Un autómata en la antigua Grecia

La historia se conoció hace 2.800 años atrás, pero sucedió mucho antes. Tuvo su tiempo y su lugar junto a Jasón y los Argonautas.  La descripción es bien clara, así como su función alrededor de la isla de Creta. Por eso lo reconocen como el primer autómata o robot de la historia.

3 de Octubre de 2021 13:56

Talos (Τάλως) es considerado una obra de Hefesto, el dios del fuego y uno de los hijos de Zeus. Los romanos lo adoraban como el dios del fuego y lo llamaron Vulcano. Para los griegos, Hefesto era tanto el dios del fuego como el protector de los herreros.

El autómata Talos fue un regalo al rey Minos y muchos lo consideran como el último de la “raza de bronce”.  Según Apolonio, este estaba dotado de “un cuerpo de metal invulnerable” y pasa a describirlo como un “gigante de bronce”. Era muy veloz, logrando rodear la isla de Creta “tres veces por día” (aunque algunas voces aseguran que eran tres veces por año). Contaba con ojos mágicos que le permitían ver navíos a mucha distancia.

Este autómata era el guardián de Creta. La pequeña isla, antes de Atenas, era la cuna de la civilización occidental. Talos fue elegido por Minos para esta misión, aunque muchos aseguran que fue el propio Zeus, ya que en la isla vivía Europa, su primer amor.

El guardián rodeaba la isla y, ante cualquier barco o nave extranjera, tomaba medidas certeras. Con sus ojos mágicos los detectaba y luego los bombardeaba con enormes piedras. También tenía el poder de transmitir calor por su cuerpo hasta volverlo incandescente, para luego envolver las naves con sus brazos hasta hacerla arder.

Claramente la función de Talos era controlar la salida y la entrada de extranjeros y locales en la isla de Creta. Sin embargo, el guardián robot tenía un punto débil: existe una parte pequeña de su cuerpo, en su tobillo, parecida a un tendón y cubierto por la piel oscura que, al ser aflojado (¿un tornillo?) permitía que comenzara a perder una sangre espesa e incolora dejándolo inmovilizado.

Según se refiere en las Argonauticas, Jasón y los suyos buscaban el regreso a casa, luego de obtener el vellocino de oro, cuando llegaron a la altura de la isla de Creta.  Pensaron reponer sus provisiones de agua en ese lugar, pero Talos buscó impedírselos.

Según la crónica, “Ellos hubieran querido navegar hasta Creta, pero Talos, el hombre de acero, les impidió atracar en la costa cuando el rocío aún estaba en el mástil, arrojándoles piedras. Talos era uno de los de la raza de hierro en la Tierra, […] mitad hombre y mitad dios. Júpiter se lo había ofrecido a Europa para que defendiera la isla. Tres veces al año rodeaba Creta con pies de hierro. Su cuerpo estaba acorazado y era invencible, pero tenía una vena de sangre en su pie, bajo el tobillo, cubierta ligeramente de piel. Aquí es donde la muerte le acechaba, escondida”.

El Argo busca salvarse alejándose de la costa cretense, pero una vez más Medea, la esposa de Jasón, sugirió la posibilidad de vencer a Talos. Poniéndose fuera del alcance de las piedras, ella descubrió el punto débil del autómata, aquel que retenía su sangre.

Medea se puso de pie en el puente de la nave, tomada de la mano por Jasón, comenzó a recitar conjuros que hechizaron al robot. Aseguran que los ojos de Medea destellaban furia y amor, rabia y dolor a la vez (Horacio, siglos más tarde, la llamará “feroz e inflexible”).

“Aunque estaba hecho de hierro, sucumbió a la magia […], cuando se golpeó el tobillo contra una piedra afilada y una savia como plomo fundido surgió de él. No podía mantenerse en pie y cayó, como cae un pino desde la cima de una montaña […]. Pero se volvió a levantar, sosteniéndose sobre sus enormes pies, aunque no por mucho tiempo, pues volvió a caer al suelo con un gran estruendo” se lee en las Argonáuticas.

Aquellas figuras imaginarias que llenaron la vista de Talos luego de los hechizos de Medea, tuvieron su resultado. El gigante de bronce, el robot, pierde el equilibrio y cae al mar. Así el Argo puede acercarse a las costas de la isla y provisionarse para el resto del viaje.

En La odisea de los dioses (Edaf – 2012) Erich Von Däniken  se pregunta: “En la Odisea, la isla de Creta también se menciona por su nombre, aunque sin referencia alguna al robot Talos. ¿Conocía Homero a Talos a través de las Argonáuticas o no? ¿O es que el robot le parecía algo demasiado inverosímil? No puedo creerlo, dada la cantidad de otras «fantasías» que aparecen en la Odisea. Homero atribuye todo tipo imaginable de artes mágicas a los dioses, incluyendo el carro volador de Poseidón, pero hace mención alguna al vellocino de oro. A pesar de todos los alardes de magia que despliegan los dioses a su paso, la Odisea no contiene ninguna ciencia ficción al estilo de las Argonáuticas”.

Faltaba mucho tiempo aún para el robot de Leonardo; María, la Maschinenmensch de Metrópolis; las tres leyes de Asimov, R2 D2 o Data. Pero encontramos, una vez más, en el espíritu de los que ocupaban toda la costa del Mediterráneo, la creación artística necesaria para una impronta que aún hoy sigue pesando en nosotros.

 

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