Muros literarios

Muros y murallas que marcaron la historia del ser humano, así como muchos textos literarios. Los materiales con que estaban construidos, lo que separaban, lo que medían. Barreras que nos acompañaron y nos acompañan.

17 de Octubre de 2021 08:28

Los muros o murallas cruzan todo el mundo y todas las épocas. Están construidos con diferentes materiales que van desde barro o arena hasta ladrillos y piedras. A veces fueron edificados por seres humanos; otras, por dioses. En muchos se perdieron vidas durante su construcción, en otros tantos se perdieron una vez levantados. Lo cierto es que, a pesar del lugar y del tiempo, siempre fueron barreras entre unos y otros.

Muchos coinciden en que la muralla más antigua se encuentra Siria y aún no se ponen de acuerdo en su nombre y en su origen, ya ni los propios locales recuerdan las leyendas de su construcción. Sí hay acuerdo en que era un muro fronterizo. Uno similar al que se construye entre Israel rodeando Gaza, entre Kenia y Somalía, Estados Unidos y México o como el que buscaba levantar Ecuador en su frontera con Perú.

Los muros han visto distintas eras de apogeos. Desde el inicio de la “civilización”, pasando por la Edad Media, hasta llegar a su resurgimiento en el siglo XX. Cada una de estas épocas se vio retratada en la literatura. Cada era tuvo su particularidad y su ficción.

Si pensamos en Gilgamesh y aquellas primeras tablas de escritura, debemos decir que la ciudad de este Rey  era famosa por su “muro que lo rodea todo”. De él se decía que el propio Gilgamesh había construido en persona. En realidad, por esa época, casi todos los reyes de la Mesopotamia, según se tiene registrado, habían construido al menos una muralla.

Otro rey de la zona, Nabucodonosor, estaba convencido de que sus murallas evitarían la llegada de invasores. Hizo poner su nombre en todos los ladrillos, así como muchos de sus logros, para que todo el mundo conociera lo que había logrado.

Si pensamos en los griegos, hay dos muros mitológicos y reconocibles fácilmente: los muros del  Tártaro y la muralla de la ciudad de Ilión o Troya.

El Tártaro separaba el mundo de los infiernos del de los dioses y del de los seres humanos. Aquel muro estaba delimitado por ríos en lugar de piedras. Del lado de los infiernos, según las crónicas, no podía haber ninguna vida animal o vegetal, siempre estaba cubierto de una niebla constante y se veían pantanos y estanques de hielo. Era el palacio de Hades y siempre podía sentirse un tremendo olor insoportable.

Según refieren los mitos, Apolo y Poseidón fueron castigados por Zeus por haber participado en un plan de Hera contra él. El castigo fue trabajar bajo las órdenes del rey de Troya, Laomedonte, para levantar la fortificación de su ciudad. Se dice que la obra se realizó en un año. Pero el rey fue desmesurado (hybris)  y se negó a pagar por el trabajo. Como castigo, Apolo esparció la peste y Poseidón soltó un monstruo marino sobre los troyanos. Las murallas nacían ya con sus males. Dichos muros tenían un intenso olor a sangre.

Las murallas de Troya son el escenario de la Ilíada de Homero. En ella se cuenta el último año de la guerra entre troyanos y helenos en algún momento del siglo XII a.C. por el secuestro de Helena por parte del príncipe troyano Paris.

Según Homero, Troya era una ciudad “bien fundada", "fuerte" y "de murallas robustas". También menciona la existencia de torres altas e inclinadas murallas. Sin dudas, para resistir el asedio durante diez años, deberían haber sido muy fuertes (De hecho solo son vulneradas por el ingenio de Ulises y su caballo de madera).

A finales del siglo XIX los muros de Troya seguían generando fascinación. Es así que el arqueólogo alemán Heinrich Schliemann se obsesionó con la obra de Homero y comenzó buscar las ruinas de la ciudad bajo un cerro en la región de Troas, en el actual noroeste de Turquía.

Las excavaciones continuaron a lo largo del siglo XX  a.C y se han revelado varios niveles de diferentes ciudades en el mismo lugar. Estas locaciones se denominaron Troya y, aparentemente, corresponde a la de Homero la número VI. Son ruinas que datan del 1750 al 1300 a.C y cuentan con murallas fortificadas de cinco metros de grosor y de hasta ocho metros de alto construidas con grandes bloques de piedra caliza.

