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El escribiente

7 de Julio de 2019 14:47

Las mil y una facetas de Borges

La gran mayoría sabe quién es Borges. Muchos saben alguna cita sobre el peronismo o los títulos de algunos de sus cuentos; otros, lo nombran porque te pone en un diferente lugar. Lo cierto es que Borges cuenta con mil y una facetas hoy, pero ese número se acrecienta con el paso del tiempo.

Jorge Luis Borges. El escritor más citado que leído. Uno de los que llevó a la Argentina al mundo. “Complejo palimpsesto, que es a la vez el forjador de sueños y el señor del laberinto, el bibliotecario de Babel y el que fundó míticamente Buenos aires” al decir de María Kodama en su libro Homenaje a Borges (Sudamericana, 2016).

Mario Goloboff nos cuenta que la vida de Borges se resume en el ejercicio constante y consciente de una actividad literaria que aún no ha cejado. “Pocos hechos de su biografía están fuera de la permanente ligazón que se ha establecido en Borges entre lo vivido y lo leído”, nos dice. 

Muchos dicen que leer a Borges es complejo. Tan complejo que te desalientan a la hora de acercarte a sus textos. Por otro lado, está el Borges al que muchos le sacaron algo. Es decir, tomaron parte de lo suyo, de sus textos, de sus historias o de su propia historia y lo orientaron hacia algún lugar. Así tenemos al Borges y la física, la filosofía, la matemática…  También aparece el Borges político, irónico, crítico y hasta el, al fin, el poético. 

Lo cierto es que Borges es una tentación. Una tentación para el goce literario y una tentación para hacerle decir lo que otros quieren. 

Carlos Gamerro en Borges y los clásicos  (Eterna Cadencia, 2016) sostiene que “Es posible que Borges no haya sido el escritor más importante del siglo XX. Hay candidatos más fuertes, como Joyce, Kafka o Proust, por mencionar apenas a las tres personas de la Trinidad. Sin embargo, pocos se atreverían a discutir que Borges fue el lector más intenso e interesante del siglo XX. Ahora, ¿qué queremos decir cuando decimos ‘un gran lector?’”

Gamerro apunta a aquel que cambia  o transforma nuestra forma de leer a aquellos que él ya ha leído. Es decir, Borges cambio nuestra manera de leer, por ejemplo, a Homero, Dante, Shakespeare o Cervantes, entre otros. 

Harold Bloom en su ya clásico El canon occidental (Anagrama, 2006) nos lo representa así: “Maestro de laberintos y espejos, Borges fue un profundo estudioso de la influencia literaria, y como escéptico más interesado por la literatura de imaginación que por la religión o la filosofía, nos enseñó a leer dichas especulaciones primordialmente por su valor estético. Al envejecer, comenzó a preferir la opinión de que la literatura canónica es algo más que una continuidad, de hecho es un inmenso poema compuesto por muchas manos a través de los siglos (…)  todos los escritores son al mismo tiempo todos y ninguno, el laberinto vivo y único de la literatura”. 

A propósito de esto, ¿qué había en la biblioteca de Borges? ¿Qué cargaban alguno de los estantes del mueble de su casa? Alberto Manguel aclara algo sobre esto en algunos de sus escritos sobre bibliotecas contándonos que en las estanterías de su dormitorio se veían libros de poesía y una completa colección de literatura anglosajona e islandesa. Pero luego agrega que “En alguna parte (quizás en la habitación de su madre) estaba la literatura argentina que había acompañado a la familia en su viaje a Europa, poco antes de la Primera Guerra Mundial: el Facundo de Sarmiento, las Siluetas militares de Eduardo Gutiérrez, los dos tomos de la Historia argentina de Vicente Fidel López, Amalia, de Mármol, Prometeo y Cía de Eduardo Wilde, Rosas y su tiempo de Ramos Mejía, varios libros de poesía de Leopoldo Lugones, y el Martín Fierro de José Hernández…”

Cuando muere su padre, Jorge Luis se emplea como bibliotecario en la Biblioteca Miguel Cané, en un barrio de Buenos Aires. Luego será nombrado director de la Biblioteca Nacional. Cuentan que nada había para él tan importante  como tener un libro en sus manos. Él sostenía  que era el instrumento más asombroso de cuantos creara el hombre, “ya que mientras los otros instrumentos como caleidoscopios y  máquinas, son instrumentos del cuerpo, el libro lo es de la memoria”. María Kodama nos cuenta que él “siguió comprando libros, nuevas ediciones de los que ya tenía, nuevas traducciones para confrontarlas con las que estaban en su poder del siglo XX, muchos de ellos regalos de su padre (…) una mirada a la biblioteca de Borges da lugar al asombro de muchas personas, más de la mitad de ella está formada por libros de filosofía, de matemáticas, de lógica y de religiones. Esto hace y explica la esencia de esa obra que florece y desborda las fronteras de lo literario (…)”

Un día, finalmente, Borges tuvo que morir. Eligió Ginebra para hacerlo. Cuenta Bioy Casares en sus diarios, bajo la entrada del 12 de mayo de 1986: “Hoy hablé con Borges, que está en Ginebra. A eso de las nueve, cuando íbamos a tomar el desayuno, llamó el teléfono. Silvina atendió. Pronto comprendí que hablaba con María Kodama. Silvina le preguntó cuándo volvían; María no contestó a esa pregunta. Silvina habló también con Borges y volvió a preguntar: “¿Cuándo vuelven?”. Me dio el teléfono y hablé con María. Le comuniqué noticias de poca importancia sobre derechos de autor (una cortesía, para no hablar de temas patéticos). Me dijo que Borges no estaba muy bien, que oía mal y que le hablara en voz alta. Apareció la voz de Borges y le pregunté cómo estaba. “Regular, nomás”, respondió. “Estoy deseando verte”, le dije. Con una voz extraña, me contestó: “No voy a volver nunca más”. La comunicación se cortó. Silvina me dijo: “Estaba llorando”. Creo que sí. Creo que llamó para despedirse”.

La tumba número 735, en el lado oeste del cementerio de Plainpalais, en el número 19 de la Rue de Rois de Ginebra, sólo indica su nombre. Nada dice sobre su oficio. En letras talladas se afirma: Jorge Luis Borges,  1899/1986. And ne Forthedon Va. Del otro lado de aquella piedra se lee una enigmática y breve saga nórdica que Ulrica le dedica a Javier Otárola (de no reconocerlos, busquen dicho cuento y salvarán de seguro ese día de sus vidas al menos).

Pero Borges aún hoy sigue generando sentidos y muchos más en sus relecturas. Cuentan que un estudiante de Yale pasó por Buenos Aires para poder finalizar su tesis de doctorado sobre la obra del Maestro. Se titulaba “Borges está vivo”. Él había comprobado que aquí se hablaba y se discutía sobre Borges, se lo amaba y se lo odiaba con la intensidad que se pone en el sentimiento por alguien que está vivo.

En Ulrica se dice que “el milagro tiene derecho a imponer condiciones”. El milagro de Borges impone un recompensado esfuerzo. Un esfuerzo  no solo para llegar  sino para saber que se está llegando también  a esa imaginaria salida del laberinto.

 

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