

A Pilotti lo detuvieron una semana más tarde en su casa del barrio Hipódromo, acusado del delito de femicidio en grado de tentativa. Lo trasladaron a la Unidad Penal 44 de Batán, donde aún permanece alojado a la espera del juicio. Victoria, que lo había denunciado por primera vez en la navidad de 2012, veía en vivo en un móvil de televisión cómo se lo llevaban preso. Y disimulaba ante las cámaras el nudo en su estómago, ese deseo incontenible de quererse morir. “Yo no quería eso, ni para él ni para mí”, cuenta. En su cara casi no hay rastros de las fracturas de tabique y de hueso del globo ocular, ni de los cortes y hematomas que le habían hecho las manos salvajes de Cristian.

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Anahí y Victoria están ahora sentadas a los extremos de la misma mesa y, aunque es la primera vez que se ven, desde que llegaron no pararon de hablar ni un segundo. Ana, que bajó hace media hora del micro que la trajo desde Buenos Aires, cuenta que una vez su ex le prendió fuego la casa. Vicky explica cómo fue que su novio casi le quiebra las costillas al tirarla contra un puesto de diarios.

Y recuerdan el día que la periodista Laura Ubfal le preguntó a Victoria si ella no había provocado al golpeador, y el día que el conductor de la AM de Buenos Aires le pidió a Anahí que no hablara de eso de la violencia de género porque es una pavada. Y se ríen de lo ridículo de la situación; se ríen porque ahora no tiene sentido hacer otra cosa.

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Anahí Tanguikián salió dos meses con Eduardo Rodríguez, tiempo suficiente para descubrir que se trataba de un hombre controlador, obsesivo y violento. Pero él no entendió cuando ella puso fin a la relación y la hostigó durante un año y medio. Primero, la espiaba. Después empezó a mandarle la policía a la casa, con distintas excusas. “Llamaba y pedía que fuera un móvil lo antes posible. Así me tenía toda la noche para no dejarme dormir”, relata Anahí, quien una mañana llegó al trabajo y se desayunó con una pila de insultos pintados con aerosol verde en la fachada de su oficina.

Cuando su modus operandi de cruzarla por casualidad en cualquier punto de la ciudad se agotó, Rodríguez cambió la estrategia y los ataques se intensificaron: en el lapso de cuatro meses incendió el PH en el que ella vivía, la puerta de la casa del novio de una amiga y el auto de Francisco, su nueva pareja. Entonces, desesperada, Ana buscó un abogado al que le pagó con el dinero de la indemnización que le habían dado a una tía por su hermano desaparecido en la dictadura y perdió la cuenta de todas las veces que recorrió las comisarías primera, segunda, cuarta y de la Mujer para solicitar órdenes de restricción de acercamiento.

−¿Sabés por qué le pasan estas cosas? Por puta−, decía por lo bajo Carmen, la vecina de Anahí que convocaba a reuniones para proponer que la echaran del barrio porque creía que los ponía en  peligro. “El tipo me quería matar y la peligrosa era yo”, se vuelve a sorprender. 

Sin embargo, Eduardo Rodríguez siguió persiguiéndola y ella, directamente, dejó de salir de su casa. Por eso, harta de vivir encerrada, hace siete meses optó por hacer la jugada final, un movimiento de  último recurso: abandonar la ciudad. Así, aún teniendo que pagar el costo de vivir un tiempo lejos de sus dos hijos de 16 y 11 años, Anahí se radicó en Buenos Aires. Pero la distancia tampoco fue suficiente. A mediados de mayo viajó a Mar del Plata a visitar a sus padres y aunque intentó esconderse, ella lo divisó entre la multitud, en plena terminal de ómnibus. Anahí, esta vez, perdió el control: gritó, lo corrió y le pidió ayuda la policía, que le decía que no podía hacer mucho. Es que justo ese día, Anahí no llevaba en la cartera la última restricción de acercamiento que había tramitado.

