Hemingway, o aquel que quiso convertirse en mito

Se cumplieron 60 años del suicidio de Ernest Hemingway, un autor estadounidense que buscó siempre destacarse desde lo literario, como desde su vida personal. Por quién doblan las campanas, El viejo y el mar, Las nieves del Kilimanjaro o París era una fiesta son solo parte del legado de este premio Nobel.

11 de Julio de 2021 09:29

“Lo importante de Hemingway es que no describía lo que veía, sino que se describía a sí mismo en el acto de ver” sostiene Ricardo Piglia sobre la figura de autor de Ernest Hemingway. Y cualquiera de sus textos puede confirmarlo.

El pasado 2 de julio se cumplieron 60 años de la muerte del autor estadounidense. 60 años de aquel suicidio.

Periodista, corresponsal de guerra, cazador, bebedor, aventurero y escritor;  la vida de Ernest Hemingway es en sí misma una aventura literaria, y hasta quizás su mejor obra literaria.

Entre sus mejores condiciones literarias uno encuentra, aún hoy, esa tendencia hacia la “elegancia del sufrimiento” que caracteriza a cada uno de sus héroes. Modelo a imitar, Hemingway dominó cierta perfección que culmina con su obra El viejo y el mar.

Buscó a lo largo de su vida convertirse en un mito similar a los narrados por Homero. Como dice Anthony Burgess, “Conocemos al hombre, no a través de sus cartas o diarios, sino de historias contadas por sí mismo en bares, a bordo de barcos, de safaris, historias recontadas a su vez por otros, reminiscencia que sirven para alimentar la leyenda”.

Otro de sus grandes lectores fue Gabriel García Márquez, quien consideraba que su obra “demostraba que su aliento era genial, pero de corta duración”. Y tiene su lógica. Tanta tensión, tanto dominio técnico, tanta severidad, es imposible en larga duración. Siempre queda en uno la sensación de que aún falta algo. Algo que seguirá buscando en cualquier otro lado, pero encontrará en la incertidumbre.

Todo lo que describió, todo instante que fue suyo, le sigue perteneciendo para siempreItalia, España, Cuba, medio mundo está lleno de los sitios de los cuales se apropió con solo mencionarlos…” concluye García Márquez.

En 1954, Hemingway recibe el premio Nobel de literatura. Aseguran que lo tomó como un verdadero reconocimiento, aunque a medio camino del quererlo y no quererlo. “Ningún hijo de perra que nunca ganara el premio Nobel escribió nunca nada que valiera la pena luego leerse” dijo antes de que se lo dieran.

Aceptó los 35 mil dólares, ya tenía problemas financieros, y la medalla de oro consideró dársela a Ezra Pound, quien para él se merecía todas las medallas literarias. Finalmente la donó a la capilla  de la Virgen del Cobre, patrona de Cuba.

No fue a recibir el premio, pero en el discurso que leyó el embajador dijo: “El escribir es, en los mejores momentos, una vida solitaria… he hablado demasiado tiempo para ser escritor. Un escritor debería escribir lo que tiene que decir y no decirlo…”

Sus 60 años lo encuentran  con el texto El verano peligroso en proceso para la revista Life y un gran interés por sus cuentos para adaptarlos al cine. Pero también lo encuentra con una sensación de crítica permanente y el temor de que fuera un blanco para el gobierno de los Estados Unidos. Con muchos desordenes fisiológicos, diabetes, hipertrofia del hígado, hipertensión y una clara depresión, le recomiendan tratamiento con electroshock.

En el año 1961, avejentado, frágil y con cabello blanco y desordenado, lo autorizan a regresar a su casa de Ketchum. Ya no quiso salir. Nunca más quiso salir aquel viajero aventurero.  Al llegar la primavera, perseguido por vaya uno a saber qué sombras, toma dos cartuchos y su escopeta de caza y amenaza con suicidarse. Nuevamente lo internan en un hospital hasta que su locura comienza a mostrar sus rasgos.

De regreso en Ketchum, perseguido por nuevas sombras, el 2 de julio de 1961 por la mañana se levanta muy temprano mientras su pareja duerme y busca la llave de la habitación donde guardaban las armas. Cargó nuevamente dos cartuchos en su escopeta de dos caños y se dirigió a la habitación frontal de la vivienda. El ruido despertó a toda la casa.

Una vez que escribir se ha convertido en el vicio principal y el mayor placer, solo la muerte puede ponerle fin” dijo alguna vez. Y ese día llegó por mano propia.

Con una prosa sencilla y reflejos de melancolía en sus historias, logra una propia melodía que abre un estilo literario. Incluso el peor Hemingway nos recuerda que para comprometerse en la literatura primero hay  que comprometerse en la vida. “¿Qué le pasaba a Hemingway? -se pregunta Burgess- posiblemente una creciente tristeza por su fracaso en ser su propio mito”.

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