El escribiente

20 de Diciembre de 2020 09:10

De palabras y orígenes

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El lenguaje y la palabra están desde el inicio. De hecho, muchos dicen que al nombrar se crea. De algún lugar y momento histórico surgen, entonces,  las palabras o las frases que utilizamos casi a diario. Pensemos en aquellos inicios y traigamos a la literatura como referente de su sujeción con la realidad.

El lenguaje, escrito o hablado, está impregnado de valores simbólicos. Es decir, de  imágenes, ideas, emociones, sonoridades y más. En él confluye lo expresado, así como lo no expresado también. En la India aseguran que el paso de la palabra a la realidad es una abertura. Hay que tener en cuenta que  el lenguaje no solo es un medio de comunicación entre los seres humanos, sino que, para muchas culturas, es también una invocación u oración con la divinidad.

El mundo es la consecuencia de la palabra divina: “En el principio era el verbo…”. El Verbo se llama en el islam Kalimat Allāh, Palabra de Dios o Palabra instauradora. Esta, entonces, como símbolo del verbo o del logos (razón), es decir, la palabra como instrumento de la inteligencia para la creación.

La letra  aparece así  como aquella que en sus combinaciones virtuales indefinidas  genera la imagen de la multitud de las criaturas, incluso de la propia sustancia de los seres nombrados. La letra que, según la tradición de la Kabbalah,  contienen una potencia creadora que el hombre no puede conocer: «Ninguna persona conoce su orden (verdadero), pues los parágrafos de la Thora (la ley) no están indicados en su orden justo. De otro modo, cualquiera que los leyera podría crear un mundo, animar a los muertos y hacer milagros. Por esto el orden de la Thora está oculto y no lo conoce nadie más que Dios»

La mayor parte de las letras serían, en su origen, un dibujo de un animal, un gesto humano o la representación de una realidad concreta.

Pero si hablamos de origen podemos asimismo decir  que la práctica de unir los caracteres del alfabeto para producir las pequeñas letras que se usan hoy en la escritura «manuscrita», tuvo su origen en los monasterios de la Edad Media. Los amanuenses encontraron que era más fácil escribir palabras completas sin levantar la pluma del papel. Conectar entre sí los caracteres individuales, en vez de escribir un signo, levantar la pluma y escribir otra letra, y así sucesivamente.

Desde siempre cabe la pregunta sobre si estuvo primero la acción y después el habla  o al revés.  Los de Esparta en eso  eran prácticos. Cuentan que a los jóvenes espartanos se les enseñaba a ser concisos en su lenguaje. Se suponía que debían actuar en vez de hablar; si tenían que hablar, mientras menos lo hicieran,  mejor. El distrito que rodeaba la ciudad de Esparta (y la primera área que dominó) se llamó Laconia. Ser conciso al hablar, por tanto, es ser lacónico.

Pero adelantémonos  en el tiempo para ver cómo siempre se crearon y se crean nuevas palabras, conceptos y sentidos.  Por ejemplo: “En una reunión de comunistas rusos en Bruselas, en agosto de 1903, Lenin trató, por medio de su elocuencia, de conseguir la mayoría de los votos para él. Con su toque seguro de propaganda, inmediatamente llamó a su grupo los bolsheviks, «la mayoría». Posteriormente el grupo ganó pocos votos y fue una minoría, pero el nombre «bolchevique» subsistió, aumentando el prestigio de los seguidores de Lenin.

Cuenta Daniel Balmaceda en el recién aparecido El apasionante origen de las palabras (Sudamericana  - 2020), una interesante vinculación entre el fuego, el humo y las palabras.

Comienza en la Roma antigua. Balmaceda sostiene que “En tiempos de Alejandro Severo, emperador entre los años 222 y 235, existió un estafador, Vetronio Turino, quien aseguraba que mantenía fuertes lazos con las principales esferas de poder, incluso de mayor peso que Alejandro Severo, quien —según decía Vetronio— era un hombre débil. Con este cuento, vivía recolectando dinero a cambio de favores que nunca cumplía. Las historias de este falso influyente llegaron a  oídos del joven emperador, quien no en vano se hacía llamar Severo y de débil no tenía nada. Atraparon a Turino y fue condenado a la hoguera. Pero el emperador fue más allá. Ordenó que la fogata se hiciera con palos verdes para que sacaran más humo y de esta manera muriera ahogado antes que quemado, mientras un pregonero debía anunciar: Fumo punitur, qui vendidit fumum (Castigo con humo a quien vendió humo). Antes y ahora quiere decir lo mismo: vender humo es intentar sacar ventaja de otro prometiendo algo que no será posible cumplir”.

