La melancolía en Augurios de una tarde feliz de Oscar Caballero

Por Bernabé Tolosa

Augurios de una tarde feliz (Colección ¡Arre que va!, 2019) es la primera novela de Oscar Caballero. Un retrato de época del puerto local debajo de la historia de un chico de siete años que espera el regreso de su papá embarcado en el Pionero desde hace seis días. El fútbol y el humor ayudan a sobrellevar el drama de la historia narrada.

Oscar Caballero buscó, para su primera obra,  una historia familiar que interpela permanentemente sobre del significado el desarraigo y el sentido de comunidad del puerto local, así como su propio pasado. Es decir, sobre quién es Oscar Caballero y qué lo trajo hasta acá.

El cuerpo principal de la historia de  Augurios de una tarde feliz  está centrado en el 6 de julio de 1969, día en que el club Chacarita se consagra campeón del torneo Metropolitano venciendo a River Plate por 4 a 1. El protagonista tenía 7 años y era hincha, al igual que su  hermano, del equipo millonario. Su padre, José Caballero, hincha de Boca, estaba por esos días embarcado en el  pesquero Pionero y a punto de volver a puerto. La ansiedad de la familia por el regreso se combinaba con la amargura por el resultado del partido y las posibles cargadas de su padre por haber perdido y sido goleado por un equipo que nunca había ganado un campeonato hasta esa fecha.

Tristemente, todo eso pasó rápido a un segundo plano. La historia continuaría de otra forma y bajo una permanente espera. “Se lo tragó el mar literalmente. Nunca se encontraron restos del barco, ni cajones, ni nada. Mi hipótesis es que el  temporal hizo que la carga se corriera hacia un lado, el barco se escoró,  el viento y el oleaje hizo que se diera vuelta como campana y ahí terminó la historia”, dice el autor.

Oscar tenía por aquel entonces siete años y recuerda que en su casa nunca más se habló del tema. Vivía la historia como desde afuera de todo. En su colegio, La sagrada familia, se rezó durante aquellos días por el descanso de los  tripulantes  y él, asegura, en medio de aquello veía pasar todo como si fuera una película.

El tiempo pasó y él comenzó a trabajar como periodista en el diario El Atlántico de la ciudad. Lo primero que hizo allí fue buscar en los archivos respuestas y algo de su memoria. “Eso me acompañó durante muchos años hasta que empecé a trabajar en el diario y ahí me animé a ir por primera vez al archivo, ya grande, con más de treinta años, a buscar información sobre aquel hecho” cuenta Oscar.

Su actitud de silencio y aguardo fue generalizada. Muchos convivieron con esa constancia de la espera mientras cada uno desarrollaba su camino. Casi como si todos se resignaran  a perder el recuerdo, casi como si se prefiriera no saber qué pasó para no tener la instancia de olvidarlo luego. “Sabés, dice Oscar, una vez apareció la hija del capitán del barco, Jorge Napoleone, y me peguntó que tenía qué ver yo con el Pionero. Entonces le cuento que soy el hijo del segundo patrón y enseguida le  pregunto qué sabe ella del naufragio. Ella me responde que nada, que en su casa nunca se habló más del tema. Igual que en mi caso”.

-¿Y, entonces, cómo reaccionaron en tu casa? ¿Qué hizo tu mamá o tu hermano?

- Mi mamá se puso el luto, se apagaron las radios durante un mes, había silencio total como se estilaba en esa época, y salió a trabajar para seguir adelante. Mi hermano es seis años mayor que yo y nos pasan cosas curiosas en torno a todo aquello. Hoy hablamos y tenemos distintos recuerdos de aquella época. Él, además, tuvo la responsabilidad de estudiar y salir a trabajar a la vez. Yo era muy chico entonces.

-¿Qué pasó al entrar al archivo del diario y buscar la información? ¿Ibas decidido a eso?

- Fue muy conmocionante. Sí, estaba dispuesto a buscar esa información. Y ¿sabés?  Ahora volví al archivo, en este caso del diario La Capital, a buscar algunos datos para la novela y realmente me emocionó mucho más que aquella vez. Bueno,  ahora también ya estaba involucrado y decidido a escribirla y fue muy fuerte leer en aquellas páginas cuando se anuncia: “Se da por perdido al Pionero”.  Aún me emociono, es muy fuerte cuando se anuncia que se deja de buscar, cuando se termina la búsqueda del buque y por ende de aquellos que iban en él.