Entonces, enojada, fuera de sí, regresó a la casa de su familia, prendió la computadora y denunció lo que vivió en su cuenta de Facebook. “No me quedaba otra”, reconoce. En cuestión de horas, cientos de personas compartieron su historia. Al día siguiente, Rodríguez fue detenido por violar una vez más una orden judicial que la impedía acercarse a Anahí.

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Cristian Pilotti y Eduardo Rodríguez están detenidos por violencia de género.

Ambas coinciden en que ante la falta de una respuesta del Estado no tuvieron otra opción que salir a ventilar sus problemas para pedir ayuda. Una paradoja perversa del destino: ellas, que habían hecho lo imposible para que ni sus hijos ni sus padres supieran lo que padecían, ahora necesitaban juntar coraje y decirlo todo a todo el mundo; exponerse para sobrevivir.

“Tuve que exponer a toda mi familia, toda mi relación; cosas que te dan vergüenza. Yo tendría que haber estado en mi casa, tratando de tranquilizarme pero, en vez de eso, tuve que seguir haciendo notas porque la misma policía me decía que era lo mejor para mí, para que pasara algo. Los medios lo metieron preso, pero no tendría que haber sido así. Si Cristian me mataba, quizás sí estaría preso pero yo estaría muerta”, dice Victoria que incluso asegura que hay gente a la que le sorprende que Pilotti aún siga detenido.

     ¿Está preso por pegarte? Me estás jodiendo.

Para Vicky −o la joven golpeada, ese calificativo que le pusieron los periodistas y con el que ahora la llaman en broma sus propios amigos− fue la única carta que le restaba jugar para no estar muerta. “Después, cuando aparece una chica asesinada, uno se entera que había hecho un montón de denuncias por violencia. Pero hasta que no la mató, él no estuvo preso; lamentablemente, eso siempre es así”, señala.

“En mi caso −aporta Anahí−, si hubiesen hecho un trabajo serio, se habrían dado cuenta enseguida que el tipo estaba siguiéndome y que no eran fantasías mías. Hay una mirada física del problema: te tiene que matar para que pase algo. Para mí no fue revictimizante, fue reparador saber que alguien, por fin, me daba pelota. Yo no existía para nadie. Llegaba llorando a la fiscalía y me iba con las manos vacías, mientras el tipo seguía espiándome desde la esquina”.

Aunque Pilotti y Rodríguez ahora están detenidos y ellas empezaron a reconstruir sus vidas −Vicky anda con planes de mudanza y tiene entre manos un microemprendimiento de diseño de indumentaria; Ana piensa en el bebé que viene en camino−, las dos se preguntan y después qué. O, inclusive, se cuestionan qué pasa con tantas otras mujeres que atraviesan por lo mismo pero no tienen chances de acceder a una radio o un canal de televisión.

“En el largo caminito a la muerte, una sufre un montón de hechos de violencia pero nadie te da pelota; hasta que no te matan, no se habla. Entonces una tiene que andar con la restricción en la mano y el día que no la tenés, se arma tremendo lío. ¿No se pueden tener informatizadas? ¿No se puede hacer más nada? ¿Y qué va pasar conmigo cuando lo liberen? A mí no me interesa que se pase toda la vida en cana, sino que me deje vivir tranquila”, sintetiza Anahí.

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Durante 2014, en Mar del Plata se hicieron 1139 denuncias por violencia de género, según datos oficiales del Centro Municipal de Análisis Estratégico del Delito. Sin embargo, son cifras parciales: sólo se cuentan las denuncias radicadas en comisarías.

Además, en el último año se registraron siete homicidios cuyas víctimas fueron mujeres, entre ellas, una transexual y una niña. No obstante, hasta el momento pudo comprobarse que dos fueron femicidios. De otros tres casos ya se descartó que fueran por violencia de género y de los últimos dos, por ahora, no hay elementos para confirmarlo ni desestimarlo.

Del total de las presentaciones que se hacen en las comisarías locales, el 10% son por lesiones, abusos sexuales y amenazas.

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