Pero además nos cuenta el nacimiento de dos frases más vinculadas al humo y al fuego. Esta vez son aquellas frases pensadas desde situaciones bélicas. ¿Quién no hablo alguna vez de “cortinas de humo” o de “irse al humo” sobre alguien o sobre algo?

“La ‘cortina de humo’ era un clásico recurso en el combate de todos los tiempos. Se encendían ramas para ocultarse o para confundir al enemigo. En cambio, ‘irse al humo’ es una fórmula utilizada en Uruguay, Paraguay y Argentina. Cuando partían malones en distintas direcciones, el que divisaba humo sabía que otro grupo estaba peleando en una zona con botines apetecibles. Al divisar la fogata se dirigían con excitación hacia ese sitio que prometía bienes y cautivas. Se iban al humo” explica Balmaceda.

El dinero, desde su origen, es considerado como el motor del mundo. Cicerón consideraba que, “la fortuna y la riqueza son capaces de gobernar la vida del hombre”, ya que llegan a resultar más influyente y determinante que la sabiduría.

El vocablo dinero proviene del latín denarius, sustantivo que dio nombre a una moneda de plata de la Roma antigua. Cada denario equivalía a diez ases de bronce.

Moneda, por su parte, tiene su origen en el latín moneta. Según cuenta la tradición, las monedas romanas eran acuñadas en una casa situada junto al templo de la diosa Juno, quien adquirió el sobrenombre de Moneta, “la que advierte o recuerda”, después de que los gansos del templo advirtieran con sus graznidos el ataque de los galos. El epíteto de la diosa dio el nombre a las monedas acuñadas junto al tempo.

Los billetes, por su parte, comenzaron a usarse como pago en China hace más de diez mil años. Su nombre proviene del francés antiguo bullete, nota breve. Esta voz francesa es el diminutivo de bulle, que significa documento, tomado del latín medieval bulla con el mismo significado.

Por último, el nombre cheque proviene del inglés check (comprobación o el complemento de cheque que quedaba en poder de quien lo expedía para dejar memoria de la transacción).  La palabra deriva, asimismo, del inglés antiguo chek, que significa jaque o ataque, y del persa shah (rey). Así los ajedrecistas de lengua inglesa dieron a check los sentidos de “detener, rodear, verificar” en relación con la figura del rey.

Cuentan que Alejandro de Macedonia, cada vez que sumaba territorios para su conquista, acuñaba monedas con su rostro para que, en tamaña extensión, nadie olvide quién era el que mandaba, quién los había conquistado y a quién le debían lealtad.

Por otro lado, Borges cuenta que  Robert  Graves quita de sus obra completas un poema sobre Alejandro de Macedonia. Un poema que “merece ser antiguo, no contemporáneo. Merece ser algo que los hombres han soñado durante mucho tiempo”, sostiene Borges.

El argumento es el siguiente: Alejandro de Macedonia no muere en Babilonia, sino que se extravía de su ejército y va errando por una geografía desconocida, con hombres de piel amarilla y ojos oblicuos, chinos, tártaros. Como su oficio es ser  soldado, entra y se alista en ese ejército. Pasan muchos años, hace la guerra, no le importa no ser jefe, siempre es soldado. Un día de pago por el trabajo de guerrear distribuyen monedas. Él es un hombre viejo ya y se queda mirando una de las monedas. Él, viejo ya y rodeado de tártaros  o chinos, recibiendo su paga toda en monedas con su rostro y dice: “Claro, es la moneda que yo hice acuñar para celebrar la victoria de Arbela, batalla decisiva contra el imperio Persa,  cuando yo era Alejandro de Macedonia”.

Él dice “cuando yo era” Alejandro de Macedonia. Claro, él ya es otro.

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