La novela, por supuesto, tiene un fuerte contenido de ficción, pero está sostenida en un hecho real. Pero la ficción no está muy lejos de lo real. El viaje en el tiempo que se recrea es cuando el padre del protagonista aborda el buque que lo trajo de Vigo a Mar del Plata, así como las circunstancias de vida de los muchos que hicieron lo mismo y pasaron no muy buenos tiempos por estas latitudes hasta que pudieron hacerse su lugar y su familia. Es decir, uno encuentra la historia del autor pero también un retrato de época  del puerto local y sus pioneros.

El libro está dedicado a “todos los que quedan para siempre a la espera de un regreso”. A la espera de que el mar responda algo. Pero solo hay silencio y fuerza para superponerse. Pero luego de ese silencio viene la herida por él y en ese estado transcurren  los días y la memoria,  generando cierta melancolía luego de aquella pesadilla. El hecho de recordar en ausencia.

“Hay una necesidad de ese cierre con el cuerpo del fallecido. Es decir,  como que  al no estar la constancia del cuerpo, entonces,  se hace más difícil sobrellevar esa historia. En el caso del que pierde la vida en el mar hay un proceso de espera que no se cierra. Yo, en este caso,  con el paso de los años fui asumiendo lo que pasó, pero recuerdo que mi madre esperó siempre el golpecito con los nudillos en la persiana del viejo. La habitación de mi madre daba a la calle, entonces,  cuando mi papá llegaba de madrugada,  le golpeaba la persiana para que le abriera y así no despertaba a todos. Eso mi madre no lo pudo superar” relata Oscar.

-¿Pero eso te enteraste ahora o lo recordás  por haberlo vivido?

- Eso lo viví, eso lo recuerdo de chico. Pero lo que hizo mi madre es tapar todo trabajando y haciéndose cargo de criar a dos chicos y eso la ayudó a superarlo. No había manera ni tiempo de deprimirse ni de ir a un psicólogo, había que trabajar  para que nosotros estudiáramos  y creciéramos lo mejor posible.

- ¿Quién fue Leda?

- En realidad se llama Raine. Yo no la conocía y hace diez años atrás, más o menos, recibo un mail preguntándome si yo era hijo de José Caballero. Ahí me dice que me va a contar una historia que lleva adentro desde hace mucho tiempo. Relata que mi papá  trabajaba en una empresa que se llamaba Pemasur y que ella era la única mujer que trabajaba  en la administración de esa empresa. Ella era muy jovencita y mi papá tenía para con ella muchas atenciones, lo que a ella le parecía algo muy especial para ese ambiente. Ella se sentía protegida por él hasta que en un momento él se queda sin trabajo. Él era  un capitán experimentado pero que no había salido de la escuela de marinería y los barcos ya estaban empezando a pedir capitanes con título. Y el capitán de ese barco, Jorge Napoleone, estaba en una relación con esta chica. Entonces ella le pide a Jorge que lo embarque a mi papá. Él se resiste porque pensaba  que tenía que capitanear a alguien con toda esa experiencia  y eso podía resultar incómodo. Sin embargo,  le pide por favor que lo embarque  ya que era muy buen agente y estaba sin trabajo. Finalmente lo embarca. Raine se va a vivir al sur y estando en Bariloche va a tomar un café, abre el diario y ve que el Pionero había naufragado. Ella se queda todo este tiempo con esa carga, con esa culpa  de haber embarcado a mi papá en ese buque. Ella me contacta para contarme su historia, para hacer catarsis conmigo.

Más de treinta años les llevó poder sacar esa mochila de sus espaldas. Aún hoy Oscar se emociona cuando habla de aquel pibe de siete años que esperaba a su papá para contarle el resultado del partido, más allá de las cargadas que seguramente recibiría de él.

Augurios de una tarde feliz depara momentos de intenso voltaje emocional. El humor y el drama conviven a lo largo de una narración que atrapa y conmueve en la que la luna, el mar y el fútbol son protagonistas esenciales de un vínculo que se fortalece con la espera y la ausencia” dice la presentación. La historia se lee bajo una mirada de tristeza que busca huir de esa espera. Busco la palabra justa para definir de quiénes son esos recuerdos, si de aquel niño de siete años o de este hombre de más de 50. La memoria no dicha indica que no hubo ni hay tiempo perdido. Hay tiempos propios que la literatura ayuda a recuperar.

