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El escribiente

16 de Junio de 2019 11:44

El ministerio de la verdad, la policía del pensamiento y los 70 años de 1984 de George Orwell

Escrita en 1948, en simultáneo al apogeo del estalinismo en la Unión Soviética, la novela ahonda en el entramado de una sociedad en la que se manipula la información y que se rige por la vigilancia masiva y la represión política y social, conceptos que han traspasado generaciones hasta el día de hoy.

La novela escrita por George Orwell tuvo un primer título que fue El último hombre de Europa, pero los editores decidieron cambiárselo por 1984, aparentemente por motivos netamente comerciales que surgen de intercambiar los dos dígitos del año en que la escribió (la historia transcurre en ese año). Se publicó el 8 de junio de 1949 y aseguran que el autor comenzó su desarrollo ya en 1945 y lo finaliza totalmente en 1948. Fue lanzada en simultáneo en Estados Unidos y en el Reino Unido. En Inglaterra se vendieron 50 mil ejemplares en tapa dura y en EE.UU. casi 400 mil en el primer año. Hoy nadie sabe cuántos millones lleva vendidos en ediciones legales y piratas.

George Orwell, cuyo verdadero nombre era Eric Arthur Blair, nació el 25 de junio de 1903. Siempre quiso ser escritor y comenzó su carrera en 1933 con la publicación de su primer libro Sin blanca en París y Londres, donde adoptó el seudónimo. Su reconocimiento por  Animal Farm (Rebelión en la granja, 1944) le permitió retirarse y consagrar su tiempo a lo que sería 1984. Aquel sería su último libro cuando ya llevaba doce de ellos editados.  

A 1984 se la considera como una de las obras cumbre de la trilogía de las distopías de principios del siglo XX (también clasificadas como ciencia ficción distópica), junto a la novela Un mundo feliz, de Aldous Huxley  y Fahrenheit 451 de Ray Bradbury. Algunos consideran que 1984 es un plagio de la obra Nosotros escrita por Yevgeni Zamiatin en 1921, pero Orwell, por su parte, reconoció la influencia de aquella en su novela.

La búsqueda de Orwell se centra en describir muy analíticamente cómo funcionan y se sostienen los regímenes totalitarios. De ahí la importancia que cobra, aun en la actualidad, el nombre de “Gran Hermano” para el gran dictador de turno.

Aunque no todos logran captar a medias las intenciones del autor en sus escritos, desde que comenzó a escribir, directa o  indirectamente, Orwell  escribió en contra del totalitarismo. Según las cartas dejadas por el autor durante el proceso de escritura de 1984, parece que a él lo había irritado sobremanera  el extendido vasallaje de la izquierda al stalinismo.

Una de las más claras ideas que dejó esta obra para analizar el panorama político fue aquella del “doblepiensa”. Esta es una forma de disciplinar nuestra mente con el objetivo de creer dos verdades contradictorias al mismo tiempo. Los tres slogans del Partido son un ejemplo: “La guerra es la paz”, “La libertad es la esclavitud” y “La ignorancia es la fuerza”, así como los nombres de los ministerios que orientan las acciones de gobierno: el ministerio de la Paz promueve la guerra, el ministerio de la Verdad miente o el del Amor donde se tortura y asesina.

Acercarse a 1984 hoy es reconocer mucho de lo que vino después de su publicación. Es decir, aún hoy se lee y genera en el lector  un temible impacto al reconocer las advertencias que el autor dejó en dicha obra.

Ayer fueron algunos nombres a través de los gobiernos de determinados “partidos”, hoy quizás sean los avances tecnológicos, las redes sociales e internet. Están omnipresentes en nuestras vidas, predicen nuestros gustos, condicionan nuestro encuentro con la realidad y, sobre todo, nos ven sin que los veamos. Toman constancia de todo lo que hacemos y no. Ayer, las informaciones sobre nuestra vida privada ingresaban a los archivos del gobierno, después también a los de los sistemas privados de crédito y ahora están  por todos lados, al alcance de cualquiera. Parece que nos vigilaran, podrán decir algunos, y vigilarte es también controlarte.

 

Dice José Pablo Feinmann, “Los pueblos, además de no ver ni saber como siempre sucedió, ahora tampoco saben que hay alguien que sabe todo, alguien que los vigila constantemente y saben lo que ellos no saben, sabe lo que ellos hacen con ese no-saber. Aunque los pueblos solo sepan lo que el poder les hace saber, el poder también quiere saber qué hacen los pueblos con su ignorancia. Es el cierre perfecto del círculo de la dominación… La sociedad del big brother panóptico no es una sociedad del espectáculo. No es una sociedad de iguales. No es una sociedad del reconocimiento entre pares. El otro es un objeto a constituir, manipular y vigilar. La globalización neo-liberal ha sido impulsada con ese objetivo”.

