El escribiente

24 de Enero de 2021 11:06

El arte de crear un retrato

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La figura del retrato es muy antigua. Siempre se lo pensó como un instrumento para recuperar aquello perdido. Pero ahora puede pensarse, también, como algo para volver a un lugar, a un tiempo. ¿De quién habla más el retrato? ¿Del artista o del retratado?

Plinio el Viejo cuenta en uno de sus relatos cómo nació el arte de hacer retratos. Según su historia, un amante debía partir en un largo viaje. Antes de marcharse, su amada tomó una lámpara y proyectó con ella  la sombra de su amado en la pared y la dibujó resiguiendo el contorno de su cara. Creó y dio forma, así, a la silueta, al retrato de quien estaría ausente. Con él, ella podría recuperarlo en el recuerdo.

Vale agregar que la palabra retrato viene del latín retractus que significa propiamente "hacer volver atrás", aunque puede confundirse también con hacer revivir cualquier cosa.

Podríamos decir, entonces, que para los romanos el retrato no era solo para recordar a alguien. También era un modo de mantener su presencia en su mundo. De hecho, esto se utilizó también en los ataúdes, manteniendo así a los fallecidos entre los vivos y, sobre todo, desvaneciendo la frontera entre el mundo de los vivos y el de los muertos.

Como contracara de lo pensado por los romanos encontramos la postura que lograba el arte ateniense y, en general, el arte griego antiguo. Su arte nunca implicaba paisajes ni naturaleza muerta; por el contrario, se compartía con toda la polis estatuas, dibujos, pinturas y modelos de seres humanos. Por todas partes convivían las imágenes de los seres humanos con los propios seres humanos. Pero esas imágenes iban más allá de lo decorativo,  muchos piensan que era, en realidad, cierta instrucción social. Es decir, el arte mostraba cómo debía ser el estereotipo ateniense.

También es cierto que hay retratos o rostros que son hechos para no ser vistos. Por ejemplo, los rostros de los centenares de “guerreros de terracota” exhumados de la tumba de Qin Shihuangdi, el primer emperador de China. Estos rostros son todos parecidos entre sí, pero no se asemejan a nadie en particular. Es decir, se buscaba una individualidad estandarizada. “Todo un desafío a la noción de retrato misma” dirá la especialista en estudios clásicos Mary Beard.

Y argumenta: “Las figuras son todas distintas, pero esas diferencias que introdujeron los artesanos resultan predecibles. Los soldados están hechos por piezas con la cabeza insertada al final. La variedad de rasgos faciales en cada uno de ellos es el resultado de mezclar un repertorio de elementos bastante restringidos: con solo unos pocos tipos de cejas, por ejemplo, o distintos tipos de bigotes, se consiguen combinaciones muy variadas”.

Es decir, no son retratos en el sentido convencional, sino más bien una serie de combinaciones estandarizadas de ciertos elementos.

En épocas de reyes y emperadores antiguos, los retratos se pintaban para que sus súbditos los conocieran. Pero estos, muchas veces, se pintaban sin el modelo presente. Alguien, cercano al rey o al emperador, lo describía ante el artista para que este hiciera su trabajo. En la mayoría de los casos la imagen estaba muy lejos de lo real. Y esto, a veces, traía consecuencias muy negativas para los súbditos.

Al hablar de El retrato de Dorian Gray hablamos de la única novela, y la más famosa, de Oscar Wilde. Muchos coinciden que en ella el autor explora la idea de que el objetivo de la vida sea convertirse en una obra de arte.

Cuando Dorian se da cuenta de que la belleza con el paso del tiempo se extinguirá, implora que su retrato sea el que envejezca y no él. Y es así que el protagonista recibe este ¿don? (Vuelve Wilde a aquel recurso de vender el alma al diablo a cambio de un imposible, pero esta vez en el medio de la polémica de aquel tiempo, sobre las relaciones entre el arte y la vida).

Es así que Dorian se lanza a vivir experiencias límites que solo padece el retrato, el cual sirve como recordatorio de los efectos de cada uno de los actos cometidos sobre su alma.

Oscar Wilde juega magistralmente con la idea de cómo una disciplina artística como la literatura expresa o describe a otra como la pintura. Porque todo retrato que se pinta de corazón es, dicen muchos, un retrato más del artista que de la persona que posa.

El propio Vincent  van Gogh,en sus diarios y sus cartas, le dedica mucho espacio y pensamiento al retrato en sí mismo. Llega a oponerlo al paisaje. Le concede mucha importancia a esa discusión hasta que finalmente dice: “No renuncio a la idea que tengo sobre el retrato, pues defender esa idea es muy  importante, enseñarle a la gente que lleva dentro algo más que lo que la fotografía con su aparato puede sacar”.

Jasper Gwyn es un personaje de Alessandro Baricco (Mr Gwyn - Anagrama – 2011) que creía que los retratos, en realidad, se hacían para presentar una identidad falsa y despacharla como auténtica. Sin embargo, en determinado momento Jasper Gwyn, quien  “era un hombre exacto, incluso en el error”, decide hacer retratos, pero con la particularidad de que en lugar de pintarlos, “la idea es escribirlos”.

Así es, Mr Gwyn quería escribir retratos. Pero no caer solo en la mera descripción, porque eso no tendría sentido para él, sino que su intención era  “llevar de regreso al protagonista” a través de aquel retrato a algún lugar, a algún tiempo perdido. Mr Gwyn escribiría lo que ellos eran y para eso decidió que  “lo de hacer un retrato tenía que ser una cuestión de intimidades distantes”.

Jasper escribía retazos de la propia historia de cada uno. “Todos tenemos una determinada idea de nosotros mismos, tal vez apenas esbozada, confiesa, pero al final nos vemos llevados a una determinada idea de nosotros mismos, y la verdad es que a menudo hacemos coincidir esa idea con un determinado personaje imaginario en el que nos reconocemos”.

Somos historia. Nuestros retratos están hechos de palabras y textos. De lecturas y caligrafías. Tanto Oscar Wilde, como Mr Gwyn, jugaron con la idea de cómo una disciplina como la literatura expresa o describe a la de la pintura.

Pero tarde o temprano nos enfrentamos a lo más difícil. Retratados y artistas buscamos hacer nuestro propio retrato, sin saber si guardamos una mirada especial para ello y sin recordar lo dicho por el adivino Tiresias a los padres de Narciso: “Viviría hasta viejo si no se contemplaba a sí mismo”.

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