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La melancolía en Augurios de una tarde feliz de Oscar Caballero

Augurios de una tarde feliz (Colección ¡Arre que va!, 2019) es la primera novela de Oscar Caballero. Un retrato de época del puerto local debajo de la historia de un chico de siete años que espera el regreso de su papá embarcado en el Pionero desde hace seis días. El fútbol y el humor ayudan a sobrellevar el drama de la historia narrada.

Oscar Caballero buscó, para su primera obra,  una historia familiar que interpela permanentemente sobre del significado el desarraigo y el sentido de comunidad del puerto local, así como su propio pasado. Es decir, sobre quién es Oscar Caballero y qué lo trajo hasta acá.

El cuerpo principal de la historia de  Augurios de una tarde feliz  está centrado en el 6 de julio de 1969, día en que el club Chacarita se consagra campeón del torneo Metropolitano venciendo a River Plate por 4 a 1. El protagonista tenía 7 años y era hincha, al igual que su  hermano, del equipo millonario. Su padre, José Caballero, hincha de Boca, estaba por esos días embarcado en el  pesquero Pionero y a punto de volver a puerto. La ansiedad de la familia por el regreso se combinaba con la amargura por el resultado del partido y las posibles cargadas de su padre por haber perdido y sido goleado por un equipo que nunca había ganado un campeonato hasta esa fecha.

Tristemente, todo eso pasó rápido a un segundo plano. La historia continuaría de otra forma y bajo una permanente espera. “Se lo tragó el mar literalmente. Nunca se encontraron restos del barco, ni cajones, ni nada. Mi hipótesis es que el  temporal hizo que la carga se corriera hacia un lado, el barco se escoró,  el viento y el oleaje hizo que se diera vuelta como campana y ahí terminó la historia”, dice el autor.

Oscar tenía por aquel entonces siete años y recuerda que en su casa nunca más se habló del tema. Vivía la historia como desde afuera de todo. En su colegio, La sagrada familia, se rezó durante aquellos días por el descanso de los  tripulantes  y él, asegura, en medio de aquello veía pasar todo como si fuera una película.

El tiempo pasó y él comenzó a trabajar como periodista en el diario El Atlántico de la ciudad. Lo primero que hizo allí fue buscar en los archivos respuestas y algo de su memoria. “Eso me acompañó durante muchos años hasta que empecé a trabajar en el diario y ahí me animé a ir por primera vez al archivo, ya grande, con más de treinta años, a buscar información sobre aquel hecho” cuenta Oscar.

Su actitud de silencio y aguardo fue generalizada. Muchos convivieron con esa constancia de la espera mientras cada uno desarrollaba su camino. Casi como si todos se resignaran  a perder el recuerdo, casi como si se prefiriera no saber qué pasó para no tener la instancia de olvidarlo luego. “Sabés, dice Oscar, una vez apareció la hija del capitán del barco, Jorge Napoleone, y me peguntó que tenía qué ver yo con el Pionero. Entonces le cuento que soy el hijo del segundo patrón y enseguida le  pregunto qué sabe ella del naufragio. Ella me responde que nada, que en su casa nunca se habló más del tema. Igual que en mi caso”.

-¿Y, entonces, cómo reaccionaron en tu casa? ¿Qué hizo tu mamá o tu hermano?

- Mi mamá se puso el luto, se apagaron las radios durante un mes, había silencio total como se estilaba en esa época, y salió a trabajar para seguir adelante. Mi hermano es seis años mayor que yo y nos pasan cosas curiosas en torno a todo aquello. Hoy hablamos y tenemos distintos recuerdos de aquella época. Él, además, tuvo la responsabilidad de estudiar y salir a trabajar a la vez. Yo era muy chico entonces.

-¿Qué pasó al entrar al archivo del diario y buscar la información? ¿Ibas decidido a eso?

- Fue muy conmocionante. Sí, estaba dispuesto a buscar esa información. Y ¿sabés?  Ahora volví al archivo, en este caso del diario La Capital, a buscar algunos datos para la novela y realmente me emocionó mucho más que aquella vez. Bueno,  ahora también ya estaba involucrado y decidido a escribirla y fue muy fuerte leer en aquellas páginas cuando se anuncia: “Se da por perdido al Pionero”.  Aún me emociono, es muy fuerte cuando se anuncia que se deja de buscar, cuando se termina la búsqueda del buque y por ende de aquellos que iban en él.