Esta mítica muralla de piedra fue la génesis del muro que separa los Siete Reinos del resto del Norte en la obra de George R. R. Martin, Game of Thrones. Este tiene más de cuatrocientos kilómetros y una altura de casi doscientos cincuenta metros. Cuenta con diecinueve torres y sus protagonistas aseguran que el mejor lugar para apreciarlo es a los propios pies del muro.  Recorre grandes extensiones blancas y escasea la vida en muchas de ellas.

El muro siempre se reconoció, y se reconoce, como un fuerte símbolo de limitación en busca de seguridad. Civilización y barbarie, el bien y el mal, locales e inmigrantes. La lógica sigue siendo la misma.

En Game of Thrones, el muro separa el reino del Pueblo Libre de los “salvajes” o “bárbaros”. Pero en realidad se construyó miles de años antes para evitar a aquellos que habían nacido de un gran invierno: los Caminantes blancos.

La Guardia de la noche custodia la muralla que está hecha totalmente de hielo por humanos, gigantes y magia

Icónicas, si las hay, la Muralla China es una de las más antiguas. Hizo falta una increíble cantidad de mano de obra humana para levantarla. Pueblos enteros fueron esclavizados y explotados  para amasar ladrillos, levantar hierba y muros.

Aquellos emperadores que la impulsaron en todos sus tramos y en todas sus épocas lograron finalmente que fuese un símbolo de cada ciudad. De hecho se cree que muchas de ellas poseían una divinidad protectora: el Cheng huang shen, que significa “dios de la muralla y el foso”.

La Gran Muralla China fue construida y reconstruida entre los siglos V a. C. y el siglo XVI. Cumplía la función de proteger las fronteras del Imperio ante los ataques de los nómades de Mongolia. Se calcula que, entre todos sus tramos, tiene unos 21.200 kilómetros de largo (hoy solo se conserva un 30 por ciento de ella). Su altura promedio es de siete metros y unos cinco de ancho.

Franz Kafka muestra en La construcción de la muralla china que un proyecto que conlleve la energía física e intelectual de varias generaciones puede terminar como algo disparatado. Todos, gobernantes, obreros y esclavos, viven una ficción: la gran muralla.

Los gobernantes debían mentirles a los que llevaban adelante la obra para convencerlos de seguir. Y cada tanto había que recordárselos porque olvidaban para qué era, dada la magnitud y la tardanza. “Para aquellos hombres cuya capacidad intelectual estaba por encima de sus aparentes pequeñas competencias, había que encontrar otra solución. No se les podía encomendar, por ejemplo, que se dedicaran a poner piedra sobre piedra en una zona montañosa deshabitada, a cientos de millas de su hogar, durante meses, e incluso años. El desánimo que les produciría un trabajo tan diligente, pero irrealizable en el periodo de una larga vida humana, los habría llevado a la desesperación y, ante todo, los habría incapacitado para realizar el trabajo. Por esta razón se eligió el sistema de construcción por secciones…” sostiene Kafka.

El siempre nominado al Nobel Haruki Murakami tiene una novela fantástica que se conoce como El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas.

Dos mundos, dos historias paralelas. Una en Tokio, la restante en el fin del mundo, una ciudad amurallada cargada de misterios. El protagonista de esta última pierde su sombra y comienza a perder sus recuerdos y sueños también. Nuevas formas, nuevos personajes, nuevos animales (hasta unicornios) pueblan la ciudad.

La muralla de piedra circunda la ciudad y es tan alta que solo los pájaros pueden sobrevolarla. Esta tiene su propio sentir y por eso, los recién llegados deben evitar su contacto: “Parecía que todos los sonidos hubiesen sido absorbidos por la nieve que danzaba fuera. Sentí cómo la muralla nos escuchaba a hurtadillas, conteniendo el aliento. Todo estaba demasiado tranquilo”, describe el narrador.