Algunas de las menciones que hace Orwell en su novela han ido ganando espacio con el tiempo. Un único grupo formado por Estados Unidos y Gran Bretaña por ejemplo, así como las características de la vida distópica, con servicios que no funcionan, comida chartarra, cigarrillos y alcohol como vicios. Por otro lado tenemos el caso de las telepantallas bidireccionales, las que se parecen notablemente a los televisores actuales (al momento de escribirse la novela, el televisor comenzaba a tener su nombre). Y  si uno suma que lo que allí se muestra adoctrina o distrae, la profecía está cumplida.  Vale agregar también el avance de la tecnología que ha logrado perfeccionarse en materia de control como el que se buscaba en la novela. Y tanto ha mejorado que ya ni siquiera es necesario alguien que te controle o vigile sino que uno se autodisciplina para distraerse o entretenerse como control social.

Políticamente la novela adelanta también algunos parámetros o, en realidad, muestra una continuidad de maniobras y prácticas utilizadas para renovarse. Así, por ejemplo, los partidos  no dudan en comprar disidentes para refrescarse ante el resto.

La historia de amor está protagonizada por Winston y Julia, quienes una vez descubiertos son obligados a traicionarse. Sostiene Thomas Pynchon en cuanto a esto que, “los personajes siempre se las arreglan para escapar al ojo que todo lo ve durante un tiempo suficiente para pensar y decir cosas que no encontraríamos si lo único importante fuese la trama. Uno de los mayores placeres de leer este libro consiste en asistir a la transformación de la fría y seductora Julia en una joven enamorada, igual que lo que más nos entristece es ver su amor desmantelado y destruido… La escena cerca del final en que Winston y Julia vuelven a verse, después de que el Ministerio del Amor les haya obligado a traicionarse el uno al otro, resulta más descorazonadora que ninguna otra en ninguna novela. Y lo peor es que lo entendemos”.

2 + 2 = 5. Pareciera que no hay posibilidades de obligarte a creer determinadas cosas. Sin embargo, a Winston y Julia, una vez que pasaron por el Ministerio del Amor, han asumida ya su lugar como “doblepiensa” en la sociedad. Ya no están enamorados, pero son capaces de odiar y amar al mismo tiempo al Hermano Mayor.

1984 puede clasificarse como una novela política de ficción distópica (vale la discusión sobre si es ciencia ficción, pero no es para ahora). La misma introdujo los conceptos del omnipresente y vigilante Gran Hermano o Hermano Mayor, de la  habitación 101, de la Policía del Pensamiento y su carácter universal y de la neolengua, ese  léxico con fines represivos que se sostiene bajo la consigna de que  “Lo que no está en la lengua, no puede ser pensado”.

Cuando hablamos del doblepensar hacemos alusión a un estado mental propio a afianzar una concepción inmutable de la realidad. Dicho doblepensar se sostiene desde la  neolengua, un lenguaje artificial creado por el Partido y que modelará la mentalidad de los súbditos del Gran Hermano. Sabido es que el lenguaje determina la estructura del pensamiento humano, si se  relegan determinadas palabras, se dejan de lado, también,  conceptos. Así, el Partido,  puede controlar, uniformar y/o normalizar, con mayor facilidad los pensamientos de sus miembros y  evitar así el  delito de un pensamiento opuesto al doblepensar a las directivas del Partido (o Ingsoc, Socialismo Inglés).

De esta manera  podemos destacar los pilares del régimen y su perpetuidad: primero,  la búsqueda de un control social alienando  al individuo y  hacerlo virtualmente incapaz de pensar por sí mismo, llegando en una segunda instancia, a instalar una dictadura. En dicho régimen se ejerce un autoritarismo sin límites donde ya no hay que convencer a nadie de sus bondades ya que nadie tiene con qué compararlas. Los individuos son pensados por otros y ya ni siquiera reprimidos sino entretenidos por la televisión para lograr esa instancia de sujeto sin pensamiento crítico y/o propio.

Lo triste de todo este proceso de creación es que el propio  Orwell sabía que se moría mientras escribía. Sostienen que se refugió en una choza húmeda en la isla escocesa de Jura para poder terminarla, escribiendo cuatro mil palabras por día. Seis meses después de la aparición del libro muere por una pulmonía. Tenía 47 años.

Sostiene Juan Manuel Santiago en una interesante introducción que realizó para la novela, “A modo de conclusión, ¿qué hay de 1984 en nuestro mundo actual? Parece ser que mucho, y más de lo que quisiéramos. La advertencia de Orwell parece haberse convertido en realidad, tal vez de una manera más sutil y, por supuesto, menos lesiva para la sensación de libertad individual. El futuro opresivo descrito por Orwell se ha convertido en un presente en el que impera la sensación generalizada de libertad y comodidad, de utopía realizada, pero en realidad los mecanismos de control son los mismos. En resumen, la definición misma de distopía…”.  Distopía en el sentido de  relato que presenta una hipotética sociedad futura donde, ya sea por la deshumanización de la misma, un gobierno totalitario o el control intrusivo que la tecnología ejerce sobre el día al día, el individualismo se degrada en términos absolutos en favor del pensamiento único y de una sociedad unitaria. Y al pensar una distopía orwelliana hacemos referencia a aquel término que describiría la manipulación política sobre la cultura de la población, a nivel histórico, tradicional, y lingüístico, tal como lo hacía el régimen del Gran Hermano a través de la neolengua en 1984. 70 años de aquella metáfora que se convirtió en anticipación o presagio de una sociedad con los ojos puestos permanentemente sobre una pantalla.