El escribiente

2 de Mayo de 2021 08:44

En ese jardín que amábamos, lo nuevo de Pascal Quignard

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Pascal Quignard sigue sorprendiendo gratamente. Con Ese jardín que amábamos (el cuenco de plata – 2021) no hace la excepción. De prosa sencilla e imágenes y sonidos potentes, la historia puede ir más allá de la simple tristeza: depende de qué hagamos con el texto leído.

Ya no me sorprende que me sorprenda cualquier libro de Pascal Quignard. De hecho sus relecturas son más asombrosas que las primeras veces. Por eso, En ese jardín que amábamos (el cuenco de plata – 2021) no fue la excepción y me rendí inmediatamente para dejarme llevar.

Lo primero que hay que decir es que se trata de una historia triste. Pero no una tristeza cualquiera. Hablo de una tristeza narrada por Quignard. Es decir, desde adentro de la misma tristeza, describiéndola, sintiéndola y haciéndote doler.

Por ejemplo: “A veces los recuerdos interrumpen la memoria. A veces el alma está más viva que los rastros crueles. A veces un rostro muerto querido repta sobre los rasgos de nuestra propia cara y se demora e incluso descansa”.

Una historia sencilla, como tantas experiencias vividas por muchos en el mundo, desenmascara el dolor por la pérdida. No es fácil para un narrador poder, desde ahí, dar cuenta de un sentir. Lo sencillo, que no es simple, te sorprende con su poética y te hace parte.

Quignard mantiene el control de toda la narración. Palabras simples, oraciones cortas, lo necesario.  Cada imagen que representa es potente. Es hermosa a pesar del sufrimiento que transmite. La historia y sus juegos tienen una fuerza devastadora.

“Mi padre ha revelado el amor que mi madre sentía por este jardín. Asumió esa carga durante toda su vida, ahora soy yo quien debe cuidarlo, y me emociona. Él retomaba la voz de su esposa. Seguía minuciosamente sus indicaciones. Se subordinaba a las antiguas predilecciones de ella por sus  flores mimadas. En cambio yo sigo la larga barba blanca y los ojos pálidos de mi padre”, dice.

Son tres los personajes fuertes: el padre, la hija y la madre (quien brilla por su ausencia, en realidad). Luego, un jardín, un piano, flores y el cantar de los pájaros: la imagen y el sonido que moldean el alma de la historia (y quizás la nuestra también a la hora de enfrentarla).

Escenas amplias, de acción lenta, muy cercanas a aquel drama lírico japonés del siglo XVII es lo que te contiene permanentemente dentro de la historia. Es lo que te hace sentirla propia.

No sé por qué, pero cada vez que tomaba el texto para leerlo  añoraba que una lluvia me acompañara. Quería que, como dice en otro de sus libros, ella, junto a Cheney, Eva y Rosemund, me perdiera en “el telón de la lluvia que nos llega del mar”. Perderme para así sentir que no encuentro las certezas de lo inesperado.

Poco conté de la historia en sí misma. Quiero que, de animarte, la descubras. Quignard   te sorprende en sus ensayos y en sus ficciones, ¿o son la misma cosa? Quignard invita a leer (lo suyo y lo de otros). Invita a pensar, a sentir. En ese jardín que amábamos es un libro frágil, porque frágiles somos todas y todos nosotros.

“Imposible irse de ahí, me siento en el banco hasta que la noche me envuelve. No me siento infeliz en el fondo de mi tristeza. Incluso, por decirlo así, me siento encantado en este jardín que amábamos. En este jardín que amamos y en el canto que permanece, soy feliz”, se lee en él.

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