Más allá de las aves que sobrevuelan el muro, solo los unicornios pueden cruzarlo. Según se cuenta, estos “…absorben como si fueran papel secante los egos de los habitantes de la ciudad y los conducen al otro lado de la muralla. Por eso en la ciudad no hay egos. Y yo vivo en esa ciudad. Esto es todo. Yo no la he visto con mis propios ojos, así que no puedo contarte nada más”.

No se sabe qué o quién había creado la muralla, pero sí que generaba una atracción y un amor por los paisajes y las personas de la ciudad. La ciudad compartía su música, su respiración, y allí la muralla se convertía en la propia piel de cada uno de los habitantes.

Cuenta el anciano Coronel que “…la muralla —dijo dándole palmadas como si fueran las ancas de un caballo—, mide siete metros de altura y rodea toda la ciudad. Los pájaros son los únicos que pueden franquearla. No hay más puerta que ésta. Hace tiempo, teníamos la Puerta del Este, pero ahora está tapiada. La muralla, como ves, es de ladrillos, pero no son ladrillos normales. Nadie ni nada puede dañarlos o derribarlos, ni los cañonazos, ni los terremotos, ni las tormentas”.

El país de las maravillas, el fin del mundo, un sujeto que perdió su sombra, sus recuerdos, y una muralla que divide (¿Para que no entren o para que no salgamos?).

Uno de los momentos reconocidos como importantes del siglo XX es, sin dudas, la caída del Muro de Berlín. Esta muralla partió durante 28 años la ciudad, separando a familiares y amigos.

El 12 de agosto de 1961 se levantó un muro provisional y se cerraron casi todos los pasos de control. Primero una alambrada y luego los ladrillos, cubrieron 155 metros, imposibilitando que alguien pase de un lado hacia el otro, es decir de la Alemania oriental, con una maltrecha economía, a la Alemania oriental y su capitalismo. Como hubo reiterados intentos de escape, el muro fue ampliándose hasta convertirse en una pared de hormigón de entre 3,5 y 4 metros de altura, con un interior formado por cables de acero para aumentar su resistencia. En la parte superior colocaron una superficie semiesférica para que nadie pudiera agarrarse a ella.

A la par se veía un foso y una calle por donde circulaban vehículos militares. Había torres de vigilancias y se patrullaba durante todo el día cada centímetro.

Según se refiere, entre 1961 y 1989 más de 5.000 personas trataron de cruzar el Muro de Berlín y más de 3.000 fueron detenidas. Muchas murieron en el intento: cien, hasta la última que se registró el 5 de febrero de 1989.

Cuenta Eduardo Galeano: “El Muro de Berlín era la noticia de cada día. De la mañana a la noche leíamos, veíamos, escuchábamos: el Muro de la Vergüenza, el Muro de la Infamia, la Cortina de  Hierro... Por fin, ese muro, que merecía caer, cayó. Pero otros muros brotaron, y siguen brotando, en el mundo. Aunque son mucho más grandes que el de Berlín, de ellos se habla poco o nada. Poco se habla del muro que los Estados Unidos están alzando en la frontera mexicana, y poco se habla de las alambradas de Ceuta y Melilla. Casi nada se habla del Muro de Cisjordania, que perpetúa la ocupación Israelí de tierras Palestinas y será quince veces más largo que el Muro de Berlín, y nada, nada de nada, se habla del Muro de Marruecos, que perpetúa el robo de la patria saharaui por el reino marroquí y mide sesenta veces más que el Muro de Berlín. ¿Por qué será que hay muros tan altisonantes y muros tan mudos?”

Los muros están cargados de simbolismos. Para los egipcios, por ejemplo, era un símbolo que expresaba la idea de elevar (claramente el valor estaba puesto en la altura). Después, en otras culturas, se presentó como “la pared que cierra”, reconocido como el muro de las lamentaciones. También se pensó como aquello que imposibilita el acceso al exterior, de uno o de algo, hasta llegar a la idea de impotencia, detención, resistencia o situación límite. Visto desde adentro, puede pensarse como algo protector, visto desde afuera puede ser el desafío a lograr.

Murallas de barro o arena, de ladrillos, de piedras y hasta de hielo. Muros personales y muros impuestos. Individuales y colectivos. Muros que nos conforman y que conformamos al decir de Pink Floyd: “En conjunto solo era, otro ladrillo en el muro. En conjunto tú solo eras, ladrillos en el muro.  

 

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