La novela, por supuesto, tiene un fuerte contenido de ficción, pero está sostenida en un hecho real. Pero la ficción no está muy lejos de lo real. El viaje en el tiempo que se recrea es cuando el padre del protagonista aborda el buque que lo trajo de Vigo a Mar del Plata, así como las circunstancias de vida de los muchos que hicieron lo mismo y pasaron no muy buenos tiempos por estas latitudes hasta que pudieron hacerse su lugar y su familia. Es decir, uno encuentra la historia del autor pero también un retrato de época  del puerto local y sus pioneros.

El libro está dedicado a “todos los que quedan para siempre a la espera de un regreso”. A la espera de que el mar responda algo. Pero solo hay silencio y fuerza para superponerse. Pero luego de ese silencio viene la herida por él y en ese estado transcurren  los días y la memoria,  generando cierta melancolía luego de aquella pesadilla. El hecho de recordar en ausencia.

“Hay una necesidad de ese cierre con el cuerpo del fallecido. Es decir,  como que  al no estar la constancia del cuerpo, entonces,  se hace más difícil sobrellevar esa historia. En el caso del que pierde la vida en el mar hay un proceso de espera que no se cierra. Yo, en este caso,  con el paso de los años fui asumiendo lo que pasó, pero recuerdo que mi madre esperó siempre el golpecito con los nudillos en la persiana del viejo. La habitación de mi madre daba a la calle, entonces,  cuando mi papá llegaba de madrugada,  le golpeaba la persiana para que le abriera y así no despertaba a todos. Eso mi madre no lo pudo superar” relata Oscar.

-¿Pero eso te enteraste ahora o lo recordás  por haberlo vivido?

- Eso lo viví, eso lo recuerdo de chico. Pero lo que hizo mi madre es tapar todo trabajando y haciéndose cargo de criar a dos chicos y eso la ayudó a superarlo. No había manera ni tiempo de deprimirse ni de ir a un psicólogo, había que trabajar  para que nosotros estudiáramos  y creciéramos lo mejor posible.

- ¿Quién fue Leda?

- En realidad se llama Raine. Yo no la conocía y hace diez años atrás, más o menos, recibo un mail preguntándome si yo era hijo de José Caballero. Ahí me dice que me va a contar una historia que lleva adentro desde hace mucho tiempo. Relata que mi papá  trabajaba en una empresa que se llamaba Pemasur y que ella era la única mujer que trabajaba  en la administración de esa empresa. Ella era muy jovencita y mi papá tenía para con ella muchas atenciones, lo que a ella le parecía algo muy especial para ese ambiente. Ella se sentía protegida por él hasta que en un momento él se queda sin trabajo. Él era  un capitán experimentado pero que no había salido de la escuela de marinería y los barcos ya estaban empezando a pedir capitanes con título. Y el capitán de ese barco, Jorge Napoleone, estaba en una relación con esta chica. Entonces ella le pide a Jorge que lo embarque a mi papá. Él se resiste porque pensaba  que tenía que capitanear a alguien con toda esa experiencia  y eso podía resultar incómodo. Sin embargo,  le pide por favor que lo embarque  ya que era muy buen agente y estaba sin trabajo. Finalmente lo embarca. Raine se va a vivir al sur y estando en Bariloche va a tomar un café, abre el diario y ve que el Pionero había naufragado. Ella se queda todo este tiempo con esa carga, con esa culpa  de haber embarcado a mi papá en ese buque. Ella me contacta para contarme su historia, para hacer catarsis conmigo.

Más de treinta años les llevó poder sacar esa mochila de sus espaldas. Aún hoy Oscar se emociona cuando habla de aquel pibe de siete años que esperaba a su papá para contarle el resultado del partido, más allá de las cargadas que seguramente recibiría de él.

Augurios de una tarde feliz depara momentos de intenso voltaje emocional. El humor y el drama conviven a lo largo de una narración que atrapa y conmueve en la que la luna, el mar y el fútbol son protagonistas esenciales de un vínculo que se fortalece con la espera y la ausencia” dice la presentación. La historia se lee bajo una mirada de tristeza que busca huir de esa espera. Busco la palabra justa para definir de quiénes son esos recuerdos, si de aquel niño de siete años o de este hombre de más de 50. La memoria no dicha indica que no hubo ni hay tiempo perdido. Hay tiempos propios que la literatura ayuda a recuperar.

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