El escribiente

21 de Marzo de 2021 08:20

Mitología del ajedrez

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El ajedrez cautiva. Demasiado juego para ser ciencia, dijo Leibniz, y demasiada ciencia para ser un juego. Sin saber su origen preciso, ni sus primeros jugadores, este maravilloso juego nos pertenece a todos. Su propia historia sigue generando historias. Presencia constante en torno al ser humano.

1 Una leyenda cuenta que una reina debió padecer que dos jefes hermanos, sus hijos, combatan entre sí. A uno le toca morir en el fragor de la batalla, el otro deberá contarle a su madre cómo fue la batalla y la muerte de su otro su hijo. No encuentra mejor forma que a través de un juego e inventa el ajedrez.

Más allá de esta preciosa leyenda, según Abelardo Castillo, no hay certeza histórica sobre el origen del ajedrez. Se dice que es el más antiguo de los juegos inventados por el ser humano, así como el más complejo y el más atractivo. Castillo cita a Platón, quien en el Fedro supone que “fue un egipcio el que lo inventó y que este era un dios”. También se atribuye a los troyanos durante los asedios, mientras otros ubican su inicio entre los ríos Éufrates y Tigris, en la cuna misma de la humanidad. Ezequiel Martínez Estrada sostendrá que “Para explicar la aparición de este juego, fue preciso localizarlo en la India, el Egipto o la China, países cuya cultura tradicional autoriza provisionalmente toda conjetura, y que se adaptan bien en nuestra ignorancia al papel de grandes receptáculos de lo misterioso y lo inexplicable”. 

Por su parte Borges, amante del ajedrez, certificará en uno de sus poemas que “En el Oriente se encendió esta guerra, cuyo anfiteatro hoy es toda la Tierra”.

2 El juego se compone de 32 piezas de marfil, madera o metal, entre otros, que se arrastran de un lado a otro sobre 64 casillas de colores alternados. Para los jugadores, ese traslado de piezas sobre las 8 por 8 casillas lo es todo.

Y para los de afuera es de un atractivo práctico y abstracto. Práctico porque uno puede ver directamente las piezas en sus posiciones de ataques y defensas; abstracto porque se sabe que dentro de los cerebros de ambos jugadores se desarrolla también una batalla mental estratégica. Las negras no conocen los movimientos futuros de las blancas, como estas tampoco el de las negras. Ambas se buscan desbaratar y adelantarse a cada movida de las otras.  

Así por un largo tiempo. Pensemos que, según han calculado, “hay más posibles variantes en una partida de ajedrez que átomos en el universo”.

Pero muchos aseguran que esto no genera un agotamiento mental. Por el contrario. Stefan Zweig,  en su Novela del ajedrez, asegura que “El ajedrez tiene la maravillosa ventaja de que, al fijar las energías intelectuales a un campo limitado, no fatiga el cerebro aun en casos de la más esforzada producción mental, sino que más bien mejora su agilidad y elasticidad”.

Si bien la partida se desarrolla también, o mayoritariamente, en la mente de cada jugador, nosotros (los de afuera), vemos las piezas constantemente expuestas, invitándonos a pensar las circunstancias de cada lado (En un juego de naipes, las cartas de cada jugador están ocultas, por consiguiente no podemos anticiparnos).

Martínez Estrada sostendrá en Filosofía del ajedrez que “El ajedrez, aparte de sus valores de índice y referencia, comprende un sistema de filosofía pragmática, cuya clave no poseemos ya o todavía, en que los conceptos, las ideas, las emociones y los categoremas se producen por génesis transitiva durante el desarrollo de la partida”. Es decir, lo interior se proyecta, en cierto modo, a lo exterior. Cada idea, cada sentir, en el ajedrez tiene una compensación inmediata.

3 Por su etimología, la palabra ajedrez en muchos idiomas significa más o menos lo mismo: es un nombre que se vincula a la guerra o a sus protagonistas. Muchos han intentado corregir esto planteando que, en realidad, se usan palabra como ataque, asedio o derrota por no encontrar mejores vocablos que representen el sentido de los movimientos. Otros arriesgan que tal vez, en sus inicios, se trataba de un simulacro teórico de la guerra, pero que ya hace un tiempo largo dejó de simbolizarla.

Según George Steiner, las asociaciones alegóricas de la muerte con el ajedrez son perennes. “En los grabados medievales sobre madera, en los frescos renacentistas, en las películas de Cocteau y Bergman. La muerte gana la partida, pero al hacerlo se somete, aunque sea momentáneamente, a unas reglas fuera de su dominio” argumenta.

Pero, ¿estamos hablando de un juego violento?

Denostar a otro ser humano en el ajedrez es humillarlo en las raíces mismas de  inteligencia; hacerlo con facilidad es dejarlo extrañamente desnudo” dice Steiner. En todo caso, pareciera que habla de una violencia callada y extraña.

