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El escribiente

20 de Octubre de 2019 14:57

“Simulaba ser lectora, antes de ser lectora” dice Liliana Heker presentando La trastienda de la escritura

Liliana Heker, la ganadora del Premio Nacional de Literatura 2018, en su nuevo libro La trastienda de la escritura  nos revela su experiencia al frente de los talleres literarios. Muchos de sus talleristas hoy son escritores reconocidos como Guillermo Martínez, Samanta Schweblin y Pablo Ramos entre otros.

Con respecto a los talleres literarios o de escritura, Ursula K. Le Guin en su obra Contar es escuchar (Círculo de tiza, 2018), dice que “Es importante que los profesores no sean enseñantes de escritura, sino escritores que enseñan: personas que han publicado de manera profesional y activa en el campo al que se dedica el taller”. Liliana Heker, con más de cuarenta años de práctica en el rubro, cumple todos los requisitos.

Heker acaba de presentar su nuevo libro, La trastienda de la escritura (Alfaguara, 2019) donde a partir de sus propias experiencias de escritura, ejemplos literarios propios y ajenos,  y su vasta trayectoria en el mundo de la narrativa, desnuda el lado b del arte de escribir.

El mundo de los talleres literarios sugiere muchas preguntas e instala muchos misterios. La experiencia de algunos indica que,  al participar de ellos,  uno puede acceder a una reconstrucción del arte de escribir, leer, criticar y debatir. Así, en forma conjunta, los miembros de un taller no aprender a escribir  sino a aprender qué es escribir.

Pero,  a pesar de que el libro encierra algo del arte de aprender qué es escribir, ella lo pensó para los lectores. Lo pensó para ser leído, sin recetas. “Lo pensé para lectores, siempre pensé que iba a ser leído por lectores. Un caso particular de los lectores son aquellos que escriben o que quiere escribir y, por supuesto,  estos empezaron enamorándose de la literatura como lectores, de modo que antes que escritores son lectores. Pero yo creo que acá hay un testimonio de vida, es decir, de alguna manera es contar el secreto de un oficio que para mí es fascinante. Yo cuento la historia de algunos de los cuentos que escribí o de mis novelas, ciertos problemas con los que se encuentra un escritor, la búsqueda de los temas, el trabajo creador, todo aquello que constituye la trastienda de la escritura”, asegura Heker.

Quizás sea cierto que solo se escribe bajo el dictado de la memoria; que la escritura o el texto agoten y clausuren definitivamente el hecho como se ha vivido, para sustituirlo por su relación escrita. Ahora bien, ¿en qué momento nos damos cuenta de que una anécdota autobiográfica puede ser del interés del público o puede tener una carga potencial de literatura? Esta es una cuestión más que relevante. No todo lo que me pasa o rescato de mi entorno puede ser de interés de muchos y, mucho menos, puede ser literario luego de pasarlo por escrito. La ganadora del Premio Nacional de Literatura 2018 nos aclara que “hay momentos en la vida donde uno, a lo mejor es mínimo, que puede pasar imperceptible para los otros, y sin embargo son situaciones mínimas que a uno le provocan un click. Acá hay un tema para un cuento o para una novela, pero eso es muy personal. Yo creo que si vos pones a tres escritores ante un mismo hecho, tal vez a uno solo le provoca algo, ese click,  y a los otros nada. Es muy personal ese hecho que a un escritor provoca,  digamos, la necesidad de expandirlo, de ahondar o de inventar a partir de ese hecho el cuento o la novela que luego va a resultar”.

Tal vez nadie pueda enseñar a escribir en un taller, pero sí se pueden  generar las circunstancias para que uno asuma un respeto por el arte y por uno mismo como escritor centrado en el trabajo. Todo aquello que el que esté a cargo pueda transmitir, tendrá  que ver con su experiencia, tanto a la hora de escribir, como a la hora de leer o a la hora de hablar de una obra leída. Lo que más necesita la mayoría de los participantes es aprender a concebirse a sí mismos como escritores. Muchos de los que pasaron por los talleres de Heker lo han logrado, sobre todo si pensamos que hoy muchos se han convertido en sus colegas con reconocimiento nacional e internacional.

-Haroldo Conti decía que él solo era escritor cuando escribía. El resto del tiempo se perdía entre la gente. ¿Uno puede desprenderse de ese escritor o permanente está pensando en clave de la escritura?

- Yo creo (no sé si en el mismo sentido que lo decía Haroldo, quien sabía muy bien de lo que hablaba) pero sí siento que tal vez para los otros, a esta altura de mi vida, soy escritora. Me invistieron con ese rol, pero yo me siento escritora cuando estoy escribiendo. Y cuando estoy escribiendo no me refiero solo a esos ratos cuando estoy frente a la pantalla de la computadora tecleando o anotando en un cuaderno. Cuando estoy muy metida en una novela o en un cuento, entonces voy caminando por la calle y se me ocurre algo, o algo que sucede me aporta elementos para lo que escribo. En esos estados realmente yo también me siento escribiendo, pero hay otras etapas en donde no estoy escribiendo para nada. Tengo seguramente proyectos, pero es como si no pudiera recalar en ninguno, en esos momento no me siento escritora. Entonces,  para los otros, voy a seguir siendo escritora pero yo no me siento así. Pero fuera de eso, y volviendo y tratando de comprender y compartir lo que decía Haroldo, yo ahora estoy acá y estoy viviendo el mar como cualquiera, no pienso como escritora. Si no tuviera esa capacidad de vivir, si un escritor no tuviera esa capacidad de vivir, no sé sobre qué puede escribir  porque uno toca fondo sobre ciertas cuestiones de la vida.