4 Los que dicen saber sostienen que son solo tres las ocupaciones intelectuales   donde los seres humanos han realizado grandes hazañas antes de la edad de la pubertad: la música, las matemáticas y el ajedrez. “Yo he visto a un niño de seis años manejar una defensa francesa con una tenaz maestría y, un momento después de terminar la partida, convertirse en un ruidoso y destructivo niño sin ton ni son” ejemplifica Steiner. Como en la música o en las matemáticas, el cerebro del niño o la niña jugadora da un salto hacia adelante, a un espacio subsiguiente, de forma sobrenatural.

Entonces, ¿hablamos de un juego?

Demasiado juego para ser ciencia, dijo Leibniz, y demasiada ciencia para ser un juego. Martínez Estrada lo presenta como algo más que un juego, una obra de arte científica que expresa las posibilidades de la inteligencia humana y los valores del conocimiento puro y desinteresado. “En él, el caballo es un artista, el peón, un sacrificado social, el rey, un solitario poco inteligente, mientras que las deducciones son obra de la intuición creadora que es como una adivinación profética” sostiene.

5 Son muchos los libros que tienen al ajedrez como protagonista: El libro del ajedrez de Alfonso X el Sabio, las dos Alicias de Lewis Carroll, el Gambito de Caballo de William Faulkner o Final de partida de Beckett. Por nuestro lado tenemos a Abelardo Castillo, Borges, Rodolfo Walsh y Felisberto Hernández, entre otros, quienes le han dedicado páginas preciosas.

Un juego antiquísimo pero que se presenta siempre como novedoso. Limitado en su espacio, pero ilimitado en sus posibilidades. Un juego que pertenece a todas las culturas, pero que no se sabe exactamente cuál de ellas fue quien lo creó.

El ajedrez como juego motivador, como parte nuestra, como alegoría. El ajedrez que, en su larga existencia, sigue generando historias tan maravillosas como esta:

“Más allá de los Pirineos, en tiempos del emperador Carlomagno (s. VIII y IX), el juego estaba ya muy extendido en toda Europa e influyó en la composición de los Cantares de gesta y los libros de caballería, cuyos protagonistas se distraían durante el tiempo que no guerreaban o cazaban ejercitándose, entre otros pasatiempos, en el ajedrez.

Garín, hijo del duque de Aquitania, abandonó sus estados, se presentó a Carlomagno y le pidió que le permitiera hacer sus primeras armas aliado de los barones. Carlomagno accedió a sus deseos y le admitió a su servicio y fue tanta la prestancia y el valor de Garín que le granjearon la admiración de los caballeros y el rendido amor de las damas, incluyendo el de la propia emperatriz, que no pudiendo más, un buen día se presentó ante el arrogante paladín y le declaró su pasión. Garín con gran entereza se negó a deshonrar a su señor y entonces la emperatriz arrepentida, confesó a su augusto esposo su debilidad aceptando de buen grado el castigo que quisiera imponerle por duro que fuera por considerarlo justo.

A continuación se echó a los pies del Emperador suplicante. Carlomagno frunció el ceño y se marchó de la estancia sin pronunciar palabra. Los fieles de Garín avisaron a este la conveniencia de alejarse por algún tiempo de la corte para que no le alcanzara la cólera imperial. Así lo hizo Garín, pero ante la orden de que compareciera ante la presencia de su señor terminó por cumplirla no sin tomar la precaución de ir acompañado de un brillante séquito de hombres secretamente armados.

-Garín -le preguntó el Emperador- ¿dónde estabais? ¿Por qué habéis tardado tanto ante mi llamada?

-Señor, tenía ganas de descansar en familia y he pasado el tiempo jugando al ajedrez.

-¿Al ajedrez? -respondió Carlomagno- Ea, pues juguemos nosotros ahora con estas reglas: Si ganas, te haré entrega de todos mis reinos y posesiones así como de mi propia mujer, pero si gano yo, a fe mía que pagarás con tu vida la derrota".

Garín no tuvo más remedio que aceptar y, acto seguido, comenzó la partida, desarrollándose el juego con ventajas por uno u otro lado hasta que la victoria pareció declararse en favor del caballero que, de golpe, pronunció ‘¡Mate!’... Por suerte miró a su soberano y le vio tan ensimismado y abatido que le inspiró lástima y le dijo: ‘Mi señor, dejemos aquí la partida; ya hemos luchado demasiado; Dios no quiera que creáis que os he dado mate con fines malvados.’

El Emperador replicó: ‘Garín, haced lo que os plazca, tomad lo prometido.’ Pero el fiel caballero exclamó: 'Majestad ¿cómo creéis que os puedo arrancar vuestra corona que ceñís con toda justicia y legalidad? ¿Acaso pensáis que me voy a quedar con vuestra esposa? (…) Más para reparar tal ofensa y como prueba de que continúo ligado a vos, concededme poder expugnar el castillo de Monglave en la región de Aquitania, hoy en poder de los sarracenos, y así abandonaré vuestra Corte y tranquilizaréis el ánimo.’

Asintió Carlomagno y pocos meses después, en la torre del homenaje de Monglave, ondeaba la enseña francesa de Saint Denis”.

(Mitología del ajedrezFrancesc Cardona – 2000)

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