Es interesante esa apreciación de la capacidad de vivir por fuera de la escritura. Edmond Jabès veía a la escritura como “una exploración de la nada a través del vocablo”. Sostenía que “es a partir de una falta que nos decidimos a escribir o que hablamos”. Eso demuestra también la magia de la literatura que de una tragedia, de la nada, puede sacar algo bello. Heker refuerza la idea señalando que “Esa es la gran cuestión. De una manera más concreta yo viví esa contradicción cuando escribía mi novela El fin de la historia (Alfaguara, 2010) donde la trama fundamental ocurre durante la dictadura militar y lo que pasa es realmente terrible. Sin embargo,  yo sabía de alguna manera lo que quería hacer,  pero durante mucho tiempo no encontraba la forma, lo formal para poder decir todo aquello que yo quería. En algún momento lo encontré y es una novela realmente muy compleja en las que se mezclan distintos planos temporales y espaciales, cruce de personajes. Yo sentí que estaba pegando una especie de salto hacia un modo de crear que hasta ese momento no había experimentado de esa manera. Entonces, por un lado sentía el horror de lo que estaba escribiendo porque me tuve que sumergir en un mundo terrible para tener conocimiento profundo de lo que estaba escribiendo. Pero al mismo tiempo sentía una especie de alegría muy difícil de explicar  porque estaba encontrando eso que durante mucho tiempo estuve buscando. Así de complejo es el proceso creador”.

Sin dudas ese proceso creador está cruzado por infinitas variables. La trastienda de la escritura no ofrece recetas  sino que ofrece, casualmente, muchas de aquellas variables que caben en la producción de un texto y que lo ocupan por completo. Y el proceso de esa práctica del arte de la escritura consiste, casualmente, en el ejercicio de ese arte propiamente dicho. “La creación es justamente trabajo, es corrección, es la búsqueda de algo muy singular que uno quiere escribir. Detrás de todo cuento, de toda novela, hay mucho trabajo, mucha búsqueda, hay hallazgos, hay vacilaciones. Hay, de pronto, momentos donde uno reniega de lo que está haciendo, momentos en los que vuelve. Yo creo que eso es lo fascinante de la creación, es decir, nadie te canta desde un lugar extraterreno lo que tenés que escribir. Se te cruza algo y entonces te empecinás y comenzás a buscarlo hasta que termina siendo eso que buscabas” apunta.

-¿Hay un saber leer correcto? ¿Se puede enseñar y/o aprender eso?

-Yo creo que los lectores se hacen, es decir, eso tiene que estar fomentado y cuando hay tantas carencias es muy difícil. Debería haber un gran y vasto plan de lectura, con gente apasionada por los libros que pudiera comunicarles esa pasión a otros. Yo creo que cuando un chico o un adolescente lee y se enamora de un libro no abandona más la lectura. La cuestión es encontrar ese primer amor y uno va aprendiendo sin dudas. Si cuando yo tenía 13 años me hubiesen dado el Ulises de Joyce no hubiese entendido nada, pero cuando lo leí ya tenía experiencia como lectora, disfrutaba enormemente de los libros  y estaba en condiciones de sentir esa simultaneidad que comunica Joyce. Por eso uno se va haciendo y se va formando realmente como lector. Sí, no me cabe ninguna duda, pero lo más importante,  en eso yo creo que son responsables seguramente los maestros y los padres en alguna medida de que se ocupe que un chico o un adolescente se enamore de algún libro, que no va a ser el mismo libro para todos. Por ahí alguno puede empezar por Sandokán o puede empezar por las historietas, no importa. El tema es que tiene que sentir lo hermoso  que es leer. Yo creo que una vez que eso se experimenta no se deja nunca de leer.

Cada texto, así,  es un mensaje para cualquiera que esté dispuesto. Como dirá César Aira, “cabecitas parlantes” que nos hablan profundamente y nos señalan un camino con algunas respuestas, pero sin saber aún algunas preguntas.

-¿Cuándo tomó en serio la lectura? ¿Cuándo se dio cuenta del lugar importante que tenía la lectura en su vida?

- Aun antes de saber leer me compraban libros en mi casa, yo siempre tuve mucha memoria y entonces me los leían una vez y luego yo simulaba, hacia un simulacro. Abría un libro y deslumbraba a las visitas y a los adultos porque decía o reproducía todo lo que estaba abajo. Es decir, tuve la apariencia de ser lectora antes de ser lectora. Pero recuerdo que mi hermana mayor ya era muy lectora y yo siempre la veía leyendo. Yo la admiraba mucho, entonces eso me daba muchas ganas de leer. Cuando tenía siete años fui a esa pequeña biblioteca que ya tenía mi hermana, empecé a elegir y elegí una novela que se llamaba Las Niñas Modelo (1944) de la  Condesa De Segur y lo abrí. El primer capítulo se llamaba Camila y Magdalena. De  pronto no tenía ilustraciones, tenía la letra chiquita y tenía muchas páginas. Era una novela y yo me encontré sumergida en la experiencia más maravillosa que hubiese tenido hasta ese momento. Desde esa novela leída a los siete años y hasta hoy, nunca pare de leer.

La felicidad de la lectura no debe resignarse. Siempre hay tiempo para ese privilegio así como para el de la escritura. Uno,  que apenas finge escribir sabe de ese placer. Acceder a un universo nuevo y sorprendente como lo hace uno a través de la lectura que alguien escribió  es poder vivir muchas otras vidas y no sentir nunca más la soledad en forma solitaria.